lunes, octubre 08, 2012

Ilustración, Brueghel, Amberes.

En Bélgica, si nos siguen ya lo saben, se viaja con una cesta llena de cerveza, chocolate y cómics. Por cortesía de Ryanair, y sus precios imbatibles acompañados de emociones fuertes, la visitamos con bastante frecuencia. En Bélgica se encuentran algunas de las ciudades más bellas de Europa: esa Brujas de cuento de hadas (pero bastante aburrida); Gante, la de los castillos y los canales, o la Amberes portuaria, con sus callecitas de canto rodado y una estación en la que bien valdría poner una pica.
En Amberes, además, vivió y creó parte de su obra el gran Rubens. Para los amantes del barroco, la visita a la catedral (que cobija dos increíbles trípticos del genio flamenco) y a su casa-taller compensa la visita.
Lo que no conocíamos, y hemos descubierto en nuestro último viaje, es el Museo de Mayer van den Bergh, una casa en el centro de la ciudad en la que vivió el coleccionista que da nombre al museo que ahora la ocupa. Van den Bergh era un joven adinerado del S.XIX que dedicó una gran parte de sus ganancias y de la fortuna familiar al coleccionismo de obras de arte; muchas de ellas de origen flamenco. La visita a su casa-museo tiene el doble aliciente de comprobar in situ las condiciones de vida burguesa de la Bélgica decimonónica y de poder disfrutar, al mismo tiempo, de la muy interesante colección de pintura y escultura (de distintos periodos) que ocupa sus estancias, y que el propio Van den Bergh se encargó de atesorar durante su breve vida (1858-1901) a lo largo y ancho de Europa. Hay, verdaderamente, piezas impresionantes, pero ninguna como las que ocupan los muros de la estancia dedicada a Pedro Brueghel el Viejo (Pieter Brugel, dicen los belgas).
Resulta que la gran virtud del joven coleccionista fue la de apostar por un autor que, en aquel momento, era básicamente un desconocido. Hasta que el bueno de Fritz Mayer no pusó los ojos (y su bolsa) en él, nadie había dado un doblón por un pintor al que en su propia época muchos habían considerado cuanto menos estrafalario y, cuanto más, obsceno y sacrílego. Sus trabajos se encontraban dispersos y a menudo se confundían con los de sus hijo (Pedro Brueghel el Joven) y los otros miembros pintores de la saga (los Jan Bruegel, padre e hijo). En el museo se encuentran algunas de sus obras maestras, como Censo en Belén (1566), Dulle Griet (1562) o Los doce proverbios, pintados sobre platos.
Siempre nos ha parecido que el arte de Brueghel el Viejo, como el de su contemporáneo Hyeronimus Bosch, el Bosco (del que también hay alguna obra importante en la casa Van den Bergh), tenía mucho de cómic; quizás por su caricaturismo paródico, que hoy se entiende en un plano alegórico, o por su sentido del humor extremo, que en los siglos XIX y XX encontró una vía de desarrollo en la ilustración, primero, y en el cómic, más tarde. Lo cierto es que siempre nos ha parecido encontrar los rostros de los personajes de Brueghel en ilustradores posteriores como Daumier y en otras obras del arte popular contemporáneo, más allá de la Vanguardia Surrealista con las que siempre se emparenta la obra del pintor flamenco.
En este viaje ha coincidido, además, que en el museo se exponía una colección completísima de los muchos grabados que eBrueghel elaboró a lo largo de su vida (muchos de ellos junto al editor al Hieronymus Cock). La exposición se titulaba The Unseen Pieter Bruegel y allí estaban sus Grandes paisajes (1555-1556), los Episodios de La Biblia o sus series de Las siete virtudes y Los siete pecados capitales. Revisando todos ellos (algunos iluminados por la presencia de las placas de cobre originales), el espectador adivina que detrás de la mirada alucinada y de las visionarias pesadillas alegóricas de Brueghel, se escondía en verdad una de las manos más dotadas para el dibujo de aquella Europa convulsa y efervescente.
Una de las confusiones más molestas que vive el amante del cómic, en estos tiempos tan documentados y "enciclopédigitalizados", es la que unifica al cómic junto al ánime, la ilustración o cualquier otra disciplina más o menos afín que se les ocurra. Es cierto que el cómic es hermano discursivo de otros vehículos narrativos, por un lado, y plásticos, por el otro, pero su idiosincrasia parece ya, a estas alturas, bien trazada y estudiada. Dicho lo cual, de vez en cuando produce verdadero placer zambullirse en las afinidades (muchas) que el cómic sigue compartiendo con otros vehículos, como este de la ilustración que nos ocupa (y que forma parte esencial de su identidad genética y de su particular prehistoria), y dejarse llevar por ellos. Gozoso el viaje a través de los viejos grabados del viejo Brueghel.

lunes, octubre 01, 2012

Optic Nerve #12, de Adrian Tomine. La sombra de Ware.

A estas alturas, la sombra de Mr. Ware no es que sea alargada, sino que amenaza con cubrirlo todo. Hasta las rendijas de ventilación del, aún por llegar, nuevo cómic.
Viene esta reflexión a cuento del último número que ha llegado a nuestras manos de Optic Nerve (el 12); el fanzine de Adrian Tomine, del que ya hablamos aquí con motivo de la edición por parte de Drawn & Quarterly de la caja con sus primeros 7 números en edición facsímile. El nuevo número de Optic Nerve (con tamaño de comic-book, portada seccionada y un diseño y maquetación muy elaborados) se parece poco a aquellos primeros juguetes narrativos, imperfectos y saludablemente espontáneos, de Tomine. Se mantiene en el equipo de Drawn & Quarterly, eso sí, aunque han pasado cinco años desde la aparición del último Optic Nerve. Algo ha cambiado en este lustro. Y Ware tiene mucho que ver con ello.
Lo nuevo de Tomine nos recuerda al trabajo del estadounidense desde la maquetación misma del fanzine, que algún despistado podría tomar por una nueva entrega de The Acme Novelty Library, más que por un nuevo Optic Nerve. En el interior, la distribución de los contenidos y el formato, con constantes homenajes al cómic clásico (tiras, dailies, sundays en color...), también recuerda a los imprevisibles juegos de maquetación y a la recuperación de modelos de diseño preterito, que caracteriza a la obra de Chris Ware. Este número 12, además, plantea un guiño de maquetación al posibilitar la doble posibilidad de una portada roja o naranja.
Más de lo mismo respecto a las variaciones estilísticas de Tomine en piezas como Hortisculpture, en la que abandona su habitual realismo (un tanto idealizado), en pos de una caricatura influida por las variantes más cartoon de la obra de Ware (e incluso de Clowes). Está de moda el eclecticismo autorial dentro de una misma obra. Este nuevo tipo de dibujo de Tomine, que ya anticipaba en Escenas de un matrimonio inminente, a nosotros nos recuerda al de otro de nuestros jóvenes autores predilectos, el también estadounidense Kevin Huizenga.
El protagonista de la ya citada A Brief History of the Art Form Known as Hortisculpture (nominada este año en los Premios Eisner a mejor historia corta) es un individuo francamente antipático, que parece un clon del Wilson de Clowes, al que se le hayan añadido algunos rasgos de la insegura personalidad de Corrigan. Difícil empatizar como lector con la obsesión "hortiescultora" de Harold.
Amber Sweet se parece más a las ya conocidas historias cortas de Tomine que pudimos leer en Sonámbulo o Rubia de verano. El Tomine que más nos gusta, aquel autor costumbrista tan "carveriano" que aprendimos a querer. La historia de esta joven muchacha que tiene la mala suerte de parecerse a otra persona, nos devuelve de nuevo al mejor Tomine. Le reconocemos en su estilo habitual y en una historia muy bien tejida a partir de uno de los temas favoritos en la obra del estadounidense-japonés: el azar caprichoso. En nuestra opinión, se trata de un relato muy superior a su compañero de volumen.

Después de la habitual sección de cartas del lector que encontramos en todos los Optic Nerve, el volumen se cierra con una historia metaficcional paródica. Un ejercicio de autorrepresentación en el que Tomine relata en dos páginas el propio proceso de creación de este último número de Optic Nerve. Una historieta ligeramente autocomplaciente y con un punto de vanidad camuflada de falsa modestia, pero francamente divertida.
No nos malinterpreten, no queremos decir que no apreciemos al afán experimental y las nuevas inquietudes creativas de Adrian Tomine, pero en ocasiones el homenaje estilístico (a Ware y Clowes en este caso) o la asunción de caminos ajenos, puede llegar a crear moldes más que a crecer como artista. Definitivamente, a nosotros lo que más nos ha gustado de este Optic Nerve #12 es aquello que lo emparenta con el Tomine de siempre, el que ya conocíamos.

martes, septiembre 25, 2012

Ken Price, un artista muy plástico.

Uno de los muchos autores que descubrimos en el MoMA fue Ken Price. Su caso es el de esos artistas cuya obra a uno le resulta familiar pese a no tener nociones previas de la misma, ni, por tanto, ideas preconcebidas. Dábamos vueltas alrededor de la sala que tenía dedicada en la segunda planta y nos asaltaba una sensación de algo ya visto. No hablamos de un déjà vu propiamente dicho, sino de un reconocimiento de fuentes comunes o de influencias compartidas con algún otro grupo de creadores plásticos.
Su obra escultórica, por ejemplo, se mueve en un terreno de organicidad sintética que encontramos en los trabajos de Yakoi Kusama (a la que, como ya comentamos aquí, se dedica en estos momentos una exposición antológica en el Whitney Museum of American Art) o de Jan Fabre. Sus esculturas son ejemplos de figuras abstractas polimórficas que recrean las mismas mutaciones sobre una base orgánica que encontramos en algunos de los trabajos gráficos de Moebius, Serpieri o Bilal; y, más recientemente, en el nuevo underground de Dave Cooper. Un estilo, el del dibujante americano, que a su vez planta sus raíces en las derivaciones abstractas del underground de los años 60, representadas por autores como Víctor Moscoso o Rick Griffin.
No anda Ken Price muy lejos de todos ellos. A su claro ascendente pop, Price añade unas connotaciones locales muy concretas, derivadas de su origen californiano y la influencia del surf o los coches deportivos. En sus esculturas de barro cocido, se repiten los mismos acabados industriales perfectos de las tablas y de los autos. De este modo, se resalta la fisicidad de unos objetos que, en muchos casos, rememoran formas eróticas y sexuales de una naturaleza casi alienígena (volvemos a remitir en este punto a la iconografía bien conocida de Moebius y compañía).
Casi tan sorprendente como su faceta escultórica nos resultó su apartado gráfico. De nuevo, nos deteníamos en sus litografías retocadas con color (sus Figurine Cup y Double Frog Cup) y no podíamos evitar pensar que aquello que observábamos no nos era nuevo del todo, aunque realmente así lo fuera. Después de unos segundo encontramos la afinidad. Sus imágenes presentan sencillos motivos animales y antropomórficos sobre unos fondos de colores intensos (amarillos, rosas, azules). Pero mientras éstos (los fondos) muestran colores planos, las figuras humanas y animales, presentan una curiosa tridimensionalidad creada a partir de sombras y gradaciones, que recuerda sobremanera a la técnica del fotocromo que Richard Corben empleó en los años 70 y 80 para sus héroes hipermusculados y heroínas pechugonas.
No sabemos hasta que punto las asociaciones y correlaciones aquí expuestas atienden a vínculos reales, pero ya saben ustedes que, en muchos de los mejores casos, el arte crece en el ojo del espectador.

lunes, septiembre 17, 2012

New York, New York (y III). Grafitis y cómics.

Dice Enric González en Historias de Nueva York que NY se divide en tres zonas: Gothan, que es donde vive Batman cuando llueve; Metropolis, que es donde vive Superman cuando hace sol y Brooklyn, que es Brooklyn. Nuestro amigo Chose le corrige... y Brooklyn que es donde viven los que molan. Es cierto que en Brooklyn ha vivido mucha gente interesante, desde Melville a Capote, pasando por los Arthur Miller, Walt Whitman, Thomas Wolfe o, ya en presente, Paul Auster. Brooklyn es el Nueva York de los paseos fluviales de Woody Allen y el de las barriadas negras de Spike Lee. Y al norte de Brooklyn está Williamsburg, el barrio más marchoso y divertido del Nueva York actual; la calle Bedford es una fiesta y además tienen el buen gusto de servir algunas de las mejores cervezas del mundo (Old Rasputin, Dogfish 90...), como el que te está poniendo una Heineken moliente.
No todo es Manhattan, están Brooklyn, Staten Island, el Bronx (que no llegamos pisar)... y Queens. El otro día les hablábamos del PS1, esa modernidad expositora excindida del MoMA situada en el distrito, dentro del barrio de Long Island City. Justo al lado, encontramos algunos de los mejores ejemplos de grafitis neoyorquinos, en 5Pointz, uno de los centros legales de arte urbano más visitados de la ciudad. Algunas de las obras que cubren los muros del recinto (también llamado The Institute of Higher Burnin) valen la visita. No sabemos decir si fue por la acumulación cromática, pero fíjense que hasta creímos descubrir algunos lagartos del mismísimo Vaughn Bode entre tanta obra mural.
También descubrimos varios grafitis de interés paseando por el Meatpacking District. La zona se ha convertido en un lugar de moda no ya por su cercanía con otros barrios de postín, como Chelsea, Greenwich Village o el Soho, o por la acumulación de galerías de arte que presentan sus calles, que también, sino, sobre todo, por uno de esos proyectos urbanísticos con criterio e inteligencia que consiguen darle lustre a un barrio. Nos referimos a la reconversión de The High Line (una antigua línea férrea elevada) en un precioso jardín público. A lo largo de más de dos quilómetros, el viandante puede disfrutar de un paseo entre azoteas, esculturas, surrealistas miradores de cristal con vistas al tráfico y mucho verde. Viva el urbanismo sostenible. Además, la zona, como hemos señalado, rezuma arte contempráneo y grafitis (que a veces es lo mismo).
Paseando se disfruta de Nueva York como de pocas ciudades (cuando el clima le respeta a uno y la compañía es estupenda, como lo era la nuestra). Descubrimos bastantes tiendas de cómics entre tanta ida y venida. Ya les hablamos el otro día de la superfuerza del icono en esta ciudad. A nosotros uno de los locales que más nos gustó fue Jim Hanley's Universe Comic Books, que además de estar en la trasera del Empire State Building, que ya le da glamour al asunto de por sí, tiene centenares de títulos clásicos, alternativos, underground, europeos y fanzineros, más allá de la predominante avalancha superheroica que destacaba en la mayoría de tiendas de cómics que pudimos visitar aparte de ésta. Buena selección y mucha rareza; nos trajimos algunos cómics que pintan bien. Les daremos cuenta aquí de ellos en posts venideros. Visitamos el local varias veces, aunque una de ellas fue en balde por culpa de una desagradable sorpresa que mantuvo el área precintada durante varias horas.
Es una de las impresiones que le quedan a uno a la vuelta de Nueva York: si no fuera porque la gente que habita en sus calles es real y porque lo que en ellas sucede no siempre es agradable, a uno le parecería que en realidad pasear por la Gran Manzana es como hacerlo por los planos de una película o por las viñetas de un cómic. Que se lo pregunten a Batman y a Superman.
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New York, New York (II). De museos.

lunes, septiembre 10, 2012

New York, New York (II). De museos.

Uno de los grandes alicientes de Nueva York es su impresionante oferta museística. Vasta, variada, irresistible. Teníamos numerosas visitas en mente, nos acercamos a un buen puñado de museos y, aún con todo, se nos quedaron algunos de los esenciales, como el Metropolitan o el Guggenheim, en el tintero. Les contamos lo que nos dio de sí, dejándonos llevar, como siempre, por las connotaciones viñeteras del recorrido.
Empezamos con el American Museum of Natural History, situado en uno de los laterales de Central Park. Un museo que parece una curso intensivo de historia, ciencia, geografía, antropología, astrología y todas las "-ías" que quieran ustedes añadirle. El visitante recorre alelado las estancias y se queda literalmente pegado a las enormes vitrinas de los grandes mamíferos disecados, representando a los cinco continentes. La mayoría de las pieza expuestas provienen de donaciones. Independientemente del debate acerca de la justificación ética de la taxidermia o las exhibiciones zoológicas, lo cierto es que los ejemplares expuestos son impresionantes y lo es también la recreación (mediante una combinación de recreación escultórica de árboles y arbustos y fondos pictóricos) de los diferentes hábitats de cada especie. El resultado son verdaderas postales, "naturalezas muertas" tridimensionales, que parecen sacadas de una pantalla de cine digital, pero que resultan tan reales como la naturaleza misma. Gran parte del mérito recae en la figura de James Perry Wilson, un artista en plantilla del museo, que ideó el sistema de dioramas que consigue crear el mencionado efecto de realidad tridimensional. Completamos la lista de excelentes artistas que trabajaron en los fondos gracias a la página correspondiente del museo: Belmore Browne, Charles Shepherd Chapman, Joseph Guerry, Francis Lee Jaques, Carl Rungius, Fred Scherer...
Metidos ya en temas de paleta pictórica y cincel, sin duda el verdadero must de todo amante del arte contemporáneo es el MoMA. Desde ya, nuestra pinacoteca favorita junto a la Tate Modern londinense. No faltaba nada, absolutamente nada. Pero no sólo es que estuvieran todos los miembros de las Vanguardias y corrientes artísticas del último siglo largo, es que casi todos los artistas representados lo estaban con alguna de sus obras maestras. Impresionante la representación de los Impresionistas y las Vanguardias Clásicas en la quinta planta ("Pintura y escultura I. 1880-1840"), con sus Van Goghs, unos inigualables nenúfares de Monet de varios metros, muchos Legers y Picassos (incluida Las Señoritas de Avignon) o una colección de Brancusis sin igual. Entre tanto cuadro, nos fijamos en la conocida ilustración que hizo Richard Boix en 1921 para testimoniar aquella reunión dadaísta tan fiel al espíritu del movimiento: "La sicología del arte moderno y Archipenko". Interesantes también los ejemplos de Realismo Norteamericano (Hopper, Wyeth, etc.)
Las corrientes posteriores a 1945 ocupan la extensísima planta cuarta ("Pintura y escultura II. 1940-1980"), un sueño para los amantes del Informalismo europeo o el Expresionismo Abstracto norteamericano de los Pollock, Rothko, De kooning o Newman; pero también un espacio privilegiado del arte pop, minimalista, conceptual, neodadaísta o de las variantes performativas y chamanistas del gran Joseph Beuys (con una sala entera dedicada a él). En la cuarta nos encontramos con obras como Rebus (1955), de Jasper Jones, un collage tridimensional hecho con óleo, pastel, tizas y recortes de... cómic (ver detalle). Collagero y más que comiquero es también el Spiderman (1971-1974) de Sigmar Polke.
La sala 3 está dedicadas a exposiciones temporales, a la fotografía y a la arquitectura, y la 2 al arte contemporáneo hasta el presente, con buenas representaciones de obra audiovisual o del arte urbano de Colonia y NY en los 80. Hay también una sala dedicada a los nuevos autores del arte japonés que persiguen la estela triunfante y multidisciplinar (manga, pintura, maquetas, escultura industrial, etc.) de Takashi Murakami; no faltaban las ilustraciones de Yoshitomo Nara, las muñecas de Mariko Mori o los posters fantasmagóricos de Tadanori Yokoo, que tanto recuerdan al estilo visual de Maruo.
Después de la sobredosis de obras maestras del MoMA, cualquier pinacoteca parece menos. Sin embargo, sería ridículo hacer de menos a espacios tan bonitos como el New Museum (cargado de conceptual, algunas obras clásicas del Op-art y con una interesante exposición temporal sobre Arte Holográfico) o el Whitney Museum of American Art, con su interesante colección de Expresionismo Abstracto y arte contemporáneo. En el Whitney no vimos a Hopper (que está ahora en Madrid), pero sí la exposición temporal de Yakoi Kusama, que con sus series de lunares y esculturas polimórficas construidas en materiales sintéticos representa la versión japonesa del Pop y la Psicodelia y ha sido un referente iconográfico para buena parte del manga contemporáneo (incluidas aquellas espirales del señor Junji Ito). El sábado, nos acercamos a uno de los "saraos" que últimamente se montan en PS1, la sucursal que se ha montado el MoMA en Queens y que es sin duda el espacio de exposiciones más loco, experimental y moderno de todo Nueva York. Rodeado de grafitis, en el PS1 habita desde hace unos meses Wendy, la estrella azul que purifica el aire de la zona y alrededor de la cual se congrega todo el universo posh-indy-punk-mod neoyorkino a lucir palmito al ritmo de los Djs y rockeros que amenizan las sesiones vespertinas de los sábados. Por allí nos paseamos nosotros con mucho menos glamour del que demandaba el escenario.
El domingo terminamos nuestro recorrido museístico con una visita también cargada de música y espíritu soul. Nos acercamos a Harlem y, aunque no asistimos a la preceptiva misa gospel, sí que pasamos al lado de barrios, puertas (ese 108 de la W139, confluencia con Malcolm X Boulevard, donde vivió una jovencísima Billie Holiday antes de debutar en el Jungle) y fachadas míticas, como la del Teatro Apolo. Por cierto, muy cerquita de éste, se halla The Studio Museum in Harlem, un centro dedicado al arte caribeño, afroamericano y al criollismo decimonónico... Entre tanta obra negra, ¡sorpresón!, llegamos a una pieza de 1860 titulada Cimarrón luchando con perros cazadores, firmada por un tal Víctor Patricio Landaluze. Suena un click en nuestra cabeza y nos acordamos de un artículo fundamental de la investigación comicográfica reciente, el que escribió don Manuel Barrero para Mundaiz titulado "El bilbaíno Víctor Patricio de Landaluze, pionero del cómic español en Cuba".Y pensamos, el mundo del arte es un pañuelo.
La semana que viene regresamos a las calles neoyorquinas.
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New York, New York (I). Dibujos y rascacielos

martes, septiembre 04, 2012

New York, New York (I). Dibujos y rascacielos.

Recién llegaditos de la ciudad de los mil nombres, de la misma que nunca duerme... Vamos a dedicarle varias entradas a Nueva York y a algunas de las cosas que vimos por allí.
Intentar hablar de Nueva York y no contar algo mil veces dicho ya puede parecer hasta pretencioso. Resumir lo mucho que la Gran Manzana da de sí en unas cuantas líneas es, además, directamente imposible, así que vamos a hacer un zigzagueo rápido entre rascacielos, museos y paradas de metros, para enseñarles por la ventanilla del blog las viñetas, grafitis, cuadros y anécdotas que nos llamaron la atención, junto a algunas foticos que tomamos para testimoniarlo (como esa supervista desde el Empire de la izquierda).
Cuando les hablábamos de Tokyo hace unos años, les contábamos que el manga (junto al té verde) es más que un divertimento dentro de la cultura nipona, es una constante icónica de su paisaje, una variante artística con inmenso calado social. Lo de Estados Unidos y Nueva York (léase Gotham City) con los superhéroes tiene muchas semejanzas con aquello, eso sí, revestido de la pátina dorada que siempre añade el showbusiness. No hay plaza o Times Square en la que no le aborde a uno un Batman o un Spiderman entradito en quilos; ni palmo de mercadillo en el que, en vez de Monalisas o Últimas Cenas, no aparezca un collage o póster enmarcado del Universo Marvel. Zapatillas, pastelitos, complementos, todo está habitado por superhéroes. Descubrimos, por ejemplo, que Spiderman ha llegado, con la música puesta, incluso a Broadway, y con unas críticas aceptables, parece.
El superheroísmo es omnipresente, no sólo por el momento de auge que vive su iconografía gracias a la explotación hollywoodiense, sino porque su arraigo en la ciudad está ya de sobra consolidado en el imaginario colectivo gracias a tebeos, series y eventos fílmicos no tan recientes. Nos encantó, por ejemplo, asomarnos al hall del Daily News Building (que no es otro que el célebre Daily Planet de Superman), con su lustrosa bola del mundo que parece que anuncia que no hay fronteras ni límites para los superhombres. Justo al lado, levantábamos la vista hacia el pináculo del Edificio Chrisler y extrañaba no ver a Batman agazapado en alguna de las águilas de acero inoxidable que adornan sus alerones a muchos metros de altura. En la misma calle 42, algunas cuadras antes, se encuentra la Gran Estación Central, de nuevo protagonista y contexto de tantos y tantos planos cinematográficos y viñeteros. Y así, hasta el infinito y más allá...
Pero si las alturas y los rascacielos conforman el perfil más reconocible de la Gran Manzana, también es cierto que, en nuestra imaginación modelada por la ficción, es en sus subsuelos donde se traman algunos de los más macabros planes para acabar con la tranquilidad planetaria. En realidad, el metro de Nueva York es bastante menos truculento y sombrío de los que nos han contado (aunque complicado y enrevesado como pocos), sobre todo en las zonas más céntricas de Manhattan (a los barrios más turbios del Bronx, Brooklyn y Queens, preferimos no acercarnos para rebatir esta impronta inicial). Desde 1985, además, muchas de las principales estaciones del metro neoyorquino han visto remozadas sus fachadas y andenes gracias a las intervenciones de importantes artistas. Visitar las paradas más vistosas es otra forma de recorrer Nueva York: los preciosos mosaicos dorados, con aire art-decó, de Nancy Espero en la parada del Lincoln Centre; la colección de sombreros sin dueño de Keith Godard, de la 23rd Street; o la impresionante locomotora de teselas de Roy Lichtenstein, que ilumina la entrada a Times Square. Nuestros favoritos (no los vimos todos, evidentemente) fueron esos personajillos de bronce de Tom Otterness, mitad leprechaun, mitad personaje de Floyd Gottfredson, que se esparcen en la parada entre la 8th Avenue y la 14 street.
También nos gustaron mucho los mosaicos de Liliana Porter dedicados a Alicia en el País de las Maravillas en la 50th street. Será porque Nueva York tiene algo de Wonderland, pero hemos visto multitud de referencias al universo de Carroll en la gran ciudad: la más destacada, quizás, esa bonita y disneyana estatua de bronce de José de Creeft que se erige en medio de Central Park, con Sombrerero Loco incluido. Lo curioso es que, pese a tanto homenaje, la verdadera entrada a Wonderland no está en NY, sino en Boston (donde también visitamos por la noche el barrio de Beacon Hill y estuvimos a punto de ver a Peter Pan).
El próximo día nos ponemos pictóricos y pintureros y les contamos más del viaje.

miércoles, agosto 29, 2012

Kovra cuatro, el underground necesario

Los chicos de Ediciones Valientes se retratan en su nombre. Hace años que seguimos con atención las correrías editoriales y las aventuras digitales de los Martín López e Irene Pérez. Hace mucho que esperamos y coleccionamos los imaginativos y siempre tonificantes números de El temerario, un mini-cómic descargable, imprimible y plegable, que además de ser gratuito, esconde buenas dosis de imaginación y talento. Además, en el listado de colaboradores del Laboratorio de Gráficas Valientes encontramos nombres que, si nos siguen, sabrán que gustan en esta casa; los Esteban Hernández, Álvaro Nofuentes, Miguel Porto, Mireia Pérez...

Hace poco, ha llegado a nuestras manos (gracias Martín) el nuevo número de su comix-zine Kovra #4, un fanzine que, por su cada vez más cuidada edición y volumen, empieza a parecer un libro en realidad. Lo hemos disfrutado como disfrutamos las buenas publicaciones de vanguardia. Defendemos en estas páginas la existencia de revistas, editoriales y autores que se muevan en el margen de la oficialidad. Siempre lo hemos hecho, porque nos parece que la salud del arte (y de la cultura) está condicionada en gran medida por los hallazgos de esos outsiders que, en este mundo de culturas uniformadas y fórmulas repetidas hasta la extenuación, nos 0frecen un poco de aire fresco. ¡En cuántos casos, además, termina el mercado engullendo y masticando los hallazgos del extrarradio para convertirlos en papilla cultural digerible por una masa que la consume irreflexivamente al ritmo del jingle y el slogan!

Alabamos en su día la existencia, también valiente, de La Cruda, el libro-fanzine de Gonzalo Rueda y los suyos, otra publicación esporádica, aleatoria e impredecible, que resulta ser una puerta abierta a la vanguardia artística (no sólo comicográfica) contemporánea. Kovra funciona en otro nivel, en el mundo subterráneo y refrescante, desde su incorrección política y libertad mental, del cómic underground. Aunque el movimiento primigenio se ubicó entre los años 60 y 70, la escuela del underground, su ideario estético, nunca se ha cerrado y ha mutado en miles de formas, a partir de geografías, intenciones y contextos muy concretos. En este sentido, podemos decir que el cómic actual no se entendería sin las diversas publicaciones underground que renuevan constantemente su cauce temático; e incluso editorial, porque ¿no fue también underground la concepción inicial de autoedición de aquellos mini-cómics estadounidenses que, en los años 90, sirvieron de escuela y taller a las estrellas del presente (los Tomine, Millionaire o Ware)?

Publicaciones como Kovra (o el Argh! de Jorge Parras) hacen esa labor necesaria en nuestro país, del mismo modo que en Suecia lo hizo Galago en su día o en Italia lo hace Canicola (sólo similar en espíritu, ya que los italianos se mueven en una línea mucho más cercana a la vanguardia experimental y al diseño gráfico de aquella Raw de don Art Spiegelman). La lista es interminable, desde los eslovenos de Stripburger, a las publicaciones del Institute Pacôme y los increíbles e inabarcables proyectos de Le Dernier Cri en Francia. Kovra es una de nuestras mejores revistas underground y ellos lo reivindican desde esta etiqueta autoacuñada de comix-zine, que les viene como un guante.

Kovra tiene además una vocación internacional. Lo comprobamos en su número cuatro con el número creciente de colaboradores extranjeros y con la traducción de todos los textos al español (e inversa, al inglés). Encontramos un buen puñado de historias dignas de mención: nos han impresionado la línea impecable y la inteligencia narrativa del peruano Rodrigo La Hoz en La madriguera, sin duda, una de las mejores historias del volumen.

Andrés Magán se demuestra como un continuador legítimo de la línea chunga y de sus mejores representantes, con un estilo gráfico que nos recuerda sobremanera al gran Paco Alcázar. Leíamos la historia de la norteamericana Mickey Zacchilli y nos acordábamos de nuestro muy admirado Brian Chippendale y de sus Fort Thunder. El neo-underground encuentra su refrendo más claro en My Love, una historia irreverente y amputada, que parece un divertido mano a mano entre Martí y Burns. Claro que, para irreverentes, "McFly", la mosca viciosa de Santi Z (que cuenta con varias participaciones en el número), la breve colaboración de Jorge Parras, el homenaje a Steve Jobs que se marca Nofu o esa historieta políticamente incorrectísima de Cristina Daura que es Les Bruixes Catalanes.

El chino June Lee se lleva el premio a la participación más surrealista, gracias a su reducción al absurdo de las convenciones del manga (¿o del manhwa?, ¿hay "palabro" chino?). La otra cara de la moneda la marcan el costumbrismo social de las dos historias de Martín López y el biopic jazzístico de Pablo E. Soto. Nos gusta, finalmente, el simbolismo existencial que se esconde detrás de las historias de Don Rogelio J., de la colombiana Paola Gaviria y de la belga Martha Verschaffel.

Ya ven, cómic de vanguardia para todos los gustos, nacionalidades y sexualidades, aunque, como buen underground, no para todas las edades. Que sí para la suya.

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(Actualización: 31 - agosto - 2012)

El mismo Martín López nos ayuda a completar el post sobre el underground europeo con dos o tres vínculos de verdadero interés. Reproducimos sus palabras:

Tonto comics, de Graz (Austria), a mi parecer, hacen la mejor revista de comic con mucha diferencia. La última está dedicada al noise, entablando relacion entre la narrativa dentro del comic con la forma de componer la música.
Komikaze de Croacia tienen version online y version impresa. Lo de los croatas es flipante. Echa un vistazo por la red a Igor Hofbauer y Dunja Jankovic. Precisamente, Dunja, que colabora en el Kovra, esta organizando un festival de Comic Experimental llamado THE PROJECTX en Portland.

lunes, agosto 20, 2012

Adivinando tendencias y tensiones en ArteSantander 2012.

Más de arte. Entre el 18 y el 22 de julio tuvo lugar la vigésimo primera edición de ArteSantander en la capital cántabra. Con una afluencia de público moderada y pocas ventas, la exposición nos permitió extraer pequeñas conclusiones acerca del estado general del mundo de las galerías y las exposiciones de arte contemporáneo en estos tiempos de crisis.
Frente a ediciones anteriores, observamos, por ejemplo, una apuesta firme por pequeños formatos y el abandono por parte de las galerías del lujo de los grandes nombres y las piezas imposibles. En este sentido, ayudó el formato Solo Projects planteado por la organización. Se ve que es momento de ventas más que de ostentaciones o reafirmaciones. Pese a todo, muy pocos puntos rojos el último día del evento.
Durante los últimos años, hemos tenido la sensación de que el mundo del arte culto había apostado claramente por el dibujo, frente a la pintura, el collage, las instalaciones o la reproducción seriada de otras épocas. Estamos en los años de apogeo del arte urbano y del éxito de los Juan Francisco Casas y compañía. Ha coincidido este periodo con el momento de madurez del cómic y con la celebración cultural de algunos de sus autores, que han alcanzado el grado de estrellas artísticas y han llenado las paredes de prestigiosos museos con su obra. No es casualidad.
Constatamos ahora que en las paredes de muchas galerías se observa una nueva bifurcación plástica interdisciplinar, aunque en este caso, hacia un universo aparentemente mucho más acotado: el de la ilustración infantil. Aparecen más y más ejemplos de autores que manejan el lienzo (o directamente la hoja de papel) como un nuevo jardín de las delicias influido por el manga y la ilustración japonesa, el surrealismo-pop y la ilustración clásica; y, lo que es más notable, parece ser que son estos creadores quienes más éxito están teniendo entre el selecto grupo de coleccionistas adinerados. De algunos de los representantes de este emergente universo artístico ya hemos hablado en estas páginas.
Pero vayamos por partes y acerquémonos con más detalle a las propuestas planteadas en ArteSantander 2012. Estudio Ariza, de Tenerife, presentaba diferentes piezas de La floresta mágica, del cubano Manuel Mendive, una serie de témperas, bastones de madera decorados y cuadros sobre madera troquelada que recrean, dentro de su surrealismo mágico, motivos de bosques encantados muy en la línea de la tradición pictórica vanguardista caribeña; por su uso del color y la temática elegida, a nosotros nos recordó mucho al trabajo de un ilustrador ya mítico, Maurice Sendak. También la madrileña Blanca Berlín se movió en territorios próximos a la ilustración infantil gracias a una colección de dibujos y acuarelas sobre papel con un aire naïve e informal y un punto desasosegante, firmadas por The Children Pox (el español Juan Zamora y la belgo-mexicana Alejandra Freymann). Otro tanto hacía Aranapoveda, al presentar el trabajo My animal dance, de una artista que nos gusta, Rosana Antolí, compuesto por varias piezas de pequeño tamaño, una videoinstalación y un gran dibujo central (habitado por bellas jovencitas en un contexto zoológico), que podrían haber estado firmadas por Howard Cruse en un mano a mano con Shintaro Kago; una mezcla sólo aparentemente imposible, que funcionaba muy bien sobre todo en las piezas más grandes. Los dibujos que ocupaban los muros de la valenciana pazYcomedias no eran de Shaun Tan, que así lo parecían, sino de Sergio Luna, y debían su cualidad hiperrealista al uso virtuoso de la tinta china por parte de su autor. La propuesta de Diego del Pozo Barriuso, en la salmantina Adora Calvo, resultó mucho más mecánica y estilizada, con su juego cruzado de diagramas, letreros y dibujos antropomórficos próximos a la estética de la señalética (muy a lo Julian Opie o Rutu Modan).
También nos gustó redescubrir en Ethall, de Barcelona, la premiada obra de Martín Vitaliti (ha obtenido el premio Museo ABC de Dibujo este mismo año), un amigo reciente de este blog, que basa sus obras inclasificables (¿instalaciones, decoupage, collage, assemblage?) en el apropiacionismo, no sólo de las técnicas del cómic, sino del cómic físico en sí mismo.
Una de las galerías que más atenciones concitó fue la madrileña Liebre, que dedicó su espacio a las instalaciones de luz de Laramascoto (Santiago Lara y Beatriz Coto): sus Grandes avatares, a partir de smartphones, nos recordaron, precisamente, a la obra del arriba mencionado Juan Zamora (que vimos hace dos años en el DA2); realmente interesantes ambos. Más atractiva aún nos pareció El pacto de las luces, de nuevo un juego de videoproyecciones sobre un dibujo mural, cargado de connotaciones lóbregas y referencias a las criaturas nocturnas de la cuentística popular. Fantástica pieza.
En una línea completamente diferente, nos gustaron mucho los fotocollages sobre acetato de Simon Edmonson, en Álvaro Alcázar; las falsas composiciones espaciales tridimensionales de Nicolas Grospierre (en Alarcón Criado); las preciosas y atmosféricas fotografías granuladas de Petra Lindholm, de la berlinesa Collectiva; y la efectista y técnicamente perfecta propuesta de Sicart, con los murales y las cajas de neón de Fernando Navarro Viejo.
Un año más, Santander ha sido un foco de interés artístico dentro del verano español. Esperemos que no sea la última, a la vista del negocio (la ausencia del mismo) surgido a su alrededor, pese a que, esta vez, la entrada al recinto era gratuita. Como suponemos que las instituciones locales y regionales (que están entre los "inversores" más fiables en este tipo de eventos) tampoco han aliviado en demasía la falta de actividad comercial, cada vez nos cuesta más atisbarle un futuro optimista a la miriada de ferias y exposiciones de arte contemporáneo que han florecido en nuestro país durante los años de abundancia y derroche. Tendrán que empezar por abaratar o incluso ofrecer el espacio expositor de forma gratuita a las galerías y, luego, cruzar los dedos para que esos ricos que, nos dicen, lo son cada día más, entre la desgracia colectiva, sigan pensando que el arte es un buen campo de inversión. Sea como fuere, ojalá a ArteSantander le queden muchos años de vida y mejor salud, y que Superman nos pille confesados.
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(Actualización: 23-agosto-2012):
Para profundizar más en el trabajo de Vitaliti, les remitimos a las dos siguientes entradas de Pablo Turnes; analíticas y verdaderamente instructivas:
http://bibliapobre.wordpress.com/2011/10/26/al-infinito-y-mas-aca/
http://bibliapobre.wordpress.com/2012/03/08/la-paradoja-del-carbono-14/

lunes, agosto 13, 2012

Barcazza, de Francesco Cattani. La claridad.

Nos encontramos por primera vez con Francesco Cattani en el excelente catálogo de Canicola, su editorial italiana. Y allí ojeamos también por vez primera las páginas luminosas y acuáticas de Barcazza, la premiada obra que acaba de publicar Sins Entido en nuestro país.
Abrimos la primera página y nos topamos con el título y dos planchas elaboradas con un trazo nervioso, semiabocetado (muy De Crecy o Sfar). Es una falsa impresión. El dibujo de Cattani se caracteriza por una línea clara (clarísima) firme y sin modulaciones. Uno de esos trabajos precisos y meticulosos que parecen obra de un delineante, como es el caso de los Anders Nilsen o Sammy Arkham. Cattani prescinde totalmente de tramas y sombreados, y fía toda la fuerza de su dibujo preciosista al poder de la línea desnuda. Son, en consecuencia, las páginas de Barcazza una fuente de luz, de luminosidad estival (la historia se desarrolla entre chapuzones veraniegos y villas situadas en calas rocosas), y escenario para espacios desnudos y atmósferas contemplativas.
Y es que Barcazza es uno de esos cómics donde, en realidad, no pasa nada, pero, como en la obra de otros creadores contemporáneos afines (escritores como Richard Yates o Raymond Carver -se puede ser contemporáneo y estar muerto-, y directores como Abbas Kiarostami o Atom Egoyan), se presiente todo. También lo hacen Tomine o el Porcellino en el mundo del cómic. El ejercicio narrativo consiste en seleccionar un instante preciso en la vida de un personaje, de un grupo de personajes en este caso, y desvelarnos a través de sus actos esos matices de la personalidad, esos secretos de la biografía, que permanecen ocultos al observador externo. Algo así como un extracto del día a día, un concentrado (significativo) del slice of life.
Comienza Barcazza, como hemos señalado, con una escena veraniega más o menos habitual: lo que parecen los miembros de una familia disfrutan de un día en alta mar en una lancha junto a un pequeño atolón de riscos, desde los que los niños saltan y se zambullen en el agua. Los adultos toman el sol y charlan en la barca, sin perder de vista las correrías acuáticas de los menores. Así de normal todo y, sin embargo, la escena y las conversaciones entre los personajes alumbran segundas lecturas y dejan entrever la estructura profunda de la realidad. Ya desde estas primeras secuencias, no hemos podido evitar acordarnos de esa magistral película de Michelangelo Antonioni que es La aventura, una historia llena de elipsis y misterios que también habla de paseos en yate, islotes rocosos y baños en altamar.
La segunda parte de la obra se desarrolla en el contexto de una preciosa casa costera de muros encalados, aislada del interior por acantilados y arrecifes de rocas. El escenario ideal para el aislamiento y para la paz interior, pero también para la cocción de inquinas y la ebullición sexual. Cattani recurre al silencio cargado de emotividad de los espacios vacíos, a las transiciones lentas, a los planos de detalle y a sigilosos zooms espaciales y "movimientos de cámara" subjetivos que sitúan al espectador en la posición del voyeur que espía por el ojo de buey de un camarote (o de un muro blanco en medio de la nada). Y sobre nuestras cabezas, un cielo como un mar que proyecta una luz blanquísima.

lunes, agosto 06, 2012

Pop en Pucela.

Verano pop, oigan. No acabamos de hablar de lo de Hockney en Bilbao y volvemos ya con otro evento expositor, en Valladolid esta vez.
Resulta que desde el 19 de junio y hasta el 19 de septiembre, tendremos la oportunidad de ver una exposición de lo más granado del Pop Art estadounidense en la Sala Municipal de Exposiciones del Museo de Pasión, en Pucela. "This is Pop Art", se llama la muestra, y recoge algunos de los trabajos más conocidos de Andy Warhol, Keith Haring, Robert Indiana, Roy Lichtenstein, Steve Kaufman, el fotógrafo Bert Stern y el genial, y muy reivindicado en los últimos años, Robert Rauschenberg. De varios de ellos, hemos hablado en numerosas ocasiones en este blog. Ahora tenemos la oportunidad de contemplar en vivo más de 90 obras clave del movimiento.
El POP ART, cuyos orígenes habría que buscar en el dadaísmo, muestra los rasgos esenciales asociados al ambiente cultural de los años sesenta y al sentir de una sociedad consumista que idolatra a las estrellas de Hollywood y convierte a los mass media en testigos imprescindibles de un mundo que empieza a sentirse global. Las firmas comerciales -como Kellog´s, Heinz o Campbell- pasan de las estanterías de los supermercados a las paredes de las galerías de arte, acuñando códigos de una nueva era. La American way of live, la modernidad propulsada por los medios de comunicación masivos, el consumo desbordante en el mundo del próspero capitalismo tejían nuevos conceptos de cultura y ruptura.
El Pop Art se apropia de técnicas plásticas propias de los medios de comunicación masivos, como el comic, la fotografía y los distintos procedimientos derivados de ella -ampliaciones y yuxtaposiciones, collages, fotomontajes-, y el cartel publicitario, con sus diferentes técnicas visuales -acumulación, oposición, supresión-. La utilización de la pintura acrílica, derivada de los colores planos del cartel, el cultivo de la bidimensionalidad, el recuso del dibujo nítido y la utilización del gran formato son otras tantas características del pop-art americano.
La serigrafía se convierte en una de las técnicas más empleadas entre los artistas pop, por la libertad de creación que permite, la posibilidad de realizar trabajos de forma más rápida y porque permite al artista realizar gran número de obras, lo que se adapta al concepto de trabajo de repetición.
De casi todo ello encontraremos ejemplos en el Museo de Pasión: desde las Merilyns de Warhol o sus latas Campbell, al apropiacionismo viñetero de Lichtenstein, los collages de Rauschenberg o ese Love de Indiana que ya se ha convertido en icono del diseño tipográfico y la moda. Y todo ello presentado bajo el formato de serigrafías, litografías, collages, fotografías o grabados, las técnicas reproductivas favoritas del Pop Art, por su naturaleza seriada y la asequibilidad económica que aportaban a la obra. Recordemos que uno de los argumentos básicos del Pop residía precisamente en esa naturaleza popular y accesible de la obra: el arte al alcance del pueblo, junto al objeto de consumo introducido en el museo y convertido en obra de arte. En esta muestra se prescinde de óleos y acrílicos, aunque la obra de Lichtenstein y Rauschenberg, por ejemplo, reuna muchas obras relizadas con estas técnicas, en pos de piezas seriadas (por otro lado, mucho más fáciles de reunir, claro).
Otra de las virtudes de la exposición reside en el espacio elegido para la misma: una antigua iglesia que multiplica los matices simbólicos y ofrece un marco de lectura irónico a muchas de las obras representadas en sus salas. Es refrescante estudiar los diez cuadros de la serie Apocalypse, la serie de obras de Keith Haring elegidas para la exposición (que realizó junto al escritor beat William Burroughs en 1988), en un edificio que otrora servía para ensalzar y dar cobijo a casi todo lo que sus cuadros, profundamente antirreligiosos, critican: un ataque abierto y cruento contra la iconografía religiosa y el insoportable peso moralizante y punitivo que la religión tiene en la vida de las personas (más aún en la de un homosexual como él). Algo similar sucede con la ubicación de Saint Apollonia, de Andy Warhol, en los muros del rellano de la escalera que conduce al piso superior. Trasgresión Pop en estado puro.
Una exposición muy recomendable para todos los amantes del Pop Art, y una ocasión inmejorable para constatar la supervivencia de tantos y tantos iconos nacidos a la vera de un movimiento que, hace unas décadas que parecen siglos (así de rápido avanza el arte y el mercado que todo lo fagocita), fue el summum de la provocación.