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martes, octubre 13, 2015

¡Oh diabólica ficción!, de Max. La depuración del lenguaje

Max (Francesc Capdevila) es uno de los nombres esenciales en la historia del cómic español. Así, sin matices.
Desde aquellos comienzos influidos por el underground, primero, y por la línea clara francobelga estilizada de autores como Chaland, después, el trabajo de Max ha sufrido un proceso de depuración formal y conceptual que tiene mucho que ver con el magisterio Chris Ware que todo lo invade en los últimos tiempos. Pero estaríamos siendo injustos si equiparáramos a Max con otros discípulos de Ware; como éste, el barcelonés es un pionero de la forma, un verdadero vanguardista, que en paralelo al norteamericano ha rastreado en la tradición clásica para crear un lenguaje propio y un estilo que ya es marca registrada. Nos recuerda su ejemplo y su evolución a la de otro autor fundamental del cómic español, aunque mucho más olvidado que Max: hablamos de Federico del Barrio, un creador que viró desde el asombroso virtuosismo gráfico de trabajos como El artefacto perverso o Lope de Aguirre (la conjura) a la estilización máxima de las dos obras que publicó bajo el pseudónimo de Silvestre, Relaciones y Simple; dos cómics en los que el autor reflexionaba acerca de las posibilidades narrativas del cómic y la metaficción comicográfica.
Desde que creara al mítico Bardín, el superrealista en 1999, Max tampoco ha dejado de moverse hacia un cómic conceptual y postmoderno, anclado en recursos como la autorreferencialidad, la interdiscursividad y la ironía. Desde entonces (podríamos incluso retrotraernos a publicación de El prolongado sueño del Sr. T), sus cómics se han vuelto mucho más intelectuales e introspectivos. Vapor, por ejemplo, funcionaba como ejercicio de indagación metafísica y reflexión existencial a través de su protagonista Nicodemo, un eremita impaciente en busca de respuestas acerca de su propia existencia y el mundo material que nos rodea. A través de su alterego ficcional, Max despliega con humor e inteligencia su colección de reflexiones cruzadas por referencias filosóficas, históricas y artísticas (con una buena dosis de cultura pop en ellas).
El último cómic de Max, ¡Oh diabólica ficción!, continúa en esa misma línea de exploración formal y conceptual, para indagar, en este caso, en el sentido último del concepto artístico, abarcando nociones como las de creación, inspiración y valía cultural. En su búsqueda metaficcional, el Max-autor dialoga con sus personajes, con el lector y con sus diferentes alteregos (representados o simbólicos) repartidos por las páginas del tebeo.
La mayoría de las historias cortas que componen ¡Oh diabólica ficción! aparecieron publicadas en diferentes momentos en El País Semanal entre 2013 y 2015, aunque el volumen recoge también páginas inéditas y algunos dibujos e ilustraciones recogidos en otros medios. Paradójicamente, es ahora, después de las correspondientes fases de recopilación, ampliación y edición, cuando la obra alcanza una coherencia y una profundidad conceptual que se diluía parcialmente con la publicación fragmentaria periódica de los diferentes episodios. Leída como obra total, ¡Oh diabólica ficción! resulta una reflexión lúcida y afilada acerca de los procesos comunicativos (creación, recepción, interpretación, metalenguaje…) que rodean a los textos literarios y comicográficos. Todo ello expuesto de forma simbólica gracias a la presencia de una urraca-narrador (que ya aparecía en Vapor en una de sus múltiples representaciones), personaje de fábula que nos guiará con sus circunloquios, engaños y parábolas por entre los recovecos del relato.
El hecho de que la historia esté conformada a partir de fragmentos y episodios que se presentan como historias cortas, condiciona que la sensación de totalidad del texto dependa en gran medida de una participación activa por parte del lector a la hora de descifrar la ironía y el humor que recorre la obra. Ese es uno de los grandes méritos de ¡Oh diabólica ficción!, se trata de un cómic exigente y abierto, una reflexión intelectual que nace de la abstracción y de la carga simbólica que proyectan los animales sabios y las recreaciones icónicas que lo habitan. El dibujo de Max, con un acabado redondo y perfeccionista, proyecta una ingenuidad amable, pero engañosa, que contribuye de forma esencial a estirar el mencionado componente irónico-humorístico de la obra. Nada resulta ser lo que parece en los “cuentos” de la urraca protagonista, ni siquiera ella misma, que se presenta primero bajo el nombre de Mr. Brown, como Ismael después, para enmendarse a sí misma apenas unas páginas después: “Permítanme que me presente. Soy el Diablo Cuentacuentos. Estoy con ustedes desde la noche de los tiempos, trabajando a la sombra”.
En última instancia, sus parlamentos, fábulas y parábolas resultan tan engañosos y convencionales como lo es toda ficción, y es en esa autoconsciencia ficcional donde reside la magia de ¡Oh diabólica ficción!, porque en el fondo el éxito de su mensaje sólo depende de que exista un lector dispuesto a traspasar la ficción y a participar en el diabólico juego de espejos de Max:
¿Les he hablado ya alguna vez de mi fascinante, compleja, intrincada e inabarcable personalidad? Ya saben que soy urraca y soy demonio… divina y diabólica a un tiempo… femenina y masculina por igual. Pero no acaba aquí la cosa, porque aún hay más… sí, mucho más…

lunes, junio 17, 2013

Sobre Bardín y Vapor en la SER.

Hace unos días nos juntamos con nuestro amigo Borja Lucena, profesor y filósofo, para charlar (tan brevemente como nos permiten nuestras pildoritas radiofónicas en la SER) sobre Max y su última deriva filosófico-reflexiva. La que se manifiesta en sus últimas obras, especialmente en Bardín el Superrealista y en Vapor.
Con la excusa, recorrimos a toda velocidad su biografía comiquera antes de llegar a su fructífero momento presente. Nos encantaba el Max de Peter Pank y La muerte húmeda y nos encanta el Max mucho más intelectualizado de Bardín y Vapor. Siempre esperamos sus obras con expectación contenida. Por algo es un (el) referente del cómic español.

lunes, enero 21, 2013

Vapor, de Max. En busca de la pureza.

Le dedicamos un artículo retrospectivo a Max en aquella revista online, hace tiempo extinta, llamada Desde el abismo. Luego lo recuperamos para este blog aquí. En él, recorríamos más o menos extensamente la obra de Françesc Capdevila, deteniéndonos en los momentos esenciales de su trayectoria; pero en realidad la finalidad última del artículo era la de abordar el giro filosófico de su trabajo concretado en las páginas de Bardín, el Superrealista.
Con la aparición de Vapor en 2012, esa búsqueda de la espiritualidad, y su concreción artística comicográfica, experimentan una evolución ulterior. Quizá un paso definitivo en el viaje interior de un artista, en la búsqueda introspectiva de las claves existenciales y de la esencia de la creación. Vapor es también un paso definitivo en el proceso de depuración estilística en que su autor se embarcó ya hace muchos años. Curiosamente (aunque quizás no lo sea tanto), cuanto más pura es la línea de su dibujo, cuanto más esquemáticas son las formas de sus personajes y más pautadas las secuenciaciones de sus viñetas, más profundo es el mensaje que trasmiten sus historias.
Si Bardín funcionaba como cicerone espiritual de un itinerario interior por los dogmas y creencias (impuestos o adoptados, ambos), y por el universo de las convenciones culturales que marcaron (y suponemos que aún marcan) las convicciones culturales de un Max intelectualizado, ser pensante, autor y creador, Nicodemo (atención a la ironía, nominal, conceptual e iconográfica, que recorre Vapor de principio a fin) es también un personaje-guía, un alterego ficcional y un trasunto del propio Max; pero en este caso de su relación con el mundo más inmediato, el universo de las necesidades fisiológicas, las pasiones físicas y el contacto social.
Si Jesucristo vivió cuarenta días de penitencia en el desierto, el recorrido ascético de Nicodemo, convertido en eremita lleno de cavilaciones, se desarrolla a lo largo de cuatro semanas, que le enfrentarán a una lucha incierta contra el hambre, la sed, la lujuria y las tentaciones, las dudas y el combate interior definitivo; una lucha que le hace elegir entre una vida imperfecta y la muerte del yo. En cada una de sus encrucijadas, Nicodemo (como aquel fariseo redimido de los Evangelios) se enfrenta a sus propias convicciones existenciales y personales, a las convenciones sociales que en tantas ocasiones determinan nuestros pasos de forma inconsciente y nos encauzan en una dirección que no depende tanto de nuestra propia elección como de las expectativas creadas por fuerzas externas (sociales, económicas, políticas, culturales). La búsqueda interior de Max a través de este cómic es una búsqueda simbólica y espiritual.
Simbólica porque su plasmación visual recurre a fuentes iconográficas que recorren la tradición plástica universal (el coloso de Goya), la historia del cómic (los ladrillos de Krazy Kat, el personaje de Herbert E. Crowley de la página 90, que el mismo autor destaca), así como el corpus de influencias de la propia obra de Max (esa sombra nariguda y esquemática, los barbudos, el mandala del séquito de la Reina de Saba...). Es espiritual porque las páginas de Vapor, desde  la primera a la última, rezuman un tono autoconfesional que suena a ejercicio catártico, a una búsqueda de respuestas que sólo obtendrán un amago de réplica desde su plasmación gráfica. Lá página como diván. Cuando el gato Moisés, otro alterego pragmático y lleno de certezas del propio Max, le pregunta al pesaroso Nicodemo qué busca con su retiro al desierto, éste le responde: “Sentido. El sentido último e inapelable, si es que lo hay”.
El afán de trascendencia no siempre ha casado bien con las viñetas: por la obviedad cabezota de las imágenes, por el peso connotativo de la historieta, por la simplificación del mensaje... Vapor, sin embargo, funciona como una parábola perfecta en su ilustración de la búsqueda interior. Lo hace sin circunloquios ni simplificaciones, con una narración profundamente simbólica, que en ocasiones rodea el cripticismo, pero que encaja como un guante en la “literatura” filosófico-mística teleológica. Tras la lectura de Vapor, seguimos sin saber dónde está el principio, ni cuál es el fin, pero como lectores acabamos sus páginas sintiéndonos un poco más profundos, más confusos, mejor lectores.

martes, abril 06, 2010

Max vs. Bardín. La consciencia autorial.

Hemos decidido recuperar algún artículo que hicimos hace años para el ya fenecido magazine online de Viaje a Bizancio Ediciones Tebeo en palabra. La idea inicial era hacer y dejar los artículos en la revista, pero a la vista de que el acceso a la misma ya no es posible a través de la red, nos hemos decidido a colgarlos en el blog para que estén al acceso de todo el mundo. En el primero de ellos analizábamos la figura de Max y nos referíamos con detalle a sus posibles motivaciones en una de sus obras fundamentales, Bardín el Superrealista. Nos habíamos referido ya a esta obra en una vieja reseña para FHM, pero siempre nos quedó la impresión de que un trabajo magno del cómic español, como éste, merecía un artículo en profundidad. El resultado fue este que aquí les dejamos.
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Las aristas del artista
Cuando se le echa un vistazo al panorama viñetero de los últimos treinta años, se tiene la sensación de que Max siempre ha estado ahí. Efectivamente, con diferente intensidad creativa, caparazón estilístico o popularidad, es innegable que Francesc Capdevilla ha sido uno de los protagonistas esenciales del cómic español y europeo de las últimas décadas. De hecho, la capacidad de este artista barcelonés para reinventarse a sí mismo, parece anunciarnos la presencia de un autor camaleónico, versátil y ecléctico. Probablemente sea todas estas cosas y muchas más, pero sobre todas ellas, Max representa la idea del creador eternamente insatisfecho, el artista en perpetuo movimiento que abre una puerta tras otra como única vía de escape para su genio.
Sólo así podremos interpretar la ingente labor creativa de un artista, como hemos dicho, en constante mutación. Pionero del underground español, en un momento en el que el movimiento no se presumía en nuestro país casi ni en estado embrionario, Max abre con Gustavo la colección de osadías comicográficas que habrán de situarlo en los altares de nuestro panteón privado de viñeteros ilustres. Es Gustavo, sin embargo, un personaje menor, un parias de la vida y también, por qué no decirlo, de las viñetas (eterno olvidado). El perfil esencial de esa creación antiheroica (dinamitero, bronquista y revolucionario por la vía rápida) anticipa, no obstante, algunos de los rasgos constitutivos de otro personaje de Max, éste sí, merecedor de mayores glorias revolucionarias y contraculturales.
Corrían los años 80 y los españolitos de a pie ya empezábamos a ver con claridad las luces que asomaban detrás de la roña predemocrática. Empezaban a intuirse las posibilidades infinitas del discurso sin cadenas y algunos decidieron tirar con fuerza de las palabras, las melodías, los fotogramas o, por qué no, de las viñetas. Eran los años dadaístas y los siniestros totales en las afueras de Monforte, o de las lluvias amarillas con que Alaska regaba la estepa manchegas; era el momento de la prensa ácida y retorcida de Monchos y Wyomings y, desde luego, era la ocasión de prostituir a los mitos de la cuentística infantil apareándolos con la esencia envenenada de los Sex Pistols: era la hora de Peter Pank. Terrorista del acto y la palabra, malhechor, bucanero con gafas de sol y cañones recortados, este antisistema ubicado en fechas y geografías ajenas, resumía, acumulaba, mucha de la rabia de los (hasta ese momento) mudos por imperativo legal. Casi todos crecimos un poco más golfos y rebeldes (al menos en nuestras horas de lectura, ¡qué caray¡) gracias a Peter Pank.
Y miren que ya se presentía en su cresta primorosamente perfilada, en la levita inmaculada del Capitán Tupé o en esas piernecillas bien torneadas de Kampanilla, sin embargo, no es hasta las maravillas perfeccionistas de El carnaval de los ciervos, El beso secreto o Mujeres Fatales, cuando un servidor se dio cuenta de la evidencia más meridiana de todas las obviedades posibles: Max también era el paradigma de la línea-clara en español (la Escuela Bruguera mediante, clara está su claridad). Pues sí que sí, ¡cómo no nos habíamos dado cuenta! (muchos lo vieron, otros estábamos cegados por el reflujo de la trasgresión antitodo de su pirata punkarra, que le vamos a hacer), Max era Chaland redivivo, nuestro Chaland con su montera de aires dóricos, y sus mujeres fatales, y sus terracitas en Las Ramblas, y su porrito mitológico de hachís… Igual de virtuoso, igual de meticuloso en el acabado perfecto de esas líneas cerradas y primorosamente perfiladas. Tan amante como aquel de los colores planos, de la claridad visual, de la compleja caricatura, de tan sencilla que parecía. Eso sí, siempre con el toque distintivo del artista: la angulosidad, la economía de trazo, ese acento posmoderno en el icono y la línea cinética subrayada, los vaivenes entre sus referencias librescas y la tópica localista...
Acostumbrados estábamos a las colaboraciones de Max con los medios de comunicación, con el diseño y el cartelismo, con su vertiente de cuentista infantil, cuando, de pronto y sin avisar (bueno, señales se dejaban caer desde su labor editorial –que merecería mil artículos por sí sola) nos enteramos de que este barcelonés “amallorquinado”, además, es el más experimental de los creadores autóctonos; un título extraño venía a refrendar tamaña osadía: El prolongado sueño del Sr. T. El joven Max ya no parecía tan joven, al menos en su ideario artístico, su trazo se había retorcido y llenado de sombras, su mensaje se tornaba críptico y simbólico y su reputación cogía barcos y aviones para traspasar continentes. Así, nos enteramos también de que Drawn & Quaterly, los gurús de la modernidad viñetera, habían elegido a Max para su catálogo, se atrevían a hacer algo que aquí, por aquel entonces, hubiera sonado a ultraje: publicar un trabajo claramente “impopular”. Tiempo después, con la sabiduría de manual que aporta la perspectiva histórica y que cierra las bocas de los agoreros de la involución, nos hemos ido enterando de que iba la “historia”: la de esos creadores que entrados los años 90, recogen los frutos que años antes habían plantado unos tal Hernandez, Burns, Martí, etc. y deciden que el cómic no se acaba donde nos habían contado (esto es, en las tiras de prensa o en los límites de una “falsa” literatura popular infantil –que nunca fue literaria), que hay tierras y territorios llenos de surcos esperando semillas, que hay frutos para todos los gustos, edades, colores, sexos y sabores, que la posmodernidad autorreferencial y la reflexividad crítica también entienden de viñetas. Vaya, y resulta que Max ya se había puesto manos a la obra, azadón en mano, antes de que por aquí llegaran las cosechadoras para todos los públicos.
El artista superrealista
Por eso, no sorprende, o no lo hace tanto (aunque agrade por igual), descubrir la enésima reencarnación de Max, al Max renacido de sus sueños y sus proyectos: al Max-Bardín, el Superrealista. Todo sigue un orden lógico, los grandes deslumbran a los que han de serlo: en el barcelonés se reconocen las deudas debidas a Crumb, a Chaland, a Mazzucchelli y a (qué otro podría completar la cuatrilogía sino Él) Chris Ware. Ware, el mesías redentor de la página de cómic, aquel que habrá de aposentar las viñetas en los museos y en las paredes de los organismos oficiales, el muralista de papel. Pues sí, Bardín bebe de Ware y su Jimmy Corrigan, indudablemente. Lo hace sin estridencias, con suficiente personalidad y recursos propios como para no exagerar la influencia.
Así las cosas, el curso pasado, La Cúpula nos sorprendió con su primorosa edición de Hechos, dichos, ocurrencias y andanzas de Bardín el Superrealista, una recopilación de las historias cortas del personaje, aparecidas desde 1997 hasta 2004, en numerosas publicaciones (Nosotros somos los muertos, Amaníaco, El Víbora, etc.); el volumen incluye también alguna historieta inédita (como Buda todo a cien o El ruido y la furia). Debemos recordar que gran parte de las aventuras de este cabezón “surreal” habían aparecido ya recopiladas en un tebeíto delicioso publicados algunos años antes por Mediomuerto (la editorial comandada por el propio Max y su buen amigo Pere Joan): Bardín el Superrealista #1 (1999)[1]. Max retoma ahora buena parte de aquellos materiales, les añade color, los retoca (una viñeta incorporada aquí, una secuencia revisada más allá, un dibujo mejorado en este otro lado) y nos los devuelve envueltos en los oropeles que la ocasión y la obra merecían.
Es Bardín un personaje lleno de ocurrencias; ya nos lo anuncia la solapilla de contraportada:
Bardín es un tipo corriente al que nada le parece extraordinario. Por ejemplo, no le parece extraordinario que el término superrealismo (traducción exacta del francés surréalisme, que significa “por encima de la realidad”) no hiciera fortuna en castellano y que con el tiempo acabara por extenderse la simple adaptación fonética de la palabra francesa.
Si dejamos aparte el didactismo mal camuflado (con el consiguiente esfuerzo que además se nos ahorra a nosotros), lo cierto es que la cita nos resulta útil como “viñeta” contextualizadora. Y es que da la sensación de que Bardín es algo más que un personaje al uso. De hecho, sus aventuras se asemejan más a viajes interiores que a verdaderos episodios de acontecimientos. Quién, por ejemplo, no diría que Bardín es un alter-ego del propio Max o, al menos, de sus convicciones, de sus referencias intelectuales o de sus dudas existenciales. Cada capítulo de Bardín el Superrealista funciona como un pequeño ensayo trascendente, bañado en las fuentes librescas (cinéfilas, comicográficas, etc.) de su autor. La exposición de los contenidos (en forma de viñetas) sigue en muchos casos la misma “lógica ilógica” de un ensayo (es decir el fluir de ideas, el encadenamiento de razonamientos), sin que exista una aparente predisposición metódica en la ordenación de los contenidos (aunque sabemos que la hay). ¿Estamos hablando del primer cómic auspiciado bajo aquel “fluir de consciencia” (stream of consciousness) con el que epataron al mundo los Joyce y compañía? Seguramente no, encontramos ejemplos de razonamiento digresivo entre aquellos cómics y autores underground que admiraba el propio Max; aunque, todo hay que decirlo, en el caso del underground la espontaneidad del discurso oscilaba entre el monólogo verborreico y acumulativo de Crumb y la muda alucinación lisérgica de Moscoso, por poner sólo dos ejemplos. Muy lejos, como ven, del razonamiento ensayístico o la reflexión filosófica a los que ahora nos acercamos. Decididamente Bardín es otra cosa.
De la mano de este Superrealista de bolsillo, Max nos invitará a un viaje desbocado por el interior de su mente, sin más reglas que las reglas inexistentes de nuestro subconsciente (y todos esos “objetos” de la sub-existencia que en él se acumulan). Las escalas del periplo, parecen tan impredecibles como las de un sueño: así, nos deslizaremos desde ese homenaje a Buñuel que es la historia que da título al libro, Bardín el Superrealista (con diálogo imposible incluido entre el protagonista y el perro andaluz), hasta la pesadilla final con resonancias faulknerianas, que bajo el evidente homenaje (El ruido y la furia), esconde los miedos, obsesiones y pecados pretéritos de Bardín (o de Max, o de todos nosotros, los hijos de una generación); sin duda, un buen brochazo de negrura subconsciente para cerrar el círculo.
Entre medias, hay tiempo para todo: fórmulas para una utilización evasiva del gótico flamenco (Bardín imagina), la ya tradicional, personal e intransferible reflexión existencial acerca del origen del universo, que todo buen aspirante a pensador debe incluir en su catálogo (El cielo sobre Bardín) o, en la misma onda cinéfila, el explícito Homenaje a don Luis Buñuel, en el que Max engarza, entre referencias obvias a El perro andaluz (de nuevo), su catálogo personal de símbolos surrealistas; algunos de ellos volverán a aparecer desglosados algunas páginas más tarde en Descripción Bardín del mundo superreal. Desde luego, entre tanto proceso mental e irracional, no falta algún razonamiento verbalizado desde la consciencia, como el que intenta encender las conciencias colectivas, en esa arenga panfleto-gráfica y reivindicativa a favor del arte del tebeo que es Un acto de amor.
La fase teleológica de las dudas teológicas es una de las mejor representadas en estas aventuras interiores de Bardín: como el yin y el yan o el Barça y el Madrid, la fe y la razón forman una dualidad de resolución imposible. Bardín, cual Unamuno en miniatura, vive ese tormento como todo hijo de Dios, de Buda, de la naturaleza o de la casualidad… La agnóstica convicción aparente del personaje, se desarma con asombrosa rapidez ante la aparición de todas las deidades posibles en la cosmogonía viñetera. En La estrella misteriosa, por ejemplo, Bardín afronta sus primeras apariciones y da comienzo a sus primeras experiencias místicas o, si así lo prefieren, sus primeros pasos en el siempre difícil camino hacia la iluminación (ese nirvana al que todo personaje de bien debería aspirar). Bardín asume una realidad que ya no le abandonará: todos estamos sometidos al giro de “La rueda de la vida y la muerte”, vivimos en el mundo de la ilusión, el de los sentidos, y somos esclavos en la cadena de nuestra existencia.
La forma en que Max juega con la simbología y la filosofía budista (Buda todo a cien) para recrear las dudas metafísicas de su personaje es, sin duda, uno de los grandes hallazgos visuales de las aventuras bardinianas. Una iconografía que le permite, además, crear e incorporar referentes visuales del mundo interior del personaje, gracias a grandes viñetas ocupadas por la recreación de estos peculiares samsaras (cadenas vitales). Llega el juego a su apogeo en Una polémica metafísica, la disputa intelectual entre Bardín y el supremo ser creador (que repite luego en Paseo nocturno).No lo hemos dicho, pero ya habrán deducido ustedes que prácticamente toda la trayectoria de Max está plagada de humor, mala leche e ironía fina (léase Iluminación). En Bardín el Superrealista, la risa aparece tamizada por la intelectualidad de la propuesta y aparece parcialmente condicionada por la interpretación de esas claves intelectuales. Eso sí, en ocasiones es tan transparente y sus dardos son tan afilados (San Ceremonio, martir), que hasta el mayor de los descreídos, cogerá el chiste. Es lo que tienen los autores geniales, que contentan a moros y a cristianos, a “hunos” y a otros.
Porque, no se lo digan nadie, Bardín el Superrealista es uno de los mejores cómics, reflexiones filosóficas, broma surrealista (o como lo quieran ustedes bautizar) que ha leído un servidor en mucho tiempo; y encima con una edición tan bonita como esta de La Cúpula… ¡Qué inconsciencia!
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Bardín baila con la más fea. Un anómalo “cadaver exquisito” (valga la redundancia) en el que el personaje se enfrenta a su propia muerte, en un baile cuasi-poético de colaboraciones por parte de muchos y muy variados artistas de cómics, que recrean al personaje en su encuentro con la dama de la guadaña; ya lo dice una entradilla de la primera página: “una experiencia inenarrable, irrepetible y finalmente insoslayable”.

jueves, septiembre 18, 2008

Comelade y la música de las viñetas.

En el mismo número del Rockdelux que citaba recientemente nuestro amigo el Señor Punch (por razones de vanguardia musical) aparece una interesante entrevista a Pascal Comelade, ese trovador franco-catalán que se dedica a tejer pequeñas melodías minimalistas de juguete. Un tipo peculiar el Comelade, que lo mismo edifica una banda sonora, que se lanza a versionar himnos republicanos o a recuperar el pop-folk-rock sideral catalán de los 70 (Sisa, Riba...).
A lo que íbamos, pues resulta que en la entrevista de marras, don Pascal dice cosas como éstas:
Siempre escuché rock'n'roll clásico, fundamentalista, pero mi música no tiene nada que ver. La manera de grabarla, sí; pero el contenido, no. Quizás en el escenario hay algo de rock'n'roll, pero no en el estudio. Es música clásica occidental de finales del siglo XX. La música clásica actual es el rock'n'roll, la canción italiana, la nova cançó... El rock'n'roll es el acto cultural más importante del siglo XX, junto con el cómic. Son monstruos. Eso es más potente e interesante que internet, que es una mierda. En un par de años internet se habrá acabado (carcajada).
No tienen pérdida sus palabras, aunque reconocemos que lo que más nos sorprendió de su comentario (su sarcasmo acerca de internet, por lo que nos toca, aparte) fue la alta estima en que tiene al cómic y su posible filiación con el séptimo arte. Unas líneas más adelante, Jordi Bianciotto (artífice de la entrevista) nos desvela al menos una parte del misterio:
Comelade nunca ha sido un artista de disco cada dos años y tendencia al retiro vegetativo. Sus proyectos suelen amontonarse y él los va resolviendo con tranquilidad. Ahí tenemos el disco libro con cómic de Max, "Lo piano vermell", que verá la luz este otoño. El audio corresponde a conciertos grabados a finales de 2006. "Grabé veinticinco conciertos en Cataluña y me pasé todo 2007 escuchando el material y comparando versiones". El cómic, por su parte, reflejará la historia de la Bel Canto Orquestra.
Dos cerebros pensantes unidos en tan extraño proyecto no pueden sino salir airosos del trance. Contaremos los días hasta que aparezca Lo piano vermell.
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Descubrimos que Pepo se nos ha adelantado varias cabezas.

viernes, noviembre 23, 2007

Recuerdos de Bardín.

A estas alturas no hay quien no sepa ya la noticia de la semana, del mes, del año, quizás. De hecho, noto en los últimos tiempos que parte de las visitas primerizas que llegan a este blog lo hacen vía aquella mini-reseña que le dedicamos a Bardín el Superrealista en FHM hace más de un año.


Para ellos, para los que no se enteraron en su día y para los completistas, queremos recordarles aquel largo monográfico de Tebeos en Palabras que le dedicamos a Max y a su pequeño intelectual cabezón existencial. En él se incluían, un análisis del Bardín dentro del conjunto de la obra de su creador, un perfil biográfico suyo y, para terminar, una interesantísima entrevista a Max, por parte de don Pepo Pérez estas dos últimas (los artistas cara a cara). Bien vale la cosa una lectura (o relectura). Pinchen en la imagen para descargarse el pdf.
No se vayan muy lejos que volvemos con Crumb para finiquitar la serie, en breve.

jueves, noviembre 02, 2006

Bardín, el superrealista. Desde dentro de la cabeza (una reseñita informal para FHM).

Pasan los años (y hasta las décadas) y unos pocos autores se empeñan en perseguir la piedra filosofal de la producción artística: el éxito perenne. Algunos, como Max, incluso lo consiguen. Parece que hace siglos que conocimos a Gustavo, la cara autóctona y castiza del underground más estiloso; luego llegaron la aureola mítica de un tal Peter Punk, los muchos cuentos perversos o las mujeres nefandas que se hacían desear. Después, en un giro imposible, los sueños de Mr. Max aparecieron prolongados por un éxito crítico e internacionalizado; quizás se trataba de jugar con el subconsciente, con las pesadillas privadas que nos empeñamos en aprehender. Uno se imagina que para eso nació el Señor Bardín, para pasear por el subconsciente del artista y darle una forma comprensible, pongamos que la de unas viñetas. No parecía sencillo augurar el éxito de tamaña empresa. Al día de hoy, sin embargo, todo son loas y parabienes para Bardín, aquí, allá y acullá; así que, por qué no confesarlo, también a mi me apeteció subirme al carro de los halagos (aunque en este caso fuera una carretilla de carnaval como la que se me permite conducir en mis reseñitas mensuales de FHM). Ahí se la dejo, pintadita de azul celeste con caracolas de mar.
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¿Cansados de cómics donde las historias comienzan por el principio y acaban en un final al uso? ¿Sois de los que creéis que las narraciones lineales tienen las páginas contadas? Dejad de buscar, Bardín el Superrealista, es vuestro cómic. Entre sus múltiples personalidades, y después de varios paseos de ida y vuelta entre la línea clara y el underground, Françesc Capdevilla (alias Max) parece sentirse especialmente a gusto con el señor Bardín, protagonista de su subconsciente y viajero de sus sueños más dislocados y alocados. Nada es lo que parece en este catálogo de lo surreal, bueno, nada parece ser lo que es, ni tan siquiera el mismísimo Bardín: amigo del perro andaluz de Buñuel, alter-ego del artista y protagonista resucitado de todas sus aventuras pasadas. Y es que uno nunca sabe a que atenerse con Max (o Bardín); como ya dijo algún sabio del psicoanálisis: si la cabeza estuviera pensada para guardar los pensamientos, no tendría tantos agujeros por los que se escapan las ideas…