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lunes, julio 01, 2013

La infancia de Alan, de Emmanuel Guibert. De la ficción y el recuerdo.

En Little Nemo’s Kat hablamos de Emmanuel Guibert con relativa frecuencia. Es uno de nuestros autores favoritos. Hemos mencionado con insistencia las excelencias de El fotógrafo, uno de los ejercicios de interdiscursividad narrativa más osados y satisfactorios que podemos recordar. En su día, nos referimos también a Tiempo de gitanos, una prolongación interesante del hallazgo técnico, pero más rutinaria. Leímos con interés Las olivas negras y apreciamos su capacidad para crear ambientes históricos convincentes desde la ironía y el escepticismo.
Ahora hemos tenido la suerte de hacernos con una copia de La infancia de Alan, el mismo personaje que Guibert nos presentara en La guerra de Alan. Ese excombatiente norteamericano con el que el autor se encontró en la isla de Ré y al que ha dedicado estos dos trabajos biográficos después de entablar amistad con él. Frente a alguno de los ejemplos mencionados antes, en estos cómics el francés se hace cargo tanto del dibujo como del guión (a partir de los recuerdos biográficos del propio protagonista) y, en ambos campos, demuestra que es un autor todo-terreno, un tipo muy dotado para la escritura y para el dibujo.
El cómic se subtitula Según los recuerdos de Alan Ingram Cope. Una descripción precisa de su naturaleza biográfica: un recorrido a través de los recuerdos infantiles de su protagonista, en realidad. Cada capítulo recoge un episodio de la historia íntima de Alan, recreado a partir de su propia voz narrativa. Existe cierta intención temática en la ordenación de dichos capítulos (dos de los bloques organizativos principales del libro, por ejemplo, responden a los nombres de los dos abuelos del protagonista); cada anécdota, cada reminiscencia de Alan añade una capa de verosimilitud a la configuración del personaje. Pero junto a esa técnica acumulativa, la historia también desarrolla el hilo cronológico (no siempre estrictamente lineal) de los recuerdos del protagonista y lo hace desde la condición fragmentaria y selectiva que se le supone a la memoria de cualquier persona.
El conjunto destila credibilidad y convicción narrativa. La dosificación de detalles vitales, el análisis de sus efectos sobre la personalidad y la psique del personaje, y su consiguiente filtrado selectivo a través de la memoria del narrador, terminan por configurar un más que convincente perfil psicológico del protagonista. En algunos momentos parece imposible que Alan Ingram Cope no sea el verdadero autor de su propio relato, que éste sea el resultado de una reelaboración filtrada por la imaginación de Guibert. La personalidad de Alan es tan convincente como lo eran las de las grandes creaciones de los autores decimonónicos del realismo inglés, ruso o español. Desde ese punto de vista, el libro destila un clasicismo narrativo, un sentido de perfección formal y diegética en la descripción de una vida, que no hemos observado demasiadas veces en el mundo del cómic.
Los recuerdos de Alan son vívidos y detallados (lo cual no siempre implica una reconstrucción plena de los estímulos, palabras, situaciones y causas que los motivaron), porque, en muchos casos, y como sucede en la realidad, Guibert asocia los procesos mentales del protagonista a estímulos sensoriales y a las (sólo en apariencia pequeñas) vivencias que marcan la infancia de una persona y acaban por determinar su existencia. En ese sentido es especialmente elocuente el tercer episodio, en el que Alan explica las bases de su sentimiento de culpa motivado por una estricta educación judeocristiana y cómo éste hecho condicionó buena parte de su vida adulta posterior. En nuestro país sabemos mucho del tema.
En realidad, La infancia de Alan parece un álbum de fotos, en la forma y en el fondo. De igual manera que en su día mencionábamos como Igort hibridaba los recursos del cómic con los del reportaje periodístico en su excelente Cuadernos ucranianos, ahora Guibert (en un ejercicio de interdiscursividad, también, pero de naturaleza distinta) recrea la infancia de Alan a partir de la colección de fotos de su niñez: si Igort recurría a la narración comicográfica para ilustrar diversos episodios vitales de las víctimas de la deskulakización bolchevique, el francés inserta, entre su colección de fotos fijas, fragmentos de cómic en los que recrea anécdotas y episodios de la vida del protagonista. De este modo, la voz narrativa de Alan y las imágenes congeladas de su recuerdo adquieren vida momentáneamente a través de las viñetas de Guibert. Unas secuenciaciones minimalistas, en muchos casos, con unos personajes interactuando sobre el fondo blanco de las viñetas. El contraste es total con el realismo cuasi-fotográfico de las imágenes estáticas que contextualizan la narración y describen los ambientes (las construcciones de la memoria, las instantáneas del recuerdo) de la infancia de Alan. Guibert recurre en ambos casos, en las imágenes estáticas y en los fragmentos secuenciados, a su técnica primorosa y a su eclecticismo a la hora de mezclar recursos gráficos (tinta y fotografía, sobre todo).
Estamos ante un tebeo que se disfruta desde la nostalgia, desde la inevitable empatía que generan los recuerdos ajenos. Todos hemos sido niños, y aunque en muchos casos no nos reconozcamos en las vivencias infantiles del soldado retirado que protagoniza el relato (¡el siglo veinte parece tan lejano!), lo cierto es que muchas de las emociones, descubrimientos e intuiciones de Alan son tan universales como lo puedan ser el nacimiento y la muerte. Cada obra de Guibert es una sorpresa, ¡ojalá todas sean tan gratas como ésta!

lunes, noviembre 05, 2012

Un viaje entre gitanos, de Guibert, Keller y Lemercier. Instantáneas de la miseria.

El fotógrafo es uno de nuestros cómics favoritos. Quizás por eso, nos acercamos a las páginas de Un viaje entre gitanos con ciertos prejuicios. A saber: el efecto sorpresa de la combinación interdiscursiva (fotos y viñetas en una misma secuencia) que supuso El fotógrafo dentro del mundo del cómic, ha desaparecido, o se ha amortiguado al menos. En segundo lugar, de aquella tripla que formaban el dibujante Emmanuel Guibert, el diseñador y colorista Frédéric Lemercier y el fotógrafo Didier Lefèvre, sólo repiten los dos primeros debido a la muerte de Lefèvre en 2007. Por último, a priori, el componente exótico del Afganistán pretalibán deja paso en este nuevo cómic a una realidad mucho más prosaica para un europeo, la de los gitanos más pobres que viven en una situación marginal. Así de injustos somos, resulta que cuanto más lejos nos pilla la miseria, más exótica se nos vuelve y más interés despierta en nosotros la descripción de su realidad.
Dejando los prejuicios a un lado, lo cierto es que Un viaje entre gitanos es una obra inferior a El fotógrafo por razones mucho más objetivas. Resulta más fragmentaria y episódica que aquella: la coherencia del viaje con un objetivo concreto que condicionaba la trama de El fotógrafo (un ejemplo clásico de búsqueda narrativa, the quest) desaparece en pos de una serie de brochazos descriptivos, una acumulación de episodios y vivencias, que si bien se presentan con cierta ordenación cronológica, terminan creando en el lector una sensación de dispersión acumulativa. Como en un cuadro expresionista con afanes costumbristas, el relato de Un viaje entre gitanos funciona al ritmo de los diferentes brochazos que trazan cada uno de los breves episodios que aglutinan la historia (la cual, insistimos, sí que está marcada por el recorrido más o menos cronológico de su protagonista: el fotógrafo Alain Keler).
Además, frente a la crónica mucho más objetiva de El fotógrafo, pesa en Un viaje entre gitanos el tono marcadamente subjetivo de un narrador que se posiciona claramente desde el primer momento. Una voz narrativa que subraya, critica y amonesta a partir de unos juicios de valor (en ocasiones acompañados de ciertas matizaciones sarcásticas) que no le permiten al lector otro análisis que el que ya viene dado por las propias páginas del cómic. De este modo, el relato pierde parte de la fuerza documental que aportan sus testimonios fotográficos, el relato de los acontecimientos y las propias motivaciones filantrópicas del tema.
Hasta aquí los peros. Porque, en realidad, Un viaje entre gitanos encierra también muchas virtudes. Venimos diciendo desde hace tiempo que el cómic, un cómic, además de ser un objeto cultural, es un lenguaje, un modelo discursivo que permite articular diversos temas y contenidos. Entre ellos, y esta obra es buena muestra de ello, la crónica social o el relato periodístico (del que Joe Sacco es máximo representante).
En este sentido, Un viaje entre gitanos resulta ser un excelente documento social, un testimonio visual y narrativo de una realidad que convive con nosotros, pero que nos empeñamos en barrer bajo las alfombras de nuestras ciudades metalizadas y digitalizadas. Es estimable que periodistas como Alain Keler se empeñen (literalmente) en mostrarnos la otra cara del espejo, la que encierra los horrores de la civilización. Cierto es que, como él mismo señala en su epílogo, "los lugares deprimentes gozan de un extra de felicidad cuando no se está deprimido, igual que los lugares felices tienen un extra de melancolía cuando se está triste", pero en ocasiones asomarse al abismo es también un ejercicio de salud ciudadana, más que un consuelo de tontos.
Los episodios dedicados a los poblados gitanos de Calabria y de Letanovce, en Eslovaquia, están llenos de vida, que no de vitalidad, y huelen a realidad en cada viñeta. Las palabras de Keler en el prólogo y el epílogo son tan sentidas que nos invitan a una reflexión honda. Y los dibujos de Guibert funcionan como un reloj a la hora de engranar el relato y cementar la argamasa narrativa que cohesiona los documentos fotográficos insertos. Guibert es un dibujante excelente, su realismo sobrio y esquemático tiene una fuerza descriptiva asombrosa y, siempre, dota de matices y contenido aquellas historias en las que se embarca el autor francés.
Ya lo ven, no faltan razones para acercarse a Un viaje entre gitanos, más allá de las siempre odiosas comparaciones.

lunes, julio 31, 2006

Guibert, Lefévre Y Lemercier. La fotografía de las viñetas.

Lo sé, ganó nuestro "amigo" Urosawa, pero no me digan ustedes que en lo más hondo de su corazoncito no anidaba el deseo oculto de que El fotógrafo se llevara el premio del Saló 2006. Recupero con la excusa la reseña del domingo 18 de diciembre del 2005.
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Después de tres páginas (que, todo sea dicho, sorprenden al lector no avisado), se desvela el primer secreto de El fotógrafo en sus rezagados títulos de crédito: “Una historia vivida, fotografiada y narrada por Didier Lefévre.” “Escrita y dibujada por Emmanuel Guibert” y “Maqueteada y coloreada por Frédéric Lemercier.” ¿Demasiadas manos para un simple cómic? No se dejen engañar, El fotógrafo (obra llamada a copar los puestos de privilegio en las listas de los mejores cómics del 2005) es bastante más que un cómic y, desde luego, la simpleza no está entre sus muchos atributos.

“Me despido de todo el mundo, de la gente de Médicos Sin Fronteras. De mi madre, que se muda a Blomville. De mi abuela, de Bienchen, la perra. En el piso de París que mi madre acaba de dejar, fotografío la solitaria cadena de música. En fin, adiós París.” Así comienza uno de los experimentos comicográficos más audaces de los últimos años. El texto de esta primera página se complementa con diferentes series de fotografías montadas en tiras de contacto a partir de los negativos y con una única viñeta de un avión que se aleja, dibujada en la parte inferior. De este modo, arranca el viaje de Didier Lefévre, la aventura que en 1986 le llevó a la primera de sus misiones fotográficas para la organización Médicos Sin Fronteras en Afganistán. El álbum, editado por Glénat (que acaba de publicar también el segundo volumen), funciona como registro documental del viaje de un fotógrafo por un territorio hostil que, en aquel momento, servía de escenario al conflicto que enfrentaba al ejército soviético, junto al gobierno comunista afgano, contra los resistentes mujahidines, que recibían a su vez apoyo por parte de diferentes gobiernos occidentales contrarios a la Rusia soviética. Todo un preludio histórico para ahondar en hechos que hoy día nos resultan lamentablemente familiares. En ese sentido, El fotógrafo se puede leer casi como un documento periodístico con una base antropológica: en sus páginas aprenderemos a entender los modos de vida y las costumbres de los pueblos vecinos al Indostán, y nos sorprenderemos junto al protagonista con las ceremonias y ritos culturales de unos pueblos que hasta hace poco se nos antojaban exóticos hasta en sus nombres.

Quizás, por esta leve inclinación hacia la crónica periodística en un territorio bélico, más de uno se habrá acordado de Joe Sacco, el dibujante-cronista de obras señeras como Gorazde, Palestina o El mediador (que no hace tanto comentábamos en estas mismas páginas). El trabajo de Guibert, Lefévre y Lemercier, ahonda sin duda en la línea abierta por aquel, en la utilización del cómic como vehículo idóneo para documentar y desvelar pedazos de realidad; sin embargo, la naturaleza formal y los mecanismos narrativos de El fotógrafo, discurren por unas sendas completamente diferentes a las que recorría Joe Sacco.

Precisamente es en la exposición narrativa donde encontramos muchas de las claves que hacen de éste un cómic especial. Porque si bien la obra alberga incuestionables valores documentales e incluso periodísticos, su técnica de montaje y narración, la convierten al mismo tiempo en cómic de aventuras, libro de viajes y safari fotográfico. El fotógrafo es cómic porque Emmanuel Guibert decidió contar la historia de un viaje, el de Fredéric Lemercier. Para ello, alternó sus dibujos con las fotografías de éste. El resultado es un asombroso ejercicio de estilo que nos conduce con fluidez desde las viñetas dibujadas por el propio Guibert a las instantáneas fotográficas de Lemercier, sin que el lector repare (por lo que respecta a su ritmo de lectura) en el ejercicio de equilibrismo que supone la transición discursiva.
El peso narrativo recae sobre los cartuchos de texto y los globos de diálogo que acompañan a las secuencias dibujadas. Las viñetas de Guibert son de una línea clara realista, sobria y esencial, evitando cualquier elemento redundante (en ocasiones el autor elimina incluso los fondos, dejando a sus personajes actuar sobre una viñeta vacía.) Esta desnudez y el uso del color (grandes superficies planas, con un predominio de los tonos ocres y apagados), favorece la transición cromática entre las partes dibujadas y las impresionantes secuencias fotografiadas en blanco y negro de la naturaleza y los poblados afganos (normalmente incorporadas a la narración en forma de series con varias fotografías sucesivas.) El material fotográfico ejerce como valioso contrapunto descriptivo de la parte dibujada: si esta última sobrelleva el peso narrativo, las instantáneas de Lefévre aportan el detalle, visualizan la crudeza del instante narrado y convierten el cuento en un fragmento de realidad sobrecogedora. Los mujahidines afganos pierden su barniz de personajes ficticios y se convierten en guerrilleros amenazantes; el caballo reventado por el esfuerzo al borde del camino se modela en carne agonizante y los tumores de las ancianas atendidas por los médicos nos hacen apartar la vista de las páginas por su cruda obviedad.

Y por debajo de los dibujos y las fotos, encontramos la narración emocionante del viaje, el relato de los lugares, de las costumbres afganas observadas y narradas por el “curioso observador”, por ese fotógrafo que es nuestro guía y nuestra mirada. Vemos a través del punto de vista de un viajero que nos hace partícipes de sus descubrimientos a tiempo real. Compartimos la mirada de un narrador que además nos invita a jugar a sus juegos privados de fotógrafo en busca del instante (y la instantánea) perfectos; un personaje-narrador-observador, este fotógrafo, que para nuestro deleite no se cansa de descubrir sus secretos a cada página.
Diferentes páginas de la edición francesa: 1, 2 y 3.