miércoles, agosto 29, 2012

Kovra cuatro, el underground necesario.

Los chicos de Ediciones Valientes se retratan en su nombre. Hace años que seguimos con atención las correrías editoriales y las aventuras digitales de los Martín López e Irene Pérez. Hace mucho que esperamos y coleccionamos los imaginativos y siempre tonificantes números de El temerario, un mini-cómic descargable, imprimible y plegable, que además de ser gratuito, esconde buenas dosis de imaginación y talento. Además, en el listado de colaboradores del Laboratorio de Gráficas Valientes encontramos nombres que, si nos siguen, sabrán que gustan en esta casa; los Esteban Hernández, Álvaro Nofuentes, Miguel Porto, Mireia Pérez...
Hace poco, ha llegado a nuestras manos (gracias Martín) el nuevo número de su comix-zine Kovra #4, un fanzine que, por su cada vez más cuidada edición y volumen, empieza a parecer un libro en realidad. Lo hemos disfrutado como disfrutamos las buenas publicaciones de vanguardia. Defendemos en estas páginas la existencia de revistas, editoriales y autores que se muevan en el margen de la oficialidad. Siempre lo hemos hecho, porque nos parece que la salud del arte (y de la cultura) está condicionada en gran medida por los hallazgos de esos outsiders que, en este mundo de culturas uniformadas y fórmulas repetidas hasta la extenuación, nos 0frecen un poco de aire fresco. ¡En cuántos casos, además, termina el mercado engullendo y masticando los hallazgos del extrarradio para convertirlos en papilla cultural digerible por una masa que la consume irreflexivamente al ritmo del jingle y el slogan!
Alabamos en su día la existencia, también valiente, de La Cruda, el libro-fanzine de Gonzalo Rueda y los suyos, otra publicación esporádica, aleatoria e impredecible, que resulta ser una puerta abierta a la vanguardia artística (no sólo comicográfica) contemporánea. Kovra funciona en otro nivel, en el mundo subterráneo y refrescante, desde su incorrección política y libertad mental, del cómic underground. Aunque el movimiento primigenio se ubicó entre los años 60 y 70, la escuela del underground, su ideario estético, nunca se ha cerrado y ha mutado en miles de formas, a partir de geografías, intenciones y contextos muy concretos. En este sentido, podemos decir que el cómic actual no se entendería sin las diversas publicaciones underground que renuevan constantemente su cauce temático; e incluso editorial, porque ¿no fue también underground la concepción inicial de autoedición de aquellos mini-cómics estadounidenses que, en los años 90, sirvieron de escuela y taller a las estrellas del presente (los Tomine, Millionaire o Ware)?
Publicaciones como Kovra (o el Argh! de Jorge Parras) hacen esa labor necesaria en nuestro país, del mismo modo que en Suecia lo hizo Galago en su día o en Italia lo hace Canicola (sólo similar en espíritu, ya que los italianos se mueven en una línea mucho más cercana a la vanguardia experimental y al diseño gráfico de aquella Raw de don Art Spiegelman). La lista es interminable, desde los eslovenos de Stripburger, a las publicaciones del Institute Pacôme y los increíbles e inabarcables proyectos de Le Dernier Cri en Francia. Kovra es una de nuestras mejores revistas underground y ellos lo reivindican desde esta etiqueta autoacuñada de comix-zine, que les viene como un guante.
Kovra tiene además una vocación internacional. Lo comprobamos en su número cuatro con el número creciente de colaboradores extranjeros y con la traducción de todos los textos al español (e inversa, al inglés). Encontramos un buen puñado de historias dignas de mención: nos han impresionado la línea impecable y la inteligencia narrativa del peruano Rodrigo La Hoz en La madriguera, sin duda, una de las mejores historias del volumen.
Andrés Magán se demuestra como un continuador legítimo de la línea chunga y de sus mejores representantes, con un estilo gráfico que nos recuerda sobremanera al gran Paco Alcázar. Leíamos la historia de la norteamericana Mickey Zacchilli y nos acordábamos de nuestro muy admirado Brian Chippendale y de sus Fort Thunder. El neo-underground encuentra su refrendo más claro en My Love, una historia irreverente y amputada, que parece un divertido mano a mano entre Martí y Burns. Claro que, para irreverentes, "McFly", la mosca viciosa de Santi Z (que cuenta con varias participaciones en el número), la breve colaboración de Jorge Parras, el homenaje a Steve Jobs que se marca Nofu o esa historieta políticamente incorrectísima de Cristina Daura que es Les Bruixes Catalanes.
El chino June Lee se lleva el premio a la participación más surrealista, gracias a su reducción al absurdo de las convenciones del manga (¿o del manhwa?, ¿hay "palabro" chino?). La otra cara de la moneda la marcan el costumbrismo social de las dos historias de Martín López y el biopic jazzístico de Pablo E. Soto. Nos gusta, finalmente, el simbolismo existencial que se esconde detrás de las historias de Don Rogelio J., de la colombiana Paola Gaviria y de la belga Martha Verschaffel.
Ya ven, cómic de vanguardia para todos los gustos, nacionalidades y sexualidades, aunque, como buen underground, no para todas las edades. Que sí para la suya.
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(Actualización: 31 - agosto - 2012)
El mismo Martín López nos ayuda a completar el post sobre el underground europeo con dos o tres vínculos de verdadero interés. Reproducimos sus palabras:
Tonto comics, de Graz (Austria), a mi parecer, hacen la mejor revista de comic con mucha diferencia. La última está dedicada al noise, entablando relacion entre la narrativa dentro del comic con la forma de componer la música.
Komikaze de Croacia tienen version online y version impresa. Lo de los croatas es flipante. Echa un vistazo por la red a Igor Hofbauer y Dunja Jankovic. Precisamente, Dunja, que colabora en el Kovra, esta organizando un festival de Comic Experimental llamado THE PROJECTX en Portland.

lunes, agosto 20, 2012

Adivinando tendencias y tensiones en ArteSantander 2012.

Más de arte. Entre el 18 y el 22 de julio tuvo lugar la vigésimo primera edición de ArteSantander en la capital cántabra. Con una afluencia de público moderada y pocas ventas, la exposición nos permitió extraer pequeñas conclusiones acerca del estado general del mundo de las galerías y las exposiciones de arte contemporáneo en estos tiempos de crisis.
Frente a ediciones anteriores, observamos, por ejemplo, una apuesta firme por pequeños formatos y el abandono por parte de las galerías del lujo de los grandes nombres y las piezas imposibles. En este sentido, ayudó el formato Solo Projects planteado por la organización. Se ve que es momento de ventas más que de ostentaciones o reafirmaciones. Pese a todo, muy pocos puntos rojos el último día del evento.
Durante los últimos años, hemos tenido la sensación de que el mundo del arte culto había apostado claramente por el dibujo, frente a la pintura, el collage, las instalaciones o la reproducción seriada de otras épocas. Estamos en los años de apogeo del arte urbano y del éxito de los Juan Francisco Casas y compañía. Ha coincidido este periodo con el momento de madurez del cómic y con la celebración cultural de algunos de sus autores, que han alcanzado el grado de estrellas artísticas y han llenado las paredes de prestigiosos museos con su obra. No es casualidad.
Constatamos ahora que en las paredes de muchas galerías se observa una nueva bifurcación plástica interdisciplinar, aunque en este caso, hacia un universo aparentemente mucho más acotado: el de la ilustración infantil. Aparecen más y más ejemplos de autores que manejan el lienzo (o directamente la hoja de papel) como un nuevo jardín de las delicias influido por el manga y la ilustración japonesa, el surrealismo-pop y la ilustración clásica; y, lo que es más notable, parece ser que son estos creadores quienes más éxito están teniendo entre el selecto grupo de coleccionistas adinerados. De algunos de los representantes de este emergente universo artístico ya hemos hablado en estas páginas.
Pero vayamos por partes y acerquémonos con más detalle a las propuestas planteadas en ArteSantander 2012. Estudio Ariza, de Tenerife, presentaba diferentes piezas de La floresta mágica, del cubano Manuel Mendive, una serie de témperas, bastones de madera decorados y cuadros sobre madera troquelada que recrean, dentro de su surrealismo mágico, motivos de bosques encantados muy en la línea de la tradición pictórica vanguardista caribeña; por su uso del color y la temática elegida, a nosotros nos recordó mucho al trabajo de un ilustrador ya mítico, Maurice Sendak. También la madrileña Blanca Berlín se movió en territorios próximos a la ilustración infantil gracias a una colección de dibujos y acuarelas sobre papel con un aire naïve e informal y un punto desasosegante, firmadas por The Children Pox (el español Juan Zamora y la belgo-mexicana Alejandra Freymann). Otro tanto hacía Aranapoveda, al presentar el trabajo My animal dance, de una artista que nos gusta, Rosana Antolí, compuesto por varias piezas de pequeño tamaño, una videoinstalación y un gran dibujo central (habitado por bellas jovencitas en un contexto zoológico), que podrían haber estado firmadas por Howard Cruse en un mano a mano con Shintaro Kago; una mezcla sólo aparentemente imposible, que funcionaba muy bien sobre todo en las piezas más grandes. Los dibujos que ocupaban los muros de la valenciana pazYcomedias no eran de Shaun Tan, que así lo parecían, sino de Sergio Luna, y debían su cualidad hiperrealista al uso virtuoso de la tinta china por parte de su autor. La propuesta de Diego del Pozo Barriuso, en la salmantina Adora Calvo, resultó mucho más mecánica y estilizada, con su juego cruzado de diagramas, letreros y dibujos antropomórficos próximos a la estética de la señalética (muy a lo Julian Opie o Rutu Modan).
También nos gustó redescubrir en Ethall, de Barcelona, la premiada obra de Martín Vitaliti (ha obtenido el premio Museo ABC de Dibujo este mismo año), un amigo reciente de este blog, que basa sus obras inclasificables (¿instalaciones, decoupage, collage, assemblage?) en el apropiacionismo, no sólo de las técnicas del cómic, sino del cómic físico en sí mismo.
Una de las galerías que más atenciones concitó fue la madrileña Liebre, que dedicó su espacio a las instalaciones de luz de Laramascoto (Santiago Lara y Beatriz Coto): sus Grandes avatares, a partir de smartphones, nos recordaron, precisamente, a la obra del arriba mencionado Juan Zamora (que vimos hace dos años en el DA2); realmente interesantes ambos. Más atractiva aún nos pareció El pacto de las luces, de nuevo un juego de videoproyecciones sobre un dibujo mural, cargado de connotaciones lóbregas y referencias a las criaturas nocturnas de la cuentística popular. Fantástica pieza.
En una línea completamente diferente, nos gustaron mucho los fotocollages sobre acetato de Simon Edmonson, en Álvaro Alcázar; las falsas composiciones espaciales tridimensionales de Nicolas Grospierre (en Alarcón Criado); las preciosas y atmosféricas fotografías granuladas de Petra Lindholm, de la berlinesa Collectiva; y la efectista y técnicamente perfecta propuesta de Sicart, con los murales y las cajas de neón de Fernando Navarro Viejo.
Un año más, Santander ha sido un foco de interés artístico dentro del verano español. Esperemos que no sea la última, a la vista del negocio (la ausencia del mismo) surgido a su alrededor, pese a que, esta vez, la entrada al recinto era gratuita. Como suponemos que las instituciones locales y regionales (que están entre los "inversores" más fiables en este tipo de eventos) tampoco han aliviado en demasía la falta de actividad comercial, cada vez nos cuesta más atisbarle un futuro optimista a la miriada de ferias y exposiciones de arte contemporáneo que han florecido en nuestro país durante los años de abundancia y derroche. Tendrán que empezar por abaratar o incluso ofrecer el espacio expositor de forma gratuita a las galerías y, luego, cruzar los dedos para que esos ricos que, nos dicen, lo son cada día más, entre la desgracia colectiva, sigan pensando que el arte es un buen campo de inversión. Sea como fuere, ojalá a ArteSantander le queden muchos años de vida y mejor salud, y que Superman nos pille confesados.
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(Actualización: 23-agosto-2012):
Para profundizar más en el trabajo de Vitaliti, les remitimos a las dos siguientes entradas de Pablo Turnes; analíticas y verdaderamente instructivas:
http://bibliapobre.wordpress.com/2011/10/26/al-infinito-y-mas-aca/
http://bibliapobre.wordpress.com/2012/03/08/la-paradoja-del-carbono-14/

lunes, agosto 13, 2012

Barcazza, de Francesco Cattani. La claridad.

Nos encontramos por primera vez con Francesco Cattani en el excelente catálogo de Canicola, su editorial italiana. Y allí ojeamos también por vez primera las páginas luminosas y acuáticas de Barcazza, la premiada obra que acaba de publicar Sins Entido en nuestro país.
Abrimos la primera página y nos topamos con el título y dos planchas elaboradas con un trazo nervioso, semiabocetado (muy De Crecy o Sfar). Es una falsa impresión. El dibujo de Cattani se caracteriza por una línea clara (clarísima) firme y sin modulaciones. Uno de esos trabajos precisos y meticulosos que parecen obra de un delineante, como es el caso de los Anders Nilsen o Sammy Arkham. Cattani prescinde totalmente de tramas y sombreados, y fía toda la fuerza de su dibujo preciosista al poder de la línea desnuda. Son, en consecuencia, las páginas de Barcazza una fuente de luz, de luminosidad estival (la historia se desarrolla entre chapuzones veraniegos y villas situadas en calas rocosas), y escenario para espacios desnudos y atmósferas contemplativas.
Y es que Barcazza es uno de esos cómics donde, en realidad, no pasa nada, pero, como en la obra de otros creadores contemporáneos afines (escritores como Richard Yates o Raymond Carver -se puede ser contemporáneo y estar muerto-, y directores como Abbas Kiarostami o Atom Egoyan), se presiente todo. También lo hacen Tomine o el Porcellino en el mundo del cómic. El ejercicio narrativo consiste en seleccionar un instante preciso en la vida de un personaje, de un grupo de personajes en este caso, y desvelarnos a través de sus actos esos matices de la personalidad, esos secretos de la biografía, que permanecen ocultos al observador externo. Algo así como un extracto del día a día, un concentrado (significativo) del slice of life.
Comienza Barcazza, como hemos señalado, con una escena veraniega más o menos habitual: lo que parecen los miembros de una familia disfrutan de un día en alta mar en una lancha junto a un pequeño atolón de riscos, desde los que los niños saltan y se zambullen en el agua. Los adultos toman el sol y charlan en la barca, sin perder de vista las correrías acuáticas de los menores. Así de normal todo y, sin embargo, la escena y las conversaciones entre los personajes alumbran segundas lecturas y dejan entrever la estructura profunda de la realidad. Ya desde estas primeras secuencias, no hemos podido evitar acordarnos de esa magistral película de Michelangelo Antonioni que es La aventura, una historia llena de elipsis y misterios que también habla de paseos en yate, islotes rocosos y baños en altamar.
La segunda parte de la obra se desarrolla en el contexto de una preciosa casa costera de muros encalados, aislada del interior por acantilados y arrecifes de rocas. El escenario ideal para el aislamiento y para la paz interior, pero también para la cocción de inquinas y la ebullición sexual. Cattani recurre al silencio cargado de emotividad de los espacios vacíos, a las transiciones lentas, a los planos de detalle y a sigilosos zooms espaciales y "movimientos de cámara" subjetivos que sitúan al espectador en la posición del voyeur que espía por el ojo de buey de un camarote (o de un muro blanco en medio de la nada). Y sobre nuestras cabezas, un cielo como un mar que proyecta una luz blanquísima.

lunes, agosto 06, 2012

Pop en Pucela.

Verano pop, oigan. No acabamos de hablar de lo de Hockney en Bilbao y volvemos ya con otro evento expositor, en Valladolid esta vez.
Resulta que desde el 19 de junio y hasta el 19 de septiembre, tendremos la oportunidad de ver una exposición de lo más granado del Pop Art estadounidense en la Sala Municipal de Exposiciones del Museo de Pasión, en Pucela. "This is Pop Art", se llama la muestra, y recoge algunos de los trabajos más conocidos de Andy Warhol, Keith Haring, Robert Indiana, Roy Lichtenstein, Steve Kaufman, el fotógrafo Bert Stern y el genial, y muy reivindicado en los últimos años, Robert Rauschenberg. De varios de ellos, hemos hablado en numerosas ocasiones en este blog. Ahora tenemos la oportunidad de contemplar en vivo más de 90 obras clave del movimiento.
El POP ART, cuyos orígenes habría que buscar en el dadaísmo, muestra los rasgos esenciales asociados al ambiente cultural de los años sesenta y al sentir de una sociedad consumista que idolatra a las estrellas de Hollywood y convierte a los mass media en testigos imprescindibles de un mundo que empieza a sentirse global. Las firmas comerciales -como Kellog´s, Heinz o Campbell- pasan de las estanterías de los supermercados a las paredes de las galerías de arte, acuñando códigos de una nueva era. La American way of live, la modernidad propulsada por los medios de comunicación masivos, el consumo desbordante en el mundo del próspero capitalismo tejían nuevos conceptos de cultura y ruptura.
El Pop Art se apropia de técnicas plásticas propias de los medios de comunicación masivos, como el comic, la fotografía y los distintos procedimientos derivados de ella -ampliaciones y yuxtaposiciones, collages, fotomontajes-, y el cartel publicitario, con sus diferentes técnicas visuales -acumulación, oposición, supresión-. La utilización de la pintura acrílica, derivada de los colores planos del cartel, el cultivo de la bidimensionalidad, el recuso del dibujo nítido y la utilización del gran formato son otras tantas características del pop-art americano.
La serigrafía se convierte en una de las técnicas más empleadas entre los artistas pop, por la libertad de creación que permite, la posibilidad de realizar trabajos de forma más rápida y porque permite al artista realizar gran número de obras, lo que se adapta al concepto de trabajo de repetición.
De casi todo ello encontraremos ejemplos en el Museo de Pasión: desde las Merilyns de Warhol o sus latas Campbell, al apropiacionismo viñetero de Lichtenstein, los collages de Rauschenberg o ese Love de Indiana que ya se ha convertido en icono del diseño tipográfico y la moda. Y todo ello presentado bajo el formato de serigrafías, litografías, collages, fotografías o grabados, las técnicas reproductivas favoritas del Pop Art, por su naturaleza seriada y la asequibilidad económica que aportaban a la obra. Recordemos que uno de los argumentos básicos del Pop residía precisamente en esa naturaleza popular y accesible de la obra: el arte al alcance del pueblo, junto al objeto de consumo introducido en el museo y convertido en obra de arte. En esta muestra se prescinde de óleos y acrílicos, aunque la obra de Lichtenstein y Rauschenberg, por ejemplo, reuna muchas obras relizadas con estas técnicas, en pos de piezas seriadas (por otro lado, mucho más fáciles de reunir, claro).
Otra de las virtudes de la exposición reside en el espacio elegido para la misma: una antigua iglesia que multiplica los matices simbólicos y ofrece un marco de lectura irónico a muchas de las obras representadas en sus salas. Es refrescante estudiar los diez cuadros de la serie Apocalypse, la serie de obras de Keith Haring elegidas para la exposición (que realizó junto al escritor beat William Burroughs en 1988), en un edificio que otrora servía para ensalzar y dar cobijo a casi todo lo que sus cuadros, profundamente antirreligiosos, critican: un ataque abierto y cruento contra la iconografía religiosa y el insoportable peso moralizante y punitivo que la religión tiene en la vida de las personas (más aún en la de un homosexual como él). Algo similar sucede con la ubicación de Saint Apollonia, de Andy Warhol, en los muros del rellano de la escalera que conduce al piso superior. Trasgresión Pop en estado puro.
Una exposición muy recomendable para todos los amantes del Pop Art, y una ocasión inmejorable para constatar la supervivencia de tantos y tantos iconos nacidos a la vera de un movimiento que, hace unas décadas que parecen siglos (así de rápido avanza el arte y el mercado que todo lo fagocita), fue el summum de la provocación.