Asistimos, finalmente, al curso de verano organizado por la Universidad de León, Cómic y cine de animación. Últimas tendencias y relaciones con otros lenguajes. Lo hicimos por partida doble, como espectadores y como invitados. Fue una experiencia fantástica en ambos sentidos. Sólo pudimos asistir a dos sesiones de las cuatro proyectadas, así que nos perdimos las intervenciones del primer y del último día, sin embargo tuvimos ocasión de presenciar dos grandes jornadas y un apagón.
El martes, 6 de julio, nuestro carcelero favorito, Álvaro Pons, nos instruyó con una disertación acerca de la autorrepresentación en el cómic (“Historietas sobre autores que hacen historieta, de McCay a Tatsumi”). Trazó un recorrido modélico a lo largo y ancho de la historia del cómic destacando a los muchos autores que, en mayor o menor grado, se han convertido en personajes de sus propias historias. Dibujantes autodibujados, autores que hablan de los mismos autores, historietas sobre el proceso de creación de historietas. Un interesantísimo campo de análisis para una charla que cautivó al auditorio con sus numerosísimos ejemplos e imágenes y con el buen hacer de don Álvaro.
A continuación, ocupó el estrado Manuel Barrero, archivista y sabio, artífice y padre de Tebeosfera. Con su erudición habitual, nos guió por un detalladísimo catálogo de los rasgos que hacen de cine y cómic dos vehículos narrativos diversos (“Imágenes fijas en movimiento: cine contra cómic”). En una charla que tuvo mucho de academia y de acercamiento filológico, los espectadores asistimos al recorrido de estos dos medios artísticos prácticamente desde su nacimiento hasta el presente. Además, al igual que sucedió en un reciente partido de tenis londinense, podemos afirmar que se trató de la conferencia más larga de la historia. Comenzó la misma el martes a las 12 y terminó al día siguiente a las 11 de la mañana, casi 24 horas; y aún y así, se nos hizo corta.
En realidad, el culpable de tamaña dilatación fue un transformador. El mismo que, trascurrida la primera hora de la charla, decidió fundirse irremediablemente, para dejar el edificio a oscuras hasta el día siguiente; arruinando con ello la jornada vespertina y sumiendo a José Manuel Trabado, impulsor y organizador del evento, en la más profunda de las desolaciones. Afortunadamente, gracias a su eficiencia y buenas gestiones, todo estuvo solucionado a la mañana siguiente, de modo que Manuel pudo terminar su charla en la primera sesión del día 7. Además, no hay apagón que por bien no venga, el incidente nos permitió a los invitados unas buenas horas de charla y paseo leonés, con visitas incluidas a sus joyas arquitectónicas y demás "palacios" catedralicios.
El mencionado día 7, después de la señalada consumación tebeosférica, apareció en escena una de las estrellas verdaderas del cotarro: Miguel Ángel Martín. Provocador, afable y talentoso, sin duda uno de los nombres básicos del cómic español y un agitador infatigable del panorama viñetero de las últimas décadas. Además, un tipo la mar de simpático y un estupendo contertulio. En su charla, desgranó los mejores momentos de su carrera, se refirió a los altos y bajos de su biografía artística, nos deleitó con imágenes de su trabajo y relató innumerables anécdotas que hicieron sonreír al auditorio.

A continuación, nos tocó a nosotros aburrir al personal. Intentamos provocar no demasiados bostezos y tiramos de catálogo con tres señores que causan cualquier cosa menos indiferencia: “Chris Ware, Dash Shaw y Brian Chippendale. Tres caminos”. La amable concurrencia pareció empatizar con la propuesta de estos tres artistas, verdaderos renovadores del lenguaje comicográfico y representantes de tres propuestas inteligentes que demuestran los muchos caminos creativos que le quedan al cómic por explotar. Nos sorprendió el especial interés que muchos de los presentes mostraron ante el más contracultural de los tres, Chippendale, uno de los artistas de vanguardia favoritos de esta casa. Lo cierto es que resulta complicado permanecer indiferente ante la visión de un volumen tan exuberante como Ninja; fueron muchos los que, acabada la charla, subieron al escenario a echarle un vistazo a este macro-tebeo lleno de colores, manchas y talento creativo. Algún día hablaremos de él en este foro.
Lo dicho, toda una experiencia, "patrocinada" por la Universidad de León e inmejorablemente gestionada por José Manuel Trabado, amante del cómic y un anfitrión como pocos. Gracias por todo.
Un post parco en imágenes debido a problemas técnicos. Cuando rescatemos alguna más de las que hicimos, se las haremos ver.





2) Más cosas acerca de trabajadores esforzados del cómic. Nos llegó el otro día otra buena (excepcional) noticia en forma de la aparición integra online de 20 números de la revista 

Así seguro que sí. Y es que resulta que cada nueva reescritura de las vidas, desventuras y verdaderos milagros de los protagonistas de este Macondo viñetero, respira humanidad, de la de verdad, de la de la ficción verosímil. Episodios como los de .jpg)
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Cuando se describe el cine de David Lynch o los trabajos de Clowes, y demás iconos de la postmodernidad narrativa, se mencionan aspectos como su capacidad para romper la lógica del relato o su habilidad para reflexionar desde dentro de la historia trasgrediendo sus normas y dejando al aire el andamiaje ficcional (revelando el truco narrativo, en una palabra). Este libro que ahora tenemos entre manos también admitiría una lectura postmoderna en esa línea, pero en vez de jugar con la lógica del lenguaje, lo hace con la de la narración en sí misma. Lo que se nos desvela no es el entramado técnico del relato, sino el de las asunciones lógicas que rigen nuestra visión del mundo: lo necesario y lo contingente, que decían nuestros profesores de filosofía. Las cosas son como son, pero podrían ser de otro modo. Millán y Noguera nos abren una de esas miles de puertas para revelarnos el secreto de otro mundo posible. Tiene que haber tantas (puertas, miradas) como seres pensantes hay sobre la tierra, pero la mayoría somos incapaces de acceder aún a ese plano de pensamiento que, seguro, se esconde en algún lugar de nuestro hemisferio cerebral izquierdo. Por eso, este ejercicio de ingenio sorprende tanto, porque va más allá del pensamiento racional.
La sensibilidad ante el humor cambia con el tiempo. Bromas y chistes que desternillaban a nuestros padres y abuelos nos resultan ahora inexplicables. 
En principio, era un poco reacio a hacer libros recopilatorios pero, por otra parte, también me parecía necesario porque dan cierta unidad a mi trabajo, ya que todo está dispersado por distintos medios y muy poca gente lo ha podido ver porque la mayoría se ha publicado solo en Cataluña.
La ordenación temática de los diferentes capítulos-episodios aporta a esta obra "abiertamente introspectiva" un aire de catálogo emocional que nos guía con fluidez por entre los intereses, los quebrantos y las dudas existenciales del autor. Lo hace a través del reflejo que dichas facetas muestran en sus trabajos para publicaciones como Rock de Lux, .H, La Luna (el suplemento cultural de El Mundo), el Periódico de Cataluña o El País, entre otras. Funciona el ejercicio sobre todo gracias a la argamasa narrativa que aporta ese Juanjo Sáez personaje-narrador (homodiegético) y su desdoblamiento en una doble conciencia externa. La primera de las entidades narrativas (su alterego ficcional) es habitual en la obra de este autor; el segundo de los recursos, creemos recordar, no es totalmente nuevo en sus páginas, pero nunca lo había empleado con tanta habilidad. Lo meritorio es que estas dos proyecciones de la conciencia autorial (representadas por un monigote negro y uno blanco) no responden a las habituales categorizaciones maniqueas de rasgos morales del autor (el bien y el mal, el deseo y la realidad, lo ético y lo tentador, el ego y los complejos, etc.); al menos no lo hacen de forma estanca. Las discusiones que mantienen los dos iconos-personaje (la sombra y la luz) proyectan un juego de reflexiones complejas acerca de la naturaleza humana, a partir del modelo biográfico del autor. Y cada una de estas entidades (incluida la autorrepresentación icónica de Juanjo Sáez) muestra sus debilidades y cierta falta de coherencia en algún que otro momento; un rasgo muy humano. En este sentido, es cierto que el trabajo de Sáez supone un ejercicio de narcisismo autorial, pero al mismo tiempo, en su propia naturaleza catártica, revela un testimonio de verdadera honestidad asumible, en muchos casos, por el resto de los lectores (que podrán identificarse fácilmente con muchas de las reflexiones expuestas, una vez descontextualizadas y extrapoladas a la situación personal de cada uno). Está en la naturaleza humana sentirse diferente, después de todo. Por eso, la obra de Sáez nos recuerda claramente a la de otro ilustre observador de la realidad, Mauro Entrialgo, con el que comparte ironía, mala leche y perspicacia:
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