sábado, marzo 18, 2017

Aquellos fondos de Disney...

Acabamos de comenzar la serie documental dedicada a Walt Disney de Sarah Colt. La miniserie, de más de cuatro horas y media de duración (que puede verse en emisiones de dos o cuatro capítulos), presume de ser el acercamiento más minucioso a la figura del gran tótem de la animación universal. En principio, nos gusta que el metraje, además de ser un registro biográfico concienzudo de la genialidad del creador, no eluda las sombras que se proyectaban detrás de la figura mítica de Walt Disney: su ego y ambición desmedidos, sus ademanes tiránicos y su incapacidad para prever las crisis personales a su alrededor. Pero ya habrá tiempo para hablar mal de Disney (¡ese deporte postmoderno!) en alguna otra ocasión.
Viendo estas imágenes sobre su vida, sin embargo, nos hemos acordado de otro documento audiovisiual, mucho más humilde, con el que nos topamos hace un tiempo. Se trata de un vídeo corto, de poco más de siete minutos, en el que se explica con detalle la técnica que en los Estudios Disney empleaban para elaborar los fondos de sus películas. El vídeo, que se rodó el 13 de febrero de 1957, detalla el funcionamiento de la cámara de planos múltiples (multiplane cámara), que permitía dotar de movimiento y tridimensionalidad a imágenes de fondo bidimensionales superpuestas.
Cuando veíamo las películas de Disney de pequeños, nos quedábamos hipnotizados con esos cuadros estáticos estilizados y abigarrados que servían de escenario a las aventuras de sus célebres personajes. La irrealidad de los fondos de pantalla, filtrada a veces por una idealización romántica, otras por un tamiz casi expresionista, nos transportaba siempre a un espacio de ensueño fantasioso en el que resultaba fácil perderse y en el que, como niños, creíamos sentírnos seguros. 
Por eso, este breve documento nos parece tan maravilloso, porque al mismo tiempo que nos revela el truco de la ficción, nos invita a volver a ella una y otra vez para disfrutar de su rudimentaria, pero encantadora, maravilla técnica.

jueves, marzo 09, 2017

Black River, de Josh Simmons. The Walking Women

Conocimos a Josh Simmons con su serie Happy a comienzos de la primera década de este siglo. En la línea de otros fanzines y revistas unipersonales, los Happy de Simmons recogían historias cortas del autor publicadas en un formato cercano al de los comix-books de los 60-70. Con aquellos, Simmons compartía también un estilo informal marcadamente underground  y un espíritu crítico y transgresor; similar al de otras publicaciones más o menos coetáneas, como el Weasel de Dave Cooper, los minicómics de Jeff Brown o el Hate de Peter Bagg.
En los años de consolidación de la “novela gráfica”, las historias cortas de Happy vivían del sarcasmo salvaje y de una incorrección política mucho más extrema que la de las viejas publicaciones underground. Licencias narrativas del cambio de siglo: veníamos de las parodias crueles de Tom Solondz, del humor salvaje de Tarantino o los Hermanos Coen y del extrañamiento irónico en los cómics de Burns y Clowes, no se olviden.
Algo de ello perdura en casi todos los cómics posteriores de Simmons y también, desde luego, en Black River, su aclamada novela gráfica de 2015.
Después de la buena recepción de obras anteriores como Furry Trap y House, el estadounidense insiste en el género de terror para situarnos en un mundo postapocalíptico de esos que tanto abundan en las narrativas contemporáneas. Encontramos en Back River elementos familiares que habíamos visto ya en trabajos como La carretera, de Cormac MacCarthy o en el omnipresente The Walking Dead, de Robert Kirkman: paisajes desolados, crueldad extrema, degradación del ser humano, espíritu de supervivencia mezclado con sadismo, etc. Abunda la obra de Simmons en escenas poco aptas para estómagos delicados; el catálogo explícito de asesinatos y decesos no busca excusas ni elipsis reparadoras: degollaciones, machetazos, ahogamientos, violaciones, venganzas y asaltos desesperados son la materia prima que alimenta el horror de sus páginas y el recorrido de su argumento. La combinación de violencia extrema y caricatura no suaviza el resultado final, muy al contrario, lo hace parecer particularmente cruel. De algún modo, nos recuerda a esa otra obra, también despiadada y nihilista, que es Black Lung, de Chris Wright
Black River es una lectura deliberadamente incómoda, basada en la idea del camino y la búsqueda (the quest) de un mundo mejor que no existe, de una esperanza que, sus protagonistas son conscientes, ha quedado reducida al acto más simple y barbárico de la supervivecia diaria. Introduce además la novedad de un elenco de personajes protagonizado por mujeres; mujeres aguerridas, violentas y tan salvajes y endurecidas como ese entorno cuyo génesis ignoramos.
A través del itinerario de ese grupo nomádico de mujeres que recorre los paisajes calcinados del cómic, profundizamos en la naturaleza humana y, sobre todo, en el mismo proceso de desintegración de cualquier rasgo humanidad. Los episodios se hilvanan como secuencias sangrientas en las que la cronología y la geografía de la historia importan bien poco: como demuestra la secuencia final, tiempo y espacio se desvanecen en Black River como en una neblina tenue en la que sólo destacara el rojo de la sangre y el negro de las cenizas. En las situaciones dramáticas que describe el cómic de Josh Simmons, el aquí y el ahora del agua, la comida y la cruda supremacía darwinista se imponen a los conceptos superados del futuro y del pasado.
Ya lo hemos dicho, Black River es una lectura incómoda. Una historia de terror postapocalíptico que quizás deberíamos leer como imagen simbólica de esa lucha que todavía hoy, en pleno siglo XXI, las mujeres deben mantener contra unas sociedades machistas y violentas que se empeñan en poner piedras en su camino.

miércoles, marzo 01, 2017

Hablamos de Javier Coma en Plan B

La semana pasada nos deparó dos noticias especialmente luctuosas para el aficionado comiquero: en tres días nos dejaron Jiro Taniguchi y Javier Coma, dos nombres que forman parte de la historia misma del cómic. El primero fue uno de los autores de referencia del manga, un autor que puso al cómic japonés adulto en el foco de atención, una vez superada la fiebre Otomo (volveremos a Taniguchi en un futuro no muy lejano).
Coma, por su parte, fue un crítico y estudioso de referencia en la investigación comicográfica; sus eruditos libros, enciclopedias y colaboraciones significaron para muchos de nosotros una puerta abierta a la historia del cómic estadounidense, en un tiempo en el que la "novela gráfica" y la moda del cómic ni siquiera se intuían; cuando ni los periódicos, ni las universidades, ni los expertos de la cultura y el arte hablaban de viñetas, ahí estaban gente como Coma, Gubern, Antonio Martín, Vázquez de Parga o Altarriba.
A Javier Coma le dedicamos nuestra última participación en Plan B, en nuestro espacio «TBO en la onda». De todo lo anterior hablamos, pero tirando de la madeja del magisterio de Coma, terminamos también enrededados en temas tan variopintos como Tebeosfera, GRAF, el cómic digital o la feria de ARCO.
El audio a partir del minuto 03:45: «TBO en la onda».

miércoles, febrero 15, 2017

Esenciales ACDC 2016 (segundo semestre)

A finales de la semana pasada, ACDCómic (la Asociación de Críticos de Cómic) publicó su lista de esenciales de la segunda mitad del 2016. Mucho bueno durante este semestre, incluidas algunas obras que también incluimos en nuestra lista de favoritos del 2016.
Qué fácil lo ponen desde ACDC para leer buenos cómics. Un orgullo formar parte de ella.

ESENCIALES ENERO-JULIO 2016



  •  Basura, de Derf Backderf (Astiberri) 
  • Beverly, de Nick Drnaso (Fulgencio Pimentel) 
  • Dororo, de Osamu Tezuka (DeBolsillo) 
  • El Boxeador, de Manolo Carot y Rubén del Rincón (La Cúpula)
  • El sheriff de Babilonia, de Tom King y Mitch Gerads (ECC)
  • Enter the Kann, de Víctor Puchalski (Autsaider)
  • Gran Hotel Abismo, de Marcos Prior y David Rubín (Astiberri)
  • Impresiones de la isla, de C. Portela y F. Iglesias (Retranca)
  • Intemperie, de Javi Rey (Planeta)
  • Jamás tendré 20 años, de Jaime Martín (Norma)
  • Jane, el zorro & yo, de Isabelle Arsenault y Fanny Britt (Salamandra)
  • Juliette: Los fantasmas regresan en primavera, de Camille Jourdy (La Cúpula)
  • La chica de los cigarrillos, de Masahiko Matsumoto (Gallo Nero)
  • La grieta, de Carlos Spottorno y Guillermo Abril (Astiberri)
  • La vida: Una historia de Carles Casagemas y Pablo Picasso, de Tyto Alba (Astiberri)
  • Lamia, de Rayco Pulido (Astiberri)
  • Las amapolas de Irak, de Brigitte Findakly y Lewis Trondheim (Astiberri)
  • Leñadoras, de Stevenson, Ellis, Watters, Allen y Laiho (Astiberri)
  • Materia, de Antonio Hitos (Astiberri)
  • Moon Girl y Dinosaurio Diabólico, de Reeder, Montclare, Bustos y Bonvillain (Panini)
  • Parasyte, de Hitoshi Iwaaki (Planeta)
  • Philémon Integral, de Fred (ECC)
  • ¿Quién es el 11º pasajero?, de Moto Hagio (Tomodomo)
  • Spiderwoman: Cambio de marcha, de Hopeless, Rodríguez, López y Rosenberg (Panini)
  • Spirou, de Y. Chaland (Dibbuks)


jueves, febrero 09, 2017

El piano oriental, de Zeina Abirached, en SER Soria

Nos hemos acercado a la SER para charlar un rato con nuestros amigos Chema Díez y el filósofo Borja Lucena de El piano oriental, el último cómic publicado en nuestro país de la francolibanesa Zeina Abirached
A partir de la biografía de su bisabuelo músico, la autora establece paralelismos con su propia condición de expatriada para reflexionar acerca del lenguaje, la tolerancia y la capacidad de adaptación a una nueva vida. El piano oriental es un cómic que, más allá de sus similitudes con Marjan Satrapi y Persépolis, funciona como una bonita fábula sobre el pasado, sobre una época en la que la convivencia entre Oriente y Occidente parecía posible.
 

viernes, febrero 03, 2017

Laid Waste, de Julia Gfrörer. Santificados sean los vivos

Una rata le muerde en el cuello a otra; dos perros famélicos se disputan un brazo humano arrancado de cuajo; Agnès, la joven protagonista del relato amasa el pan de cada día con sus propias lágrimas... Son escenas que marcan el tono de Laid Waste, el insólito cómic de Julia Gfrörer. Una autora que no deja de recibir críticas elogiosas con cada nuevo cómic que publica: Flesh and Bone (2010), Too Dark (2011), Black Is the Color (2013) o este Laid Waste (2016) que nos ocupa.
La norteamericana pertenece a una generación de jóvenes autores (Anders Nilsen, Sammy Arkham, Francesco Cattani) que han optado por una sutil línea clara, frágil, suelta y quebradiza, deliberadamente imperfecta, para abordar la endeble naturaleza humana y sus pasiones íntimas. Un psicologismo que indaga en el presente, en ocasiones mirando al pasado, como sucede con Laid Waste.
Nos remite el estilo de Gfrörer a las viejas ilustraciones del siglo XXI de la muerte y lo demoniaco. Su trazo y su irregular rayado nos hace pensar a un Edward Gorey que hubiera perdido el sentido del humor. El elemento gótico (e incluso satánico) se repite en casi todos sus trabajos, en los que la fantasía, los místico y lo sobrenatural se mezclan con sorprendente naturalidad y un paso lento que conecta lo irracional con la vida sencilla de las gentes.
La apuesta por la crudeza en la exposición del sexo, la muerte y la miseria responde a una necesidad poética condicionada tanto por la materia narrativa como por su apuesta estética. En Laid Waste la autora elige los tiempos terrible de la peste negra en la Europa medieval para contar su historia. Sus páginas nos muestran un tiempo sometido por el fanatismo religioso, la carestía y un miedo supersticioso a lo desconocido. En nuestro viaje de pesadilla por la decadencia del poblado emponzoñado, seremos testigos de las ceremonias de la enfermedad y la muerte más mísera, del correteo repulsivo de las ratas carroñeras y pasearemos entre las tenebrosas hogueras prendidas sobre cadáveres apilados. 
En este contexto, sitúa Gfrörer a su protagonistá Agnès: una joven superviviente rodeada de miseria y angustia que observa desconcertada como el mundo se desmorona a su alrededor, mientras ella parece indemne a la muerte y a la degradación que le rodea. En ese punto, Laid Waste introduce el elemento metafísico para jugar con una idea de santidad y espiritualidad. Recurre para ello a secuencias que aportan valores simbólicos (las ratas comiéndose el pan, los perros peleando entre sí, los hombres enterrando y quemando a sus muertos...) a una trama principal fragmentaria y discontinua, que se asienta en el recurso a la elipsis. La narración de Gfrörer se estructura como un collage en el que se alternan las escenas costumbristas del poblado diezmado por la peste, junto a los episodios que siguen el recorrido de la protagonista.
Pese a su reducida extensión, Laid Waste no es un tebeo sencillo, ni afable. Invita a la relectura y a la reflexión; y, en algunos momentos, deja bastante mal cuerpo. Con tanto relato histórico barnizado y maquillado como encontramos últimamente a nuestro alrededor, se agradece que Julia Gfrörer nos ahorre los eufemismos.

viernes, enero 27, 2017

El cuento de la princesa Kaguya, de Isao Takahata. Los ciclos de la vida

La penúltima joya del Estudio Ghibli, en la era post-Miyazaki, se titula El cuento de la princesa Kaguya y a simple vista se parece en poco a las producciones que han situado en un puesto de privilegio en la historia del cine al estudio japonés. Comparte con aquellas, no obstante, un preciosismo visual hipnótico y la misma magia que convertió a Miyazaki en un genio de la animación. Así lo reconoció también Hollywood que nominó la cinta de Isao Takahata entre las candidatas a la mejor película de animación de este año.
Una mañana de primaver, un leñador de bambú se encuentra un brote temprano del que nace una pequeña princesa, una niña diminuta que pronto se convertirá en un bebé rubicundo. Cuando la lleva a su casa, su mujer la recibe como la hija que nunca tuvieron. La vida de los dos ancianos campesinos adquiere entonces un nuevo sentido y se llena de una felicidad desconocida. 
El cuento de la princesa Kaguya es una fábula mágica que conecta la fantasía con las cosas sencillas de la existencia, un canto a la naturaleza, al paso de las estaciones y a la tradición. A partir de la historia de esa princesa que nació de un brote de bambú y que crece, aprende y se desarrolla fuera de los plazos humanos, esta película ofrece una reflexión simbólica acerca del ciclo de la vida muy acorde con la sensibilidad y la espiritualidad japonesas.
Como sucedía en casi todo el cine de Hayao MiyazakiEl cuento de la princesa Kaguya recoge la conexión directa entre naturaleza y espiritualidad (no lo llamemos religión) que fundamenta el taoísmo, el sintoísmo y el budismo en su derivación zen japonesa. Según la cultura nipona, nos debemos a la tierra, a los árboles y a los animales, porque animales somos y a la tierra regresaremos. Los espíritus de nuestros antepasados nos protegen en nuestro periplo por la tierra de los vivos. Otros espíritus y fantasmas (el panteón infinito de yôkais) nos admonizan, guían y ayudan a temer aquello que no nos conviene. Como en las viejas religiones animistas, en Japón todavía la naturaleza es algo sagrado. Se cree en su magia y en su cualidad generadora de vida, en su papel fundamental en el bucle de la vida que culmina con la muerte y la reencarnación. 
Para narrar una historia sencilla, de espíritu lírico y puro, como ésta, no deberían hacer falta demasiados artificios visuales. Así lo ha entendido Takahata, que prescinde del brillante acabado digital contemporáneo o de la exhuberancia gráfica habitual de Ghibli, para apostar por la falsa simplicidad de un dibujo que parece trazado con carboncillo y tenues colores acuarelados. Un cine que remite a las animaciones del pasado, al trabajo mucho más artesano de maestros como Raymond Briggs o Aleksandr Petrov. El resultado es de una sencillez y una belleza abrumadoras: la plasticidad de los árboles en flor, la hierba mecida por el viento, los mantos de flores que visten la primavera y la vida animal en todas sus manifestaciones, tan estrechamente unida a la muerte, surgen con naturalidad.y nos recuerdan (esa es la intención) a las viejas ilustraciones japonesas, con montes nevados y sus cerezos en flor; tan minimalistas y evocadoras, también. La pureza de línea se combina en algunas secuencias con un trazo expresionista que busca transmitir sensaciones agitadas y emociones más turbulentas que las que predominan en la cinta: como en esa escena en la que Kaguya escapa de su presente cortesano y corre como espíritu que se difumina hasta llegar a los bosques soñados de su pasado.
Pero además de hablarnos en clave simbólica del paso del tiempo y de los ciclos vitales, esta cinta es un alegato a favor de la vida rural, un homenaje a los viejos oficios tradicionales (leñador, alfarero, tejedor, carpintero...) y un "menosprecio de corte". Sencillez frente a sofisticación, la libertad de vivir con los ritmos del día frente a las rigidas estructuras convencionales de la vida en palacio. Lo cual no quita para que los episodios que muestran la estancia de la princesa Kaguya en el palacio sean de nuevo un goce visual, un despliegue costumbrista de arquitecturas, mobiliario, coloridos kimonos y vívidos paisaje urbanos de una ciudad japonesa imperial.
Lloramos en su día la retirada del maestro Hayao Miyazaki (que al parecer no fue tal), pero si su legado va a estar en manos de directores tan sensibles y dotados como Isao Takahata, tendremos que volver a admitir que las penas con gran cine pesan menos.

viernes, enero 20, 2017

Algunos cómics de 2016 que deberían leer (en Plan B)

El 19 de diciembre, nuestros amigos de Plan B (Arco FM) nos invitaron a darle un repaso rápido a 2016 y a charlar de los mejores cómics del año en nuestra sección "TBO en la onda". Dicho y hecho, durante un buen rato estuvimos sacándole brillo a algunas de las páginas de las que pocos días después daríamos cuenta en nuestro listón con lo mejor de 2016. No tuvimos tiempo de hablar de todos, pero la conversación fue jugosa.
La tienen aquí, a partir del minuto 02:22 («TBO en la onda», con Rubén Varillas. Hoy: repaso a los mejores cómics de 2016).

jueves, enero 12, 2017

“Sonámbulo”, un disco homenaje a Nicolás

Un poco de promoción para una muy buena causa de raíz comiquera. Así nos ha llegado la nota promocional y éste es el texto de José Atomizador.

Discos Walden y Afeite Al Perro publican

Sonámbulo, un disco homenaje a Nicolás.

Nicolás Martínez Cerezo (Madrid, 1958) habita en un universo propio lejano y luminoso que él mismo se ha encargado de construir y que es también el mundo que habita su mítica La Gorda de las Galaxias, hito del cómic nacional publicado en la revista Zipi y Zape durante los años 1984-1988. Un universo que nace de la imaginación de otra forma de vida, de un mundo nuevo y libre (quizás el mismo que anunciaba Durruti) y de una insaciable necesidad de crear, lo que hace de él un artista puro, original, único y cristalino. Un universo en el que viven también Syd Barrett, los Beatles de la Morsa y el Señor Cometa, el Elton John más solitario, Alicia Liddell, Buster Keaton y un sinfín más de referentes culturales musicales, literarios y cinematográficos.
Sonámbulo es un homenaje, una celebración y una reivindicación de la obra y figura de este maravilloso y singular artista, creador de los tebeos infantiles más alucinantes, alucinados y alucinógenos (sólo comparable en mi opinión al Pulgarcito de Jan y al Pumby de Sanchis) que se han publicado jamás. Tebeos subversivos en su absoluta libertad y desbordada imaginación que marcaron a fuego el córtex cerebral de una generación de niñas y niños que se perdían cada semana en una explosión de formas, colores y tipografías serpenteantes y en unas historias que no entendías de reglas ni leyes, sino de bondad e inocencia.
El disco, editado por Discos Walden y Afeite Al Perro, coordinado por Atomizador y con diseño artístico del propio Nicolás, reúne canciones inéditas de un grupo de músicos (muchos también artistas gráficos) cercanos en espíritu al propio Nicolás: el pop psicodélico colorista de Aries (Vigo-Bilbao), el art-brut electrónico en ácido de Grosgoroth, el pop de cuento fantástico de Pablo Prisma, el psych-pop marginal de Atomizador, el Doo Rag'n'roll inclasificable de Los Caballos de Düsseldorf, la psicodelia existencialista de Anti S, el tropicalismo triposo de J.G.G., el prog-punk multicolor de Djalminha y el himno de Paisana “La Gorda de las Galaxias”.
Por desgracia, el universo de Nicolás también es un refugio de la trágica e injusta realidad económica que vive su creador. Por ello, todos los beneficios de este disco van destinados a ayudar a mejorar esta situación.
¡Viva el arte libre y los mundos de Nicolás!
Jose Atomizador
Puedes escuchar el disco aquí y hacer el pre-order (el disco sale el día 25 de enero) a través de Discos Walden o Afeite Al Perro:

Contactos:
Nicolás Martínez Cerezo – 914574767
manuel@discoswalden.com
afeitealperro@gmail.com
nicolasmartinezcerezo@gmail.com


CONCIERTO BENÉFICO-HOMENAJE DE PRESENTACIÓN DEL DISCO:
Viernes 3 de febrero en Sala Maravillas con:
Atomizador
Los Caballos de Düsseldorf
Pablo Prisma y las Pirámides
Grosgoroth

viernes, enero 06, 2017

Veintiún cómics de 2016 (y un estudio)

Como es tradición en esta casa, hemos escondido una lista con los mejores cómics de 2016 en nuestro roscón de  Reyes.
Este año, de nuevo, hemos tenido una excelente cosecha viñetera. Pero por encima de la calidad y cantidad de cómics y autores, nos llena de alegría que un porcentaje alto de nuestras lecturas favoritas de 2016 sean de producción local. Quizás no haya mejor indicador de la buena salud (creativa, no tanto pecuniaria) del cómic nacional que la publicación por parte de Fantagraphics de Spanish Fever; una antología de autores españoles que está teniendo repercusión y aparece en varias listas norteamericanas de los mejores cómics de 2016. Aunque la obra es, en realidad, una edición inglesa de Panorama (la recopilación que Astiberri publicó en 2013), no es casualidad que algunos de los autores recogidos en ella vuelvan a repetirse en muchas de las listas con lo mejor de este año, incluida la nuestra:
Vencedor y vencido (autoeditado), de Sento: Podríamos haber incluido a Sento entre lo mejor del año con cualquiera de las dos obras anteriores que componen esta trilogía sobre la vida del Doctor Uriel y la Guerra Civil Española vista desde dentro. Tras Un médico novato y Atrapado en Belchite, se cierra el ciclo con Vencedor y vencido, si cabe, la entrega más desesperanzada de la saga. Basados en la historia real y los diarios de Pablo Uriel, los cómics de Sento escapan de sentimentalismos, intrigas gratuitas y efectismos de acción; quizás sea por eso que se ha visto obligado a autoeditar las dos últimas entregas de la serie. Por su honestidad, por su labor de investigación y por como lo cuenta, hay que leer al señor Sento Llobell.
El ala rota (Norma Editorial), de Antonio Altarriba y Kim: El ala rota es el cómic de Antonio Altarriba, dibujado de nuevo por Kim, que completa su díptico familiar dedicado a los derrotados de la Guerra Civil Española: memoria histórica necesaria. Otra vez artistas y creadores haciendo lo que no hacen nuestras instituciones. El de Altarriba y Kim es un cómic áspero y honesto, un ejercicio confesional de restitución por partida doble: a su madre Petra, pero sobre todo, a todas esas mujeres que sobrevivieron de forma heroica al drama de la muerte de los seres queridos, la humillación y el menosprecio sistemático que recibieron por parte de una sociedad machista, embrutecida y profundamente cruel. 
Intemperie (Planeta Cómics), de Javi Rey: Tremendismo y mucha aspereza para contar la historia de un superviviente en un medio hostil. Javi Rey adapta la novela del mismo título de Jesús Carrasco y construye un relato que convierte en imágenes la tradición literaria española de postguerra: esa dureza que La familia de Pascual Duarte ejemplificó como pocas. Chico, el protagonista, es un niño que intenta escapar de su familia, de su pueblo y de su vida, y que, en su huida de animal acorralado, tras sus encuentros con individuos honestos, terminará por convertirse en un superviviente, es decir, en un hombre (que no adulto). Javi Rey reconstruye los paisajes rurales de la desolación con un sólido dibujo realista y un deslumbrante (y medido) empleo del color. Intemperie es un relato clásico, una historia dura que nos devuelve a un pasado de amos, esclavos, dominación y un control ideológico que parece lejanísimo, pero que está en realidad a la vuelta de la esquina o a unas páginas de periódico de distancia. 
Talco de vidrio (La Cúpula), de Marcelo Quintanilla: Después del éxito de Tungsteno, Marcelo Quintanilha vuelve a impresionar con un trabajo de naturaleza muy diferente: Talco de vidrio, un relato psicológico del desaliento. Celia, su protagonista, es una triunfadora eternamente insatisfecha, el prototipo del fracaso de este modelo social en el que nos hemos instalado los países capitalistas. La obra de Quintanilha es una crónica realista y convincente de la envidia, la codicia y la desesperación como motores sociales. Un cómic que quema y nos invita a repensar hacia dónde vamos y qué caminos estamos dispuestos a tomar.
Intrusos (Sapristi Ediciones), de Adrian Tomine: La última obra de Adrian Tomine recopila seis historias breves; género en el que el norteamericano se ha revelado un auténtico maestro desde que publicara sus primeras historietas en su fanzine Optic Nerve. Tomine bucea en las inconsistencias de lo real, en las miserias de cada día con una profundidad y un pulso narrativo al alcance de pocos autores contemporáneos. Intrusos es un trabajo complejo y ambicioso, una obra de madurez y, en cierto sentido, una declaración de principios por parte de uno de los nombres esenciales de la revolución de la novela gráfica.
Beverly (Fulgencio Pimentel), de Nick Drnaso: Los relatos breves sutilmente cruzados que componen Beverly parecen resultar de una mezcla curiosa entre Carver, Solondzt, Clowes y Porcellino. Una mirada aguda sobre las miserias humanas y el crudo egoísmo del ciudadano común. La línea clara clarísima de Drnaso (así, sin vocal) reproduce la falsa asepsia de las existencias inmaculadas: el American Dream convertido en la cobertura glaseada de un pastel de mierda. Debajo del trazo finísimo de este cómic y sus perfectos colores planos, detrás de sus historias de familias felices, adolescentes efervescentes y esos resorts vacacionales de ensueño en los que le pedirías la mano a tu amor eterno se esconde la existencia miserable y hueca  que santifica al común de los mortales: una planicie que se disfraza de sonrisa hipócrita y maravilla de cartón piedra en simulacros de vida como Facebook o Instagram. El brillo, los focos y la música de Barry Manilow de fondo son un invento de Hollywood. Así nos lo cuenta Nick Drnaso, con mucho pulso narrativo, momentos incómodos y dobles sentidos, en Beverly.
Chiisakobee (ECC Cómics), de Minetarô Mochizuki: Hacía tiempo que no disfrutábamos tanto de un manga. Entre otras cosas, porque los cuatro volúmenes que componen Chisakobee no se parecen a nada que hayamos leído antes. Detrás de la, sólo aparentemente trivial, trama de un joven ingeniero que hereda la empresa de construcción de sus padres después de la muerte de éstos en un incendio, se esconde uno de los cómics más osados y asombrosos en la planificación de escenas que se recuerdan. El lenguaje del cómic recurre a la alternancia de planos para dinamizar la acción; Mochizuki lo hace para describir sentimientos profundos y estados de ánimo que parecían difícilmente traducibles a un lenguaje gráfico. Parece imposible que una acumulación de primeros planos de manos, piernas y nucas pueda llegar a transmitir la carga emocional que consigue esta obra. Dejándose llevar por la estética y la forma de vida de sus personajes, muchas voces han definido el de Mochizuki como un "manga hipster". No se compliquen la vida: más allá de etiquetas, Chiisakobee es un cómic prodigioso. Y punto.
La favorita (La Cúpula), de Matthias Lehmann: No conocíamos a Lehmann en nuestro país, pero habrá que seguirle con atención después de leer La favorita. El francés recurre a un dibujo heredero de la ilustración decimonónica (no por algo es un maestro en el linograbado) para contar una historia que arranca como un homenaje a la novela gótica y concluye en un acercamiento postmoderno a cuestiones tan complejas como la identidad sexual, los derechos de la infancia o el peso de las apariencias en las sociedades conservadoras. Entre medias, secuenciaciones audaces y alguna vuelta de tuerca sorprendente que dejará al lector en un estado de plácido estupor y le regalará unas buenas horas de reflexión.
Una entre muchas (Astiberri), de Una: Una entre muchas es un cómic necesario, uno de esos trabajos que zarandean conciencias y remueven pasividades cómplices. Una, su autora, aborda sin excusas temas como el maltrato machista, la pederastia, la violación o la connivencia y el silencio social en el asesinato de mujeres. Se nos relata con crudeza el caso del Destripador de Yorkshire, cuyas atrocidades se vieron amparadas por la inacción y los prejuicios sociales. Y Una habla de sus traumas personales, como víctima de abusos y violaciones a lo largo de su vida. Una voz autorizada, un cómic sobrecogedor. 
La ternura de las piedras (Nørdica Cómics), de Marion Fayolle: La ternura de las piedras, de Marion Fayolle, es un ejercicio único de mestizaje entre el cómic y la literatura: la autora francesa dibuja y escribe su cómic como una alegoría poética y lo dota de una profundidad lírica tan íntima y sutil que el lector no puede sino sobrecogerse por lo que en él se narra. Porque La ternura de las piedras no es otra cosa que una elegía a la muerte del padre edificada en viñetas, un ejercicio de exorcismo convertido en símbolo y metáfora de la tragedia. Fayolle recurre al símbolo y la metáfora para, con su estilo delicado y evocador, construir un relato cargado de dolor, empatía y belleza. Uno de los cómics más bonitos e intimistas de este curso.
Diagnósticos (La Cúpula), de Lucas Varela y Diego Agrimbau: Diagnósticos fue concebido tras un año de estancia en la Maison de Auteurs de Angoulême por parte de sus dos autores argentinos. Seguramente no ha tenido la repercusión que hubiera merecido, pero este trabajo es la prueba fehaciente de que en cómic todavía quedan muchas cosas por hacer. Usar la enfermedad como excusa creativa es la vía que han tomado Varela y Agrimbau para construir un conjunto de historias cortas cohesionadas por la vinculación literal entre forma y contenido: seis personajes aquejados de seis trastornos mentales (agnosia, claustrofobia, sinestesia, afasia, akinetopsia y prosopagnosia) son la excusa para experimentar con la secuenciación narrativa y la manifestación gráfica de los síntomas y efectos de la enfermedad. Cada relato se desarrolla desde el interior de la mente enferma y cobra forma a partir de la disfunción de sus protagonistas. Una idea valiente que funciona en su traslación a viñetas.
El fin del mundo y antes del amanecer (Norma Editorial), de Inio Asano: Últimamente, se habla de Inio Asano en todos los foros. No nos extraña. Su actualización de algunos géneros tradicionales del manga (hentai, shojo, gekiga...) y su acercamiento, curioso, perspicaz y excéntrico, a la sociedad nipona, no deja de ganar adeptos para su causa y para el manga adulto. Pero es que, además, Asano dibuja como pocos: el hiperrealismo de sus escenarios impone y sus personajes desbordan expresividad. El fin del mundo y antes del amanecer recopila varios relatos cortos para componer un inquietante fresco urbanita de jóvenes melancólicos y desilusionados que miran con inquietud hacia un futuro sombrío, como quien observa la llegada inminente de un apocalipsis inevitable. En este contexto, Asano entreteje con maestría una urdimbre de detalles existenciales, hábitos del día a día, diálogos cargados de intenciones e indicios filosóficos y teleológicos que parecen señalar a una instancia superior. Son intuiciones y símbolos que emergen de historias cotidianas. Apuntes para una crisis, que a lo peor deberían leerse como un vaticinio agorero dedicado a nuestra forma de vida, frenética y sofisticada.
Necrópolis (Astiberri), de Marcos Prior: Necrópolis es el cómic de Marcos Prior que cierra su "trilogía de la crisis", después de Fagocitosis y Potlatch. El autor reformula la idea de cómic comprometido para hurgar en la herida de la "gran estafa global" que nos ha explotado a los ciudadanos en la cara por obra y gracia de nuestra clase política y su servidumbre ante los poderes financieros. Sus páginas proyectan hacia el absurdo postmoderno la inercia de los acontecimientos contemporáneos, para dibujar un cuadro social presidido por la violencia, la corrupción, la miseria, la estupidez y la insolidaridad generalizada.
Todos los hijos de puta del mundo (Astiberri), de Alberto González Vázquez: La fina mala hostia de Alberto González Vázquez es tan fina y está tan repartida que estamos todos invitados en la dispensa. Que le llamen a uno gilipollas a la cara, debe de ser muy jodido, pero es tremendamente gracioso para quien observa desde otro lado de la viñeta. Todos los hijos de puta del mundo, la recopilación de las páginas que González Vázquez ha ido publicando en El Mundo Today y Orgullo y Satisfacción a lo largo de estos años, es un cómic que busca soltar lastre a base de escupitajos e inteligencia: un tebeo dedicado a todos esos que siguen pensando que España va bien, mientras aplauden con las orejas y disculpan resignados a fulanos trajeados con tarjetas black. González Vázquez ha publicado un cómic hilarante como una patada en los huevos. No puede uno dejar de reírse, oigan. 
Paciencia (Fulgencio Pimentel), de Daniel Clowes: Hablar de Clowes es hacerlo de uno de los grandes renovadores del lenguaje comicográfico, de una de las figuras emblemáticas en lo que ha sido el asentamiento de la novela gráfica y su despegue como medio artístico de prestigio. Todas las obras del estadounidense son reconocibles y valientes; en casi todas ellas encontramos algún hallazgo narrativo o méritos estilísticos que las convierten en obras de referencia. Paciencia tampoco decepciona. Enmarcada dentro del territorio de la ciencia ficción, el nuevo cómic de Clowes desafía las convenciones y desborda las expectativas que se van planteando en cada una de sus páginas. 
Los dientes de la eternidad (Norma Editorial), de Jorge García y Gustavo Rico: El cómic de Jorge García y Gustavo Rico resuena como un viejo cantar moldeado por gestas milenarias y dioses inmortales. Con su narración densa y épica del ocaso de los dioses, del triunfo efímero y amargo del hombre sobre la gloria legendaria de Asgard, García confirma que es uno de los grandes guionistas de nuestro país; un autor capaz de construir historias que parecen surgir de la memoria de los pueblos. La reconstrucción de esta mirada mítica habitada por dioses escandinavos y guerreros de hielo moldea sus dimensiones heroicas definitivas gracias a la enérgica imaginería de un Gustavo Rico en estado de gracia: no exageramos si afirmamos que, en muchos momentos, el torbellino expresionista de su dibujo nos devuelve la imagen exuberante de maestros como Alberto Breccia y Miguel Calatayud... ¿Hace falta decir más? 
Golem (Roca Libros), de Lorenzo Ceccotti: El de Ceccotti es un cómic que bebe del manga clásico para  crear un sorprendente universo de ciencia ficción: una propuesta brillante y vertiginosa que nos presenta a un dibujante sobresaliente y a un creador de mundos ficcionales diferente y complejo. El manga del italiano Lorenzo Ceccotti es un ejercicio de frenesí visual que fagocita muchos rasgos icónicos de la ciencia ficción clásica y del cibermanga de autores como Otomo o Shirow: su gestualidad y ruido cinético, la profusión tecnológica o la combinación entre los pasajes contemplativos y las escenas de violencia vertiginosa son características que Golem recupera, actualiza y trasnsforma en un tebeo que se lee sin dejar de sudar.
Enter the Kann (Autsider Comics), de Víctor Puchalski: Si le hacía falta un Tarantino al cómic, alguien que recuperara los viejos géneros de la serie B y el pulp para revestirlos de colorido barniz kitsch y efervescente violencia gratuita, si hacía falta, decíamos, Víctor Puchalski acaba de proponer su candidatura en firme con Enter the Kann. Ya desde esa alucinante portada holográfica que le golpea (literalmente) al lector en la cara en tres fases, el cómic de Puchalski destila incorrección política, violencia underground en tonos psicodélicos y un homenaje a la cultura pop desde su primera página: a los videojuegos de arcade, al cine de artes marciales de Bruce Lee, a la línea chunga española iluminada por el espíritu de Clay Wilson y Gary Panter... Enter the Kann es lowbrow en estado puro que en sus escenas más violentas y alucinadas roza la abstracción. Enter the Kann es un espectáculo visual fabuloso, un tebeo mestizo, irreverente, asalvajado y además muy divertido... 
Safari Honeymoon (DeHaviland Ediciones), de Jesse Jacobs: El sólo hecho de recorrer las viñetas mutantes de Jesse Jacobs y pasear por los paisajes metamórficos, abigarrados y exuberantes de sus cómics resulta en sí un festín visual. El neoyorquino ha conseguido convertir su estilo gráfico en un lenguaje: Safari Honeymoon es un valioso muestrario de su caligrafía. La historia de los dos recién casados que organizan, para su luna de miel, una expedición a las selvas de un peligroso y fecundo planeta es sólo la excusa argumental que emplea Jacobs para desplegar su catálogo de criaturas multiformes y la alucinante flora imposible que habita sus páginas. Con su amable estilo underground y una combinación preciosista de tonos verde, Safari Honeymoon es una delicia para amantes de la ciencia ficción y la rareza freak, pero, sobre todo, es un tebeíto que se lee con el deleíte hipnótico de quien emprende un viaje excitante al planeta soñado. 
La visión (Panini Cómics), de Tom King, Gabriel Hernandez Walta, Jordie Bellaire: El cómic de superhéroes más citado, aclamado y premiado del año. La idea no es nueva: adentrémonos en la cotidianidad del superhéroe, intentemos capturar la normalidad de lo extraordinario (como hicieron, por ejemplo, Aja y Fraction con Ojo de Halcón de forma deslumbrante). En La visión, sin embargo, el ejercicio especulatorio se enriquece con unas buenas dosis de crueldad, humor negro y, sobre todo, gracias a la propia naturaleza sintética de sus protagonistas. ¿Cómo se cuenta la humanidad de algo que no es humano? Debido a estos factores, el cómic de King, Walta y Bellaire invita a reflexiones propias del género superheroico, como la hostilidad social, la identidad o la inadaptación, pero planteadas desde una óptica muy diferente y novedosa. Una lectura refrescante.
Noche Oscura: Una historia verídica de Batman (ECC), de Paul Dini y Eduardo Risso: Uno de los mejores cómics de superhéroes de 2016 no es un cómic de superhéroes, sino el ejercicio de catarsis biográfica de un guionista que adquirió su fama gracias a ellos. Paul Dini fue uno de los responsables (junto a tipos como Bruce Timm, Joe Chiodo, Michael Avon Oeming, etc.) del exitoso giro cartoon que los personajes de DC vivieron a comienzos de este siglo. Cuando su carrera como guionista de animación parecía lanzada, dos atracadores le dieron una brutal paliza a Dini que lo dejó a las puertas de algo peor... Batman, una historia verdadera cuenta esa experiencia traumática. Azzarello (100 Balas) recurre a su talento gráfico para dar forma a un relato en el que se mezclan los hechos reales, el recuerdo, la narración en primera persona del propio Paul Dini, convertido en personaje, y las historias cruzadas de los personajes de ficción que han ayudado a Dini a ser quien es. El cómic autorreferencial de un exorcismo en toda regla (Batman mediante).
Y si se quedan con ganas de leer más, este año ACDCómic (la Asociación de Críticos de Cómics) ha publicado el esperado Cómic Digital Hoy: 33 capítulos que recorren el panorama contemporáneo del cómic digital internacional a base de estudios (entre ellos este nuestro) y análisis llenos de interés. Una de las buenas publicaciones de este 2016; y encima de balde.
http://www.acdcomic.es/comicdigitalhoy/