martes, junio 26, 2007

Blutch, las curvas del sueño.

Blutch es un niño travieso en busca de espectadores incautos que observen sus piruetas narrativas, sus juegos infantiles de papel, sus sueños proyectados. La voluptuosidad es uno de esos sueños (uno de los de niño grande) y funciona con las coordenadas alteradas de cualquier otro: las de la lógica-ilógica y el camino aleatorio por el mapa de lo conocido.
De pocos cómics se ha hablado más en los últimos tiempos que de éste de Blutch. Quizás, precisamente, porque casi todos nos reconocemos de un modo u otro (en alguno de sus momentos) en su extrañeza aparatosa de sueño azaroso. Detrás del absurdo, de la aparente exhibición narrativa impresionista de La voluptuosidad, existen pautas de comportamiento, anhelos y frustraciones perfectamente diseccionable. No se trata tanto de analizar una trama, con sus supuestas directrices diegéticas (personajes-escenario-acciones), sino de abordar las pasiones que en ella se simbolizan y desde ella se generan. Sería tan sencillo liquidar el efecto desconcertante de La voluptuosidad en un altar de adoración al surrealismo, que no nos vamos a tomar la molestia, siquiera. Hay que ser más ambicioso, penetrar con obstinación en el cripticismo simbólico de sus imágenes, en su agresiva sensualidad.
Aceptada la armazón onírica del relato como guía narrativa, no resulta tan impertinente recorrer las páginas de Blutch y rastrear, a través de ellas, en los bajos fondos de la corteza humana. Según leía La voluptuosidad, me acordaba de esa última obra casi maestra de Kubrick, que fue Eyes Wide Shut (a la que le sobraba algún subrayado o sobre-insistencia, para haber entrado en el olimpo de las obras póstumas). Me acordaba de Eyes Wide Shut, decía, porque, como en aquella, en La voluptuosidad se abordan las proyecciones poliédricas del deseo: los rayos torcidos de ese fractal que es el instinto sexual. El ser humano esconde, y pretende no reconocer, aquello que más anhela: la carne. Nadie en su sano juicio rompería su estatus social, ni las normas de la sociedad que lo ha "adoptado", en aras de una sinceridad no demandada. Ni siquiera un dibujante tan heterodoxo como Blutch.
Por eso, hasta La voluptuosidad se escuda en el artificio impresionista de su esqueleto narrativo (la historia de un sueño o la historia como sueño o las historias que se enlazan, como en un sueño), para hacernos probar la seta venenosa del deseo animal sin que nos intoxiquemos; una coartada. Ni el lector más desinhibido hubiera aceptado de otra manera ver reflejados sus infiernos interiores (o, en todo caso, no los hubiera admitido como propios): y es que, las bajas pasiones (hasta la ofensa) o el bestialismo simbólico necesitan esconderse detrás de una máscara (y hay muchas en La voluptuosidad) o bajo un saco cualquiera.

jueves, junio 21, 2007

Operación 700 (III)

Ya teníamos a una de las jóvenes promesas y a uno de los clásicos contemporáneos, claramente, estábamos obligados a intentarlo con algún histórico. Como el presupuesto tampoco daba para grandes derroches, había que afinar el dardo pujador e intentar tirar de criterio y conciencia de clase (humilde, ehem).
Comienza la búsqueda ("the quest") y ¡anda! ¡qué es eso! Sí, esto me lo puedo permitir sin descabalar el presupuesto, ni futuros intentos de ampliación coleccionista (esto es, sin agotar el presupuesto setecientoseuril). Pujamos y... ¡nuestro!
Dirán ustedes, "¿y esto qué es?". Pues, damas y caballeros, nada menos que una tira original de 1928 de Mutt & Jeff, la creación de Bud Fisher, ¿aún no? Pues sepan que, entre otras muchas virtudes, a este caballero se le atribuye la creación del formato de la tira cómica, en 1907. Claro, la paternidad se discute hoy en día desde bastantes frentes, pero, lo cierto es que el amigo Bud fue, si no el primero, sí, uno de los primeros; y, en todo caso, uno de los padres indiscutibles del cómic tal y como lo conocemos hoy día. Dicho lo cual, tener la posibilidad de adquirir uno de sus originales por algo más de 200 eurillos, al menda le supo a "boccato di cardinale".
Perdonen ustedes el tamaño cuasi-inapreciable de la imagen, pero es que el escaneo resulta complicado cuando se maneja una pieza de las dimensiones de la que nos ocupa, ¿sabían que el señor Fisher hacía sus tiras de Mutt & Jeff, nada menos que a una escala de (así a ojo, que no la tengo delante) unos 20 x 50 cms; imposible que quepa en mi pequeña y casera scanjet.
Lo dicho, feliz como una perdiz, seguí con el propósito de hacer de esta una pequeña aventura privada llena de sorpresas. El siguiente encuentro no lo fue menos (sorprendente).
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martes, junio 19, 2007

Tutankamón, el nuevo héroe.

Paréntesis en la operación. Este mes, la revista Descubrir el arte cumple 100 números. Para celebrarlo, elabora un canon de esos que tanto nos gustan: en este caso, el de "Los cien artistas vivos más influyentes". Por el mismo precio (3,60 euros), incluye dos suplementos: el número 10 de los siempre interesantes Cuadernos del IVAM y una separata especial con otro nuevo canon, la super-lista, nada menos que el top 100 del arte de todos los tiempos. Humilde propósito, voto a bríos.
La iniciativa tiene interés más allá de lo anecdótico, gracias sobre todo a la lista de eminencias que participan en la elaboración de la retahíla, pero, sobre todo, por el hecho de que cada obra viene glosada por las palabras de un artista que encuentra en ella alguna motivación especial, cauce de inspiración o energía sinérgica. Así, Barceló deja al descubierto su (por otro lado evidente) debilidad por las pinturas de Altamira; Oriol Bohigas se quita el sombrero ante el Coliseo y Chema Madoz encuentra la llave en La persistencia de la memoria, de Dalí. La lista es enorme: Bernardí Roig, Miquel Navarro, Luis Feito, Ouka Leele, José Manuel Broto, Rafael Canogar, Agustín Ibarrola... y entre ellos, algunos viejos conocidos, de esos cuya aparición no sorprende en esta casa: Nazario, Ceesepe, Rodrigo o Ana Juan.
Pero entre todas, la "glosa" que más me ha llamado la atención es la que le dedica el escultor Mateo Maté a la Máscara de Tutankamón. Lean y vean por qué:
El personaje de Tutankamón entró en mi vida en una época en la que el mundo de los superhéroes, buenos o malos, convivió durante algún tiempo con la educación católica. La concepción cristiana no consiguió imponerse a la mágica interpretación panteísta de la naturaleza de las ilustraciones por fascículos. Batman, Los X-Men, Superman eran semidioses que dominaban las fuerzas de la naturaleza. El nuevo héroe, Tutankamón, se convirtió rápidamente en amo y señor de todo el submundo de la muerte. Toda la iconografía funeraria egipcia parecía diseñada por alguno de los maestros dibujantes de cómics. Los encriptados jeroglíficos parecen pensados para ser reproducidos en los tebeos. Y si ocupó este puesto en mi imaginación, seguramente fue porque la reproducción de las facciones de su rostro, sobre todo sus ojos, era de las más naturalistas de todos los objetos del arte egipcio. Como un cyborg de oro, Tutankamón domina el mundo de los muertos, a los que convierte en sus huestes. Ninguna película, ni ningún cómic que yo conozca, ha explotado todavía las posibilidades que nos ofrece la iconografía funeraria egipcia. Espero que Tutankamón resurja de su tumba en el cine con todo su fasto. En miles de años, su mito no ha perdido brillo.
Interesante y muy personal relato de experiencia, ¿verdad? Eso sí, si no lo conoce, creo que a don Mateo le gustaría Bilal ;)

sábado, junio 16, 2007

Operación 700 (II)

Abierta la veda, llegó el momento de empezar la caza mayor. Entre las posibles presas futuras, por supuesto, los admirados, los disfrutados y los más influyentes. Descartados dos o tres intocables de esos que se cotizan ya a precios inmanejables, nos quedaba, sin embargo, todo un muestrario de talentosos.
Miramos, por ejemplo, cosas de un tal Bill Sienkiewicz (casi nada); uno de esos autores que, al ser descubiertos, le hacen a uno cuestionarse casi todo lo que creía saber sobre el noble arte del dibujo tebeístico. Un tipo que, junto a su apellido impronunciable, exhibe un catálogo de virtudes visuales tal, que da pena penita pena que no se prodigue más. ¿Se acuerdan de Elektra: Asesina o de Stray Toasters?
Pues eso, que buscando, buscando, llegué hasta esta planchita que tienen ahí abajo: "DR ZERO, Issue # 3 - Page 7, 7 Panel Art Created By Comic Great Bill Sienkiewicz". Bueno, la cosa tiene algo de truco; en realidad, parece que los lápices de la página corrieron a cargo de Dennis Cowan y Sienkiewicz fue el que la pasó a tinta. En todo caso, la plancha huele a Bill en cada una de sus cuatro esquinas, ¿no creen? Valía la pena el intento.

Dicho y hecho, comenzamos la puja y... ¡bingo! La primera en la frente: para nuestra sorpresa, por menos de 10.000 de las antiguas pesetillas, esta espectacular y enorme página original (50 x 33 cms) era nuestra. La cosa empezaba bien. Mejor habría de seguir, suponíamos.

martes, junio 12, 2007

Pablo Auladell, el príncipe está triste...

En el 2005 Edicions de Ponent publicó La Torre Blanca de Pablo Auladell (dibujante y músico), entre parabienes y halagos varios de sus lectores y críticos. Ahora, dos años después, la obra ha cobrado nueva actualidad con motivo de la reciente exposición que le dedicó el Saló de Barcelona de este curso. En un ejercicio de oportunismo con precedentes, devuelvo ahora la mirada sobre esa obra grande que es La Torre Blanca:
- Déjame decirte algo que arroje una luz sobre esa búsqueda tan lírica que estás llevando a cabo por los territorios de tu adolescencia.
Primero: deberías saber que los recuerdos engañan. Aquello no fue tan magnífico. Pasaste tardes enteras escondido en las escaleras de la Torre Blanca porque te avergonzaba que nadie contara contigo para nada. ¡Cuando ibas con ellos eras un pegote una casualidad!
Segundo: ¿quieres saber qué ha sido de la ninfa, tu gran obsesión, tu fascinación más sangrante? Yo te lo diré: ¡Es una mujer normal! ¿Y absolutamente engullida por la mediocridad! Así sucede siempre. Ya se calló todo el polvillo mágico de sus alas. ¿Alguna vez te has parado a pensar qué hubieras hecho con ella si le llegas a gustar? ¡Si no tenía conversación y era más bien tonta del culo!
Y tercero: ¿En serio has follado ya?
Algo está definitivamente cambiando en el panorama del cómic. La Torre Blanca es un cómic adulto y un cómic para adultos: sí, quiero decir eso, que un niño difícilmente podría disfrutarlo y un adolescente lo comprendería sólo a medias. Sin embargo, no se parece en nada a "aquellos cómics adultos", los que nos vendían en los 70 y 80 como anomalías de mercado: aquí no sale ni una teta de aquellas (bueno sí, una) que nos recalentaban las meninges. El estado, el estadio, adulto de La Torre Blanca se huele en otros detalles y se adivina en otras intenciones: en la nostalgia profunda de su protagonista-narrador; en las imágenes idealizadas de su pasado colorido, que contrastan con la aspera angulosidad del presente (su presente); en el dolor por los momentos perdidos y la experiencia malganada...
¿Cómo puede sufrir alguien que no conoce el dolor? Cierto que el dolor de la adolescencia es profundo, intenso, desgarrado, pero está fabricado en cristal soplado. Duelen más los años, la asunción de que aquel dolor de juventud (que nos parecía infinito y agónico) no volverá, porque ya no vivimos la vida como lo hacíamos, como un drama-aventura bizantina. No quiero ponerme tremendo, claro, porque el trabajo de Auladell regala muchos instantes de belleza ensoñadora y porque de nada sirve recrearse en el óxido que nos afecta o ha de afectar a todos. Pero, si algo me gusta de La Torre Blanca, es su capacidad para recoger ese instante fugaz de desesperación existencial, ese pinchazo que a todos nos escuece cada cierto tiempo.
Las soluciones narrativas y visuales del autor se revelan muy efectivas, en todo caso: la mezcla de evocaciones infantiles (recreadas desde la fragilidad del recuerdo idealizado), subrayadas por la amable calidez de los colores pastel, contrasta con las frías tramas grises y las líneas cortadas sobre el vacío de la viñeta. Las mil aventuras de la infancia (cuántas cosas viven los niños, y todas a la vez), se enfrentan a los paseos solitarios del protagonista, que rumia sus viejos recuerdos al tiempo que construye una realidad presente, monótona y, en muchos casos, de espaldas a sí misma.
Como señalaba nuestro artista del abecedario, hace poco, es La Torre Blanca una de esas historias en las que apenas pasa nada, al menos en la superficie, per en las que se dice mucho y se tocan muchas teclas. Una obra adulta, para adulto agarrados por su pasado. Ya lo decían Les Luthiers, "suéltame pasado"; o no, mejor no me dejes, que da gusto sufrir de buenos recuerdos.
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Interesante maxi-entrevista de los chicos de Zona Negativa (a los que les hemos tomado prestadas las imágenes) a Pablo Auladell, en dos entregas: una y dos.

jueves, junio 07, 2007

Operación 700 (I).

Me está divirtiendo tanto la polémica generada en torno al "guionista y los 10.000 euros", que me he animado a desvelar algunos trapos limpios personales que guardaba celosamente en mi cajón de secretos comicográficos. Tiene que ver mi salida del armario viñetero sobre todo con la cuestión monetaria y los enconados debates acerca de la cotización real de la viñeta en el mercado.
Hacen falta algunas aclaraciones previas: a) No me considero fetichista-coleccionista (al menos, no demasiado); b) No soy un rico heredero; c) Lo que aquí contaré es un episodio esporádico que, seguramente, no tendrá continuidad futura. Dicho lo cual, comienza el relato episódico del entuerto que algunos querrán desfazer y que motivó la aventura minina entitulada "Operación 700".
Como ya he comentado aquí, en más ocasiones de las que aconseja el sentido del pudor, hace no demasiado concluí uno de esos proyectos personales de largo alcance y aún más larga gestación. Hecho lo cual, decidí autohomenajearme con algún caprichito (o caprichazo) a cargo de los siempre sufridos ahorros que uno atesora bajo el jergón. Siempre me ha gustado el arte moderno, pero un buen día me percaté de forma decisiva e irrefutable de un hecho impepinable: con mi edad, ingresos y ahorrillos, nunca podré permitirme entrar en una subasta por un Rothko (bueno, entrar sí, pero sólo a mirar). Constatado lo cual, decidí rebuscar algún capricho deseado y anhelado entre mis otras aficiones potencialmente más asequibles. Claro, si están ustedes aquí leyendo, pueden imaginarse hacia donde dirigí mis pasos.
He aquí la idea peregrina: intentaría hacerme vía-subasta-ebay, con alguna página, tira o trabajo original de algún dibujante de cómics de los de relumbrón o, simplemente, de alguno de los que admiro (por una u otra causa). De este modo, podría (nuevo recuento): a) darme el gustazo de tener y poder disfrutar de "arte original" en alguna de las paredes de la casa que algún día, espero, tendré (ya he dicho en alguna ocasión que, para el menda, el cómic es una manifestación artística con obras y artistas tan meritorios como cualquier otra -quizás en menor número, debido al tardío despertar); b) comportarme como un fan enloquecido, aunque sólo sea por una vez en la vida; c) constatar hasta que punto el cómic esta sobre o infravalorado en el mercado del arte actual. Presupuesto: 700 euros (una pasta, lo sé, pero como dice el ínclito, mis ahorros son míos y me los gasto como quiero). Considerando que nuestro guionista misterioso (el de los 10.000 euros) pagará unos 160 leuros del ala por página, al autor novel (de calidad, eso sí) que resulte elegido..., la cosa tampoco parecía que fuera a dar para mucho hablando de autores consagrados y estrellas del cómic, la verdad. Por otro lado, yo me conformaba con tiritas de prensa o similares; tampoco necesitaba grandes páginas a color o desplegables a la témpera china.
Por hacer la entrada al "experimento" más sencilla y fluida, me agencié una tirita de un autor joven norteamericano, que me gusta mucho, y que me salió la mar de económica. Por cortesía de Drew Weing me hice con ésta:

Ah, se me olvidaba, comprar en dólares siempre renta en estos tiempos de la superfuerza euroica.

lunes, junio 04, 2007

Manu Larcenet. Celebridades desubicadas.

Hace un tiempo, le dediqué una de las micro-reseñas de FHM a Manu Larcenet y a ese juego de personalidades históricas descontextualizadas que se trae entre manos; nunca salió a la luz (no recuerdo qué otra apareció en su lugar). Me he acordado de ella porque acabo de terminar la lectura de La leyenda de Robín de los Bosques, que ha editado Norma hace poquito, y me ha parecido una buena excusa para matar tres pájaros de un post. Lo que decía aquella reseña era algo así como...
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¿Se imaginan al genio desorejado de Van Gogh en medio de las escaramuzas “trincheriles” de la Primera Guerra Mundial? ¿Y a Freud abriendo mentes y conciencias nada menos que en el Lejano Oeste? No me pongáis esas caras que la hipótesis no es tan descabellada. O al menos no lo es para Manu Larcenet, el celebrado dibujante francés que ganó el premio al mejor álbum del año 2004 en Angoulême por su obra Los combates cotidianos. Norma fue la responsable de la edición en el 2005 de La línea de fuego (el episodio de Van Gogh con dudas existenciales en el frente) y lo es de la recién publicada Vida de perros (con un suigéneris Freud encabalgado).
En ambas, Larcenet plantea una variante más que ingeniosa de los “What if…” superheroicos norteamericanos: a saber, se sitúa a un personaje (normalmente un superhéroe) fuera de su contexto histórico/espacial y… a probar suerte. La abstracción comicográfica del francés resulta, sin embargo, mucho más descacharrante y prometedora que la de sus adláteres transatlánticos, por lo extravagante del experimento, lógicamente. Además, la caricatura nerviosa y colorista de Larcenet se adapta mejor a una propuesta argumental, que, seamos sinceros, no deja de tener mucho de parodia; un juego, éste de las hipótesis imposibles, al que sin duda visten mejor los trazos desenfadados, casi minimalistas, de Larcenet, que los adustos ropajes épicos de los equipos gráficos de Marvel o DC. Y es que, ¿no les parece a ustedes que un Freud rodeado de perros parlanchines, sentando en el diván a vaqueros de mala reputación, promete más diversión que un retro-Batman o un Superman cualesquiera, por muchos músculos que luzcan?
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Esta última entrega sobre el ladrón honrado de los Bosques de Sherwood (perdón, de la Casa de Campo) es, sin duda, la más canalla, asalvajada y políticamente incorrecta de las tres (le salió su lado más Vuillemin). A alguno podría hasta escocerle el humor cazurro y muy negro de Larcenet y sus personajes: un Robin senil (aquejado del "mal de maese Alzheimer"), la versión gay del Pequeño Juan, enamorado de su amigo arquero o la del Tarzán zoófilo invitado a la fiesta... entre tantas otras paranoias surrealístico-desmadradas, claro.
Cierto es que, como ha señalado alguna voz acreditada en los últimos tiempos, la obra adolece de cierta irregularidad y que su organización en capítulos-gag crea cierta dispersión en la exposición del contenido. Igualmente cierto es que, a base de repetirse, algunos gags y bromas terminan por perder su efecto cómico, pero, que quieren que les diga, considerando que en el fondo La leyenda de... no es sino una de esas bromas que de vez en cuando nos gasta el talentoso de Larcenet, tampoco creo que ninguno vaya a rasgarse las vestiduras por estas imperfecciones narrativas. Es más, como dice algún amigo mío, el álbum te garantiza "unas buenas risas", esporádicas quizás, sin una continuidad garantizada a lo largo de todas sus páginas, puede, pero suficientes para animarnos la vida durante un rato. Un cachondo, este Larcenet.