lunes, marzo 26, 2012

Con Bastien Vivès y Polina en Culturamas.

Hoy les trasvasamos la visita a nuestra segunda casa, Culturamas. Les hemos dejado allí unas letras con nuestras impresiones después de navegar por las páginas de Polina, ese tomaco viñetero que nos regaló Bastien Vivès el curso pasado. Como imaginarán, de nuevo, sólo tenemos buenas palabras para el bueno de Vivès, un autor que para algunos ya ha adquirido la categoría de genio y para nosotros está en camino de conseguirla: no le contamos ni una obra mala y, con Polina, sigue sumando méritos y muchas virtudes.
Les dejamos con
"Polina, sobre la danza y la ligereza de la pluma".

lunes, marzo 19, 2012

Comix "endrogados" para una era hippy: Dope Fiend Funnies.

Casi siempre pensamos en la era hippy como en los años dorados del pacifismo buenrollista, el amor libre, la psicodelia y el consumo desmedido de ácidos, marihuana y demás pócimas lisérgicas. Gran parte de ese imaginario responde a un estereotipo que apenas se extendió durante más de 3 ó 4 años y que a lugares como nuestro país no llegó más que como un espejismo lejano idealizado.
Pese a todo, si uno rastrea en la herencia musical de finales de los 60 o investiga el dossier contracultural de aquella norteamerica hippy, no deja de encontrar obras artísticas, discos y comix que parecen refrendar y magnificar la herencia hippy y underground de aquellos años.
Como sospecharán, viene todo esto a cuento de esos comix de los que, de tanto en cuanto, les solemos dar cuenta en esta casa. Les vamos a hablar hoy de una peculiar derivación (o familia temática) de los cómics underground: los comix narcótizados.
Se adivinaba ya el subgénero en el mismísimo ZAP de Crumb, sobre todo en las páginas de los Rick Griffin o Victor Moscoso. Eran las suyas unas historias que adolecían de línea narrativa, que basaban su diégesis en una sucesión de imágenes evanescentes y polimorfas de naturaleza surreal. En sus viñetas, los personajes y los objetos se estiraban, se distorsionaban, se evaporaban o adquirían una cualidad mutante, como si lo que se nos contara fuera un sueño, un recorrido por un laberinto de espejos deformantes o, directamente, un "viaje" ácido. En el trayecto narrativo se intuía con claridad la búsqueda de la alucinación, la recreación de los estados alterados de conciencia, aunque, en la mayoría de los casos, en los comix de Griffin y Moscoso las alusiones al mundo de la droga sólo estaban en un grado latente.
Lo intuido se haría obvio casi inmediatamente. Entre 1968 y 1975 fueron avalancha el número de publicaciones underground que, sin ningún tipo de tapujo, decidieron apostar por la apología gamberra, discursiva o explícita de los estupefacientes. Aparecieron multitud de tebeítos (muchos de ellos números únicos) que completaban todas sus páginas con historias cortas centradas alrededor del consumo de marihuana, LSD, cocaína o speed. En esa atmósfera se movían, por ejemplo, los Freak Brothers de Gilbert Shelton, aunque en sus tebeos, el continente hippy se alimentaba por igual de rock'n'roll, carretera y hierba; la droga era sólo un ingrediente más de la contextualización underground.
Ahora, nos estamos refiriendo más bien a publicaciones como Dope Fiend Funnies ("Historietas para drogatas"), Weird Trips ("Viajes raros"), Dope Comix ("Comix de droga") o Cocaine Comix. Comic-books en los que todas sus historias orbitaban alrededor del universo narcótico. En ellos, encontramos docenas de historias realizadas por autores underground casi desconocidos.
Echemos un vistazo a uno de ellos: el número uno (y único) de Dope Fiend Funnies, un comix de 1974 completado integramente por autores británicos, pocos de los cuales han pasado a la historia del cómic (gente como William Rankin, Chris Welch o Malcolm Livingstone). Entre sus doce historias, la más mentada y conocida es sin duda "How To Spot A Dope Fiend", de Edward Barker; un mini-inventario paródico de adictos a partir de los efectos que diferentes drogas provocan en sus consumidores. Todo ello con un estilo gráfico tosco y grotesco, muy underground.
En el resto de sus páginas encontramos algunas historietas divertidas, como el näif homenaje porrero de Chris Tyler a Gilbert Shelton en April Fool o esa enloquecida aventura de policías y alijos decomisados que es Wheeler Dealer (sin firma), que tanto nos recuerda al estilo de algunos de los autores MAD como Will Elder o John Severin; entremezcladas con ellas hay también otras historias bastante rolleras, para que negarlo, como la excesivamente larga y caótica " These Things Take Time" o el cacao mental con aspiraciones literario-artísticas de William Rankin en "The Raphaelite Brotherhood". En definitiva, y como solía suceder en estos cuadernillos underground, una selección irregular en la que cabe un poco de todo y cada historia presume del tono gamberrete e irreverente que caracterizó al movimiento.
Les dejamos aquí las dos primeras páginas del mencionado "How To Spot A Dope Fiend" a una buena definición, para que se hagan una idea:

miércoles, marzo 14, 2012

Fanzine Flotante 1.

Les presentábamos el otro día a Marina. Hoy queremos enseñarles su habitación de alquiler hasta que tenga una propia en la Luna; la decoración corre a cargo de Isla Flotante (Thule Ediciones). Su Fanzine Flotante #1 está habitado por inquilinos sorprendentes, astronautas y marcianos siderales; uno de ellos se llama Zap, por cierto.

lunes, marzo 12, 2012

Antes de la novela gráfica, de José Manuel Trabado.

De ordinario se presta poca atención a los soportes en los que una obra de arte toma forma. Frente a los estilos, artificios narrativos, personajes, etc., éste parece pasar inadvertido y, como es bien sabido, el soporte condiciona en gran medida el mensaje. Esto es más evidente, si cabe, en el campo del cómic, en el que la poética y las posibilidades expresivas dependen en gran medida del espacio que se les deje para desarrollarse. Los formatos del cómic norteamericano -la tira diaria y la página dominical en la prensa, el comic-book y, el más moderno, de la novela gráfica- se presentan a sí mismos como algo que los vuelve reconocibles pero, también, ese mismo formato ofrece un cauce de representación que condiciona las posibilidades expresivas.
Con estas palabras comienza Antes de la novela gráfica. Clásicos del cómic en la prensa norteamericana, el último libro de José Manuel Trabado, editado por Cátedra. A José Manuel nos hemos referido ya aquí en varias ocasiones con motivo de los excepcionales cursos de verano que organiza, año tras año, en la Universidad de León. No lo habíamos hecho aún aludiendo a su faceta de investigador, en la que brilla igualmente con artículos tan lúcidos como aquel dedicado a Chris Ware.
En Antes de la novela gráfica, el autor teje una tesis impecable acerca de cómo muchos de los hallazgos que ofrece la novela gráfica, y bastantes de sus virtudes (que ya destacó Santiago García en La novela gráfica), encuentran un precedente, una influencia o un fundamento seminal en las tiras de prensa y las páginas dominicales de algunos autores concretos del cómic norteamericano, como Winsor McCay, George Herriman, Frank King o Will Eisner; en realidad, los primeros grandes maestros del medio.
José Manuel fundamenta su investigación en el estudio semiótico-filológico de la obra de estos autores y analiza los elementos dentro de la misma que han confluido en fechas recientes en un formato como el de la novela gráfica (porque así la entendemos nosotros, como un formato), al que se tiene por un vehículo de madurez del cómic y un soporte cualificado para producir en el medio comicográfico obras artísticas al mismo nivel que las que se gestan en otros discursos narrativos, y artísticos en general. En este sentido, Trabado reivindica a partes iguales el mundo de la novela gráfica y el de los formatos clásicos norteamericanos, pues, como señala en su prólogo ("El efecto de la novela gráfica y la recuperación de los clásicos"), la prensa no siempre ha tenido un efecto restrictivo en la evolución del cómic: "...podría incluso defenderse la tesis contraria: la página dominical permitió ciertos registros y el desarrollo de determinados experimentos gráfico-narrativos que podían estar vedados a otros formatos más extensos" (pág. 10).
José Manuel Trabado analiza, con el rigor del científico y la pasión del lector exhaustivo, tiras y planchas de McCay, King o Herriman, y con su mirada analítica nos permite releer a los clásicos a la luz de nuevas ideas como las de las "fronteras visuales" en Little Nemo in Slumberland, el "espacio ágora" en Gasoline Alley o el "minimalismo lírico" de Krazy Kat (aquí, el índice completo del asunto). Tan disfrutable, que invita a releer los clásicos desde otras perspectivas.