martes, septiembre 28, 2010

Tromarama, stop-motion, botones y madera tallada.

Se lo advertimos. En el piso 53 del Roppongi Hills Mori Tower está el Mori Art Museum. Desde nuestra perspectiva museística, la cosa pintaba extraña y, diríamos, poco ambiciosa: ¿qué podemos esperar de un museo en la cima de un rascacielos? El simple acto de la visita parece una expedición. La realidad nos devolvió a la realidad siempre sorprendente de las ciudades verticales japonesas. Una de las arañas Mamán de Louise Bourgeois, agazapada expectante en la base del edificio, nos situó además frente al valor real del Mori Art Museum: un cento de vanguardia del arte contemporáneo y un nido de sorpresas.

Nuestra visita mereció la pena, coincidió con la exposición "Sensing Nature", en la que tres jóvenes figuras del arte interdisciplinar japonés mostraban sus diferentes percepciones de la naturaleza dentro de la cultura japonesa. Yoshioka Tokujin, Shinoda Taro y Kuribayashi Takashi demuestran mediante espectaculares (y costosísimas) instalaciones hasta que punto la nieve, el agua, las montañas, la luz o los lagos han llegado a constituir parte esencial del imaginario artístico nipón. Obras como Snow (de Tokujin) envuelven al espectador en las complejas dinámicas de los ciclos y fenómenos naturales, creando el contexto adecuado para ese estado contemplativo que parece indisociablemente unido a la espíritualidad oriental.

No obstante, les traíamos este post a sus ventanas a causa de una segunda exposición, más conectada ésta con los asuntos del dibujo y la animación que normalmente nos ocupan. Hace mucho ya, les hablábamos fascinados de un maestro urbano del stop-motion, esa técnica de rodaje que consiste en la creación de una ilusión de movimiento a partir del ciclo: grabación del fotograma - manipulación del objeto filmado - grabación del fotograma... En el Mori Art Museum descubrimos a un colectivo de artistas también instalados en la virtud de la paciencia como componente básico para el ejercicio de la evolución creativa: se llaman Tromorama y son un trío de jóvenes estudiantes indonesios (con base de operaciones en Bandung), que dedican sus esfuerzos a la creación de instalaciones y vídeos basados en la mencionada práctica del stop-motion.

La extrema minuciosidad de su trabajo, su inteligencia y la sensibilidad de su propuesta han generado una creciente atención por parte de los medios y comisarios de arte. En el museo tokyota se exponen sus principales trabajos, así como la disección de su proceso creativo, junto a los materiales originales empleados para tal fin. Vídeos musicales como Serigala Militia (creado a partir de impresiones de 400 bloques de madera tallados individualmente, 2006),     Zsa Zsa Zsu  (realizado con miles de botones y cuentas de collares, 2007) o     Ting*  (que usa porcelana y piezas de vajilla, 2008) resultan una muestra valiosa para constatar el talento y la fe infinita que tienen estos muchachos en la creación artística como resultado de la paciente sudoración. Les dejamos con dos de ellos. La música que los adorna, como la propuesta, sofisticada cuando no incendiaria.

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lunes, septiembre 20, 2010

Pluto, de Naoki Urasawa. El mayor suspense sobre la faz de la tierra.

Naoki Urasawa tiene un secreto, tiene muchos, en realidad. Quién no los tiene. Pero Naoki Urasawa sabe cómo contárnoslos: se acerca a nosotros, nos mira a los ojos y nos susurra algo al oído, alguna verdad tortuosa, tres fragmentos de historia, dos soplidos de miedo y... ya estamos dentro. Sujetos a la silla y enganchados a sus páginas. Lo hizo con 20th Century Boys, lo hizo con Monster y lo vuelve a hacer con Pluto; y, no lo dudamos, lo repetirá en ese Billy Bat que mencionábamos en nuestro viaje japonés.
Resulta que Urasawa es una estrella. En su país lo es. Sus obras se adaptan a la gran pantalla con un éxito masivo entre los espectadores; una de esas adaptaciones, la de la mencionada 20th Century Boys, llega, de hecho, a nuestro país justo ahora. El género del suspense tiene una larga tradición cinematográfica, no tan larga por lo que respecta al cómic. Por lo que a nosotros respecta, Naoki Urasawa es su máximo y mejor representante a día de hoy.
El difícil arte del suspense suele estar sujeto al truco de guión y al engaño narrativo (en sus peores ejemplos), a la sorpresa que salta a cada vuelta de página. En esta ferretería hemos hablado mucho últimamente de vueltas de tuerca y cliffhangers, una especialidad que para el maestro japonés no tiene entresijos. En Pluto, Urasawa y el guionista Takashi Nagasaki consiguen, en un más difícil todavía, anudar la intriga prácticamente a cada salto de página, por no decir a cada secuencia. Su capacidad para generar suspense y abrir nuevas vías de escape tensional se demuestra en un constante crescendo climático, que funciona con la meticulosidad de una bomba de relojería, gracias a un guión medido y muy minucioso.
Curiosamente, la historia de Pluto no es suya, sino de otro maestro del manga, de "el maestro del manga":  de Osamu Tezuka. Declara Urasawa en uno de los textos que acompañan a los volúmenes de esta serie (ocho en total) que la impresión que le produjo de niño el episodio de Astroboy titulado "El mejor robot sobre la faz de la tierra" fue tal, que siempre cobijó en su fuero interno la idea de homenajear al maestro vía adaptativa. Llegado a la cima de su popularidad, le planteó su idea a Macoto Tezka, el hijo de Osamu, quien, con no pocas reticencias, decidió apoyar el proyecto. El resultado es Pluto y la suma de genialidades resulta en una historia llena de atractivos y con un evidente gancho comercial. Es, además, una obra de "autor" (Macoto presionó a Urasawa para que este la hiciera suya e intentara ajustarla a su estilo y maneras; la sombra de Tezuka es alargada, ya se sabe).
Parece contradictorio hablar de cómic de autor en un producto tan flagrantemente delimitado por los patrones de la "obra-espectáculo" como es Pluto (y como lo son tantos y tantos manga), pero sería absurdo negar que los cómics de Urasawa son inconfundibles y que su personalidad (y la de su equipo) se trasparenta en todos y cada uno de sus trabajos.
Gráficamente Pluto es un prodigio. Su imaginario visual futurista derrocha imaginación. La capacidad de Urasawa y su equipo de creadores y dibujantes (el cómic funcionando al modo y manera de los grandes estudios cinematográficos), gente como Hideaki Urano, Tadashi karakida o Kazuma Maruyama, es digna de mención. Han logrado alcanzar un grado de minuciosidad en el dibujo que, en algunos momentos de la serie, llega realmente a apabullar visualmente. La recreación arquitectónica de los paisajes urbanos de Pluto es fascinante. Su capacidad para reinventar nuestra civilización (con nuestras ciudades, países y similares registros sociales) en clave de ciencia-ficción, denota un ejercicio de creatividad que últimamente escasea en otros discursos narrativos (y que resulta un cebo cinematográfico inevitable).
Nos espera, según Tezuka, según Urasawa, un futuro en el que la robótica y la cibernáutica formarán parte de nuestra realidad cotidiana (si no lo son ya) y en la que seres humanos y robots convivirán en paz sin distingos ni remilgos. Un mundo en el que no resultará fácil distinguir entre los seres vivos biológicos y las IA (Inteligencia Artificial). Un mundo expuesto a incertidumbres, a un control exhaustivo, cuasi-militar, por parte de autoridades omnipresentes y organismos de control invisibles y con muchos acontecimientos históricos que olvidar: las guerras eternas, el exterminio. Un mundo no tan diferente del actual. En este contexto, surge la amenaza, un misterio oscuro llamado Pluto, y en este contexto asistiremos a los crueles asesinatos que sacudirán al mundo entero y al lector, abriendo la puerta del misterio.Pluto es un thriller psicológico y futurista, pero también es un ejercicio metafórico con tintes pacifistas. En esta serie, el lector contemporáneo reconoce sin dificultad el estado presente de nuestro Planeta y sus vicios, como a esos políticos incompetentes y sin escrúpulos que dirigen o han dirigido el mundo en fechas recientes. Urasawa dibuja a oligarcas ambiciosos, a empresarios y economistas únicamente obsesionados por el yo y el ahora, a señores de la guerra sedientos de petróleo (perdón, energía) y a científicos al servicio del negocio bélico; se vislumbra diáfana la crítica a las guerras infinitas en Oriente Próximo (con Iraq y sus mentiras a la cabeza) y se adivina sin duda la crítica al papel del Imperio Yanki soberano, que se ha arrogado el rol de emperador universal en estos (y aquellos) tiempos de zozobra.
Pluto es también una excelente galería de personajes, algunos excepcionalmente perfilados. Junto a los grandes protagonistas de la serie (Astroboy, Gesicht, Épsilon, etc.), este manga consigue grandes momentos narrativos gracias a la presencia de algunos personajes secundarios con gran potencial emocional: como Urán, la niña hipersensible, que protagoniza algunas escenas dignas de una película de Capra; o el de ese pequeño robot indigente que persigue a Gesicht en Persia; o ese otro robot, remedo de Hannibal Lecter, cuya presencia consigue desasosegar al lector tanto como a los propios personajes de la trama.
Mucha información, muchos misterios. En ocasiones, a Urasawa le pierde su hambre de intrigas, su propia red de expectativas. Abre tantas puertas que termina enfriándosele la casa (otra avería compartida con el cine-espectáculo reciente). Le sucedía en 20th Century Boys y le pasó, parcialmente, con Monster (cuyo final no estaba a la altura de la expectativa creada, nos parece). Pluto mejora los precedentes, todo parece mejor atado y empaquetado al final, sin ser redondo en este sentido; pero no sufran que no les vamos a contar nada al respecto. Nos gustan los mangas que (como las buenas series de HBO) empiezan y acaban. Se disfrutan más entre medias, Pluto es el ejemplo perfecto.

lunes, septiembre 13, 2010

Japón (y III): calles, disfraces y panteones museísticos.

El manga es parte de la identidad japonesa, decíamos. El manga entendido como concepto abarcador y, en ocasiones, extravagantemente amplio. Así, decíamos también, cuando un visitante comiquero llega a las costas japonesas, los debes y visitas planificados se acumulan en la agenda de viaje. Son tantas las referencias directas e indirectas que hemos oído o sobre las que hemos leído, que algunos nombres, calles y lugares nos suenan a ya conocidos.
Por ejemplo, ¿quién no ha visto en alguno de esos programas-plaga de calagurritanos viajeros o calagurritanos por el mundo (que me perdone todo Calahorra al completo) a un viajero que se pasea un domingo por la mañana por la zona de Harajuku para ver a los chavales disfrazados en el puente que da al parque de Yoyogi? Es alucinante ver a toda esa chavalada primorosamente camuflada bajo el atuendo de sus ídolos manga, disfrazados de vampiros o de estrellas del rock. Una de las vestimentas más exitosas que vimos entre el género masculino fue la de viuda victoriana. Como lo oyen. La zona, por otro lado, está repleta de tiendas de ropa, accesorios y chuminadas diversas, modernísimas y muy fashion. Dicen por ahí (en Calagurritanos Viajeros) que los buscadores de tendencias sobrevuelan los alrededores de Harajuku en busca de la moda futura. No les vimos, pero seguro que estaban.
Otro lugar común del mangaka tokyota es el barrio de Akihabara. Allí  habitan esas muchachuelas disfrazadas de camareras-doncellas que te invitan a tomarte un refrigerio en su local, mientras escenifican servidumbres pretéritas. Pese al orgullo con que lucen sus atuendos estrafalarios, algunas se muestran reacias al posado fotográfico (al revés que los vampiros y las orgullosas lolitas de Harajuku); no es lo mismo posar que trabajar, suponemos. Akihabara es también el barrio de la electrónica y de los otakus. Tiene bastantes tiendas de manga; alguna de varias plantas.
Entrar a una tienda de cómics en Japón es un ejercicio de desesperación. Algo así como meterse en un buffet libre con el estómago revuelto. Uno se ve rodeado de miles de tebeos, sabe que entre ellos encontraría a algunos de sus autores favoritos de los últimos tiempos (Tezuka, Kago, Taniguchi...), pero no hay tu tía: rodeados del jeroglífico kanji, resulta imposible, no ya entender algo, sino siquiera localizar a dichos autores. Además, como no podía ser de otro modo, en Japón, hasta la librería más pequeña está repleta de cómics. Omnipresente, la nueva entrega de Naoki Urasawa, su Billy Bat, en plena promoción. La oferta es ingente (con mucho hentai -cómic erótico- de por medio), la respuesta del no iniciado en las destrezas lingüísticas niponas, la impotencia pura y dura. Aún y así, claro, nos compramos algún que otro manga: testimoniales algunos (a ver si adivinamos de quién es lo que nos agenciamos, porque tiene buena pinta) y sentimentalmente valiosos los otros (un Astro Boy viejísimo de segunda mano).
Hablando de Tetsuwan Atom, ya les dijimos que en la estación de Kyoto, la impronta Tezuka se deja notar desde los primeros pasos. En realidad, el despliegue estatuario tiene que ver con la tienda oficial del célebre mangaka, que se encuentra en la misma estación. No pudimos visitar el Tezuka Osamu Manga Museum, en Takarazuka (no encajaba en la ruta y tampoco está uno ya para esos excesos), así que tuvimos que conformarnos con el merchandising, variado y carísimo, de la tienda de la estación. Algo de utilísimo menaje para el hogar y el necesario atuendo cayó, por supuesto.En Kyoto estaba también el Museo del Manga, presidido de nuevo por una gigantesca estatua de Tezuka, su Fenix en este caso. Curioso museo, por la literalidad de su nombre, sobre todo: el museo del manga de Kyoto es una enorme biblioteca de mangas, miles y miles de ellos (incluido alguno en español), a la que acuden los aficionados, simplemente, a leer. Hay algunas vitrinas con una escueta historia del cómic japones, con algunos datos acerca de la industria y con ciertas menciones a los autores más importantes, pero sobre todo encontramos cientos de lectores, de todas las edades, devorando series enteras de personajes clásicos y modernos, que se suele decir. Cosas niponas, de nuevo.Otro museo que nos quedamos con las ganas de ver, éste en Tokyo, fue el Ghibli Museum, de Hayao Miyazaki. Dicen que vale la pena y que parece más un pequeño parque de atracciones que un museo, dicen que la entrada es una transparencia real de una las películas animadas de Miyazaki, pero (y esto no lo dicen, lo pudimos comprobar) la entrada está limitada a un reducido número de visitantes diarios y la alta demanda exige reservas con mucha más previsión de la que nosotros mostramos.
Tampoco nos aburrimos, en realidad. ¿Que no podemos entrar en el Ghibli? Vámonos al Mori Art Museum... En otro post les contamos lo que vimos por allí.
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lunes, septiembre 06, 2010

Japón (II): soba, matcha y manga.

Hay conceptos, objetos, alimentos, ideas que, por encima del estereotipo, parecen ayudar a conformar la idiosincrasia cultural de un país. El té es una de esas realidades topicalizadas en el caso de Japón. Resulta complicado pensar en la cultura, o incluso en la historia japonesa, sin tener presente la importancia que el té ha tenido en su evolución como país. Aquellas hojas que llegaron desde China unidas a la filosofía del budismo zen, fueron rápidamente adoptadas por las clases dirigentes niponas; fue el té la bebida emblemática de los samuráis y, a partir del S.XVI (durante el Shogunato Tokugawa), gracias a la influencia del monje Sen no Rikyu y su perfeccionamiento de la ceremonia té, llegó la sublimación de la bebida de jade, el elixir de los dioses que obnubiló al país.Como se suele decir, el sabor del matcha (el té verde en polvo que se emplea para la ceremonia) está "en todas las salsas" japonesas... bueno, y en los helados, los pasteles, los granizados y cualquier material ingerible que a uno se le ocurra; incluidos los mochis, las omnipresentes bolitas de arroz. En casi todos los contextos y horarios, se nos presentará la ocasión de degustar alguna de las variedades japonesas de té verde: en verano es habitual comer con un vaso frío de hojicha (té verde tostado al carbón); es también uno de los sabores habituales en las maquinas expendedoras con su infinita gama de botellas de agua aromatizada. Con los rigores estivales tampoco viene mal un traguito de genmaicha (té tostado con arroz).
En ocasiones, una taza de sencha o bancha (las dos variedades más comunes de té verde en Japón) acompañará a nuestros fideos udon o soba. Hablando de fideos, una de las primeras sorpresas que le esperan al comensal en un restaurante japonés son sus menús: muchos de los platos ofertados se exhiben en coloridos escaparates verticales; se necesita un rato y bastante atención para descubrir que todo ese despliegue gastronómico es de plástico. Los japoneses son unos maestros de la representación, en todos sus sentidos. Iconicidad al poder.Se dice que el lenguaje ayuda a conformar el pensamiento de un pueblo; el tópico al respecto es el del alemán y sus filósofos, ¿recuerdan? Por las mismas, cabría convenir que las gentes niponas están imbuidas de la fuerza representativa de los iconos. Después de todo, el más habitual de sus tres alfabetos (kanji) se compone de representaciones simbólicas convencionales: un dibujito para cada concepto. Quizás sea esa una de las razones de que en Japón las imágenes sean arte y parte lingüística. Y, claro, el manga se compone de imágenes.
El manga es japonés y Japón es manga. Los mangakas son auténticos ídolos de masas y muchos de sus personajes han adquirido el rango de iconos sociales y han saltado fuera de las páginas de los tebeos para convertirse en embajadores visuales de cualquier otro tipo de producto comercial. Pósters publicitarios, anuncios televisivos, marquesinas de autobuses, carteles luminosos, postes de señalización son los nuevos hábitats de creaciones como Doraemon, Detective Conan, Kakashi, Son Goku o Tetsuwan Atom, que lo invaden todo.
Es imposible dar un paso en Nara, por ejemplo, sin reconocer a uno de los personajes de Gosho Aoyama. El estilo de Yoshihiro Tatsumi o el de Mizuki se multiplican en juguetes, anuncios... Apenas se pone un pie en Kyoto y se sale por la puerta de su estación, cuando nos topamos de lleno con los personajes del más grande, de Osamu Tezuka.Manga, manga y más manga. En la siguiente entrega les concretamos el asunto con datos concretos, que esta entrada, nos consta, ha sido un tanto matcha revolutum.
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