lunes, enero 30, 2012

La novela gráfica de Javier Coma.

Recientemente, hemos vuelto a repasar algunos capítulos de la Historia de los comics de Toutain (1983-84), que coordinó Javier Coma, y que es todo un compendio de saber enciclopédico e historiográfico. Estábamos documentándonos para unos artículos que tenemos entre manos, de los que ya les hablaremos más adelante.
El hecho es que nos acercamos a su capítulo 32, el dedicado a la cómic-novela (a Chaykin, Corben y demás), y cuando empezamos a releer el artículo "Rutas de pioneros hacia el Eldorado de la comic-novela" (firmado por el propio Coma), nos llevamos una sorpresa que nos hizo sonreír; reparamos en algo que, como entenderán en un minuto, no nos había llamado la atención cuando leímos el artículo hace muchos años. Comienza así (la negrita tramposa es nuestra):
Desde fines de los años setenta, y con la permanente aceleración en la etapa inmediata, comenzó a institucionalizarse industrialmente una nueva vía en los comics, la del libro, que se adjuntaría así a los tradicionales senderos de las inserciones en la prensa y de las publicaciones en comic-books específicos del medio. Hacía ya mucho tiempo que tal vía era empleada en Europa de forma sistemática, y no hay duda de que la experiencia europea influía en la retrasada iniciativa norteamericana, pero entre una y otra existió una sustancial diferencia de relación causa-efecto. Los editores franco-belgas habían impulsado la fórmula del libro de comics en razón a recomercializar aquellos relatos serializados a través de las revistas de la especialidad. A la inversa, la comic-novela norteamericana respondió a las tentativas de diversos creadores por ampliar sus libertades expresivas. De ahí que los autores europeos se movieran generalmente a remolque de sus editoriales en lo concerniente al planteamiento de sus obras como libros y no como acumulación fenomenológica de sucesivas entregas. De ahí que la industria norteamericana no hiciera casi sino seguir los pasos de guionistas y dibujantes que protagonizaron la etapa experimental de la "graphic novel" o comic-novela.
Hoy día, la industria de la narrativa dibujada en Estados Unidos utiliza la comic-novela con múltiples objetivos. Ensaya la rentabilidad de un producto, el libro, con precio de venta mucho más elevado que el de un cómic-book. Proporciona al lector abundante tiempo de lectura, no sólo por el muy superior número de páginas, sino también por el doble recurso a textos muy extensos y a ilustraciones con gran formato e intenso contenido gráfico. Cubre nuevos sistemas de comercialización, destacando el de la venta directa que la Marvel y la D.C. ya probaban hacia 1973. Se enfrenta a la creciente competencia de las versiones norteamericanas de los libros de comics uropeos. Intenta conquistar al público adulto en virtud de la mayor disposición de éste a la adquisición de un libro que a la de un cómic-book, de manifiesta reputación infantil o, a lo más, juvenil. Elude las imposiciones de la censura sobre los comic-books, siguiendo así el camino abierto por las revistas de comics diferenciadas voluntariamente de aquéllos en su mayor formato, tipo magazine, y en su impresión interior a blanco y negro. Amplía la rentabilidad de personajes y series previa y masivamente promocionados por los propios comic-books o los magazines de comics a blanco y negro (además por sus tránsitos a cine y televisión), dotándoles de un nuevo sector de público... (Historia de los comics, 1983-84: 885-886)
¿Les suena de algo? No queremos ser manipuladores, Javier Coma no está hablando de la actual "novela gráfica", sino de esos trabajos híbridos, a medio camino entre el cómic y la novela (basados en "textos muy extensos [e] ilustraciones con gran formato e intenso contenido gráfico"), que se pusieron de moda a finales de los 80 al rebufo del éxito de revistas como Heavy Metal y Epic Illustrated por un breve lapso de tiempo, aunque nunca llegaran a tener suficiente continuidad: hablamos de obras como Atmósfera Cero o Red Tide (sobre un texto de Raymond Chandler), de Jim Steranko; Tarzan of the Apes, de Burne Hogarth; Empire, de Howard Chaykin o His Name Is Savage, de Gil Kane. Lo curioso, es que entre los primeros representantes de esta comic-novela, el mismo Coma menciona al señor Will Eisner y una tal A Contract with God... pareciera que las palabras de don Javier estuvieran escritas antesdeayer, ¿no les parece?
El caso es, lo han descubierto, darle vueltas a la madeja de la "novela gráfica", de nuevo: ¿mercado, simple formato o movimiento? Que cada uno aguante su vela.

miércoles, enero 25, 2012

Breves en castellano con espíritu fanzinero y vocación adulta.

Las vacaciones navideñas nos han regalado, por encima de todo, tiempo, tiempo para la lectura y para el descanso. Entre las muchas páginas que hemos pasado, están las de algunos tebeos españoles que nos gustaría mencionar.
Entre los miembros del mundo fanzinero actual, pocos hay más divertidos, echados pa'lante y gamberros que los chicos de Malavida. Dos de sus miembros destacados, la señorita Iru y Moratha, se han puesto serios. Lo han hecho con motivo de la adaptación al cómic de La escarcha sobre los hombros, una novela de Lorenzo Mediano. El resultado es un tebeo ágil, emocionante y muy, muy maño. Narra una historia inserta en un ideario clásico de amores imposibles, venganzas y diferencias de clases. Pero, al mismo tiempo, consigue arraigarse en un tiempo histórico y una realidad local (nacional, diríamos), en la que todos reconocemos a una España que nos gustaría olvidar: la de los pueblos alimentados por el rencor, por la envidia, la disputa y la lucha fraticida. Esa España que el franquismo se encargó de cebar y que tan bien servía a sus afanes intimidatorios y a su búsqueda de sumisiones: la desconfianza y el miedo siempre han creado súbditos fieles. Por todo esto, La escarcha sobre los hombros, se lee como un cuento de amores imposibles, un cuadro de costumbres y una leyenda de bandoleros, que nos recuerda a historias y romances que escuchamos y leímos de críos. Por todo ello, hemos disfrutado de su lectura.

Entre la nueva generación de narradores españoles dentro del cómic, encontramos a un buen número de ellos que se alimentan de un cruce bastardo entre la fantasmagoría y el cuento popular. La sombra de Burton y Gorey es alargada; la esencia los Clowes, Burns o Cooper también se percibe detrás de sus viñetas. Muchos de ellos son narradores llenos de ideas y potencial, gente con espíritu fanzinero e irreverente, dispuesta a desafiar las tendencias en el cómic español: la estética humorística de Bruguera, nuestro underground de "línea chunga", la pulcra línea vanguardista herencia Max-Pere Joan, etc. Nos referimos, ya se lo imaginan, a autores como Jali, Ana Galvañ, Brais Rodríguez o Alberto Vázquez. Y también a Lola Lorente, cuyo estilo nos recuerda mucho al último de los mentados.
Acabamos de leer su Sangre de mi sangre y reconocemos en sus páginas el olor a tragedia que recorría trabajos de Vázquez, como Psiconautas o el Evangelio de Judas. Tiene Lola Lorente, no obstante, suficiente personalidad y su trabajo una buena colección de personajes, como para hacerse valer por encima de comparaciones. Sangre de mi sangre es una historia de adolescentes y niños atrapados por su mundo interior, por sus recuerdos y por esas obsesiones de la niñez de las que resulta imposible escapar. Su galería de personajes, los Ralfi, Celine, Amanda y Adrián son niños hipersensibles anclados en la represión y en su incapacidad para aceptarse como son; en consecuencia, para aceptar sus designios.
El universo que consigue tejer Lola Lorente alrededor de ellos crece página a página, en toda su negritud y extrañeza surreal, hasta convertirse en una gran red que sus habitantes llaman "Urbanización Carnelia" y que llega a extenderse sobre la historia como un presagio de tintes góticos, apoyado en nuestro miedo a la muerte de los seres queridos, al olvido y al paso del tiempo. Sangre de mi sangre le augura también un largo recorrido a su autora, esperemos que, como en este caso, ese camino esté lleno de secretos y revelaciones.

jueves, enero 19, 2012

Las tetazas de Bastien y demás.

La monda. Estábamos actualizando nuestros "Blogs by the author", ahí al lado, y hemos pasado un rato tonto la mar de divertido, así sin venir a cuento.
Resulta que, además de descubrir que los mundos de Sfar son múltiples y menguantes (algo muy propio de un personaje que vive instalado en la prolijidad creativa), que a Manuele Fior le gustan los espacios amplios y luminosos, como sospechábamos, o que el arte de Igort tiene tantas ramificaciones como bifurcaciones tiene su blog, además de todo eso, decíamos, nos hemos llevado una sorpresa morrocotuda con el bueno de Bastien Vives.
Resulta que, después de predicar sus dotes de poeta visual y de jalear su profunda sensibilidad afectiva, después de anunciarle como el nuevo profeta de las emociones huidizas, nos pasamos por su página y descubrimos que en los últimos tiempos el señor Vives se ha lanzado a una divertidísima progresión torácica, que arranca con una irresistible colección de muy bien dotadas damiselas musculadas:
Para terminar desembocando en una hilarente serie de pechugonas hipertróficas llenas de encanto y posiblidades metamórficas. Mucho cachondeíto e incorrección política las del señor Bastien. ¡Bien por él, que no cesen!

lunes, enero 16, 2012

Cinco centímetros por segundo, de Makoto Shinkai. El paso de la vida, la luz del tiempo.

Dicen que cinco centímetros por segundo es la velocidad a la que cae la flor del cerezo desde su rama.
Nos gustó tanto el cómic de Manuele Fior basado en ella, que decidimos dedicarle un rato a la cinta de Makoto Shinkai en la que, según habíamos leído, se había inspirado. Inspiración libre, pero con un espíritu común.
Cinco mil kilómetros por segundo y Cinco centímetros por segundo comparten una organización narrativa apoyada en cinco capítulos, en el caso del cómic, y en tres, en el de la película, que bien podrían funcionar como episodios independientes, como ejercicios autónomos de nostalgia narrativa y de desarraigo sentimental. Comparten también cierto aire contemplativo, que en el caso de la película de Shinkai se integra con naturalidad dentro del arte narrativo japonés, con su deleite taoísta por el paso del tiempo al ritmo de las estaciones y la observación de la naturaleza, mientras que en el cómic del italiano, estaba más relacionado con los contrastes de luz y color que diferencia a las culturas mediterráneas de las del norte de Europa. En tercer lugar, ambos relatos tienen en común una línea temática que tiene que ver con la separación, con la pérdida y con la elección de itinerarios vitales.
La estética visual de Cinco centímetros por segundo combina un diseño de personajes en esa línea del manga sentimental para chicas (shojo), que tanto nos recuerda a series como Candy Candy, con una recreación de paisajes soberbia, llena de detalles realistas y verosimilitud contextual. Una mezcla explosiva (por muy habitual que sea), que consigue, no obstante, esquivar parcialmente el territorio de la afectación o la cursilería (en la que, apesar de todo, cae la cinta en alguna que otra ocasión; sobre todo en las ensoñaciones espaciales del segundo episodio o en el infumable karaoke del tercero) gracias a un tratamiento de la luz realmente brillante y a un ritmo sosegado, casi hiperestésico. Debido a ello, el paso de las estaciones, la climatología y los escenarios naturales y urbanos, adquieren un papel protagonista en la película a la hora de trasmitir su carga lírica.
La historia de Takaki Tōno y Akari Shinohara, o la de Takaki Tōno y Kanae Sumita, nos remiten a unas vidas cualesquiera, y nos recuerdan las bifurcaciones innumerables que salpican la existencia del ser humano, las elecciones que conforman nuestro destino. Takai, Akari y Kanae se conocen en la adolescencia, ese periodo en el que cada tropezón duele como un derrumbamiento, se separan y se vuelven a encontrar cuando ya es demasiado tarde. La película de Makoto Shinkai se recrea en los momentos de la angustia previos a ese encuentro que se presume definitivo ("Extracto de flor de cerezo"), en los de inseguridad personal y ausencia de certezas ("Cosmonauta") y en la separación definitiva y ese tan triste "y cada uno siguió su camino" ("Cinco centímetros por segundo").
En fin, que no estamos seguros de que la cinta de Shinkai nos haya gustado tanto como la versión comiquera de Fior, pero una cosa sí es cierta, el cuerpo se nos ha quedado casi igual de nostálgico y pesaroso que con aquella. Un ejemplo de que no hay que dejar de ver algo de anime de vez en cuando; puede ser bueno hasta para el alma.

lunes, enero 09, 2012

Los hijos de octubre, de Nikolai Maslov. Paisajes nevados.

Acabamos de leer, con unos años de retraso (si es que tal cosa puede darse en el acceso al conocimiento), las historias de Nikolai Maslov en Los hijos de octubre. Nos han gustado. Hasta que José Alaniz y Fantagraphics publicaron hace un año Komiks. Comic Art in Russia, para algunos de nosotros las viñetas no parecían tener mayor presencia en el ex-país de los zares. En su obra, Alaniz le dedica todo un capítulo a Maslov, comenta la polémica y limitada difusión del autor en su propio país y lleg a decir que "el ejemplo de Maslov revela hasta que punto ha cambiado y ha saltado por los aires la percepción que los rusos tienen de sí mismos -lo que significa ser ruso- después de la caída del comunismo".
Porque las historias de Nikolai Maslov, en realidad, sólo hablan de fracasos, como suponemos que sucede en su autobiografía, que aún no hemos leído pero que estamos deseando conocer. Tampoco creemos que las historias cortas de Maslov sean otra cosa que eso, de hecho, retazos autobiográficos y fragmentos de un mundo que el autor conoce bien: el de la Rusia postcomunista atomizada y miserable, la gélida miseria siberiana y la devastación social de un mundo rural corroído por el alcohol y la pobreza.
La edición de Norma editorial, dentro de su colección Graphic Journal, cuenta además con tres textos de apoyo, casi tan interesantes como el propio trabajo de Maslev, a la hora de conocer la biografía del propio artista, su contexto político y económico, y el estado actual de la Rusia rural. La introducción al cómic, "Siempre rusos", de José A. Zorrilla, comienza así:
Asegura una leyenda urbana que el nacimiento del cómic ruso tuvo lugar cuando un guardia de noche de Moscú, Nikolai Maslov, entró en la librería Pangloss y le propuso a su dueño, el mítico Emmanuel Durand, Manu, escribir un libro, "Una jeunesse soviétique", primer acto del libro que tienes en las manos. Manu aceptó y durante tres años dio a Maslov los doscientos dolares al mes que necesitó para completar su obra.
Zorrilla nos ayuda a entender a ese guardian nocturno que deja su trabajo por una utopía necesaria, y nos ayuda a entender la rara iluminación de su gesto dentro de un universo cultural ruso que a lo largo de la historia ha estado jaspeado por otras personalidades iluminadas por la fuerza de una misión ulterior, como Tolstoi o Chéjov.
La presente edición completa el cuadro biográfico y social con dos artículos finales, "Nikolai Maslov, una experiencia biográfica", de Rafael Poch-de-Feliu (corresponsal de La Vanguardia en Rusia durante veinte años), y "El mapa de Petrovitch", de Emmanuel Carrère, que dibuja su recorrido personal por los subterráneos de la vanguardia artística moscovita contemporánea y cómo llegó a saber de un tal Maslov que ha vivido siempre de espaldas a cualquier panorama intelectual.
Sin duda, el trabajo de Nikolai Maslov sería siempre una rara avis dentro de cualquier escena cultural. Sus dibujos a carboncillo muestran la inocencia del aprendiz sin pretensiones, del amateur dotado para el paisaje, pero a veces torpe e irregular. Su mirada es silente e inocente como la de un niño. No hay cargas morales, ni doctrina en las historias del artista, sino contemplación resignada y paciente relato al ritmo de la vida. La mirada del hombre común con un lapiz en la mano.
En "El barine del bosque", un padre recuerda la fecha de cumpleaños de un hijo que ya no está y recorre física y mentalmente los escenarios compartidos, los momentos vividos y disfrutados entre ambos. El lector asiste a la escenificación de su tristeza, al recuerdo docil e intenso de sus paseos por el bosque; el lector se siente, por un instante, tan sólo como ese anciano al que sólo le resta la muerte, pero que se agarra con fuerza a la vida a través de su lúcida memoria. "Una noche" es la pesadilla alcohólica, probablemente vivida por el propio Maslov, de un vigilante nocturno que, atenazado por una vida solitaria y por un trabajo alienante, se refugia en el vodka; el único amigo fiel que han tenido generaciones enteras de rusos empobrecidos, desocupados y abrumados por recuerdos bélicos, el verdugo final de sus vidas. El mortífero destilado reaparece en el relato "La partida de mi colega", lleno de patetismo y trágicos presagios, o en "Un hijo", que hace una descripción cruel y desesperante de degradación etílica de la juventud rusa en los entornos rurales. "La hija" funciona como narración-espejo y nos ofrece la imagen paciente y sumisa de las mujeres jóvenes rusas en aquel mismo contexto.
El cómic de Maslov es, en definitiva, la historia del hijo pródigo que vuelve a su casa para constatar que ya no queda nada ("El espía"), que las casas de madera están caídas, que las gentes que las habitaban están muertas o han huido, y que lo único que permanece inmune al paso del tiempo y de los hombres son los paisajes nevados esteparios, los bosques solemnes de pinos y abedules, y los antiguos campos de cultivo conquistados ahora por la nieve: la naturaleza majestuosa e inaccesible que asiste al triste derrumbe del ser humano. Gracias a cómics como "Los hijos de octubre" podemos nosotros contemplar las ruinas del antiguo imperio bolchevique, desde el otro lado del mundo, y aprender del pasado.