lunes, junio 17, 2013

Sobre Bardín y Vapor en la SER.

Hace unos días nos juntamos con nuestro amigo Borja Lucena, profesor y filósofo, para charlar (tan brevemente como nos permiten nuestras pildoritas radiofónicas en la SER) sobre Max y su última deriva filosófico-reflexiva. La que se manifiesta en sus últimas obras, especialmente en Bardín el Superrealista y en Vapor.
Con la excusa, recorrimos a toda velocidad su biografía comiquera antes de llegar a su fructífero momento presente. Nos encantaba el Max de Peter Pank y La muerte húmeda y nos encanta el Max mucho más intelectualizado de Bardín y Vapor. Siempre esperamos sus obras con expectación contenida. Por algo es un (el) referente del cómic español.

lunes, junio 10, 2013

En la cocina con Alain Passard, de Blain. MasterChefs.

Como tantos otros, estamos enganchados a ese concurso gastronómico televisivo, mezcla de Con las manos en la masa y Operación Triunfo, que responde al nombre de MasterChef. Aunque su edición americana lleva ya años triunfando en antena, en nuestro país el estreno se ha hecho de rogar. Eso sí, ha entrado como un tiro. Son muchas las virtudes del programa: es dinámico, entretenido y apetitoso, está bien dirigido por sus presentadores (los cocineros "Michelín" Pepe Rodríguez y Jordi Cruz, sobre todo, se han hecho un traje televisivo que les sienta impecable) y ofrece una visión ecléctica y atractiva del recetario tradicional español mestizado con la alta cocina. Hasta el punto de que sus espectadores estamos empezando a ser expertos en conceptos culinarios especializados; a ver a quién se le ocurre a partir de ahora "marcar" mal la carne o dejar muy líquida una brandada de bacalao.
Imposible no sentir aprecio por algunos de sus protagonistas o rechazo ante la prepotencia de otros. Media España se ha decantado por un tipo de buen corazón y voluntad infinita llamado Juan manuel. Nosotros también le deseamos la victoria. MasterChef es un concurso-reality con una factura espléndida y una gestión modélica de los tiempos y el suspense televisivo; el concuso se ve prestigiado, además, por la aparición regular de los mejores cocineros de este país, quienes (de forma testimonial, quizás, pero con una capacidad innegable para fascinar al espectador-comensal) realizan visitas sorpresas y pequeños talleres durante las grabaciones de los diferentes capítulos.
Liguemos ideas con una flor de sal y una nuez de mantequilla.
Afortunadamente, hace ya mucho tiempo que los cómics culinarios no son sólo cosa del tebeo japonés. Aún y así, uno de los mejores tebeos gastronómicos que hemos leído nunca lleva firma nipona, la del maestro Jiro Taniguchi. En El gourmet solitario, Taniguchi aúna su pasión por la comida japonesa con otras dos de su grandes obsesiones: el viaje y la contemplación (que combinó también, tan bien, en El caminante); es éste un cómic que se lee como una narración de viajes, al mismo tiempo que como una guía gastronómica y un tratado de reflexión interior. Maravilloso Taniguchi.
Dicen los expertos, sin embargo, que el mejor cómic de cocina que se ha hecho nunca (maximalismos canónicos al poder) es En la cocina con Alain Passard, del francés Christophe Blain.
Para los muy despistados, aclarar que Blain es el autor de una de las obras más libres, aventureras y magnéticas del cómic contemporáneo reciente: Isaac el Pirata. Una transgresión radical de uno de los géneros aventureros por excelencia, las aventuras de corsarios y bucaneros. También lo es (una transgresión), su particular revisión del western a través de su serie Gus. Encuadramos a Blain dentro del grupo reciente de renovadores del tebeo francés, unos autores que crecen a partir de la heterodoxia y de la experimentación. Muchos de ellos surgen del espíritu editorial radical del colectivo L'Association; otros muchos se han unido por el camino al recorrido experimental e independiente que abrieron autores como Baudoin: estamos pensando en artistas de la talla de Blutch, Sfar, De Crecy, Trondheim, Larcenet o el propio Blain. Y más recientemente Bastien Vivès. Todos ellos, dibujantes que trabajan desde cierta espontaneidad expresionista creada a partir de una revisión cuasi-minimalista de la línea clara tradicional.
Volvamos a los fogones. En la cocina con Alain Passard es un gran cómic, entre otras cosas, porque admite múltiples lecturas y se enriquece con cada una de sus capas interpretativas. Funciona en varios niveles: por un lado, sus páginas son un recetario ilustrado de uno de los grandes cocineros contemporáneos, uno de los pocos con tres estrellas Michelín. Blain recoge bastantes de las recetas clásicas del chef y combina la habitual descripción textual de la elaboración del plato con una "puesta en escena" narrativa dibujada. Se trata de recetas elaboradas pero no imposibles (bastantes de ellas), aunque, eso sí, de un gusto marcadamente francés: preparen la mantequilla para lanzarse con los "Guisantes 'caviar verde' y pomelo rosa a la menta fresca" o el "Fondue de cebollas blancas a la acedera, habitas de queso de cabra fresco y chutney de ruibarbo rojo" o ese "Carpaccio de langostinos al cebollino" (que me comprometo a intentar algún día).
En la cocina con Alain Passard es también una mirada abierta y admirada hacia el proceso creativo. En sus viñetas, Blain se revela como fan irredento (hasta el enamoramiento) del personaje que describe, del artista y filósofo de la cocina que es Alain Passard. El espectador completa el retrato de un personaje genial, pero también extravagante, caprichoso e inteligente, gracias al muestrario episódico de anécdotas y reflexiones acerca/por/sobre el cocinero. Leemos el cómic e intentamos desvelar los secretos del acto creativo a través de la narración (como se ha hecho en muchas más ocasiones partiendo de la imagen de pintores o músicos). El discurso de Passard es contagioso, que no siempre coherente, pero su fascinación ante lo que hace es tal (esas disertaciones acerca del color, sus caricias sinceras a hortalizas y verduras...), que el efecto contagio, la constancia de estar asistiendo a un genuino acto de fe, resulta magnética.
Por último, como sucede en casi todas sus obras, el trabajo de Blain está veteado de humor inteligente y una ironía, casi siempre autoinfringida. Desde la descripción de su predisposición inicial ante el encargo del cómic, hasta su capitulación definitiva ante la cocina de autor, Blain es fiel a sí mismo: su cómic es realmente divertido. La organización del la obra es tan expresionista como el estilo gráfico de sus imágenes: cada episodio se ventila en una o dos páginas, en las que Blain alterna las recetas de los platos de Passard señaladas anteriormente, con episodios intermedios en los que intenta concretar la filosofía personal del chef, su forma de entender la creación gastronómica. Entre estos dos caminos narrativos, el dibujante también incluye episodios acerca de su propia experiencia como comensal (los más claramente humorísticos de entre todos ellos).
Si nos paramos a reflexionar sobre todo lo dicho convendremos en que, en realidad, Blain compone su álbum como si él mismo fuera una receta: su fórmula encierra la creatividad y la espontáneidad de los grandes cocineros (eso tan abstracto que llamamos "tener mano"), pero detrás del trabajo se percibe con claridad el método que aportan su enorme talento gráfico y su capacidad enorme como creador de historias sinuosas y ricas en matices. Vayan poniendo el mantel.

lunes, junio 03, 2013

La teoría del arte versus la señora Goldgruber, de Mahler. Ironías de la alta cultura.

Nos gusta hacer caso a los lectores que nos dan buenos consejos. Hace ya bastantes meses, Miguel, un buen amigo de este blog, nos recomendó encarecidamente la lectura de La teoría del arte versus la señora Goldgruber, del austriaco Mahler. Con meses de retraso, nos pusimos a ello hace unos días.
Ya desde su título, la obra anuncia su naturaleza irónica y un guiño postmoderno indisimulable. El trabajo de Mahler nos recordó en un primer momento a otra obra de marcada impronta crítica con el mundillo de la alta cultura, las bellas artes y sus glamurosos atrezzos, nos referimos a El arte, de Juanjo Sanz. Con motivo de otra reseña sobre el mismo autor, ya comentamos nuestro desafecto hacia El arte. Nos pareció un trabajo inteligente, pero al mismo tiempo autocomplaciente y con un cierto aire condescendiente, que no nos acababa de convencer.
Con ese precedente en mente, leímos las primeras páginas de La teoría del arte versus la señora Goldgruber. Y aunque es cierto que, en sus páginas, Mahler también ejerce de artista por encima del bien y del mal, de juez omnímodo con visión periférica para entender y dilucidar cuánto engaño se esconde detrás de la pesada cortina de la alta cultura, también es cierto que en su trabajo el austriaco se reboza de pies a cabeza en la autoironía, la autocrítica y la autoparodia; ejercicios metarreflexivos, todos ellos, que ayudan a modelar el mensaje y favorecen la carga humorística de la obra.
Mahler se presenta a sí mismo como personaje, como contrapunto irónico del verdadero protagonista del libro: la señora Goldgruber, una funcionaria fría y calculadora, cuyo pragmatismo no entiende de refinamientos, ni de síndrome de Stendhal alguno. Es ya casi un estereotipo: ese personaje que dice lo que piensa desde una aparente honestidad fría e inmisericorde, el ciudadano que opina de lo que ignora desde la sabiduría popular que termina por presentarse más valiosa que la del supuesto "experto". El saber de la calle. Es un perfil que se ha repetido en multitud de ocasiones en el arte y la narrativa contemporáneos y que, nos tememos, en algunos casos encierra precisamente lo contrario de lo que anuncia: una falta de honestidad por parte del creador, que se vale de un disfraz amable para lanzar sus invectivas, plantear dudas y plasmar sus frustraciones ante el mundo de la cultura. No es este el caso de la obra que nos ocupa, ni el de la señora Goldgruber. Exactamente.
No lo es porque, como ya hemos señalado, la obra está cargada de sana mala baba y Mahler hace más sangre propia que ajena. Es verdad que en ciertos momentos del cómic el autor no parece dejar títere con cabeza: ataca a la publicidad, al teatro, a las empresas publicitarias y a los cortos de animación (muy divertidos los episodios alrededor del nacimiento de su propio corto Flaschko), arremete contra sus compañeros artistas y contra los lectores de cómic, destroza al pintor austriaco Ludwig Attersee (unas páginas realmente hilarantes)..., pero, sobre todos ellos, Mahler se pone en evidencia a sí mismo, desdiciéndose constantemente y cambiando "egoístamente" de parecer (hasta sobre sus propias convicciones) según sople el aire. La autoparodia es una buena rampa de acceso al humor y La teoría del arte versus la señora Goldgruber es verdaderamente divertida y muy, muy ácida (suponemos que para el autor este trabajo debió de resultar todo un ejercicio catártico).
En el libro se desarrollan diversos capítulos que encierran anécdotas, reflexiones y las frustraciones de su protagonista en la difícil carrera del arte. Además, algunos episodios (como los de los capítulos tres -"Las ilustraciones son interesantes, sí, pero..."-, seis -"No tengo ganas"- y diez -"Paso de molestarme en mirarlo... ¡eso es arte!") le sirven a Mahler para, a través de su propia biografía, plantear jugosas reflexiones acerca de la naturaleza artística del cómic. Es un debate que parece siempre abierto y que, fuera y dentro del mundo de los blogs, no deja de deparar discusiones acaloradas e interesantes cavilaciones. Pero además de plantear si el cómic debe entenderse como un medio con valor artístico intrínseco o como pura fuente de entretenimiento con base narrativa, este cómic nos invita a repensar sobre el mismo discurso, a adoptar, desde su trasgresión humorística, un posicionamiento crítico autorreflexivo. En este sentido, aunque no siempre tengamos que estar de acuerdo con ella, la postura de su autor se convierte en una tesis convincente que se desarrolla en las mismas páginas del cómic a partir del humorismo y de unas anécdotas biográficas, sólo aparentemente triviales.
La vocación artística de Mahler es evidente; él se entiende artista y está dispuesto a demostrarlo, pero entiende que su caballo de batalla no son tanto los museos como las imprentas editoriales, los críticos, los lectores y hasta los propios autores de cómics. Él entiende que un cómic es arte, pero no concibe que el museo sea su contexto expositivo más adecuado. Es el lector quien debe dotar de valoración y sentido artístico a la obra que tiene entre manos. Por eso, su reivindicación no es otra que la del valor específico del cómic como vehículo artístico-cultural. La vía para expresar su tesis es la que marcan el humor más acido y una caricatura deformante hasta el esbozo, bueno, y la señora Goldgruber.