lunes, agosto 16, 2010

Metralla, de Rutu Modan. En busca de las identidades.

Otro viejo artículo, evaporado en el limbo catódico, de la desaparecida Tebeos en palabras. Lo recuperamos aquí, con simple empeño archivístico. El de la israelí fue uno de los cómics de la temporada, si recuerdan.

El primer impacto de Metralla (disculpen el fácil juego de palabras), la última obra de Rutu Modan, es básicamente visual: la impronta realista de sus figuras troqueladas, armónicas, equilibradas, pero intencionadamente planas en su reflejo del volumen, el color y la textura, sugiere una estética de fotografía retocada vía Photoshop, de realismo depurado hasta su mínima expresión. Es imposible no acordarse de representantes del arte pop contemporáneo como Julian Opie, con el que Rutu Modan comparte (salvando la distancia interdiscursiva) una evidente semejanza en la representación icónica de la figura humana (que llega al mimetismo en el caso de los planos alejados). El realismo esquemático de los fondos y el juego de profundidades basado en el uso de colores uniformes (con tramas planas para cada plano) ahonda en la búsqueda de cierta asepsia realista y el distanciamiento (llámenlo objetivismo) que transpira esta primera obra de Rutu Modan.
Y es que hace falta mucho pulso, un paso firme y cierta dosis de inhibición narrativa, para que la historia que Rutu Modan se trae entre manos en Metralla no degenere en un melodrama desbordado, con saturación de azucares. Todo tiene una explicación, aunque el enfoque global de esta novela gráfica dista de ser sencillo. De hecho, hay muchas sorpresas alrededor de Metralla, empezando por el origen de su autora, israelí (aunque después del caso Satrapi, cualquier “exotismo” de este tipo lo es menos), hecho que condiciona claramente la contextualización de la obra.
Sorprendente es también que una artista primeriza como Rutu Modan (ésta es su primera historia “larga”) se atreva a tejer un tapiz con mimbres tan complejos como los del dolor por la pérdida de un progenitor, en el marco, aún más complejo, del conflicto palestino-israelí.
Metralla se mueve, en un complicado equilibrio entre dos puntos de vista narrativos contrapuestos: está por un lado la búsqueda de cierto distanciamiento (que ya hemos desvelado parcialmente al hablar de sus imágenes) a la hora de presentar unos acontecimientos tan dramáticos como los que ocupan a sus protagonistas. Cuando se trata de reflejar los aconteceres sociopolíticos que sirven de marco a los sucesos de su historia, Rutu Modan pasa casi de puntillas ante unos hechos que forman parte de la terrible realidad cotidiana de Israel y que, por eso mismo, no merecen ser subrayados en este relato, cuyas ambiciones van más allá de la crónica política o social. En este punto, la autora muestra la ligereza respetuosa del observador-narrador que confía en el juicio y la responsabilidad de su audiencia a la hora de extraer conclusiones a partir de unas imágenes cuidadosamente elegidas; unos brochazos de horror planteados con la frialdad de la rutina asumida (terrible la escena del Instituto Anatómico Forense), pero suficientemente esclarecedores como para descifrar las claves de la pesadilla que desvela a un territorio en estado de convulsión constante: “Los atentados-suicidas son sólo una parte de un fenómeno terrible mucho más amplio, que es la muerte”.
Curiosamente, y contra lo que venimos comentando hasta ahora, en la misma entrevista de la que hemos tomado esas palabras, la autora confesaba cierta aversión al distanciamiento a la hora de enfrentarse a la escritura de sus historias; toda una declaración de intenciones que cobra su sentido en el modo en que Metralla se acerca al territorio de las relaciones personales y familiares. Existe en este trabajo una sinceridad emocional evidente a la hora de abordar las relaciones entre los personajes protagonistas de la obra:
En Metralla se nos cuenta la historia de Koby, un taxista que un día se entera del posible fallecimiento de su padre en una atentado-suicida, gracias a la llamada inesperada de Numi, la joven amante de su padre y soldado del ejército israelí. En algo más de 150 páginas, el cómic describe el camino que emprenden los dos jóvenes (el hijo y la amante) en busca de las pruebas que confirmen el luctuoso suceso. Una búsqueda de evidencias físicas que termina convirtiéndose en una exploración interior y en un proceso liberador para ambos personajes.
Obviamente, el curioso lector deberá superar el nivel superficial de una historia que, gracias a la habilidad de su autora, se sobrepone a las dos amenazas principales que acechan a una sucesión de acontecimientos tan pintorescos: la tentación de la lágrima fácil y, en el extremo opuesto, la parodia melodramática. Uno de los grandes logros de Metralla reside, precisamente, en eso, en su capacidad para trazar caminos narrativos más allá de la anécdota argumental; en su habilidad para superar sus propias trampas argumentales o los objetivos inmediatos más obvios. Nadie mejor que la propia autora para explicarlo y para concluir estas líneas:
Como lectora no me gustan las obras con “una finalidad”, así que tampoco me propuse escribir una. Quería contar una historia e intentar que fuera interesante. No obstante, tuve que limitarme a describir aquello que conocía bien – la realidad israelita. Por eso, espero que cuando el lector se acerque a Metralla, al menos pueda llegar a entender un poco mi punto de vista sobre Israel y sobre temas como las relaciones familiares, el amor, etc.