domingo, diciembre 02, 2012

The Hive, de Charles Burns. Continúa la pesadilla.

Extraña y desconcertante como algunos discos de Brian Eno, que parecen hechos para sonar en aeropuertos, o como los dibujos de las mujeres-casa de Louise Bourgeois. Así, y tan desasosegante como una pesadilla de David Lynch, es The Hive, la nueva entrega (el segundo álbum de tres) de la serie que Charles Burns comenzó con X’ed Out.
La historia The Hive sigue la línea delirante y fragmentaria del primer álbum. Como en aquel, el lector se ve abocado a un extrañamiento inicial que exigirá de él una dedicación cuasi detectivesca a la hora de poner en orden todas las piezas de un puzzle que, ni siquiera una vez completado, ofrecerá otra cosa que un plano distorsionado de realidad: es el precio de navegar por un relato que intenta bucear por las cuevas del inconsciente, abriéndose paso entre los miedos, las pesadillas y las obsesiones de sus personajes. Casi nada es obvio en la obra de Charles Burns. El norteamericano siempre se ha sentido cómodo entre las derivaciones simbólicas, el mundo del subconsciente y los planos de la (ir)realidad onírica.

En esta línea, el relato de The Hive se construye a partir de la intersección de múltiples niveles narrativos que ayudan a componer y entender el momento presente de su personaje principal, Doug. Como los hilos de una madeja, en la historia se entrecruzan una y otra vez las pesadillas del personaje con los fragmentos y conversaciones de su pasado. De este modo surgen dos tramas paralelas principales (junto a numerosas ramificaciones): la de la vida real de Doug se nos presenta a base de flashbacks y diferentes anisocronías temporales. 
La segunda trama, la de su alter-ego onírico (?) (ese inquietante personaje que surge como homenaje a Tintín), mantiene una temporalidad lineal, pero funciona en un plano de realidad alienígena absolutamente alucinada y bastante tenebrosa (un mundo de pesadilla situado en algún universo a medio camino entre la Taberna Galáctica y el laboratorio de ingeniería ocular de Blade Runner). Alrededor de estas dos líneas de relato principales, Burns añade pequeños metarrelatos que ayudan a completar y enriquecer (simbólicamente) las motivaciones y el perfil psicológico de sus protagonistas: los traumas de Doug, su relación conflictiva con el entorno (con su padre, con las mujeres), o los traumas psicológicos de Sarah (su novia) derivados del maltrato, de su dependencia de los ansiolíticos y de su concepción tormentosa de la femineidad. 
Para marcar las elipsis temporales y las transiciones entre las diferentes líneas diegéticas, Burns recurre (como en X'ed Out) a unos peculiares cartuchos narrativos que en algunas ocasiones funcionan como cortinillas de color entre las diferentes realidades del relato y en otras encierran sobre un fondo negrolas confesiones de Doug en primera persona describiendo sus pesadillas como en los cuadernos de una sesión de psicoanálisis. 
Entre esos metarrelatos y líneas secundarias que mencionamos (también mostrados de forma fragmentaria y esporádica), en el relato de The Hive se insertan las páginas de falsos cómics pulp: en el nivel de la realidad Sarah lee números atrasados de Young Love, tebeos románticos en la línea de aquellos comic-books que en los años 50 y 60 hicieron la delicia de las jóvenes adolescentes norteamericanas (My Love, Our Love Story, Love Romance...). Los personajes del nivel onírico, por su parte, también leen como no podría ser de otro modo "romance comics" (Throbbing Heart se llaman), pero en este caso adaptados a la realidad alucinada en la que habitan. En otro momento de la historia, en un guiño sorprendente, Doug tiene un álbum entre manos muy parecido a los antiguos álbumes de Tintín (Nit Nit). Su título es "The Secret of the Hive" y los protagonistas que aparecen en su portada no son otros que los mismos personajes que habitan los sueños de Doug, el nivel onírico del relato.


Así, con un cuentagotas de diseño, Burns va dosificando datos acerca de la vida de Doug y de su relación con Sarah. Las imágenes de The Hive se ordenan como las piezas de ese puzzle que mencionábamos más arriba. Sospechamos que Doug tiene un serio problema de autoestima y un perfil problemático por lo que respecta a sus relaciones de pareja; empezamos a entender que Sarah, detrás de su belleza, encierra un mundo interior tormentoso, casi perverso, y un pasado violento (con ese ex-novio que promete sorpresas desagradables en el último número). También empezamos a comprender poco a poco las reglas sociales que ordenan la sociedad alienígena de "La colmena", ese mundo imaginario habitado por hombres-lagarto y mujeres-engendradoras. 
No sabemos hacia donde se moverá la serie de Burns en su último número, hacia donde nos dirigirá su intrincado relato, pero ardemos en deseos de seguir excavando hacia las profundidades de ese infierno que se asoma debajo de su talento.

lunes, noviembre 26, 2012

Charlas, anuncios y denuncias.

Un aviso urgente para un evento que, estamos seguros, merecerá mucho la pena: nuestro amigo Octavio Beares, animoso y pedagógico, se ha lanzado a organizar unas jornadas de charlas y encuentros sobre el cómic, bajo el título “El cómic en el museo, primeros encuentros con la historieta“. El evento tendrá lugar en Pontevedra, a las 20.00 horas, entre los días 27 y 29 de Noviembre (martes a jueves), en el Museo de Pontevedra. Los participantes, gente tan docta y talentosa como Kiko Dasilva, David Rubín y Pepo Pérez, ahí es nada; y las charlas, serán coordinadas y moderadas por el Octavio pasajero, el señor Beares. Su programa reza así:
A través de un ciclo de tres conferencias sobre el mundo del cómic el Museo de Pontevedra presta especial atención la esta arte secular de gran impacto social. Las charlas correrán a cargo de reconocidos autores en el campo profesional y de la crítica, que ofrecerán una visión básica del cómic como arte desde el panorama nacional y gallego de nuestro tiempo. La presentación de los ponentes la llevará a cabo el crítico Octavio Beares. La apertura y el cierre del ciclo se realizarán con la presencia de la presidenta ejecutiva del Museo, Ana Isabel Vázquez Reboredo. El encuentro tendrá lugar en el Sexto Edificio, a partir de las 20:00 horas; la entrada será libre hasta completar aforo.
Les dejamos con el lucido cartel y, desde aquí, les invitamos a asistir. Si les pilla un poco a desmano, les conminamos a seguir los eventos desde su propia mesa-camilla; porque sí, las charlas se retrasmitirán en streaming, en directo:
El segundo tema es bastante más desagradable, aunque la polvareda que ha levantado nos llena a todos los amantes del cómic de un poco de esperanza y fe en la movilización social por una buena causa. No creo que a estas alturas exista aún algún lector de cómics que no haya oído hablar de la supresión de la Beca Alhóndiga y de la respuesta que esta genialidad de la gestión cultural ha tenido en el MUNDO del cómic. Por si acaso, se lo resumimos aquí:
Resulta que, como suele suceder en el mundo de la política (cuánto más en los últimos tiempos), la última gestora nombrada para la dirección del centro cultural AlhóndigaBilbao (una tal Lourdes) ha decidido que, como decían los que nada sabían de cómics hace treinta años, el mundo de las viñetas no merece la atención cultural que sí deben concitar otras artes nobles. Con esta premisa, ha decidido echar por tierra parte del excelente trabajo para la promoción del cómic que el centro AlhóndigaBilbao ha llevado a cabo en los últimos años y, con el mismo reprís, eliminar de su presupuesto la beca Alhóndigakomic: unos 12.000 euros que, estamos seguro, doña Lourdes reinvertirá de forma magistral y rentabilísima, pero que suponen el final de la única ayuda de su tipo que se daba hasta este momento en España (hemos oído hoy en algún sitio que en Francia se manejan presupuestos de unos trescientosnosecuantosmil euros para asuntos similares, pero claro, es bien sabido que en nuestro país vecino todavía interesan la cultura y la ciencia).
Gracias a la Beca Alhóndiga, Bilbao lucía con un punto bien gordo dentro del mapa del cómic español. Gracias a esta beca, cada año, un joven valor del cómic nacional tenía la oportunidad de representar a España dentro de La Maison des Auteurs de Angulema (Francia). Hasta ahora, de esta experiencia han participado nombres tan prometedores (y realidades consolidadas) como Clara Tanit, Lola Lorente, Álvaro Nofuentes, Álvaro Ortiz, Martín Romero, Alfonso Zapico (último Premio Nacional, nada menos). Los muchos que habían de surgir, suponemos, morarán en el limbo de gestiones culturales patrias tan desafortunadas como la que nos ocupa... Suponemos también que con esta medida, doña Lourdes está dando su personal respuesta a la reciente mesa redonda alrededor del cómic que se ha organizado bajo su mandato: "Cómic, nuevos rumbos".
La reacción al despropósito ha sido colosal: a la iniciativa de denuncia, expresada mediante una carta pública, se han sumado prácticamente todos los nombres del cómic español, autores, críticos, estudiosos... Pero, además, el eco de la demanda ha llegado fuera de nuestras fronteras y en la carta que se ha entregado a la Alhóndiga figuran nombres como los de Lewis Trodheim, Vittorio Giardino, Chris Ware o Art Spiegelman. Estamos seguros de que para un político inflado o algunos gestores pseudoculturales (por la falta de perspectiva global, nos referimos) todo esto son naderías y que, para algunos, mencionar a Ware es como hablar de Carmen de Mairena.
A los medios, el asunto les ha interesado bastante más que a los responsables de la institución aludida, que se han despachado con una alegre e insustancial justificación, según la cual la cuantía de la beca "va a ir más dirigida al interés general y no tanto al particular. Es un momento diferente en un contexto diferente donde debemos ser más rigurosos que nunca con el gasto y diversificar nuestros apoyos a diferentes disciplinas". Y ya se sabe, en estos tiempos de crisis, la culpa de todo la tienen, por este orden, Yoko Ono, el cómic, los hospitales y la educación pública.
Para seguir informados del jaleo o descargarse esa carta que tantos hemos suscrito, pueden ustedes dirigirse al blog que ha nacido ha propósito de la movilización: "Contra la supresión de la beca Alhóndiga".
Más información, aquí:

lunes, noviembre 19, 2012

Where Hats Go, de Kurt Wolfgang. Sombreros underground.

Nos ha dado en los últimos tiempos por volver al mundo de los minicómics y de las emociones autoeditadas en pequeño formato. Lo hemos hecho recuperando viejas deudas lectoras, como aquella recomendación que don Kioskerman nos hizo hace varios años a propósito de una charla bloguera sobre Mat Brinkman y nuestros siempre admirados Fort Thunders. Nos habló en aquella ocasión de Kurt Wolfgang y su Where Hats Go, pero no ha sido hasta ahora cuando ha caído en nuestras manos.
Todo un manifiesto del nuevo underground, en tamaño reducido y con una presentación excelsa. El librito de Wolfgang cuenta con 160 páginas sin palabras, editadas en bicolor marrón e introducidas por una simple pero delicada portada abstracta construida a base de motivos geométricos. Sus dibujos nos recuerdan inmediatamente a los de otros dibujantes de eso que hemos dado en llamar "el nuevo underground", la relectura un tanto barroca, urbana, lisérgica y polimórfica de los hallazgos de aquellos genios de los 60 y 70; la que en los 80 y 90 encarnan autores como los norteamericanos Dave Cooper y Pete Bagge. Aunque la línea de Wolfgang se nos parezca sobre todo al trabajo del británico Hunt Emerson, un artista que siempre estuvo a medio camino (estilístico y cronológico) entre aquellos autores originales del comix y esos herederos que venimos comentando.
Abres Where Hats Go y te encuentras con ráfagas de viento y sombreros que vuelan por los aires de una ciudad norteamericana que bien pordría ser Nueva York (o New Jersey, la ciudad de su autor, por qué no). Así, tomando como punto de partida un asunto tan trivial como la desaparición de una gorra con especial valor sentimental para su dueño, Wolfgang alimenta los recovecos de su relato mudo con brochazos de humanismo surrealista y una buena dosis de esa reducción al absurdo que tan bien les sentaba a los Crumb, Shelton y Cruse. Así, lo anécdotico se convierte en algo muy serio (sobre todo para sus sufridos protagonistas) y le da pie a su autor para hacer el consabido ejercicio de crítica social, que en tantos casos se esconde detrás de la apariencia lúdica de los cómics de Cooper o Bagge.
Sólo una pega, ¿por qué tenemos la sensación de que Where Hats Go, en su tramo final, peca de un acabado premuroso y mucho menos detallista que en el resto de sus páginas? Sea como fuere, detrás de los profusos rayados, las tramas abigarrada de sus viñetas y su galería de personajes freaks, este cómic no es otra cosa que un cuento de navidad al uso, eso sí, habitado por mendigos, niñas sabiondillas, perros al borde del colapso y muchachos hipersensibles un tanto ridículos. Y de fondo, la crudeza del invierno en las grandes urbes occidentales, escenarios tan poco amables con los desfavorecidos como propensos al pequeño milagro cotidiano.
Ya saben que eso son y de eso se nutren los minicómics: del talento de sus entusiastas creadores y de los pequeños milagros editoriales. El de Kurt Wolfgang es un buen ejemplo de todo ello; ¡si hasta estuvo a punto de ganar un Ignatz Award en 2002!

lunes, noviembre 12, 2012

Ya están aquí...

Pues sí, al fin, después de muchas contracciones, Marina y Zap han nacido, en La Luna. No hubiera sido posible sin Thule, Isla Flotante y el hacendoso empeño y la confianza de José y Olalla (los mejores editores de la Vía Láctea). Y sobre todo, el parto hubiera sido imposible sin la compañía, la buena disposición y el enorme talento de Gaspar Naranjo, socio, amigo y padre compartido de este cómic-cuento que ya está en las librerías: Marina está en la Luna. Desde La Tierra, damos las gracias a todos los que lo han hecho posible.
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De la precuela ya les hablamos aquí y aquí.

lunes, noviembre 05, 2012

Un viaje entre gitanos, de Guibert, Keller y Lemercier. Instantáneas de la miseria.

El fotógrafo es uno de nuestros cómics favoritos. Quizás por eso, nos acercamos a las páginas de Un viaje entre gitanos con ciertos prejuicios. A saber: el efecto sorpresa de la combinación interdiscursiva (fotos y viñetas en una misma secuencia) que supuso El fotógrafo dentro del mundo del cómic, ha desaparecido, o se ha amortiguado al menos. En segundo lugar, de aquella tripla que formaban el dibujante Emmanuel Guibert, el diseñador y colorista Frédéric Lemercier y el fotógrafo Didier Lefèvre, sólo repiten los dos primeros debido a la muerte de Lefèvre en 2007. Por último, a priori, el componente exótico del Afganistán pretalibán deja paso en este nuevo cómic a una realidad mucho más prosaica para un europeo, la de los gitanos más pobres que viven en una situación marginal. Así de injustos somos, resulta que cuanto más lejos nos pilla la miseria, más exótica se nos vuelve y más interés despierta en nosotros la descripción de su realidad.
Dejando los prejuicios a un lado, lo cierto es que Un viaje entre gitanos es una obra inferior a El fotógrafo por razones mucho más objetivas. Resulta más fragmentaria y episódica que aquella: la coherencia del viaje con un objetivo concreto que condicionaba la trama de El fotógrafo (un ejemplo clásico de búsqueda narrativa, the quest) desaparece en pos de una serie de brochazos descriptivos, una acumulación de episodios y vivencias, que si bien se presentan con cierta ordenación cronológica, terminan creando en el lector una sensación de dispersión acumulativa. Como en un cuadro expresionista con afanes costumbristas, el relato de Un viaje entre gitanos funciona al ritmo de los diferentes brochazos que trazan cada uno de los breves episodios que aglutinan la historia (la cual, insistimos, sí que está marcada por el recorrido más o menos cronológico de su protagonista: el fotógrafo Alain Keler).
Además, frente a la crónica mucho más objetiva de El fotógrafo, pesa en Un viaje entre gitanos el tono marcadamente subjetivo de un narrador que se posiciona claramente desde el primer momento. Una voz narrativa que subraya, critica y amonesta a partir de unos juicios de valor (en ocasiones acompañados de ciertas matizaciones sarcásticas) que no le permiten al lector otro análisis que el que ya viene dado por las propias páginas del cómic. De este modo, el relato pierde parte de la fuerza documental que aportan sus testimonios fotográficos, el relato de los acontecimientos y las propias motivaciones filantrópicas del tema.
Hasta aquí los peros. Porque, en realidad, Un viaje entre gitanos encierra también muchas virtudes. Venimos diciendo desde hace tiempo que el cómic, un cómic, además de ser un objeto cultural, es un lenguaje, un modelo discursivo que permite articular diversos temas y contenidos. Entre ellos, y esta obra es buena muestra de ello, la crónica social o el relato periodístico (del que Joe Sacco es máximo representante).
En este sentido, Un viaje entre gitanos resulta ser un excelente documento social, un testimonio visual y narrativo de una realidad que convive con nosotros, pero que nos empeñamos en barrer bajo las alfombras de nuestras ciudades metalizadas y digitalizadas. Es estimable que periodistas como Alain Keler se empeñen (literalmente) en mostrarnos la otra cara del espejo, la que encierra los horrores de la civilización. Cierto es que, como él mismo señala en su epílogo, "los lugares deprimentes gozan de un extra de felicidad cuando no se está deprimido, igual que los lugares felices tienen un extra de melancolía cuando se está triste", pero en ocasiones asomarse al abismo es también un ejercicio de salud ciudadana, más que un consuelo de tontos.
Los episodios dedicados a los poblados gitanos de Calabria y de Letanovce, en Eslovaquia, están llenos de vida, que no de vitalidad, y huelen a realidad en cada viñeta. Las palabras de Keler en el prólogo y el epílogo son tan sentidas que nos invitan a una reflexión honda. Y los dibujos de Guibert funcionan como un reloj a la hora de engranar el relato y cementar la argamasa narrativa que cohesiona los documentos fotográficos insertos. Guibert es un dibujante excelente, su realismo sobrio y esquemático tiene una fuerza descriptiva asombrosa y, siempre, dota de matices y contenido aquellas historias en las que se embarca el autor francés.
Ya lo ven, no faltan razones para acercarse a Un viaje entre gitanos, más allá de las siempre odiosas comparaciones.

lunes, octubre 29, 2012

Unos apuntes sobre Zapico y Dublinés en la SER.

Regresamos a "Cómics en la Biblioteca", nuestro microespacio radiofónico en SER Soria, junto a Chema Díez. Hemos decidido abrir la temporada hablando de Alfonso Zapico, el flamante nuevo Premio Nacional, y su Dublinés. Un tebeo bien documentado, bien dibujado y con un plus didáctico-literario: conocer un poco más la figura de ese individuo genial, arisco y extravagante que fue James Joyce.
Lo que para algunos sería un broche a una trayectoria (el Premio Nacional), en este caso es sólo un prometedor paso adelante en la aún breve carrera como dibujante de cómics del autor asturiano. Seguiremos sus pasos.

lunes, octubre 22, 2012

Día de mercado, de James Sturm, en Culturamas.

Hoy toca desvio de visitas. Les remitimos al artículo que hemos escrito esta semana para Culturamas, la revista digital de arte y cultura. Hemos dedicado nuestra reseña a uno de los cómics que más nos ha gustado de entre los que hemos leído últimamente (aunque lleva ya más de dos años publicado): Día de mercado, del norteamericano James Sturm.
Se trata de un tebeo que alterna el aire intimista de una historia cargada de reflexiones melancólicas y mucha poesía, con una apuesta decidida por el costumbrismo rural de una comunidad yiddish centroeuropea. A través de la figura de un artista alfombrero, James Sturm teje un lienzo de sueños, expectativas y fracasos personales que se reflejan en las viñetas cenicientas de Día de mercado, y en unos paisajes otoñales cargados de connotaciones simbólicas. Sobredosis de talento gráfico.
Y no seguimos, que al final volvemos a escribir lo ya reseñado: "Día de mercado, de James Sturm. La vida tejida en una alfombra".

lunes, octubre 15, 2012

Google Nemo's Kat!

Hoy 15 de octubre de 2012 se ha celebrado una peculiar "onomástica" alrededor de ese artista con mayúsculas que siendo casi un adolescente ofrecía sus bocetos a quien quisiera escucharle, al grito de "algún día estos dibujos valdrán miles de dólares". La fe que el joven Winsor McCay tenía en su propio talento no era infundada. Las páginas originales de sus Dream of the Rarebit Fiend, Little Sammy Sneezy y, sobre todo, las de su obra maestra, Little Nemo in Slumberland, se venden en la red por varios de esos miles de dolares que su creador anticipaba. Existen pocas planchas del Pequeño Nemo en circulación, quizás porque, como nos contó alguién en cierta ocasión (y aquí entramos en el terreno enfangado del cotilleo especulatorio), el bueno Steven Spielberg es uno de sus más acérrimos fans y no deja pasar la ocasión de pujar y hacerse con ellas. Sin fortuna pecuniaria a cuestas, nosotros nos declaramos igual de fans (y bien que se nota) que Mr. Poltergeist.
 
En realidad, el aniversario no le toca tanto al señor McCay como a su soñador infante. Hace unos años le dedicábamos algunos párrafos admirativos a Little Nemo in Slumberland en nuestra arquitectura viñetera: 
Little Nemo in Slumberland de Winsor McCay es un modelo claro de permeabilidad entre lo popular y lo culto dentro del panorama del cómic. Pese a surgir como página dominical en 1905, Little Nemo supera ampliamente las barreras impuestas por sus necesidades editoriales, así como las posibles limitaciones motivadas por su personaje protagonista, muy elemental en su conformación (a todas luces, el pequeño Nemo es un personaje plano). Probablemente, la primera obra maestra de un arte balbuciente, Little Nemo destacó –quizás por esa misma personalidad primeriza y la consiguiente ausencia de modelos– por su respeto ante la libertad creativa del autor, por una innovación técnica constante y por la justificación de un universo onírico personal, difícilmente extrapolable a otro lenguaje que no fuera el de la narración gráfica.
 En su conjunto, las historias de Little Nemo se reciben como un compendio de pequeños poemas narrativos que esbozan una breve poética de lo impredecible, de las posibilidades ilimitadas con que cuenta el subconsciente para transmutar en sueño cada elemento de nuestra cotidianeidad. Richard Marschall, sitúa a Little Nemo in Slumberland en el origen del género que el denomina “Humor abstracto”. Una aproximación al cómic como vehículo de contenidos intelectuales y reflexiones críticas, solapadas tras escenarios fantasiosos, cronologías indefinidas y realidades alegóricas, disfrazadas en muchas ocasiones de inocentes cuentos tradicionales.
Sin embargo, lo que nos ha congraciado con este día de celebración y justifica la fecha elegida (un tanto traída por los pelos, no nos engañemos: ¿107 aniversario?) ha sido el espectacular doodle (ya saben, la versión tuneada de su logo) que se han montado los chicos de Google a cuento de la efeméride. Lo habían bordado con el homenaje guitarrero a Les Paul o con el acercamiento a otros personajes de la cultura y el arte como Popeye, pero con Little Nemo la cosa ha adquirido tintes de genialidad. El desplegable animado, a partir de ese Nemo que utiliza su cama como rampa de despegue hacia un mundo de fantasía, recorre algunos de los mejores momentos de la serie (glorioso ese chapuzón con la luna por testigo) y se convierte en un inteligente y sentido homenaje a una de las series esenciales en la historia del cómic. No os malacostumbréis, pero, gracias Google.

lunes, octubre 08, 2012

Ilustración, Brueghel, Amberes.

En Bélgica, si nos siguen ya lo saben, se viaja con una cesta llena de cerveza, chocolate y cómics. Por cortesía de Ryanair, y sus precios imbatibles acompañados de emociones fuertes, la visitamos con bastante frecuencia. En Bélgica se encuentran algunas de las ciudades más bellas de Europa: esa Brujas de cuento de hadas (pero bastante aburrida); Gante, la de los castillos y los canales, o la Amberes portuaria, con sus callecitas de canto rodado y una estación en la que bien valdría poner una pica.
En Amberes, además, vivió y creó parte de su obra el gran Rubens. Para los amantes del barroco, la visita a la catedral (que cobija dos increíbles trípticos del genio flamenco) y a su casa-taller compensa la visita.
Lo que no conocíamos, y hemos descubierto en nuestro último viaje, es el Museo de Mayer van den Bergh, una casa en el centro de la ciudad en la que vivió el coleccionista que da nombre al museo que ahora la ocupa. Van den Bergh era un joven adinerado del S.XIX que dedicó una gran parte de sus ganancias y de la fortuna familiar al coleccionismo de obras de arte; muchas de ellas de origen flamenco. La visita a su casa-museo tiene el doble aliciente de comprobar in situ las condiciones de vida burguesa de la Bélgica decimonónica y de poder disfrutar, al mismo tiempo, de la muy interesante colección de pintura y escultura (de distintos periodos) que ocupa sus estancias, y que el propio Van den Bergh se encargó de atesorar durante su breve vida (1858-1901) a lo largo y ancho de Europa. Hay, verdaderamente, piezas impresionantes, pero ninguna como las que ocupan los muros de la estancia dedicada a Pedro Brueghel el Viejo (Pieter Brugel, dicen los belgas).
Resulta que la gran virtud del joven coleccionista fue la de apostar por un autor que, en aquel momento, era básicamente un desconocido. Hasta que el bueno de Fritz Mayer no pusó los ojos (y su bolsa) en él, nadie había dado un doblón por un pintor al que en su propia época muchos habían considerado cuanto menos estrafalario y, cuanto más, obsceno y sacrílego. Sus trabajos se encontraban dispersos y a menudo se confundían con los de sus hijo (Pedro Brueghel el Joven) y los otros miembros pintores de la saga (los Jan Bruegel, padre e hijo). En el museo se encuentran algunas de sus obras maestras, como Censo en Belén (1566), Dulle Griet (1562) o Los doce proverbios, pintados sobre platos.
Siempre nos ha parecido que el arte de Brueghel el Viejo, como el de su contemporáneo Hyeronimus Bosch, el Bosco (del que también hay alguna obra importante en la casa Van den Bergh), tenía mucho de cómic; quizás por su caricaturismo paródico, que hoy se entiende en un plano alegórico, o por su sentido del humor extremo, que en los siglos XIX y XX encontró una vía de desarrollo en la ilustración, primero, y en el cómic, más tarde. Lo cierto es que siempre nos ha parecido encontrar los rostros de los personajes de Brueghel en ilustradores posteriores como Daumier y en otras obras del arte popular contemporáneo, más allá de la Vanguardia Surrealista con las que siempre se emparenta la obra del pintor flamenco.
En este viaje ha coincidido, además, que en el museo se exponía una colección completísima de los muchos grabados que eBrueghel elaboró a lo largo de su vida (muchos de ellos junto al editor al Hieronymus Cock). La exposición se titulaba The Unseen Pieter Bruegel y allí estaban sus Grandes paisajes (1555-1556), los Episodios de La Biblia o sus series de Las siete virtudes y Los siete pecados capitales. Revisando todos ellos (algunos iluminados por la presencia de las placas de cobre originales), el espectador adivina que detrás de la mirada alucinada y de las visionarias pesadillas alegóricas de Brueghel, se escondía en verdad una de las manos más dotadas para el dibujo de aquella Europa convulsa y efervescente.
Una de las confusiones más molestas que vive el amante del cómic, en estos tiempos tan documentados y "enciclopédigitalizados", es la que unifica al cómic junto al ánime, la ilustración o cualquier otra disciplina más o menos afín que se les ocurra. Es cierto que el cómic es hermano discursivo de otros vehículos narrativos, por un lado, y plásticos, por el otro, pero su idiosincrasia parece ya, a estas alturas, bien trazada y estudiada. Dicho lo cual, de vez en cuando produce verdadero placer zambullirse en las afinidades (muchas) que el cómic sigue compartiendo con otros vehículos, como este de la ilustración que nos ocupa (y que forma parte esencial de su identidad genética y de su particular prehistoria), y dejarse llevar por ellos. Gozoso el viaje a través de los viejos grabados del viejo Brueghel.

lunes, octubre 01, 2012

Optic Nerve #12, de Adrian Tomine. La sombra de Ware.

A estas alturas, la sombra de Mr. Ware no es que sea alargada, sino que amenaza con cubrirlo todo. Hasta las rendijas de ventilación del, aún por llegar, nuevo cómic.
Viene esta reflexión a cuento del último número que ha llegado a nuestras manos de Optic Nerve (el 12); el fanzine de Adrian Tomine, del que ya hablamos aquí con motivo de la edición por parte de Drawn & Quarterly de la caja con sus primeros 7 números en edición facsímile. El nuevo número de Optic Nerve (con tamaño de comic-book, portada seccionada y un diseño y maquetación muy elaborados) se parece poco a aquellos primeros juguetes narrativos, imperfectos y saludablemente espontáneos, de Tomine. Se mantiene en el equipo de Drawn & Quarterly, eso sí, aunque han pasado cinco años desde la aparición del último Optic Nerve. Algo ha cambiado en este lustro. Y Ware tiene mucho que ver con ello.
Lo nuevo de Tomine nos recuerda al trabajo del estadounidense desde la maquetación misma del fanzine, que algún despistado podría tomar por una nueva entrega de The Acme Novelty Library, más que por un nuevo Optic Nerve. En el interior, la distribución de los contenidos y el formato, con constantes homenajes al cómic clásico (tiras, dailies, sundays en color...), también recuerda a los imprevisibles juegos de maquetación y a la recuperación de modelos de diseño preterito, que caracteriza a la obra de Chris Ware. Este número 12, además, plantea un guiño de maquetación al posibilitar la doble posibilidad de una portada roja o naranja.
Más de lo mismo respecto a las variaciones estilísticas de Tomine en piezas como Hortisculpture, en la que abandona su habitual realismo (un tanto idealizado), en pos de una caricatura influida por las variantes más cartoon de la obra de Ware (e incluso de Clowes). Está de moda el eclecticismo autorial dentro de una misma obra. Este nuevo tipo de dibujo de Tomine, que ya anticipaba en Escenas de un matrimonio inminente, a nosotros nos recuerda al de otro de nuestros jóvenes autores predilectos, el también estadounidense Kevin Huizenga.
El protagonista de la ya citada A Brief History of the Art Form Known as Hortisculpture (nominada este año en los Premios Eisner a mejor historia corta) es un individuo francamente antipático, que parece un clon del Wilson de Clowes, al que se le hayan añadido algunos rasgos de la insegura personalidad de Corrigan. Difícil empatizar como lector con la obsesión "hortiescultora" de Harold.
Amber Sweet se parece más a las ya conocidas historias cortas de Tomine que pudimos leer en Sonámbulo o Rubia de verano. El Tomine que más nos gusta, aquel autor costumbrista tan "carveriano" que aprendimos a querer. La historia de esta joven muchacha que tiene la mala suerte de parecerse a otra persona, nos devuelve de nuevo al mejor Tomine. Le reconocemos en su estilo habitual y en una historia muy bien tejida a partir de uno de los temas favoritos en la obra del estadounidense-japonés: el azar caprichoso. En nuestra opinión, se trata de un relato muy superior a su compañero de volumen.

Después de la habitual sección de cartas del lector que encontramos en todos los Optic Nerve, el volumen se cierra con una historia metaficcional paródica. Un ejercicio de autorrepresentación en el que Tomine relata en dos páginas el propio proceso de creación de este último número de Optic Nerve. Una historieta ligeramente autocomplaciente y con un punto de vanidad camuflada de falsa modestia, pero francamente divertida.
No nos malinterpreten, no queremos decir que no apreciemos al afán experimental y las nuevas inquietudes creativas de Adrian Tomine, pero en ocasiones el homenaje estilístico (a Ware y Clowes en este caso) o la asunción de caminos ajenos, puede llegar a crear moldes más que a crecer como artista. Definitivamente, a nosotros lo que más nos ha gustado de este Optic Nerve #12 es aquello que lo emparenta con el Tomine de siempre, el que ya conocíamos.