lunes, enero 06, 2020

Algunos cómics de 2019 que deberíais leer

Como todos los años, queremos celebrar nuestros Reyes Magos particulares recordando los cómics que más hemos disfrutado a lo largo de este curso que recién despedimos. 2019 ha sido un gran año en asuntos viñeteros. La siguiente lista muestra una selección de cómics en la que géneros, nacionalidades y estilos se alternan sin más orden ni jerarquía que nuestro gusto personal; tan discutible como cualquier otro, ya saben: 

Angola Janga (Flow Press), de Marcelo D'Salete El cómic multipremiado del brasileño D’Salete desglosa los episodios de una historia perdida en los pliegues mismos de la Historia, uno de esos episodios oscuros (u oscurecidos) por la inercia de las derrotas: la rebelión que en el siglo XVI protagonizaron los esclavos huidos de las plantaciones de caña de azúcar contra el Reino de Portugal en el Brasil colonial. Los esclavos fundaron en la selva amazónica el reino de Angola Janga (en homenaje a su tierra de origen) y desde allí lucharon, hasta la derrota final, contra las tropas militares que durante décadas intentaron infructuosamente acabar con los mocambos de Palmares. Adentrarse en el relato de Angola Janga exige voluntad por parte del lector. Sus páginas presumen de rigor historiográfico y apuestan por un indigenismo (terminológico, conceptual y espiritual) que nos invitará a indagar entre los mapas y la cronología de un episodio cargado de vergüenzas y oprobios. El exuberante dibujo de D'Salete, en un blanco y negro expresionista cargado de simbolismo, participa de ese mismo espíritu y nos invita a sumergirnos en una aventura, real y sin final feliz, de la que resulta difícil salir indemne. 

Mies (Grafito Editorial), de Agustín Ferrer Casas: Nos gusta el dibujo meticuloso, casi de amanuense, de Ferrer Casas y agradecemos la exhaustividad historiográfica de casi todas sus obras. En Mies se percibe el cariño especial que el dibujante ha puesto en su trabajo y en la documentación previa. Con un estilo deudor del realismo francobelga más naturalista, Ferrer Casas recorre la biografía del gran arquitecto alemán Mies Van Der Rohe y, junto a los claroscuros de su biografía y su autosatisfecha obstinación, nos redescubre la obra del genio a lo largo de su fecunda y turbulenta trayectoria. Mies escapa de la linealidad narrativa para buscar las conexiones y los puntos de anclaje que engarzan y dan sentido a cualquier periplo vital: gracias a ese juego de flashbacks y remembranzas en primera persona (el cómic está enfocado desde la voz narrativa de su protagonista) descubrimos a un personaje fascinante y podemos deleitarnos de su fabuloso legado, maravillosamente ilustrado por los lápices de Agustín Ferrer Casas. 

Niño prodigio (Blackie Books), de Michael Kupperman: En Niño prodigio, Michael Kupperman lleva a cabo un ejercicio de memoria filial destinado a ajustar cuentas con el pasado propio y con el de su árbol genealógico a partir de la figura del progenitor. Porque Joel Kupperman fue un niño prodigio, pero nunca supo ser un padre. El libro responde al modelo comicográfico metaficcional que Art Spiegelman glorificó en Maus: el hijo que nos cuenta la historia del padre junto a la del mismo proceso creativo. Un cómic que narra cómo se hace un cómic. El autor luchará contra la demencia incipiente de un hombre que sólo quiere olvidar su infancia: aquel periodo en el que una madre ambiciosa y unos medios de comunicación sin escrúpulos decidieron que Joel Kupperman era una gallina de los huevos de oro con un coeficiente de inteligencia por encima de los 200, aquellos años en los que Joel Kupperman se convirtió en el niño más famoso de Estados Unidos gracias al concurso Quiz Kids. 

¿Es así como me ves? (La Cúpula), de Jaime Hernandez: Las "locas" del menor de los Hernandez Bros siguen envejeciendo con una dignidad envidiable. Y el paso del tiempo al ritmo lento de la vida sigue siendo el tema principal de esta gran novela río que Jaime Hernandez lleva levantando desde hace casi cuarenta años. Para el lector es un privilegio haber podido madurar junto a personajes como Hopey y Maggie, haber compartido con ellas los bandazos de la existencia, sus alegría y sinsabores, sin trampa ni cartón. Como quien se hace mayor y envejece al lado de dos viejas amigas, aunque éstas, en verdad, habiten en una realidad paralela chicana que nace de la imaginación de otro viejo amigo. En esta nueva entrega, su autor nos invita a uno de esos reencuentros de amigos viejunos que nunca acaban bien: la de Maggie y Hopey es una fiesta punk en un tiempo en el que el punk ya no existe; menos mal que las buenas amistades nunca caducan. Sin embargo, como sucede siempre con el trabajo de Jaime y Beto Hernandez, el disfrute de ¿Es así como me ves? será directamente proporcional al grado de familiaridad que el lector tenga con sus sagas; para el neófito, la galería de personajes que discurren por sus páginas quizás no sean más que una panda de desconocidos con los que no siempre es fácil empatizar. El que avisa no es traidor. 

Irmina (Astiberri), de Barbara Yelin: Irmina comienza pareciendo una historia biográfica de empoderamiento femenino y termina por convertirse en una reflexión sobre la barbarie y los caminos equivocados que tomamos en la vida. "Quise contar la vida de mi abuela tras encontrar cartas, diarios íntimos y fotos que le pertenecían. Descubrí a una persona a la que no conocía...", comenta su autora. Irmina es la historia de aquella muchacha idealista y tolerante que con diecinueve años decidió irse ella sola a estudiar a Inglaterra para terminar entregándose a la fiebre totalitaria que abdujo a una masa de ciudadanos alemanes en su huida adelante hacia la inhumanidad y el sinsentido. Con un estilo urgente, sobrio y ligeramente expresionista, Barbara Yelin propone una mirada honesta y llena de interrogantes a su propio árbol genealógico: la mirada perpleja de quien intenta entender un pasado que se adivina incomprensible. 

Cómo traté de ser una buena persona (La Cúpula), de Ulli Lust: Cuando pensábamos que ya no podíamos aguantar más novelas gráficas autocompasivas ni más miserias autobiográficas, llega la austriaca Ulli Lust y nos da una galleta de casi 400 páginas con un slice of life de manual, repleto de traumas personales, relaciones fallidas y mucho, mucho, sexo. Explícito como un kamasutra en viñetas y exhibicionista hasta la desvergüenza, Cómo traté de ser una buena persona retuerce la noción de "historia de amor" hasta hacerla casi irreconocible (por algo la palabra Lust significa 'lujuria' en alemán). El cómic describe las vicisitudes de un triángulo amoroso en el que la tolerancia, la compresión y el sexo desinhibido conviven con experiencias traumáticas, episodios violentos y pequeñas tragedias amorosas. La autora relata, sin ahorrarnos detalles, un periodo de su vida en el que, al mismo tiempo que empezaba a labrarse su futuro como artista, intentaba sobrevivir a los conflictos interiores generados por su maternidad irresponsable y una vida desordenada. Intensidad autoconfesional. 

Reiraku
(Norma Editorial), de Inio Asano: No nos cansamos de leer a Inio Asano, siempre con cierta fascinación morbosa. Su obra escarba en las zonas oscuras de la naturaleza humana para explorar nuestros complejos e imperfecciones, para revelar que los sentimientos y la existencia no son reducibles a soluciones simples ni a la tentación arbitraria del final feliz. Por eso, los cómics de Asano se mueven con naturalidad entre el costumbrismo, la sexualidad explícita y el suspense que presagia todo drama, porque sus personajes respiran veracidad y sus relaciones, por más extrañas que parezcan, resultan convincentes. Pese a su carácter ficcional, Reiraku huele a exorcismo autoconfesional: estamos seguros de que hay algo de Asano en ese mangaka sociópata y angustiado que decide sacrificarlo todo en el altar del éxito profesional; aunque, por el bien de su autor, esperamos que la autorreferencialidad no pase de la inspiración circunstancial. Y es que Reiraku es, sobre todo, un relato de autodestrucción y de presagios obsesivos, la historia de un triunfo devenido en fracaso. 

Rusty Brown (Reservoir Books), de Chris Ware: Podríamos justificar la inclusión de este cómic en la lista con un simple “¡Joder, que es Chris Ware!”, pero quizás hagan falta dos o tres frases más. Por ejemplo, para señalar que Rusty Brown es una nueva obra maestra de Ware, un ejemplo mayúsculo del estudio de la personalidad humana a través de la secuenciación en viñetas. La prueba de que el autor de cómics más importante del siglo XXI nunca deja de crecer, técnica y narrativamente. Su nuevo libro es un trabajo de años en el que recicla algunas páginas que ya habíamos tenido la oportunidad de disfrutar gracias a su biblioteca unipersonal Acme Novelty Library, a la vez que cede el protagonismo a varios personajes (el propio Rusty Brown, Chalky White, Jordan Lint...) y líneas argumentales conocidos. Los relatos que conforman Rusty Brown, con sus itinerarios simultáneos, sus microsecuenciaciones y su empleo simbólico de los silencios y las pausas narrativas, funcionan como un mecanismo de vidas cruzadas, que incluyen la del propio autor transmutado en personaje. Con frecuencia, se ha acusado a Ware de un exceso de frialdad y gravedad, sin embargo, la sutil ironía autorreferencial de este cómic y la escasa indulgencia con la que trata a su propia autorrepresentación demuestran que, cuando toca y en silencio, Ware también sabe reírse de todo y de todos; hasta de sí mismo y sus críticos. Magistral. 

Las edades de la rata (Ediciones Salamandra), de Martín López Lam: No sabemos a ciencia cierta si existe tal cosa como la peruanidad, pero, de hacerlo, Las edades de la rata condensa algunas de sus pulsiones y recoge varios capítulos de su cronología. López Lam es un autor diferente, en las formas y en el fondo. Sus historias se mueven en un territorio de literariedad: relatos de biografías ajenas agitadas por la historia del país, recuerdos prestados de un pasado que ayuda a modelar el presente, historias de emigración... Los episodios de este cómic confluyen, a través de geografías y momentos históricos diferentes, en un meandro de vidas cruzadas alrededor de dos figuras protagonistas: Isidoro, golfo bohemio de extrarradio, y Manuela, chino-peruana emigrante y representante de una generación de supervivientes. El estilo de López Lam, agreste y abigarrado como es, nos devuelve a un underground filtrado por su expresionismo de arrabal; un estilo que, dentro de su aspereza y violencia gestual, encierra paisajes bellísimos de un Perú eterno que tan pronto puede estar en Barcelona o Roma, como en la Lima contemporánea. El año pasado, Las edades de la rata ganó el XII Premio Internacional de Novela Gráfica Fnac-Salamandra Graphic. Merecidamente. 

La mentira y cómo la contamos
(Astiberri), de Tommi Parrish: Con un estilo de dibujo muy pictórico (una suerte de art-brut lleno de matices, muy potente cromáticamente), Parrish nos invita a invadir un espacio íntimo que suponemos autobiográfico. La mentira es una historia cotidiana (un slice of life) alimentada de confesiones, descubrimientos y autoengaños. A partir del encuentro casual de dos antiguos amigos y su puesta al día, la conversación de los protagonistas evoluciona desde la charla trivial hasta la revelación de secretos y ocultaciones de un pasado en común que nunca fue tan íntimo y transparente como ambos presuponían. La descripción de los personajes se enriquece a partir de sus propias palabras y sus erráticos comportamientos; las elipsis y silencios de la trama ayudan a completar unos perfiles psicológicos llenos de matices e imperfecciones. El desarrollo narrativo de La mentira se enriquece además con la presencia de un metacómic (el cómic en blanco y negro que la protagonista encuentra en la calle y empieza a leer cuando no está hablando con su antiguo amigo); una historia dentro de la historia que enriquece simbólicamente la línea argumental principal a partir de las dobles lecturas que genera. La mentira es un cómic extraño, tanto gráfica y como narrativamente, pero, de alguna manera, hipnótico; una historia de descubrimiento sexual turbadora y desconcertante. 

Sabrina (Astiberri), de Nick Drnaso: El joven autor estadounidense fue una de las grandes revelaciones de 2016 con esa asombrosa puesta de largo que fue Beverly. Para titular su nueva obra, recurre de nuevo a un nombre femenino, que en este caso tomará prestado de la protagonista en segundo plano de su historia: la chica desaparecida alrededor de la cual gira la trama. Sabrina comparte con Beverly un mismo tono desesperanzado y una misma forma, fría y alienada, de mirar a la realidad. Desde su objetivismo extremo, Drnaso mantiene una distancia quirúrgica respecto a la historia que cuenta que, más que aportar soluciones, confronta la tragedia con desapego y distancia, como quien se enfrenta a hechos ineludibles o a actos consumados. Su estilo gráfico, apoyado en colores planos y una línea clara perfeccionista de acabado casi mecánico, contribuye a subrayar una impresión de frialdad y distanciamiento, que, como no podía ser de otro modo, termina por dejar al lector aterido; aunque en este caso sea de miedo y sobrecogimiento más que por frío. 

The Eyes
(webcómic), de Javi de Castro: Javi de Castro ha estrenado su nueva página web, The Eyes, dedicada en exclusiva al webcomic y a la experimentación con la narración digital. Podemos disfrutar de los episodios publicados en su web y comprobar que el resultado es sorprendente. Historietas como Blindness, Mirage, The Evil Eye y Visions recurren —como ya hizo De Castro en sus primeros cómics digitales— a un uso sutil e inteligente de la animación gif, combinada con una secuenciación a partir del scroll vertical. La línea clara de Javi De Castro, cada vez más expresiva y rica en detalles, se beneficia de un espléndido uso del color que funciona con eficacia en la creación de pausas narrativas y momentos de suspense. Cada uno de los webcómics de Javi de Castro esconde una sorpresa y, desde la inteligencia de su puesta en pantalla, nos obliga a reflexionar acerca de lo mucho que aún queda por hacer en el campo del cómic digital. Un hallazgo.

El mal camino
(Fulgencio Pimentel), de Simon Hanselmann: El dibujante australiano invierte la tradición literaria moralizante y satírica de los animales sabios y las criaturas fantásticas antropológicas para poblar su universo degenerado de seres fracasados y personajes alienados. En los cómics de Hanselmann, los gatos, los búhos y los lobos también conviven con magos y con brujas, pero sus escenarios recuerdan más a los suburbios degradados por la droga y la pobreza de occidente que a los bosques animados de Walt Disney. Se trata en realidad del recurso alucinado y lisérgico que permite enmascarar, hasta hacerla tolerable, la dura realidad de unos personajes desquiciados y marginales. Su disfraz catártico le permite a Hanselmann hablar en primera persona y desnudar sus miedos y adiciones ante el lector. El propio autor, devenido en bruja transexual adicta a todas las drogas posibles, convierte sus vicisitudes personales, su sexualidad y sus dependencias, en una colección impagable de sketches humorísticos que le hielan a uno la risa. Después de varios libros que funcionaban como acumulación de escenas, El mal camino es la primera obra larga de Hanselmann. Su filosofía es la misma que la de obras precedentes, pero la continuidad narrativa le permite a su autor construir un texto más consistente y desolador, si cabe. 

Los Estados Divididos de Histeria (Dolmen Editorial), de Howard Chaykin: Chaykin no ha perdido un ápice de rabia y energía con el paso de los años: su discurso sigue siendo combativo y extemporáneo; profundamente incómodo para una sociedad y una industria cultural que se han acostumbrado a la repetición formulaica y al puritanismo rigorista de lo políticamente correcto. No es una sorpresa que la publicación de Los Estados Divididos de Histeria fuera acompañada en su país por una oleada de críticas (histéricas, efectivamente) y por la censura de una de sus portadas. Detrás de esta fábula excesiva y alborotadora que protagoniza el agente de la CIA Frank Villa, se encierra una crítica severa hacia la intolerancia y la falta de entendimiento social. Son obvias las referencias a la degradación económica, al incierto panorama político estadounidense y a los enfrentamientos sociales acaecidos durante el primer periodo legislativo de la administración Trump; pero también al peligroso crecimiento de los fundamentalismos, los nacionalismos y las ultraderechas xenófobas que plantean la estructura social en términos de ruptura y enfrentamiento más que de convivencia. Que Chaykin es un provocador es cosa bien sabida. También lo es que, detrás de su fachada de dibujante de cómics para la industria mainstream, se esconde el espíritu gamberro e inconformista de un anarco-agitador armado con tramas de tinta china y un don especial para la ironía más ácida. 

Guy, retrato de un bebedor (Fulgencio Pimentel), de Olivier Schrauwen, Ruppert y Mulot: Cuando se juntan algunos de los autores más experimentales y transgresores del cómic actual sólo puede salir un artefacto tan indefinible como Guy, retrato de un bebedor; la mezcla imposible entre una novela gráfica, un relato de piratas y un cuadro flamenco del siglo XV. El guion de Ruppert y Mulot modela una biografía picaresca alrededor de la figura protagonista de Guy, el canalla sin escrúpulos que da título al cómic; el representante tenebroso de un tiempo en el que la vida valía tan poco como las monedas que portaras en tu bolsa. Su crueldad irreflexiva y su huida homicida hacia ninguna parte son la excusa para reflexionar acerca de la crueldad humana, los límites de la civilización y la lucha por la supervivencia. Schrauwen utiliza un estilo de dibujo esquemático que juega continuamente con el imaginario pictórico de artistas como El Bosco, Brueghel o Teniers; referencias que el dibujante pone al servicio de su experimentación secuencial, con un uso simbólico del color (y el blanco y negro) y con un trazo que juega con diferentes grados de naturalismo. Un cómic que no dejará indiferente a nadie: el riesgo de apostar.  

Alt-Life (Dibbuks), de Falzon y Cadéne: Alt-Life es un ejercicio de cyberpunk postmoderno que da una vuelta de tuerca a ese tema de la virtualidad matricial que en su día anunció Baudrillard y que el Matrix de los Wachowski elevó a la condición de fenómeno de masas. La obra de Joseph Falzon y Thomas Cadéne arranca de una premisa similar a la que se desvela al final del filme: ¿Qué sucedería si nada de lo que vemos y sentimos fuera real? ¿Si todo lo que conocemos no fuera otra cosa que un simulacro creado por una entidad superior para confundir nuestros sentidos y nuestra consciencia? La vida como simulacro (concepto que Baudrillard esgrimía con intenciones simbólicas y del que Matrix y Alt-Life se apropian para construir sus edificios ficcionales) anunciaba en el filme de los Wachowski la distopía tenebrosa de un mundo controlado y sometido por la inteligencia artificial; un futuro en el que el ser humano acababa convertido en materia prima, combustible orgánico para mantener operativo el "sistema". Alt-Life propone una visión menos pesimista, pero igualmente abierta a interrogantes éticos y filosóficos, muchos de ellos en un tono freudiano alrededor de la sexualidad y la represión. Ciencia ficción con chicha. 

En un rayo de sol #1 y #2 (La Cúpula), de Tillie Walden: Los cómics de Tillie Walden describen una realidad paralela en la que, estamos seguros, le encantaría vivir a la propia autora. Es el suyo un universo en el que la Tierra y el cosmos confluyen en modelos habitables de convivencia y fascinación exploratoria; un lugar onírico construido de suntuosos palacios barrocos, cámaras secretas, escaleras de mármol y resplandeciente pasillos casi deshabitados; el universo de Walden sólo está habitado por mujeres fuertes y autosuficientes, benévolas e inteligentes; un espacio de civilización en el que la cultura y la naturaleza son más importantes que las cuotas de poder o la construcción de discursos civilizatorios. Pero lo curioso es que, pese a la indulgencia especulativa de sus ficciones y esa misantropía fabuladora que se adivina de fondo, cómics como The End of Summer o este En un rayo de sol construyen universos de ficción tan coherentes en su complejidad estructural y tan llenos de tolerancia que resulta imposible no desear que fueran ciertos. El dibujo de Walden es frágil pero exuberante, desnudo pero perfeccionista en su detallismo; un ejercicio de poesía visual que se apoya en un uso envolvente del color. En un rayo de sol es una nueva piedra preciosa en la carrera de esta jovencísima artista. 

En otro lugar, un poco más tarde (Astiberri), de David Sánchez: Después de su brillante incursión en Un millón de años, Sánchez continúa dando forma a su cosmogonía particular. El autor tira de imaginación y buenas dosis de especulación exotérica para concebir su personal exégesis acerca del origen del mundo en un tiempo y una geografía indefinidos. Una mirada, la suya, en la que la espiritualidad, lo sobrenatural y el evolucionismo se mezclan para reescribir el nacimiento de la vida y sus imprevisibles derivaciones. Las páginas de En otro lugar, un poco más tarde se muestran deudoras, estilística y conceptualmente, de la obra de creadores como Charles Burns o Daniel Clowes, pero terminan por definir la personalidad creativa de un autor que parece tocado por una varita (metafísica).

miércoles, diciembre 18, 2019

El silencio de los Nadies, postercómics cosmogónicos

Desde la Patagonia Argentina nos llegan noticias de un crowdfunding comiquero interesante. 
La idea parte del grupo de ilustradores y dibujantes que conforman el Estudio Kodixe y su concepto del Postercómic. En su base está el desarrollo sincrético-narrativo de conceptos como la página-viñeta o el dibujo-trayecto aplicado pósteres con un formato visual similar al de un cómic que cuentan historias autoconclusivas en una sola página. Las historias tienen un trasfondo mitológico y cosmogónico sobre un universo que refleja diferentes arquetipos fundamentales para el ser humano como la vida y la muerte, el bien y el mal, etc. La idea del Estudio Kodixe nos remite al underground de los 70 y sus desarrollos más lisérgicos y simbólicos de géneros fantásticos como la ciencia ficción o la fantasía medieval. Algunos de sus dibujos, de hecho, nos recuerdan a la estilización prerrafaelita y art decó que tanto apreciábamos en la obra de Barry Windsor Smith.
Desde Kodixe nos comentan que se han propuesto llevar a cabo la idea de convertir su proyecto en un libro que contendrá 12 Postercómics unidos por una historia que hará de hilo conductor. Su idea es financiar el libro través de una campaña de crowdfunding que ya está en circulación. Si la idea les resulta sugerente y les apetece promover una buena causa comiquera, estos son los links de la campaña de crowdfunding y los de sus redes sociales.

sábado, diciembre 07, 2019

La geometría de los silencios, de Carla Berrocal y Marc Buleon. La mirada del otro

Una buena amiga nos regaló hace poco tiempo La geometría de los silencios, de Carla Berrocal y Marc Buleon, un cómic que habla del autismo con mucha sensibilidad y desde una mirada diferente. La obra es, de hecho, una publicación de la muy activa Asociación Autismo Ávila, que la editó bajo el sello editorial La Estrella Azul
Su guionista, Marc Buleon, sabe de lo habla de primera mano. Concibió su historia después de 12 años trabajando con personas autistas. Pero además, y como el mismo confesó recientemente en una entrevista a RTVE, su autor se considera un "narrador oral". Él mismo explica la génesis del cómic:
En 2003, creé un festival de cuentos en un pequeño pueblo cerca de Nantes (Francia). Allí había ese lugar que ahora llamo "La casa pequeña", un lugar para acoger 8 personas adultos con autismo, un lugar sin carga de trabajo, un lugar dedicado al desarrollo personal. (...) Para el festival, programé la participación de una mujer que contaba cuentos bailando, una danza con muchos gestos, como un mimo. El impacto fue tan fuerte que la directora del establecimiento me propuso un proyecto respecto a los cuentos.
El resultado fue la creación de 3 espectáculos donde actuábamos juntos frente a un público muy entusiasta. Pero ellos tienen una discapacidad tal, que era muy difícil organizar los desplazamientos para actuar en los festivales de cuentos u otros teatros lejos de la casa pequeña. La verdad es que no podíamos actuar más de 3 o 4 veces por año. Yo quería que mucha gente pudiese conocer a mis amigos con autismo. Entonces la única posibilidad era de crear un espectáculo en el que yo solo cuento sus vidas, sus amores, sus miedos… Más tarde ese espectáculo se convirtió en este cómic.
La geometría de los silencios es la historia (imaginaria) de seis personajes con autismo. El cómic funciona como un collage narrativo de experiencias vitales (desde la niñez hasta la edad adulta) que terminan por encontrarse en aquella Casa Pequeña de la que Buleon hablaba en su entrevista. De este modo, la historia se construye, de forma no lineal, como una suerte de relato de vidas cruzadas, con el autismo (compartido) como elemento estructurador de fondo. Será esta misma deconstrucción argumental y secuencial la que refleje de forma eficiente la mirada subjetiva de sus protagonistas: a través de sus palabras y de sus vivencias seremos capaces de reconocer sus dificultades y su sufrimiento a la hora de vivir esos acontecimientos cotidianos que la mayoría pasamos por alto; pero a través de su punto de vista descubriremos también la enorme capacidad de afecto que puede esconderse detrás de unos silencios y miradas que nos invitan a aprender nuevos lenguajes y a manejar gestos comunicativos hasta entonces desconocidos.
Carla Berrocal es la encargada de insuflar coherencia visual a este universo íntimo y complejo que describe Buleon. Lo hace con un dibujo sencillo, que también reproduce cierto efecto collage, y con una viva paleta de colores planos en la que destacan combinaciones insólitas de tonos verdes pistacho, azules violáceos y amarillos mango.

En el prólogo a la obra, Miguel Gallardo describe con emoción la filosofía última, catártica y terapéutica, que se encierra en las páginas de La geometría de los silencios:
Al final, lo que nos mueve a todos, dejando aparte las dificultades que tengamos para vivir nuestra vida, es lo mismo: todos necesitamos que alguien nos quiera; todos necesitamos importarle a alguien. Necesitamos que nos escuchen y que nos abracen de vez en cuando, necesitamos las mismas emociones, los mismos sentimientos para todos; eso es lo que nos hace humanos, y no la inteligencia ni la capacidad de triunfar o de alzarse sobre los demás.

lunes, noviembre 25, 2019

Con Paco Roca en Soria

Hace apenas una semana que Paco Roca estuvo en la Biblioteca Pública de Soria desdoblándose en dos charlas y deleitando a una audiencia diversa con su amabilidad, su elocuencia y la impronta de una obra que ya forma parte de la historia del cómic español. Después de asistir por la mañana a la primera presentación con los chavales del Instituto de Educación Secundaria Virgen del Espino, tuvimos la fortuna de que nos invitaran esa misma tarde a presentar y participar en la segunda charla; ésta ya ante un auditorio adulto.
Tuvimos la suerte de conocer muy brevemente a Paco Roca hace bastantes años, pero tenemos la impresión de que, como sucede con su trabajo, el peso de su figura no deja de crecer dentro del panorama de la cultura de nuestro país. Como señalamos en la introducción a la charla, la etiqueta, tantas veces repetida, que lo señala como uno de los mejores dibujantes de cómic español empieza ya a quedarse corta para definir la impronta de su producción y su importancia como narrador de historias.
La postmodernidad marca un cambio de paradigma en la forma narrar historias. El peso vehicular de las imágenes, el intercambio transmedial y la ubicua autorreferencialidad son también rasgos fundamentales de la eclosión del cómic reencarnado en "novela gráfica". A riesgo de ser pesados, repetimos que consideramos a Paco Roca uno de los nombres esenciales a la hora de entender esa nueva forma de contar historias. Pese a no ser un autor veterano, el valenciano ha sabido evolucionar desde sus orígenes, cercanos a un realismo mágico borgiano y al cómic de género, hacia otro tipo de realismo estrechamente conectado con la memoria: la memoria propia (Un hombre en pijama), la familiar (Arrugas, La casa), la del propio medio (El invierno del dibujante) y la de España (Los sucos del azar).
Para acompañar su visita, la Biblioteca Pública de Soria (que casi sentimos ya como una segunda casa) ha organizado la exposición "Contando en viñetas: Paco Roca", que ilustra en varios paneles las diferentes fases del proceso creativo de su autor. Precisamente, durante su ponencia, el autor diseccionó en detalle su método de trabajo: el itinerario que transcurre desde la voluntad inicial de hacer un cómic hasta su publicación final. Junto a Carlos Vicente (su anfitrión de la Fundación Germán Sánchez Ruipérez en esta "gira" castellanoleonesa), se tocaron muchos temas y se habló de sus cómics y de sus múltiples adaptaciones interdiscursivas, pero también del panorama del cómic contemporáneo o de la forma en que un personaje público se enfrenta a su propia popularidad. Paco Roca no regateó explicaciones a la hora de satisfacer las dudas de sus admiradores o de atender a sus requerimientos (dedicatorias, dibujos, fotografías, etc.).
A veces tenemos la sensación de que el concepto de blog está perdiendo vigencia, que poca gente dedica ya tiempo a la lectura de textos de más de 280 caracteres; en definitiva, que cada vez hay menos lectores al otro lado. Sin embargo, cuando tenemos el privilegio de conocer (de reencontrar, en este caso) a los protagonistas directos del cómic, a sus verdaderos artífices, somos conscientes de que cada segundo dedicado a la crítica, al análisis y a la divulgación de su obra, es siempre tiempo bien invertido. Por eso, el disfrute es doble cuando se tiene la oportunidad de conocer uno de los grandes y uno descubre que detrás del personaje público hay un tipo tan agradable y generoso como Paco Roca. Gracias.

martes, noviembre 12, 2019

Un día más con vida. Kapuściński en la encrucijada

Un día más con vida (Another Day of Life, 2018), de Damian Nenow y Raúl De la Fuente, fue una de las películas más premiadas de 2019: entre muchos otros, recibió el Goya y el Premio del Cine Europeo a la mejor cinta de animación, fue Premio del Público en el Festival de Cine de San Sebastián, ganó un Premio Platino del Cine Iberoamericano, etc. La película es una coproducción europea (España, Polonia, Alemania, Hungría...) que recurre a ese estilo de animación naturalista a partir de actores reales que ya hemos visto en películas estupendas, como Vals con Bashir, y que se adapta como un guante a historias de tono documental y biográfico como la que nos ocupa.
La película relata los turbulentos episodios que sucedieron a la independencia de Angola en 1975. Cuando Portugal decidió cerrar su etapa colonial, el país africano se convirtió en una pieza geoestratégica dentro del escenario global de la Guerra Fría que enfrentaba a Estados Unidos y la Unión Soviética. Mientras que las fuerzas populares comunistas de liberación del MPLA recibían armas y dinero soviético en su búsqueda de un conflicto revolucionario a gran escala, la CIA financió secretamente a los sanguinarios ejércitos paramilitares del FNLA y UNITA, responsables de numerosas matanzas de campesinos y de la aniquilación de pueblos enteros. En medio de este escenario prebélico surge la figura de Ryszard Kapuściński, uno de los nombres míticos del periodismo de guerra del siglo XX. 
Somos grandes admiradores del reportero y novelista polaco. Sus libros se leen como los testimonios lúcidos y perturbadores de un testigo directo de la Historia; y se disfrutan como la mejor novela posible de aventuras. Como suele suceder con los elegidos, el éxito y el prestigio del periodista no se vieron exentos de polémicas. Desde antes de su muerte hubo voces que le acusaron de novelar la realidad y de rellenar los huecos de sus vivencias reales con anécdotas efectistas, no siempre de primera mano. Se le acusó de intervenir activamente en los sucesos de aquellas historias (de la Historia) que luego habría de relatar en sus libros; de romper la objetividad equidistante del cronista y sobrepasar la línea deontológica del observador imparcial. Nos importa poco, la verdad. Todavía no hemos encontrado una manera mejor de intentar entender el laberinto africano del siglo XX, su tortuoso e inacabable proceso de descolonización, sus matanzas sanguinarias, la huella viscosa de la explotación europea, la historia infame de sus sátrapas y tiranos genocidas..., que leyendo a Kapuściński. En novelas-reportaje como Un día más con vida, Ébano, El emperador o El Sha, el autor arrojó luz sobre las sombras de las políticas silenciadas, las guerras fratricidas y los procesos intervencionistas que derivaron en cientos de miles de muertos. El humanista y el periodista comprometido han sobrevivido y se han impuesto a las reticencias generadas a su alrededor.
Un día más con vida combina su animación naturalista con imágenes reales de archivo y fragmentos de cine documental protagonizado por algunos de aquellos hombres que acompañaron al periodista polaco en su peligrosa epopeya angoleña. Personajes como Artur o Luis Alberto nos ayudan a entender el impulso temerario que llevó a Ryszard Kapuściński a viajar desde Luanda hasta el sur de Angola, territorio minado debido a los enfrentamientos armados y las emboscadas que se sucedían entre las dos facciones enfrentadas; pero, al mismo tiempo, el lugar donde encontrar al mítico Farrusco, el líder guerrillero que inspiraba a muchos de los rebeldes angoleños, un ex-paracaidista portugués que cambió de bando y decidió quedarse en Angola y combatir por ella y por sus gentes después de que su país la abandonara.
En el sur, Kapuściński fue testigo de la invasión del ejército sudafricano (la Sudáfrica del apartheid) apoyadas por la CIA. Fue testigo, igualmente, de la ayuda militar que Angola recibió de Cuba, y, entre uno y otro episodio, se vio obligado a tomar una de las decisiones más trascendentales de su vida. La película indaga con lirismo y con tensión en esa zozobra interior del protagonista. Un lirismo que aparece en la cinta cada vez que el relato objetivo de los acontecimientos se ve sobrepasado por la duda del ser humano, por la introspección inevitable del reportero que se siente impotente en medio del caos (la "confusão") que durante décadas invadió el destino de Angola y sus gentes: "Sabía que presenciaba acontecimientos que iban a marcar el destino de la humanidad durante generaciones, siglos incluso: el nacimiento del Tercer Mundo".
Como le sucedería muchas otras veces a lo largo de su carrera, el periodista sobrevivió milagrosamente a su obstinada temeridad y dio sentido al cliché: vivió para contarlo. Lo hizo en su primer libro Un día más con vida, del que la película de Nenow y De la Fuente toma su nombre. La película funciona como el relato sincero de aquellas vivencias iniciáticas, pero también como un homenaje al hombre que Kapuściński llegó a ser: el cronista íntegro, valiente y comprometido que siempre supo elegir el ángulo correcto para contar la historia, su historia.
Me identifico con los humillados y ofendidos, entre ellos me encuentro a mí mismo. La pobreza no tiene voz. Mi obligación es lograr que la voz de estas personas sea escuchada. Ésta es mi misión.

domingo, octubre 27, 2019

The Eyes, de Javi de Castro. Cómics animados

No podemos decir que no estuviéramos avisados.
Durante las jornadas sobre cómic y animación que organizó José Manuel Trabado para la Universidad de León este verano, tuvimos la suerte de asistir a la charla que impartió el joven dibujante leonés Javi de Castro. Además de comentar su obra, De Castro tuvo tiempo de ilustrar a la audiencia sobre su método de trabajo y las diferentes fases de su proceso creativo. Justificó su apuesta cada vez más convencida por las herramientas digitales, sin que ello implique el abandono total de los medios plásticos tradicionales.
https://www.javidecastro.com/theeyes
Después de revisionar algunos de sus primeros cómics digitales y explicar su original uso de la animación gif, Javi de Castro dejó caer la primicia: en septiembre estrenaría su nueva página web, The Eyes, dedicada en exclusiva al webcomic y a la experimentación con la narración digital. El anuncio ha fructificado y ya podemos disfrutar de los primeros episodios publicados en su web. El resultado es sorprendente y satisfactorio.
Las cuatro historietas colgadas en su página hasta el momento (Blindness, Mirage, The Evil Eye y Visions) vuelven a recurrir a un uso sutil e inteligente de la animación gif, combinada con una secuenciación a partir del scroll vertical. La línea clara de Javi De Castro, cada vez más expresiva y rica en detalles, se beneficia de un espléndido uso del color que funciona con eficiencia en la creación de pausas narrativas y momentos de suspense. Es cierto que, por su extensión reducida, algunas historias discurren de forma un tanto apresurada y que le dejan a uno con ganas de más, pero el ritmo de publicación del autor promete nuevas lecturas y muchos más momentos de diversión. Un aplauso por The Eyes y deseemos que la buena nueva tenga una vida muy larga.
https://www.javidecastro.com/theeyes-blindness
https://www.javidecastro.com/theeyes-mirage
https://www.javidecastro.com/theeyes-theevileye
https://www.javidecastro.com/theeyes-visions

jueves, octubre 10, 2019

Los Estados Divididos de Histeria, de Howard Chaykin, en Culturamas

https://www.culturamas.es/blog/2019/10/04/los-estados-divididos-de-histeria-de-howard-chaykin-la-gran-broma-final/
Los Estados Divididos de Histeria nos reencuentra con un Howard Chaykin en estado puro, ácido y salvaje como siempre, pero si cabe aún más provocador. Pareciera que el estadounidense no hubiera perdido un ápice de rabia y energía con el paso de los años: su discurso sigue siendo combativo y extemporáneo; profundamente incómodo para una sociedad y una industria cultural que se han acostumbrado a la repetición formulaica y al puritanismo rigorista de lo políticamente correcto. No es una sorpresa que la publicación de Los Estados Divididos de Histeria fuera acompañada en su país por una oleada de críticas (efectivamente histéricas) y por la censura de una de sus portadas.
De todo ello hablamos en nuestro último artículo para Culturamas: "Los Estados Divididos de Histeria, de Howard Chaykin. La gran broma final".

https://www.culturamas.es/blog/2019/10/04/los-estados-divididos-de-histeria-de-howard-chaykin-la-gran-broma-final/

miércoles, septiembre 25, 2019

The Boys: cómic vs. serie

En 2006, el guionista Garth Ennis (Predicador) y el dibujante Darick Robertson (Transmetropolitan) comienzan a publicar The Boys en el sello Wildstorm, perteneciente a DC. Seis números después de su inicio, se cancela la serie por su tono polémico y subversivo. Al año siguiente, The Boys reanuda su andadura en un nuevo sello, Dynamite Entertainment, donde continuará hasta su finalización en el número 72, junto a tres miniseries. Entre 2013 y 2015, Norma Editorial publicó tres integrales en español, repletos de extras y artículos, que recopilaban toda la colección: el volumen 1, incluyó los números USA 1-30; el volumen 2 recopiló hasta el número 47, junto a algunas miniseries, como "Herogasm" y "Highland Laddie"; y, por último, el volumen 3 reunió el resto de números (48-72), además de la miniserie "The Boys: Butcher, Baker, Candlestickmaker".
Sin embargo, aunque el cómic de Ennis y Robertson se granjeó un buen número de fieles, su éxito masivo no ha llegado hasta 2019, con la adaptación televisiva producida por Amazon para su plataforma audiovisual. The Boys ha sido uno de los estrenos seriales más exitosos y comentados de este año.
¿A qué se debió la accidentada edición inicial del cómic? ¿Qué empujó a DC Comics a recular y abandonar su publicación, hasta el punto de ceder la serie a otra casa editorial (incluidos los 6 primeros números que ya habían sacado ellos)?
Hace falta un poco de reflexión diacrónica.
Si a finales de los 80 y comienzos de los 90 el cómic de superhéroes había renacido a partir de la revisión crepuscular y adulta de sus fundamentos (ya saben, Moore, Miller, Mazzucchelli, etc.), los últimos 90 y el arranque del siglo XXI resituarán el género en el territorio postmoderno de la metaficción y sus rasgos pertinentes: parodia, autorreflexividad crítica, autorreferencialidad, interdiscursividad, etc. Son los años gloriosos de esa pandilla de guionistas y dibujantes descreídos y subversivos que deciden poner al clasicismo superheroico patas arriba, dando la vuelta como un calcetín a algunos de sus valores "incuestionables". Es también el periodo de la consolidación del multiverso, el what if.., los crossover devenidos en fenómeno de masas y los del éxito definitivo de las adaptaciones transmediales (al cartoon primero y al cine digital después).
Dentro de ese panorama, cada vez aparecen más autores (algunos con una larga trayectoria) que basan su trabajo en la transgresión, el desbordamiento del molde y la parodia indisimulada: hablamos de guionistas británicos como Mark Millar, Warren Ellis y el escocés Grant Morrison a la cabeza de todos ellos; pero tambien de Mike Allred y Peter Milligan, con su genial X-Force; de Joe Kelly, Kevin Smith, Brubaker, Michael Bendis.. y de Garth Ennis, claro.
Aunque habría que situarla al margen del género superheroico, Ennis ya había mostrado a las claras sus intenciones creativas con Preacher (1995-2000), una de las obras fundamentales del cómic reciente. En sus páginas, el británico daba rienda suelta a una violencia casi gore y a una desinhibición absoluta por lo que respecta a la corrección política de los temas tratados, el lenguaje o la sexualidad. Con la elección del dibujante Steve Dillon y de Glenn Fabry como portadista, además, Ennis marcaba el territorio grafico que le interesaba para su rompedora propuesta: un estilo expresivo agreste y muy explícito, que, de algún modo, emparentaba Preacher con la segunda fase del underground de los años 70 (Rand Holmes, Jack Jackson, Richard Corben).
Cuando concibe The Boys, Ennis pretende llevar la ultraviolencia y el espíritu subversivo de Preacher aún un paso más lejos. La elección de Darick Robertson para la parte gráfica incide en aquellas mismas motivaciones underground, potenciando aún más, si cabe, la explicitud sexual y el grafismo encarnizado. Se trata de golpear en el estómago a la industria del entretenimiento de los superhéroes que representaban Marvel o DC, con sus héroes pluscuamperfectos y sus múltiples y desordenadas fecundaciones de supergrupos en mutación constante. No fue una sorpresa que, como ya hemos dicho, DC decidiera cancelar la serie apenas llegada a su sexta entrega. 
The Boys debe interpretarse como la deconstrucción postmoderna y nihilista de un género desde su parodia más radical y grosera. Los guiones de Ennis no dejan títere con cabeza y casi todas las citas y referencias intertextuales que llenan sus páginas distan de ser sutiles. Casi desde la primera viñeta, reconocemos a personajes que funcionan como el trasunto indisimulado de los grandes mitos del cómic de superhéroes: ahí están Superman, Superwoman, Aquaman, Flash, Batman o el Detective Marciano; aunque en las páginas de The Boys se llamen, con mucha sorna, The Homelander, Queen Maeve, The Deep, A-Train, Black Noir y Jack from Jupiter.
Todos ellos forman el supergrupo más poderoso del mundo, The Seven, versión bufa y depravada de Justice League, aquel grupo que a principios de los 60 inauguró para el universo DC la época gloriosa de los conjuntos superheroicos. A lo largo de las páginas de The Boys encontraremos remedos burlescos de los principales supergrupos de Marvel y DC, con sus nombres alterados, pero con unos rasgos intrínsecos bien reconocibles: Young Americans (Teen Titans), G-Men (X-Men), Payback (The Avengers), Teenage Kids (The New Mutants), etc.
La novedad y la gracia del asunto (de la parodia) reside en que el cómic de Ennis y Robertson revierte por completo los valores heroicos de los protagonistas clásicos que lo inspiran. Frente a la rectitud moral, el valor y la sed justicia que definía a los superhéroes de la Edad de Oro estadounidense, estos nuevos protagonistas se caracterizarán por su codicia, su mezquindad, su depravación y su crueldad extrema. Atributos, todos ellos, puestos al servicio de macrocorporaciones tecnocráticas (singularizadas en el cómic en la tenebrosa corporación Vought International) y de  esa industria del espectáculo que se alimenta de reality shows, miserias humanas y talent shows de dudosa moral. Con cada nuevo episodio, The Boys pone una nueva pieza en el gran puzle de la degradación social y política hacia el que —parecen denunciar sus autores— se dirige occidente de forma irremisible. Dentro del tono corrosivo que contagia a la serie, los chistes de Ennis comienzan a chapotear en todos los charcos de la incorrección política (machismo, homofobia, racismo, neofascismo, intolerancia religiosa, etc.) en un deslizamiento progresivo hacia la total degradación del género superheroico, que terminará convertido en una (muy divertida y adictiva) broma de mal gusto. La moraleja resulta transparente: nada puede ser así de perfecto, detrás de cada sonrisa profident hay siempre un aliento fétido. Hagan ustedes una sencilla extrapolación del silogismo a la vida real y apliquen la conclusión no escrita a cualquier posible interpretación del panorama político y económico contemporáneo. Y ya lo tienen...
 
Esta temporada Amazon Prime Video ha estrenado la adaptación serial televisiva de The Boys en su plataforma audiovisual. A tenor de las críticas y las reacciones entusiastas de los televidentes, ha sido todo un éxito. Nos contamos entre sus seguidores satisfechos.
Se esperaba con precaución (recelo incluso) la adaptación de un cómic que, a primera vista, se antojaba difícil. Espinoso y demasiado agraviante para demasiados colectivos. La serie, creada por Eric Kripke (artífice de Supernatural), cuenta con Garth Ennis y Darick Robertson entre sus productores ejecutivos, hecho que invitaba a pensar en cierta fidelidad transmedial. Y la hay, pero sólo parcialmente. El cómic original encuentra su reflejo más o menos certero en su adaptación televisiva. Sin embargo, las diferencias también son notables. Casi todas ellas responden a una "necesidad sincrónica": es decir, están marcadas por el signo de los tiempos y sus penitencias.
En su versión audiovisual, The Boys no pierde ni un ápice de mala leche y humor ácido. Es más, en la adaptación naturalista que implica toda narración fílmica con autores de carne y hueso, la ultraviolencia los personajes resulta aún más lacerante y encarnizada. Terminamos cada capítulo de los ocho que forman la primera temporada salpicados de sangre y vísceras. Algunas escenas del cómic original funcionan a la perfección, como la del "accidente" de Robin, la novia de Hughie, en los primeros segundos de la temporada.
Esta bajada de la ficción al plano de lo real obliga también a cierta concreción dramática por lo que respecta a la unidad de acción, espacio y tiempo. Por el camino, se pierden ramificaciones y personajes que desarrollan en el cómic algunas subtramas divertidas. El contenido de estos primeros ocho episodios compendia el material narrativo de varios arcos (pocos) del primer volumen recopilatorio que mencionábamos al comienzo del texto ("Las reglas del juego" y, parcialmente, "Cherry" y "Bueno para el alma"), pero ignora deliberadamente y por completo bastantes otros ("Moja", "Glorioso plan quinquenal", "No le miento, Sargento", etc.); los últimos capítulos (los que cubren el episodio de la Convención Cristiana Superheroica) se ciñen con bastante fidelidad al arco "Creer" (perteneciente al segundo volumen recopilatorio).
Se prescinde en la trama televisiva, sobre todo, de aquellos episodios que muestran un contenido más crítico y explícito contra la política exterior estadounidense (recordemos que The Boys nace durante en el periodo más crítico de la administración de George W. Bush y que funciona, en parte, como una reacción a la política americana post 11-S). Tampoco encontramos en la adaptación televisiva la incorrección política que Ennis dedica a los diversos colectivos y minorías sociales de Estados Unidos: la subversión contra las buenas formas se diluye en un discurso que circunscribe sus andanadas al ámbito de la violencia y el lenguaje explícito; y, en menor medida, a un tratamiento de la sexualidad que nunca llega a ser tan explícito y salvaje en la serie como en las páginas de los comic books.
Por último, la serie omite también buena parte de las referencias metadiscursivas y autorreferenciales del cómic original: buena parte del trabajo de Ennis y Robertson debía leerse como una autorreflexión crítica sobre los cómics de superhéroes. Sus páginas estaban repletas de citas, guiños y alusiones directas a otros tebeos. El cómic deconstruía el género, al mismo tiempo que construía su propia revisión crítica. El arco titulado "Moja", por ejemplo, incluía a The Legend, el divertido y maquiavélico guionista, editor y archivista de cómics, al servicio de American's Victory Comics (la rama editorial de la Corporación Vought), encargado de construir la "historia oficial" de los superhéroes; convenientemente aderezada y expurgada de polémicas.
Hasta aquí las podas, pero ¿en qué medida enriquece la producción de Amazon el universo de The Boys, más allá de ese ya mencionado naturalismo?
Kripke y sus productores ejecutivos aumentan, por ejemplo, la presencia de la Macrocorporación Vought, dotando de mucho peso a Madelyn Stillwell, el personaje interpretado por Elisabeth Shue como vicepresidenta de la compañía. De esta forma, la importancia del factor armamentístico, que ya estaba presente en los cómics (la idea de convertir a un supergrupo en arma de destrucción masiva), adquiere prominencia en la versión televisiva hasta transformarse en uno de los hilos centrales de la trama. Vought International se consolida definitivamente como representación simbólica del mal (la antigua idea del villano elevada a una abstracción tecnocorporativa): la iniquidad asociada a la codicia empresarial, la especulación y la deshumanización de las grandes empresas. Es uno de los efectos directos de la crisis financiera de 2008: el enemigo ya no es tanto un nombre propio o una cara conocida, como la maquinaria financiera sin rostro que provocó el colapso económico. Ese deslizamiento de culpas post-crisis se concreta en The Boys en la imagen corporativa de la empresa Vought, cuyas intereses financieros serán la excusa para todo tipo de delitos y atropellos contra los Derechos Humanos. Y cuyo estandarte estará representado nada menos que por The 7, el grupo de héroes más admirado y respetado del mundo.
Aquí entra otro de los subtextos de la serie, potenciado respecto a los cómics: la crítica furibunda contra el papel de los medios de comunicación, la publicidad y la industria del espectáculo como factores de alienación y ocultación. The Boys apuesta (con intencionada inquina) por las teorías conspiranoicas y las manos invisibles en su interpretación del control político y económico global. Lo hace desde el tono paródico e hiperbólico que la caracteriza, pero sin dejar de sembrar ciertas dudas (razonable y persistentemente) acerca del oscurantismo en el que se encuentra el ciudadano medio; pagano final de todas las crisis.
The Boys, la serie, es una excelente adaptación. No es mimética ni exacta, por supuesto. Ninguna adaptación transmedial debería serlo. El cambio de medio siempre implica un cambio en las reglas del juego, un proceso adaptativo. En este sentido, la ficción audiovisual de Amazon saca provecho de las posibilidades que ofrece el lenguaje serial televisivo, así como de su actualización histórica a un momento diverso del que la vio nacer. Nos gusta el cómic de Ennis por lo que tuvo de transgresión, por su salvajismo y por su falta de pudor; también porque respondía a un momento histórico concreto de la evolución del género. Curiosamente, muchas de las razones por las que también nos ha gustado su adaptación televisiva.