jueves, septiembre 21, 2017

Blueberry cabalga de nuevo

Cuando vuelve un mito hay que hacerle los honores, sobre todo si se nos aparece tan lustroso como en este caso.
Acabamos de recibir los tres primeros volúmenes de la reedición por fascículos de Blueberry que acaba de arrancar Planeta DeAgostini y hay que reconocer que el mítico personaje de esos dos genios que fueron Charlier y Jean Giraud (aka Moebius) luce inmaculado con su levita azul y su porte vaquera. La serie, que nació en 1963 en las páginas de la revista Pilote (nº 210), comenzó con el episodio Fort Navajo y durante muchos años representó una de las cumbres creativas de la escuela franco-belga. Gir, después Giraud, después Moebius, puso rostros y paisajes de un realismo apabullante a los medidos y arrebatadores guiones de Jean Michel Charlier.
Planeta publica ahora en una edición íntegra de 56 álbumes cronológicos (frente a ediciones anteriores del personaje) los tres arcos que desarrollaron las aventuras del vaquero más famoso del cómic: "Blueberry" (la serie que dibujó completa Moebius), "La juventud de Blueberry" y "Marshall Blueberry". El lector tendrá la ocasión de revisar o encontrarse por primera vez con algunos de los episodios más brillantes del western, en cómics como Fort Navajo, El fantasma de las balas de oro o Angel Face; títulos míticos de la historia del cómic. La publicación se presenta con los colores retocados que son habituales en las ediciones más recientes del personaje.
No es un capricho barato, y seguramente el talento infinito de Giraud hubiera brillado más en un papel con mayor gramaje; sin embargo, la colección de Planeta está llena de alicientes: además de regalar a los suscriptores un merchandising variado (láminas, tazas, camisetas y unos sujetalibros en madera y polipiel que pintan muy bien), cada volumen incluye en sus páginas finales un interesante "Dosier Blueberry", en el que se despliegan aspectos historiográficos y creativos acerca de la serie, el personaje y sus creadores. Un aliciente más para el coleccionista. Igual que lo es la excelente y cuidada edición en cartoné con lomo de tela
Si tienen ustedes los posibles y el capricho, no es ésta una mala ocasión para adentrarse en las viñetas de uno de los personajes esenciales del medio. Queda dicho.

miércoles, septiembre 13, 2017

Grafitis colombianos (II): el Caribe y más allá

Les referíamos en nuestro último post varias andanzas colombianas y lo mucho que nos sorprendió el muralismo bogotano, por su cantidad y calidad.
Pero no fue en la capital colombiana en el único sitio en el que nos topamos con arte urbano y vitalidad creativa a la vuelta de cada esquina. Nos gustó mucho, por ejemplo, el ambiente que nos encontramos en Getsemaní, el otrora peligroso barrio extramuros de Cartagena de Indias que se despliega alrededor de la Plaza de la Trinidad y que en pocos años se ha convertido en la zona más bohemia y festiva de la vieja capital colonial. No sabemos si existe un estilo de grafiti caribeño, pero en los muros de muchas ciudades como Cartagena, Santa Marta o la misma Bogotá se repiten rostros de mujeres y hombres, jóvenes y ancianos, indígenas o criollos; fisonomías que se deshilachan en mil colores y veladuras expresionistas, y que se confunden y fusionan con motivos abstractos o referencias naturales: aves y peces tropicales, flores y lianas, hojas en mil tonos de verde... Estos son algunos de los grafitis que nos encontramos en Getsemaní:
https://cartagenacolombiarentals.com/2017/02/getsemani-graffiti/
Tampoco en Santa Marta, la capital de Magdalena que mira al Caribe desde los pies de la Sierra Nevada, faltan ejemplos de muralismo en su viejo barrio colonial. Como en tantas otras ciudades colombianas, las calles de Santa Marta destilan entusiasmo juvenil y vivacidad creativa; porque hasta para vender hay que presumir de imaginación.

sábado, septiembre 02, 2017

Grafitis colombianos (I): Bogotá

Acabamos de regresar de un viaje a Colombia que nos ha maravillado. Un país joven y en efervescente crecimiento, muy alejado de los prejuicios y la imagen de violencia que se ha difundido en los últimos tiempos desde la pantalla televisva. La Colombia actual se parece muy poco al estado narco-terrorista que hace apenas quince años la hacía desaconsejable como destino turístico.
A día de hoy, el país cafetero parece a punto de explotar como uno de los tres o cuatro grandes destinos turísticos americanos. Lo tiene todo: selvas, bosques, valles cafeteros y playas paradisiacas; preciosas poblaciones coloniales y grandes urbes que rezuman bohemia y cultura; impresionantes monumentos precolombinos y arte contemporáneo de altura; una gastronomía riquísima a precios más que competitivos y un ambiente nocturno bullicioso; y, sobre todo, una población alegre, amable y acogedora.
Tenemos la sensación de que el arte urbano es uno de los ingredientes que han ayudado a revitalizar la imagen (y fachada) de las ciudades colombianas. Hemos estado en pocos sitios con un aprovechamiento más prolífico de muros y fachadas; Bogotá y sus miles de grafiti son un ejemplo perfecto.
Entre confesión y leyenda urbana, nos contaba un taxista bogoteño que el apogeo presente del muralismo colombiano se le debe a Justin Bieber y su visita al país en 2013. Antes de dicha visita -nos contaba el conductor- el grafiti estaba perseguido en Colombia y se tachaba de vandalismo. Sin embargo, cuando el ídolo adolescente se dedicó a pintar los muros de la calle 26 rodeado de sus guardaespaldas en una escapada nocturna, la percepción popular del arte urbano cambió sustancialmente.
El segundo nombre propio del grafiti colombiano es el del joven Israel Hernández, que murió en Miami en 2013 a manos de la policia. Después de ser sorprendido pintando un grafiti, la policia persiguió a Israel y le disparó una descarga eléctrica que acabó con su vida. El caso se ensució lamentablemente cuando los implicados intentaron ocultar la realidad acusando al joven de una actividad criminal que no había cometido, con el fin de camuflar lo sucedido. El suceso levantó enormes muestras de solidaridad en Colombia y causó una gran polémica. Su muerte tuvo un efecto colateral inesperado, creando una corriente de aprecio hacia el grafiti y las intervenciones urbanas.
Hoy en día, el arte urbano está asentado en Colombia hasta extremos que resultarían sorprendentes en una ciudad europea: funciona como muestra espontánea de creatividad, sí, pero ha arraigado también como elemento publicitario y carta de diseño para promocionar negocios, espectáculos o locales de moda. Quedan pocas fachadas vírgenes en una ciudad como Bogotá y la calidad de las intervenciones es, por lo general, altísima. El grafiti se ha convertido (como viene sucediendo en numerosas geografías en los últimos tiempos) en un vehículo institucional para el potenciamiento y la promoción de espacios urbanos deprimidos y localizaciones poco atractivas o desaprovechadas.
Estos son algunos de los muchos grafitis promocionales que encontramos en Bogotá:
Pero, como decimos, en Bogotá el muralismo es ya mucho más que un mecanismo de promoción comercial, se ha convertido en toda una forma de entender la vida y de leer los espacios urbanos. Algunos ejemplos más:

jueves, agosto 10, 2017

Los minicómics de Julia Gfrörer: Flesh and Bone, Palm Ash y Dark Age

Empujados por la muy buena impresión que nos causó su Laid Waste, nos hemos hecho con algunos de los minicómics autoeditados por Julia Gfrörer y distribuidos a través de su propia página (en el pedido añadimos además una de sus postalitas personalizadas con dibujo original). Una pequeña inversión llena de alicientes.
De Gfrörer nos gusta mucho su estilo fluido y delicado, el bosquejo de una línea clara realista entramada por un rayado profuso y nervioso. Un dibujo que encaja a la perfección con la cruda temática de sus cómics: acercamientos sincréticos a momentos seleccionados de la historia, instantes cuasi-costumbristas aislados de su contexto, que demuestran la crueldad de la existencia y la brutalidad del ser humano para con sus congéneres más débiles. Como sucede con su obra publicada editorialmente, también encontramos algo de todo ello en los fanzines autoeditados de la dibujante estadounidense que hemos adquirido: Flesh and BonePalm Ash Dark Age.
Flesh and Bone (2010) es un cuento gótico en el que el Romanticismo y su idea atormentada del amor se entrecruza con la encarnación satánica del mal: pálidas novias románticas que mueren en la flor de la vida, akelarres de brujas en torno al gran Chivo, maquiavélicas reformulaciones de la cuentística popular..., cohabitan en Flesh and Bone en lo que es una reflexión acerca de la perversión y el amor, de la mentira ilusoria y el sentido espiritual de trascendencia. Un cómic explícito y áspero en su crueldad y sexualidad, pero intenso y estimulante como un trago de limón.
Palm Ash (2014) sitúa su acción en el contexto de los primeros cristianos sacrificados en Roma en los sangrientos espectáculos populares celebrados en coliseos y plazas. Alterna el cómic retazos de la vida en esclavitud con escenas de la clase patricia, con sus decisiones caprichosas y volubles sobre las vidas ajenas. Palm Ash es un tebeo breve, pero impactante, un trabajo en el que la crueldad extrema depredatoria del ser humano pisotea cualquier atisbo de tolerancia y humanidad.
Dark Age (2016), por otro lado, se centra en el miedo y en la fragilidad de la existencia; en nuestra perentoria incapacidad para afrontar los retos extremos que nos plantea el medio. Arranca la historia en una sociedad primitiva de cazadores-recolectores, en aquellos orígenes de la civilización en los que el hombre estaba aprendiendo a vivir en sociedad aún expuesto a los designios de la naturaleza. En ese entorno, dos jóvenes amantes, inquietos, ansiosos de novedad y aventura, deciden adentrarse en el interior de una cueva con afanes exploratorios. Y ya se sabe, la osadía es madre de la imprudencia.
Invitan los relatos cortos de Julia Frörer a una pronta recopilación. Pero, sobre todo, le dejan a uno con  ganas de seguir profundizando en la obra de una autora diferente y perturbadora, una exploradora de los miedos y crueldades humanas con la rara capacidad de agitar nuestras conciencias. Queremos más.

miércoles, agosto 02, 2017

Esenciales ACDC 2017 (primer semestre)

La Asociación de Críticos y Divulgadores de Cómic de España (ACDCómic) presenta la primera ronda de sus ‘Esenciales 2017’, una selección de cómics con la que esta organización pretende fijar la atención sobre algunas de las obras más destacadas de entrelas editadas en nuestro mercado. Está formada por 25 novedades publicadas entre enero y junio de 2017, elegidas en votación por 53 de los integrantes de ACDCómic, y se presenta como una herramienta para animar a lectores, bibliotecas, libreros y otro tipo de colectivos culturales a descubrir obras destacadas.

Los ‘Esenciales’ para el primer semestre de 2017, acompañados de unos breves apuntes sobre cada obra elaborados por ACDCómic. De algunos de ellos ya hemos hablado en este blog y de varios otros los haremos en fechas venideras: 
  • Anarcoma: Obra gráfica completa​, de Nazario (La Cúpula). Hito del cómic homoerótico de los ochenta, protagonizado por un detective transexual y ambientado en el Barrio Chino barcelonés, ahora recopilado en su totalidad. 
  • Arsène Schrauwen 3​, de Olivier Schrauwen (Fulgencio Pimentel). Memoria ficcionada sobre las andanzas juveniles del abuelo del autor en el Congo colonial, con formas experimentales y humor surrealista de tradición belga. Último volumen de la serie, que próximamente se recopilará en un tomo integral. 
  • Carlitos Fax​, de Albert Monteys (¡Caramba!). Historias cortas de ciencia ficción sobre un robot que quiere ser periodista, publicadas originalmente en ​ Mister K​, la revista infantil de ​ El Jueves​. Por uno de los impulsores de​ Orgullo y Satisfacción​ y autor de ​ ¡Universo!
  • Cortázar​, de Marchamalo y Torices (Nórdica). Biografía en viñetas del escritor argentino realizada con hechuras experimentales por el periodista madrileño y el dibujante barcelonés.
  • Cosmonauta​, de Pep Brocal (Astiberri). Viaje al fin del universo (y del amor) en un cuento de ciencia ficción y humor melancólico dibujado con rotundidad. Por el autor catalán de ​ Alter y Walter o La verdad invisible.
  • De tripas y corazón​, de Pozla (Dibbuks). Crónica autobiográfica preñada de humor negro y crudeza sobre la vida diaria del ilustrador francés con la enfermedad de Crohn. Premiada en el Festival de Angoulême 2016. 
  • Disparen al humorista​, de Darío Adanti (Astiberri). Ensayo en viñetas sobre los "límites" del humor y la libertad de expresión en el contexto de corrección política contemporánea, a cargo de uno de los creadores de la revista ​ Mongolia​. 
  • El arte de Charlie Chan Hock Chye​, de Sonny Liew (Dibbuks / Amok). La historia de Singapur, país natal del autor, narrada mediante la falsa biografía de un dibujante y a través de sus distintas obras y estilos. Obra ganadora de tres Premios Eisner.
  • El informe de Brodeck​, de Manu Larcenet (Norma). Adaptación de la novela de Philippe Claudel galardonada con el Premio Goncourt, narra las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial entre los habitantes de un pequeño pueblo perdido en las montañas. Por el autor de ​ Los combates cotidianos​.
  • El perdón y la furia​, de Altarriba y Keko (Museo del Prado). Un historiador del arte descubre los oscuros secretos que esconden algunas de las pinturas más famosas de José Ribera que pertenecen a la colección del museo del Prado. Por los autores de ​ Yo, asesino​.
  • Ether​, de Matt Kindt y David Rubín (Astiberri). Aventuras fantásticas protagonizadas por un científico y explorador interdimensional encargado de resolver un misterioso asesinato. Por el autor de ​ Super Spy​ y el dibujante de​ Beowulf​.
  •  La balada del norte 2​, de Alfonso Zapico (Astiberri). Segunda parte de la obra del autor asturiano (​Dublinés​) sobre el periodo revolucionario de 1934, que combina memoria histórica y ficción.
  • La levedad, de Catherine Meurisse (Impedimenta). Una historia sobre cómo la belleza y el arte consiguen que la autora francesa (​La comedia literaria​) vuelva a reconciliarse con la vida, tras el horror vivido en el atentado de 2015 contra la redacción de ​ Charlie Hebdo​.
  • La mujer de al lado​, de Yoshiharu Tsuge (Gallo Nero). Seis relatos autobiográficos sobre los fracasos y sinsabores de la vida, publicados originalmente en Japón en los años ochenta. Por Yoshiharu Tsuge (​El hombre sin talento​), autor de culto dentro y fuera de su país.
  • Las torres de Bois-Mauri integral​, de Hermann (Planeta). Fidedigna recreación de la Baja Edad Media y visión pesimista de la naturaleza humana a través de la historia de un caballero sin tierras. Uno de los trabajos más reconocidos en la larga trayectoria del autor belga de ​ Jeremiah​.
  • Last Man​, de Balak, Sanlaville y Vivès (Diábolo). Un tebeo dinámico con hechuras de manga mestizo europeo, lleno de acción y sorpresas. Una serie impulsada por el premiado Bastien Vivès (​Polina​).
  • Los cuadernos de Esther​, de Riad Sattouf (Sapristi). Retrato costumbrista de una infancia contemporánea y su entorno social, familiar y escolar a partir del testimonio real de una niña de diez años. Por el autor de​ El árabe del futuro​.
  • Nuevas estructuras​, de Begoña García-Alén (Apa-Apa). Cómic experimental en el que la autora gallega (​Perlas del infierno​) investiga nuevas formas de expresión para una historia de alta abstracción poética. 
  • Oscuridades programadas​, de Sarah Glidden (Salamandra). Reportaje en viñetas donde la autora estadounidense (​Una judía americana perdida en Israel​) relata su viaje por Turquía, Siria e Irak, da testimonio de las consecuencias de la guerra en dichos países y reflexiona sobre la naturaleza del periodismo.
  • Pinturas de Guerra​, de Ángel de la Calle (Reino de Cordelia). Una historia sobre la represión que sufrieron los pintores exiliados de las dictaduras latinoamericanas, mostrando el horror de una época. Por el autor de​ Modotti, una mujer del siglo XX​ .
  • Poncho fue​, de Sole Otero (La Cúpula). Primera historia larga de la autora argentina (La pelusa de los días​), sobre una relación de maltrato psicológico basada en su propia experiencia.
  • Roco Vargas: Júpiter​, de Daniel Torres (Norma). Apoteosis de la saga del aventurero espacial que trasciende al propio héroe. El autor valenciano de​ La casa: Crónica de una conquista​ regresa a su personaje más conocido. 
  • Siete vidas​, de Josep Maria Beà (Astiberri). Nueva edición de esta memoria autobiográfica —publicada originalmente en los ochenta— sobre la mocedad del autor en la posguerra barcelonesa. Por el autor de ​Historias de taberna galáctica​.
  • The Wicked + The Divine​, de Kieron Gillen, Jamie McKelvie y Matt Wilson (Norma). Intriga fantástica sobre estrellas musicales juveniles que son (literalmente) dioses reencarnados. Por los autores de​ Jóvenes Vengadores​.
  • Un millón de años​, de David Sánchez (Astiberri). Alegoría psicodélica sobre el principio (o fin) de la humanidad. Por el autor madrileño de la premiada ​Tú me has matado​
En la selección de los Esenciales del primer semestre de 2017 han participado 53 miembros de ACDCómic: Anna Abella, Daniel Ausente, Koldo Azpitarte, Bamf, Mikel Bao, Manuel Barreiro, Octavio Beares, Luigi Benedicto Borges, Bouman, Jordi Canyissà, Elizabeth Casillas, Tereixa Constenla, Borja Crespo, Oriol Estrada, Ángel L. Fernández, David Fernández de Arriba, Iván Galiano, Pepe Gálvez, Julio Andrés Gracia Lana, Óscar Gual, Kike Infame, Raúl Izquierdo, Jesús Jiménez, Joan S. Luna, Jota Lynnot, Eduardo Maroño, Javier Marquina, Elena Masarah, Diego Matos, Elisa McCausland, Asier Mensuro, Joel Mercè, Javier Mesón, Pedro Monje, Javier Mora, Francisco Naranjo, Josep Oliver, Mireia Pérez, Pepo Pérez, Carolina Plou, Álvaro Pons, Jordi Riera, Juan Royo, José Andrés Santiago, Óscar Senar, Xavi Serra, Alex Serrano, Jose A. Serrano, Jon Spinaro, Rubén Varillas, Jaume Vilarrubí, Gerardo Vilches y Yexus. ACDCómic es una asociación sin ánimo de lucro constituida en 2012 que agrupa a personas que realizan trabajos de periodismo, crítica, estudio, comisariado y otras actividades teóricas y divulgativas relacionadas con el cómic. Más información en www.acdcomic.es​.

jueves, julio 27, 2017

Tomoji, de Jiro Taniguchi, en ABC Color. Esa lenta tragicomedia que esla vida

El fin de semana pasado publicamos en ABC Color, nuestro suplemento cultural transatlántico favorito, un artículo dedicado a ese genio del cómic que nos dejó hace unos meses llamado Jiro Taniguchi. Escribimos sobre Tomoji, uno de sus últimos cómis publicados en España. Un tebeo, además, que junto a las muchas virtudes que acompañan los cómics de Taniguchi, presenta algunas peculiaridades que merecen subrayarse respecto al resto de su producción.
Tomoji es una obra vitalista, poblada de paisajes rurales y antiguos oficios, un cuadro de costumbres de una época que ya ha desaparecido. Pero Tomoji es también el retrato generoso y admirado de una mujer fuerte, perseverante y valiosa. Les dejamos con nuestra reseña: "Esa lenta tragicomedia que es la vida"
En febrero de 2017 murió Jiro Taniguchi, uno de los genios recientes del cómic y uno de los autores más influyentes e imitados de las últimas décadas.
Desde que descubriéramos su obra gracias a El Caminante (1990) o El almanaque de mi padre (1994), Taniguchi siempre ha sido un refugio al que volver; un guionista y dibujante privilegiado cuya prolífica obra mantiene siempre unos niveles de calidad altísimos. Se le considera, de hecho, uno de los padres de la llamada nouvelle manga (una etiqueta, nos parece, demasiado etérea e imprecisa, que intenta abarcar el cruce de influencias comicográficas entre Japón y Europa).
Con contadas excepciones y sin seguir el orden cronológico editorial japonés, casi toda su producción está ya publicada en español. Ponent Mon editó en 2016 uno de sus últimos trabajos, Tomoji (2014); y en este 2017 hemos visto como Planeta se ha atrevido con la reedición de uno de sus primeros cómics, Hotel Harbour View (1983), y Ponen Mont ha vuelto a hacerlo por partida doble con la también reedición de Sky Hawk (sobre el guión de Natsuo Sekikawa, 2002) y con Venecia (2014); una de las últimas obras publicadas en vida por el genio japonés junto a Los guardianes del Louvre (2014).
Una de las curiosidades que esconde la edición de Tomoji de Ponent Mon en sus páginas finales es la entrevista que Thomas Hantson le hizo al propio Taniguchi en agosto de 2014. En ella, descubrimos la peculiar visión que el propio autor tenía de su propia obra y sus opiniones acerca de Tomoji. En uno de los pasajes, confiesa "me doy cuenta de que jamás he tratado realmente el amor en mis libros anteriores. Esta es, salvo a lo mejor Los años dulces, la primera vez que lo hago". Poco después admite que es "posible que los mangas de acción que hacía antaño ya hayan quedado atrás. En retrospectiva, diría que La cumbre de los dioses es sin duda mi última obra en la que las expresiones se muestran con pasión, y en la que el aspecto gráfico así los muestra".
Aunque en su producción (sobre todo en sus comienzos) encontramos obras con un elemento de acción, si hay un rasgo que sobrevuela casi toda la obra de Taniguchi en su capacidad para mostrar aspectos intangibles de la naturaleza humana y su relación con el entorno: el paso del tiempo y la añoranza hacia el pasado, los afectos sutiles, la mirada curiosa del paseante, el viajero o el turista... Por eso, sorprende que un autor tan contenido y contemplativo utilice un concepto como "pasión" para referirse a algunos de sus cómics. Ni siquiera en Tomoji, el drama costumbrista de una mujer cuya biografía está recorrida por infortunios y adversidades, existe un acercamiento trágico o pasional a la existencia. Las páginas de este cómic están surcadas, de nuevo, por miradas nostálgicas y un profundo y agradecido (también dolorido) vitalismo.
Pero si hay algo que diferencia a Tomoji de otros cómics de Taniguchi, más allá de esa presencia del tema amoroso que señala, es su acercamiento a un Japón que va camino de desaparecer: el de los paisajes rurales de la era Taishō, un periodo de transición entre dos momentos decisivos en la historia del país (las eras Meiji y Shōwa), en el que el antiguo Japón casi feudal dejó paso a la nación mucho más urbanita e industrializada que iba a tomar parte en la Segunda Guerra Mundial.
El virtuosismo gráfico de Taniguchi, su meticuloso preciosismo artesanal, pocas veces a brillado con más luz y belleza que en las estampas naturales de este libro. Como sucede habitualmente en el manga, las primeras páginas de cada uno de sus seis capítulos están coloreadas (como si de una introducción al paisaje narrativo se tratara), para a continuación dejar paso al preciosista y diáfano blanco y negro que caracteriza el "estilo Taniguchi"; con esos entramados y minuciosos rayados/sombreados que aportan a sus escenarios un aire casi hiperrealista.
Los rostros de sus personajes (como siempre, bastante semejantes entre ellos) desprenden una humanidad apacible, un gesto de resistencia ante las pesadumbres de la existencia que se personifica como nadie en la figura de la protagonista del relato. Tomoji Uchida fue una mujer valiente y espiritual en un momento en el que las mujeres no lo tenían fácil en una sociedad tan tradicional y conservadora como era (y sigue siendo) la nipona. Fue la fundadora del budismo Shinnyo-en (una variante del budismo Shingon) y responsable junto a su marido Ito Shinjo de la proliferación de numerosos templos dedicados a esta práctica en Japón.
Jiro Taniguchi y su mujer eran asiduos a uno de esos templos Shinnyo-en en las cercanías de Tokio, y fue allí donde le propusieron embarcarse en la biografía de Tomoji; contó para ello con la ayuda del guionista Miwako Ogihara. Sin embargo, el dibujante tomó una decisión sorprendente: en su relato prescindiría de alusiones religiosas explícitas o de los hechos mismos que hicieron de Tomoji Uchida una figura relevante. En vez de eso, se enfrentaría al trabajo como el biógrafo de una niña que superó con humildad cuanto obstáculo se le planteó en la vida (y fueron muchos) hasta hacerse a sí misma y convertirse en una figura admirable: "...decidí privilegiar un ángulo narrativo que mostrara el recorrido vital que cinceló la personalidad de Tomoji y que finalmente le llevó a escoger el camino de la espiritualidad", aclara Taniguchi en la entrevista.
Pero a veces la Historia no es suficiente ("... no se puede hacer un manga sólido basado en simples hechos biográficos"), así que en su perfil el el célebre mangaka idea experiencias, construye encuentros imaginarios y entrecruza acontecimientos sociohistóricos traumáticos con la naturalidad de un maestro; como esas secuencias del gran terremoto que asoló Tokio en 1923 y cuyas reverberaciones perduran en la memoria del Japón actual, de la misma manera en que en su día alcanzaron incluso a las apacibles zonas rurales de la región de Yamanashi, en las que se sitúa el relato. Porque las páginas de Tomoji son también un fresco costumbrista en el que se recrean los antiguos oficios y el folclore de de un contexto muy localizado: descubriremos en ellas una forma de vida sencilla, basada en el duro trabajo de agricultores, artesanos y pequeños mercaderes, una realidad que se movía al ritmo de los elementos, las estaciones y las puestas de sol; y que, como decíamos antes, prácticamente ha desaparecido.
Tomoji es un acercamiento humanista y humano a la experiencia de vivir, una biografía entreverada de ficción en la que las tradiciones rurales, el lento paso de las estaciones y la majestuosidad de los paisajes dibujan un fresco lleno de sosiego y resignación. En su cómic, Tamaguchi construye uno de sus mejores retratos femeninos y, al mismo tiempo, nos invita a sumergirnos en una espiritualidad japonesa que siempre ha estado imbuida de respeto por el pasado y adoración reverencial a los elementos de la  naturaleza.

jueves, julio 20, 2017

Hernán Esteve, de Esteban Hernández. Desnudo tras el espejo

Podemos arrancar esta reseña con un match ball: Hernán Esteve es el mejor cómic de Esteban Hernández hasta la fecha; lo cual no es decir poco.
Lo es por su honestidad sonrojante, por su empleo del género autoconfesional hasta asfixiarlo y porque desde la primera página Hernán Esteve te agarra, te zarandea, te ruboriza y te suelta al final con un sopapo en la cara en forma de beso, que te deja pensando si no sería necesario que todos hiciéramos algo más de introspección sin frenos como la que se desarrolla en sus páginas.

Literalmente, el nuevo cómic de Esteban Hernández es una "salida de un armario inexistente". En realidad, casi todos sus tebeos y fanzines han estado contagiados por su propia autobiografía. Su obra es reflexiva, psicologista, anecdótica en el buen sentido. Su fanzine Usted se ha nutrido, casi siempre, del ramillete de miedos, inseguridades y vivencias personales de ese yo escritor y dibujante que decide mostrarnos retazos esporádicos de intimidad: le hemos visto discutir con sus amigos de lo humano y lo divino, hurgar en las miserias de su pasado e incluso nos ha presentado a su novia (como desvela esa metahistorieta que Hernán Esteve toma prestada del fanzine Usted #6). Sin embargo, en su nuevo trabajo, Esteban da un paso más allá, para quedarse en pelota picada delante del lector. Sin más parapeto que un alterego que apenas esconde nada y que, por si quedara alguna duda, termina por romper cualquier espejismo de ilusión en la brillante secuencia final de la conversación entre el autor y el personaje, entre Esteban y Hernán, entre el otro que soy yo y su proyección dibujada sobre la página.
¿Quién se atrevería a contar en público sus secretos inconfesables?, ¿a desgranar en secuencias episódicas las vergüenzas onanistas de nuestros descubrimientos e iniciaciones sexuales? Esteban Hernández lo hace y, en apariencia, se guarda bien poco: la curiosidad infantil por su sexualidad aún sin estrenar; la revolución hormonal y los años de iniciación, dudas e incertidumbres del instituto; la consolidación de la identidad propia en la universidad... Todas las etapas de su desarrollo sexual están representadas explícitamente en el cómic con el subrayado determinante de esos instantes representativos, los momentos trascendentes (o que creímos trascendentes), que se han quedado anclados en la memoria como aquellos instantes decisivos en los que su existencia pivotó hacia un lado en vez de al otro.
En alguna ocasión, hemos achacado cierto exceso de verbosidad en los cómics de Esteban Hernández. En Hernán Esteve, sin embargo, las palabras están medidas. Hasta su mitad, el libro es prácticamente mudo: hablan los hechos, las situaciones torpes y los momentos comprometidos que se experimentan cuando nos adentramos en terra incognita; el texto se dosifica con contención hasta que el personaje empieza a dejar atrás la niñez y la adolescencia, cuando el verbo se convierte en un elemento esencial de nuestras relaciones y las palabras pesan tanto como los actos; cuando, en el caso de Hernán, se confunden amistad y amor, y la identidad sexual intenta abrirse hueco entre la espesura de los afectos. Es ésta, la relación del protagonista con su amigo Juan, la que comprende las páginas más duras y sentidas de la obra, la parte más perturbadora y, seguramente, la confesión más valiente y dolorosa del cómic.
El dibujo de Hernández, cada vez más cubista y deformante, funciona como un reloj en la revelación, a veces ridícula a veces desarmante, de los momentos más íntimos y pudorosos de la biografía autoral. Aunque su caricatura roce la deformación grotesca humorística, es imposible no percibir el respeto y la responsabilidad  que el dibujante siente hacia sus creaciones, su cuidadoso esfuerzo a la hora de componer personajes y rostros. Precisamente, debido a ese uso extremo y distorsionante de la caricatura, a Hernán Esteve le sienta muy bien la aplicación de un suave bitono azul en la creación de tramas y sombreados; clarifica la lectura y añade luminosidad a unas viñetas cargadas de información y contenido.
Seguimos a Esteban Hernández desde hace mucho tiempo. Hace mucho también que subrayamos la personal originalidad de su trabajo, su singularidad marciana. Pero si existe algún tipo de ley no escrita acerca de la meritocracia viñetera, nos parecería imposible que este valiente, honesto y absorbente Hernán Esteve pasara desapercibido.

jueves, julio 13, 2017

Panther, de Brecht Evens. Parecía un cuento

Brecht Evens es uno de los jóvenes autores europeos que más nos gustan y más nos han impresionado en los últimos tiempos. Nos maravilla su estilo visual, a medio camino entre la ilustración infantil y un pictoricismo que, con su peculiar actualización técnica del puntillismo, el expresionismo y el fauvismo, nos recuerda a autores de épocas muy diferentes, como Marc Chagall, Friedensreich Hundertwasser o Dana Schutz. Las coloridas y ligeras acuarelas de Evens se superponen en capas y veladuras que huyen de la perspectiva, o de cualquier representación espacial al uso, para crear imágenes de un gran poder evocador y escenas que se superponen como en un sueño. Su dibujo es falsamente naif, pero transmite esa inocencia, es abigarrado, pero ligero y lírico.
Sus historias, además, se aprovechan de esta fuerte impronta visual para moverse en territorios de subjetividad narrativa. No siempre es sencillo descubrir en las historias de Evens hasta que punto nos movemos en el terreno de la memoria, del sueño, de la alusión simbólica o de la realidad. Lo vimos en sus excepcionales Un lugar equivocado y Los entusiastas, y lo volvemos a comprobar ahora en su última obra, Panther.
Avanzamos por las primeras páginas del cómic hipnotizados por las andanzas hogareñas de Christine, la niña protagonista, y asistimos muy pronto a esa tragedia que para ella es la muerte de su gato Lucy. El dibujo de Evens es mágico. ¡Ese momento en que aparece por primera vez, en la soledad dolosa de su habitación, el personaje de Panther que da título al libro! Es el amigo imaginario sobre cuyo hombro podrá llorar Christine sus penas; una criatura, como todos los artificios de la imaginación, dúctil, mudable, metamórfica, nunca parecida a sí misma...
En este punto, muy al principio aún de la historia, percibimos que estamos ante un bonito cuento infantil con trasfondo simbólico: la típica historia de crecimiento, el viaje del niño hacia los escollos de la vida. Al mismo tiempo, nos empieza a importunar la sobreabundancia de texto, la verbosidad excesiva de unos personajes enganchados en lo que parece el diálogo insensato e incongruente de una cháchara infantil. El dibujo de Evens, sin embargo, sigue sin dar respiro: pese a la repetición acumulativa de sencillos planos de la conversación entre la niña y su amigo imaginario, la transmutación constante de Panther (proyectada por la imaginación de la niña) despliega tal derroche de ingenio y talento, que el lector no puede sustraerse a profundizar en los recovecos del diálogo que ambos mantienen.
Así, poco a poco, vamos intuyendo que detrás de esa charla aparentemente atolondrada, detrás del cuento infantil, en realidad se esconde algo más. Como suele suceder en los cómics de Evens, las capas de imágenes veladas y superpuestas encierran también secretos de la narración; subtextos y trasfondos que nunca le resultan explícitos al lector, pero que se arrastran por debajo de trama principal.
Eso sucede con Panther. Y a medida que se aparecen los nuevos amigos imaginarios de Christine, empezamos a sospechar que el cómic de Brecht Evens no es un amable cuento infantil con moraleja, sino una de aquellas terribles pesadillas que de niños nos despertaban en medio de la noche, sin que nunca adivináramos de dónde venían ni si iban a regresar al día siguiente.

jueves, julio 06, 2017

Cosmonauta, de Pep Brocal. 2.900 años con Héctor Mosca

La caricatura de Pep Brocal, angulosa, sintética, deudora de los mejores ejemplos de la Escuela Bruguera (Manuel Vázquez, Cifré, Raf), parecería más adecuada para el humor que para la reflexión filosófico-existencial. Los dos polos coexisten, sin embargo, en Cosmonauta, el último trabajo de un autor que cuenta ya con un larguísimo recorrido dentro del mundo del cómic y de la ilustración; y a quien ya leíamos en las revistas clásicas de los años 80, como Totem, Cairo o Zona 84.
Cosmonauta luce como una obra de madurez, una reflexión tragicómica acerca del devenir de una humanidad que parece abocada a la autodestrucción, mientras se consume en propia falta de expectativas y soluciones. Héctor Mosca es nuestra última esperanza. Es uno de los últimos cosmonautas seleccionados en el "Second Chance Project" para alcanzar los confines del Universo y transmitirle al Creador el "memorial de agravios en el que se detalla que los hombres no somos los únicos responsables de este fracaso". El cosmonauta Héctor viajará en una cápsula espacial preparada para mitigar los efectos del paso del tiempo durante los 2.500 años necesarios para alcanzar los límites conocidos del espacio.
El escenario paródico que articula el relato crea el contexto para el monólogo reflexivo de su protagonista; un monólogo interrumpido solamente por las intervenciones "sintéticas" de Nic, el procesador Intelic 9.2 de última generación que se encarga de la navegación de la capsula. El cínico nihilismo, rasgo extremo de humanidad, frente al racionalismo desapasionado y pragmático de la Inteligencia Artificial: la garantía de un diálogo imposible que termina ahogado en un monólogo desesperado y rencoroso. A lo largo de su viaje hacia el vacío más absoluto, el cosmonauta Héctor nos hará participes de otros procesos de vaciado: el de su propia biografía, sumida en la amargura del fracaso amoroso y la mediocridad social; y el vaciado de humanidad de una civilización globalizada, imprudente y consumida por el miedo y la violencia (representada por ese simulacro de megalópolis gobernada por militares, obispos y políticos demagógicos llamado Globecity).

En su doble periplo (interestelar e interior), el protagonista acude con frecuencia a sus recuerdos (insatisfactorios casi siempre) y al refugio mental de su único hogar verdadero: la barra de Chez Guido, su bar de cabecera y diván psicoanalítico; el escenario de algunas de las secuencias más ácidas y clarividentes del cómic. Interactos de cruel humorismo terrenal dentro de una historia más grande que el mismo Cosmos, en la que se conjugan con ingenio las teorías científicas sobre la creación del Universo, con los planteamientos religiosos en torno a la figura de un Creador.
La lucidez reflexiva del cómic de Brocal se extiende a lo largo de un guión que juega con inteligencia en una calculada ambigüedad de recorrido circular y que concluye con un epílogo sorprendente que cierra la historia en una vuelta de tuerca cargada de humanidad (y un punto de divina trascendencia). Una lectura con poso la de Cosmonauta.