miércoles, septiembre 21, 2016

Una entre muchas, de Una. Voces silenciadas

Hay libros que le revuelven a uno por dentro. Se nos agarran de las tripas y nos tienen varios días retorciéndonos de estupor y vergüenza por ser tan complacientes en nuestra forma de mirar al Otro. Una entre muchas, de Una, entra dentro de esa categoría. Como lo hizo en su día Luchadoras, de Peggy Adam.
Tenemos la sensación de que este cómic atípico nunca se hubiera publicado hace 10 ó 20 años. En esta era de la comunicación global y de la exhibición obscena de la privacidad, hay temas que aún escuecen y se silencian. Hace sólo unos pocos lustros esos mismos silencios apestaban, además, a complicidad.
La batalla contra la violencia machista apenas se ha empezado a librar: la conciencia popular sobre el tema está, por vez primera, asomando por encima de abusos enquistados y convenciones perversas. De otros asuntos turbios, no tenemos apenas noticias. ¿Por qué nadie parece hablar de los niños desaparecidos cada día en tantas partes del mundo? ¿Por  qué cada vez que se desarticula una red de pederastia, la investigación parece embarrancarse en la orilla y nunca se llega a las instancias superiores? Volvemos a Luchadoras de Peggy Adam, por ejemplo, y nos preguntamos si sus  estremecedoras asunciones acerca de los secuestros y asesinatos de mujeres en Ciudad Juárez, con la connivencia de ciertas clases dirigentes mexicanas (asunciones confirmadas por multitud de otras fuente), no deberían resonar una y otra vez con estruendo en noticieros, reportajes y programas de investigación. Es imposible no preguntarse a quién interesan tantos silencios.
Una entre muchas aporta luz sobre uno de esos casos de infamia colectiva: el del Destripador de Yorkshire, que entre 1972 y 1981 asesinó a trece mujeres e intentó matar a otras siete sin conseguirlo. La autora desafía la incredulidad del lector en un desglose continuado de despropósitos: la negligencia policial reforzada por patrones misóginos, las manipulaciones sensacionalistas de los medios de comunicación ingleses y la connivencia machista de una sociedad que tenía muy claras sus conservadoras prioridades morales como para que la realidad viniera a cuestionárselas.
Hablamos de la misma sociedad enferma, no lo olvidemos, que durante décadas se dedicó a aplaudir las ocurrencias y el desparpajo televisivo de un pederasta y violador en serie, sin que nadie se atreviera a denunciar lo obvio, por miedo a que la burbuja dorada del éxito catódico explotara y salpicara a unos u otros. El Destripador de Yorkshire también estuvo en el foco de atención policial en multitud de ocasiones, sin que llegaran a detenerle: los investigadores lo interrogaron numerosas veces, había descripciones detalladas de su modus operandi por parte de víctimas que habían sobrevivido a sus ataques, existía incluso un preciso retrato-robot del autor y, sin embargo, su detención costó más de veinte asesinatos en diez años. ¿Por qué? Porque los testimonios y las declaraciones fueron realizados por mujeres, a quienes ni se prestó atención ni se otorgó la credibilidad necesaria. Eran tiempos en los que a un asesino de mujeres se le dedicaban cantos guerreros en un campo de fútbol, mientras que a sus víctimas se las “maquillaba” de prostitutas para que el asunto diera menos miedo y éstas se parecieran lo menos posible a la novia o la hermana de uno. Así de clarito habla este cómic.
Sólo con estos ingredientes la historia ya resultaría desarmante, pero si añadimos que la narración está expuesta desde el punto de vista traumático de una mujer víctima de abusos infantiles y varias violaciones, la lectura de Una entre muchas se convierte poco menos que en necesaria. Aunque fuera tan sólo porque da voz a quienes durante siglos han estado silenciados, porque busca rescatar a las víctimas de la vergüenza, del oprobio y de ese injusto sentimiento de culpa hacia el que les empuja una sociedad cómplice y cobarde instalada en un perenne escenario de perfección televisiva y corrección política, sólo por ello, insistimos, ya habría que leer y recomendar este cómic. Su autora se erige en voz autorizada del dolor sofocado y, al mismo tiempo, se diluye en el título de la obra entre tantas otras que nunca se han atrevido a hablar o han sido acalladas, como lo fue ella durante tanto tiempo:
En 2010, una niña de Rochdale dijo que algunas personas contactaron con servicios sociales acerca de su situación -su escuela, sus padres-, pero a sus padres les dijeron que era una prostituta y que como tenía casi 16 años, no se podía hacer nada.
Su situación -sufría abusos y era explotada por grupos de hombres mucho mayores- fue descrita por las autoridades que podrían haberla protegido como "una elección de estilo vida". 
Nos referíamos el otro día a la expresión del dolor subjetivo a través de viñetas simbólicas, a propósito de La ternura de las piedras, de Marion Fayolle. Destacábamos que pocas veces habíamos contemplado un trasvase poético hacia el lenguaje comicográfico de esa naturaleza y con tanta variedad de recursos figurativos. Una entre muchas también recurre al simbolismo gráfico para trasladar su mensaje, pero sus intenciones y estilo son totalmente diferentes. Donde el cómic de Fayolle empleaba una metáfora lírica con intención catártica, el de Una se inclina por la asociación (a veces casi surrealista) de imágenes simbólicas profundamente subjetivas y tan oscuras como pueda serlo la plasmación visual del subconsciente. El estilo elegido por este cómic es deliberadamente simple, no así la organización de sus materiales: su dibujo responde a un minimalismo esquemático (cercano a la ilustración) apoyado por un selectivo uso simbólico del color (el rojo sangre, esencialmente); la secuenciación, muy libre, juega con las combinaciones espaciales de texto e imagen y recurre en algunos momentos a las soluciones del libro ilustrado y el collage (en sus páginas se mezclan noticias, cartas, anuncios, fotografías...); así mismo, Una entre muchas abunda en la repetición de motivos icónicos que terminan funcionando como leit motifs y argamasa para el relato central.
Y pese a ello, pese a ese cripticismo y la subjetividad de alguna de sus imágenes y textos, cualquier lector puede navegar entre los símbolos, las metáforas visuales y la narración fragmentada de un relato cuyas páginas nos estallan en la cara llenándonos de vergüenza y pudor culpable por no haber sabido mirar antes en algunas direcciones; o por decidir que ciertas ambivalencias le hacen a uno la vida más fácil.

jueves, septiembre 15, 2016

Las distopías bárbaras de Ignacio García Sánchez

Entre junio y agosto de este año, hemos podido ver la exposición  “The Barbarians Among Us”, de Ignacio García Sánchez, en la galería santanderina Espacio Alexandra.
La obra del madrileño está recorrida por una serie de motivos temáticos que conforman una visión postapocalíptica desesperanzada: paisajes con ruinas, fallidas proyecciones arquitectónicas futuristas, el tiempo de la revolución, el fracaso de las élites tecnológicas y financieras, etc... Son elementos que encontramos a lo largo de una producción tan ecléctica, que da cabida a dibujos tradicionales, construcciones figurativas sobre fondos abstractos, pósters, modelos urbanísticos, maquetas habitacionales, falsos murales, relatos ilustrados, esculturas e incluso viñetas y cómics.
A partir de sus sociedades distópicas y la mitología de armadas totalitarias, mendigos, rebeldes, bárbaros y cyborgs que las habitan, García Sánchez desarrolla una elaborada narrativa alimentada por cada una de las obras artísticas que se insertan en su producción para conformar la idea global de una ficción: la del fracaso y declive del capitalismo como modelo de construcción social. Las piezas futuristas del artista funcionan así como un pastiche contemporáneo de temas y etapas de la ciencia ficción convertidos ya en lugares comunes de la cultura popular: la catástrofe ecológica, la irrupción del totalitarismo y el control del pensamiento, la sublevación de la máquina, el paraíso adánico aislado de la civilización, la regresión a estados de precivilización, el nacimiento de la resistencia, etc.

En esta mirada hacia el pasado (artístico e histórico) para construir un futuro decadente, la estética de García Sánchez se alimenta de la escenografía futurista, convertida ya en icono, de maestros del cómic y la ilustración como Moebius, Jean-Claude Mézières o Juan Jiménez; aunque el fino trazo de su dibujo nos recuerda a otro joven autor familiarizado con los paisajes de la desolación, de quien estamos hablando mucho últimamente, Anders Nilsen.
En "The Barbarians Among Us", la obra expuesta en Espacio Alexandra, el artista retoma casi todos los elementos aquí señalados para insinuar, a partir de viñetas o estampas aisladas, la historia de una revuelta contra una élite dirigente, tecnológica y aséptica. Los "bárbaros" constituyen el ejército de desposeídos que asalta palacios y cúpulas de cristal en busca de su propia supervivencia. Los dibujos de García Sánchez utilizan como soporte papeles con los bordes quemados para ahondar en la idea de civilización arrasada y obligar al espectador a aferrarse a los restos de una realidad a la que un día incluso él pudo o podrá pertenecer.
Detrás de la catástrofe, no obstante, en la obra de Ignacio García Sánchez encontramos un resquicio para la esperanza, un lugar (¿la reflexión inteligente?) desde el que quizás será posible reconstruir la historia para construir un futuro habitable.

miércoles, septiembre 07, 2016

Esenciales ACDC 2016 (primer semestre)

Algunos hábitos convierten la rutina en motivación efervescente. Como lleva sucediendo en las últimas temporadas, la ACDCómic (Asociación de Críticos de Cómic) ha publicado los esenciales de la primera mitad de 2016. Siempre es un placer participar en la votación, pero aún lo es más revisar la lista para poder completar lecturas a partir de las recomendaciones de nuestros instruidos colegas. Ésta es la lista:
ESENCIALES ENERO-JULIO 2016

  • 13 Rue del Percebe edición integral, de Francisco Ibáñez (Ediciones B)
  • Chiisakobee, de Minetarô Mochizuki (ECC)
  • Crisálida, de Carlos Giménez (Reservoir Books)
  • Cuadernos japoneses, de Igort (Salamandra) 
  • El ala rota, de Antonio Altarriba Kim (Norma)
  • El día de julio, de Beto Hernandez (La Cúpula) 
  • El tríptico de los encantados, de Max (Museo del Prado) 
  • I.D., de  Emma Ríos (Astiberri) 
  • Intrusosde Adrian Tomine (Sapristi) 
  • La favorita, de Matthias Lehmann (La Cúpula) 
  • La luna al revés, de Blutch (Norma Editorial) 
  • La Visión, de Tom King, Gabriel Hernández Walta y Jordie Bellaire (Panini Cómics)
  • Las nuevas aventuras de Emilia y Mauricio, de Manuel Fontdevila (DeBolsillo) 
  • Los dientes la eternidad, de Jorge García y Gustavo Rico (Norma) 
  • María lloró sobre los pies de Jesús, de Chester Brown (La Cúpula) 
  • Paciencia, de Daniel Clowes (Fulgencio Pimentel) 
  • Paper girls, de Brian K. Vaughan Cliff Chiang y Matt Wilson Prior (Planeta) 
  • Perramus, de Juan Satsturian y Alberto Breccia (001 Ediciones) 
  • Presas fáciles, de Miguelanxo Prado (Norma Editorial)
  • Que no, que no me muero, de María Hernández Martí y Javi de Castro (Modernito Books)
  • Relatos de Sabu e Ichi, de Shotaro Ishinomori (Planeta)
  • Sirio, de Martín López Lam (Fulgencio Pimentel)
  • Todos los hijos de puta del mundo, de Alberto González Vázquez (¡Caramba!)
  • ¡Universo!, de Albert Monteys (Panel Syndicate)
  • Vencedor y vencido, de Sento (Autoedición)
Lo de siempre, no pierdan de vista a la ACDC.

viernes, septiembre 02, 2016

Manifiesto incierto, de Frédéric Pajak, en Culturamas

http://www.culturamas.es/blog/2016/08/29/manifiesto-incierto-de-frederik-pajak-ensayo-de-una-vida-dibujada/
Abrimos nuestra reseña sobre el manifiesto de Frédéric Pajak con una cita también incierta, por lo que tiene de paradójico viniendo de quien viene:
Resulta curioso que las palabras parezcan una necesidad, un consuelo, al mismo tiempo que encarnan una equivocación, un desliz, una fuente de incomprensión. Me dejan perplejo y consternado la desenvoltura oratoria, esas bocas llenas de sí mismas, esas voces que lucen, que proclaman alto y claro su permanencia a la “realidad” -quiero decir a la autoridad-. Naturalmente, ante ese vasto ruido demasiado bien ordenado se abren abismos, y no me creo ni una palabra. Creo en el balbuceo, en la palabra hecha añicos entre sus zarzas y su maleza. Creo en una verdad total y absoluta, y perfectamente inefable.
Se queja Pajak de la oratoria, pero él escribe, con palabras, como un torrente que fluye vertiginoso y cristalino, y con imágenes, en un claroscuro expresionista que dibuja la vida de poesía. Hablamos de su libro, de Walter Benjamin, de Samuel Beckett y de muchas otras cosas en: "Manifiesto incierto, de Frédéric Pajak. Ensayo de una vida dibujada".

jueves, agosto 25, 2016

La ternura de las piedras, de Marion Fayolle. Viñetas alegóricas

Entre los rasgos principales de eso que hemos dado en llamar Postmodernidad deberíamos sitúar la eliminación de fronteras y el rechazo a las categorías estancas por lo que respecta a formatos, géneros e incluso disciplinas artísticas; en estos nuevos tiempos, toda manifestación cultural es susceptible de mestizaje o trasvase discursivo.
No es algo nuevo, en realidad. En las vanguardias históricas encontramos un sinfín de ejemplos basados en el apropiacionismo y la hibridación: la poesía caligramática futurista, los cadáveres exquisitos del surrealismo, el arte encontrado dadaísta... Dentro de la idea de ruptura con el arte oficial, la experimentación interdisplinar cumplía una labor importante, y el desafío a las convenciones parecía el signo de los tiempos; así lo ejemplifican la prosa poética de Gabriel Miró, las greguerías de Gómez de la Serna, los acercamientos de Dalí al cine o, algo más tarde, los poemas objeto de Joan Brossa.
La llegada del arte pop difumina las fronteras aún más, empezando por la ruptura del eje fundamental entre alta y baja cultura. El cómic, que durante muchas décadas había sido circunscrito a la segunda categoría, se ve por primera vez libre de ataduras para experimentar con temas, formatos y estéticas en los que nunca antes se había adentrado. De aquellos tiempos, estos logros (novela gráfica mediante).
Hemos tirado de introducción generosa para presentar un cómic que es en sí mismo de difícil clasificación. A decir verdad, pocas veces hemos visto trabajos parecidos. La ternura de las piedras, de Marion Fayolle, es un cómic, pero podría situarse en algún territorio indefinible entre la poesía libre, la prosa poética o la ilustración lírica.
Es cierto que hay muchos cómics cargados de un profundo espíritu lírico: cómo no pensar en Edmond Baudoin y obras suyas como El viaje; o en Cinco mil kilómetros por segundo de Manuele Fior y en los trabajos de Bastien Vives, por referir ejemplos más cercanos. Haciendo memoría, tendríamos que mencionar también al gran Javier Olivares y sus Cuentos de la estrella legumbre como ejemplo puro de cómic poético (si en verdad se puede afirmar tal cosa). Sin embargo, insistimos, hasta ahora no habíamos leído un cómic que, en sus  intenciones y estética visual, trasladara con tanto acierto las herramientas del discurso poético a ese territorio doblemente articulado por la imagen secuenciada y la palabra que llamamos cómic.
Y es que, si fuéramos rigurosos en el análisis de La ternura de las piedras, tendríamos que concluir que la obra de Fayolle es toda una alegoría y que su historia se construye por medio de la acumulación de tropos y figuras retóricas: en particular metáforas y metonimias; pero también repeticiones, paradojas, elipsis y sobreentendidos.
La ternura de las piedras es una elegía atípica, un peculiar ejercicio de duelo por parte de su autora: son las viñetas a la muerte de su padre. Confiesa Fayolle que comenzó el libro con el principio de la enfermedad de su padre: un cómic que arranca como terapia y concluye como epitafio. Entre medias, se esboza la convivencia familiar con la enfermedad, trágica como una losa, y los recuerdos sobre el padre que fue; sin ahorrar reproches, sin dulcificar los desafectos a costa de la enfermedad. No es fácil hablar del dolor, librarse de él y exorcizarlo a través del arte o la literatura (sobre todo sin caer en el sentimentalismo o en lugares comunes). Esta joven artista opta por dibujar su pena dotándola de carga simbólica, convirtiendo sus recuerdos y vivencias en metáfora y símbolo mismo; lo hace despojando sus sentimientos de sentido y sustituyendo ese significado que desaparece por otra cosa: por una imagen, por una idea, por un objeto... La definición misma de "tropo".
La concreción visual de ideas tan líricas podría resultar banal, obvia, forzada, pero no es el caso de La ternura de las piedras. Cuando leemos sus páginas (algunas secuenciadas en viñetas, otras sobre una estructura de dibujo-trayecto o formadas por una única página-viñeta convertida en metáfora), traspasamos con facilidad la frialdad de la nueva imagen simbólica para penetrar en el sentimiento vivo que se encierra en su interior.
Para sus fines, recurre Fayolle a un dibujo delicado y a una línea tan fina, tan leve y quebradiza, que parece que sus imágenes se sostienen sólo en el precario equilibrio de la memoria efímera. Su dibujo nos recuerda al de Anders Nilsen, otro orfebre del cómic. Todo es sutil en estas páginas: el profuso rayado que nunca es intrusivo, el uso sensible del color e incluso la propia caligrafía de Fayole. Esta última, diminuta e igualmente delicada, resulta tan íntima como las ideas que expresa: el relato de la decadencia paterna huye de vaguedades, de generalidades o de pensamientos colectivos, nos conduce en la única dirección de un yo autoral que parece hablar de sí mismo y para sí mismo. Fayolle quiere que sepamos que su historia es suya, que su dolor es suyo: no sabemos si nos cuenta su historia para compartirlo con nosotros, sus lectores, o simplemente porque es la mejor manera que ha hallado para librarse de él. 
Se dibuja junto a su hermano trepando por la silueta negra de su padre y nos confiesa con falsa ingenuidad: "Papá fue muy amable al pensar en una treta para que pudiéramos irnos discretamente. Pero, ahora que se había vuelto una persona frágil, me apetecía cuidarlo y preferí retrasar el momento de volar". En otro momento del libro, cuando la salud de su padre se deshace a raíz de su cáncer, Fayole se imagina a su madre protegiéndolo en una urna de cristal: "Mi papá era muy frágil", dice. El lenguaje simple, casi infantil, y la metáfora trasparente trabajan en una misma dirección: la de personalizar la narración y convertirla en una experiencia única de la memoria. Una experiencia tan singular como pueda serlo la lectura de este cómic conmovedor e inclasificable.
 

miércoles, agosto 10, 2016

Las grandes mujeres de Ana Villamuza

Nos gusta hablar de amigos en el blog, sobre todo cuando atesoran tanto talento como Ana Villamuza. Dibujante muy técnica, la palentina está realizando una serie de dibujos a lápiz dedicados a mujeres silenciadas o no suficientemente reivindicadas en la historia del arte y el pensamiento. Entre ellos, encontramos nombres conocidos como Marjan Satrapi o Mona Hatoum, junto a otros mucho menos visible, como Sophie Calle o Hannah Höch....
Nunca es tarde para el feminismo necesario y para el conocimiento de la historia no oficial. "Mujeres" es una buena oportunidad para descubrir nombres de mujeres creativas y ponerles rostro. El de Ana Villamuza es uno de los que deberíamos añadir a la lista.
Marjan Satrapi
Sophie Calle
Hannah Höch
Mona Hatoum
Sophie Taueberg
Carrie Mae Weems

miércoles, agosto 03, 2016

Desvelarte, grafitis cantabros

Hemos regresado a Santander, como muchos otros veranos, y hemos dedicado una parte de nuestro ocio a ver, rastrear y disfrutar de exposiciones.
Una de la que más nos ha gustado no se busca, se encuentra; y es tan constante como perecedera, tan efímera como memorable. Desde hace un tiempo, Santander se ha llenado de arte urbano, de muralismo y de grafitis. No hace tanto, un amigo (de quien hablaremos en breve en esta bitácora) y artista en rumbo al estrellato nos contaba al respecto una anécdota muy significativa: en la puerta tapiada de una casita venida abajo, toda ruina ella, dibujó una de sus siluetas negras, paradójica y poética. Al día siguiente, los servicios de limpieza de Santander habían limpiado su metáfora visual con agua a presión, pero habían dejado las vacuas pintadas de alrededor, las firmas engreídas sin más personalidad que el rayón escupido.
Las cosas han cambiado mucho desde entonces, parece. Ahora las autoridades alientan y apoyan el arte urbano, que ha dejado de ser ofensa para convertirse en vanguardia digerida por el mainstream. Ahora se promociona a quienes antes se silenciaba o ignoraba, y se persiguen iniciativas como las que promueven los chicos de ACAI (Asociación Cultural de Artistas Independientes), que han organizado el Desvelarte de este curso. Gracias a ellos, en Santander podemos ahora disfrutar de obras de artistas reconocidos a nivel nacional e internacional, gente como Judas Arrieta, Boamistura, José Luis Serzo, Okuda, Dulk, y tantos otros.

viernes, julio 29, 2016

Intrusos, de Adrian Tomine. Madurez generacional (en ABC Color)

En nuestro último artículo para el suplemento cultural de ABC Color, de Paraguay, hemos hablado de Intrusos, la última obra de Adrian Tomine. Se trata de un libro formado por seis historias breves; género en el que el norteamericano se ha revelado un verdadero maestro desde que publicara sus primeras historietas en su fanzine Optic Nerve. Intrusos es un trabajo complejo y ambicioso; un paso adelante en la capacidad narrativa de su autor y, en cierto sentido, una declaración de principios por parte de uno de los nombres esenciales de la revolución de la novela gráfica. De todo ello hablamos en "Madurez generacional". Acompaña a nuestro texto un afinado perfil biográfico a cargo de Juliá Sorel: "Adrian Tomine, Cazador de rutinas".
Se escucha y se lee mucho últimamente que Intrusos (Killing and Dying, en inglés) es el trabajo más maduro de Adrian Tomine. Analicemos qué hay de cierto en ello, y que hay de nuevo en ésta, su última colección de relatos breves.
Tomine pasa por ser uno de los grandes autores contemporáneos de la narración comicográfica. Las revistas y publicaciones más prestigiosas del mundo se pelean por sus dibujos e ilustraciones y prácticamente todos sus cómics se reciben con elogios unánimes de crítica y público. Lo curioso es que la cosa es así desde que el canadiense tenía 16 años y comenzó a autoeditarse su fanzine Optic Nerve en los 90 y a vender sus entregas por correspondencia antes de que Drawn & Quarterly (nada menos) se fijaran en él. Un talento precoz, un narrador superdotado.
Pero, ¿qué queda en Intrusos de aquel joven creador cuyas historias cortas todo el mundo comparaba con las de Raymond Carver? Sobre todo, precisamente, su gusto por la brevedad, por la condensación de la historia. Uno de los rasgos que más nos gustaban del Tomine de los Optic Nerve, perfeccionado en Sonámbulo y otras historias o Rubia de verano (dos de las recopilaciones de sus historias cortas publicadas en España), era esa capacidad de capturar el instante representativo: ese ojo clínico y quirúrgico que condensaba la vida o la psicología de un personaje en solo unos minutos, días o meses de su existencia. Sus historias parecían en el fondo fragmentos de narración, relatos in media res, que carecían de un principio o un final. Todavía hay mucho de ello en Intrusos, aunque la temporalidad de las historias de Tomine se haya vuelto, en general, más compleja y menos lineal: el relato que da nombre a la edición española, por ejemplo, apenas abarca unos días en la vida de su protagonista, un hombre de quien ni siquiera sabemos el nombre y que parece vivir una de esas etapas vitales de crisis y comportamientos erráticos que invitan más al olvido que a la creación de una historia a su alrededor. De otra situación de crisis personal arranca «Vamos, Búhos», de cronología igualmente breve (unas semanas, de nuevo), construida por pequeños saltos temporales irregulares. Es la historia del encuentro de dos personajes de edades diferentes que no tienen en común más que el estar perdidos y el carecer de una perspectiva futura de redención. Historias breves e instantes escogidos para la reconstrucción de vidas complejas: el Tomine de siempre, si cabe aún más hábil, imaginativo y complejo en la construcción de sus tramas (lo demuestra, por ejemplo, su fabuloso uso de la elipsis en «Triunfo y tragedia»).
De sus orígenes, el autor conserva también su enorme capacidad como dibujante realista, que no ha hecho sino mejorar con el tiempo (como ya dejó claro su excelente primera novela gráfica Shortcomings). Ha desaparecido cierta uniformidad que imprimía a las fisonomías femeninas y a sus personajes más jóvenes, en general. Tomine se ha consolidado como un dibujante sobresaliente: un autor con una línea clara y limpia que consigue capturar la realidad con un nivel de detalle y una apariencia de facilidad que no debe engañarnos respecto a su capacidad gráfica. Además, el Tomine de Intrusos es un dibujante mucho más ecléctico: juega constantemente con diferentes registros estilísticos y experimenta con recursos audaces en los usos cromáticos, como la alternancia entre el color y el blanco y negro en «Una breve historia del arte conocido como “hortiescultura”»; el falso empleo del bitono en «Vamos, Búhos»; el finísimo trazo gris vectorial en «Triunfo y tragedia», en vez de su habitual línea firme; o el gris monocromo en «Intrusos». En cada historia del libro, recurre a un estilo y una técnica de dibujo diferente, demostrando que es un creador en constante búsqueda. Así, mientras su estilo en «Amber Sweet» se parece mucho al de la línea clara y los colores planos que le hicieron célebre, el trazo suelto y modulado de «Intrusos», junto al empleo de la mancha y el sombreado expresionista, nos recuerda mucho más a autores como David Mazzucchelli o, si nos retrotraemos más en el tiempo, a los juegos de iluminación de un maestro como Milton Canniff.
Y es ahí donde tenemos que buscar la madurez del nuevo Adrian Tomine: en su conciencia generacional o, mejor aún, en su aceptación de pertenencia a un grupo privilegiado de autores que desde los 90 están provocando uno de los cambios culturales más excepcionales que ha vivido un discurso artístico en las últimas décadas: la madurez del cómic, que ha sucedido a la consolidación de la novela gráfica como formato. Tomine se sabe uno de los elegidos y, con sus pares, comparte el momento y avanza en una experimentación formal y conceptual intrínsecamente unida, en realidad, a la recuperación del pasado.
Quizás no haya mejor manera de entender Intrusos que por la lista de agradecimientos que el autor publica en las páginas finales. Entre sus nombres, adivinamos a algunos de los nuevos narradores de la literatura estadounidense, como Zadie Smith; encontramos a Chris Oliveros, el mago-visionario que en 1990 fundó Drawn & Quarterly, la casa editorial que tanto ha hecho por la consolidación del cómic moderno; aparece también otra visionaria, Françoise Mouly, que con su marido Art Spiegelman decidió a inicios de los 80 que el cómic podía ser un vehículo de alta cultura, un medio de creación adulta, y fundó la revista Raw.
Pero, sobre todo, en esa lista aparecen nombres como Chris Ware, Daniel Clowes o Seth..., los coetáneos de Adrian Tomine, los miembros de su «hermandad» artística: los que, como él, estaban llamados a cambiar el futuro del cómic cuando empezaron a participar en proyectos como Raw o cuando en el arranque de los 90 comenzaron a publicar y autoeditar revistas y fanzines cuyos nombres están cargados hoy de misticismo fundacional: Eightball, ACME Novelty Library, Palookaville u... Optic Nerve. 
Todos ellos se propusieron revitalizar el cómic, ampliar sus fronteras, desde una mirada constructiva al pasado, no solo del cómic, sino también de la ilustración o la tipografía. Construir un nuevo edificio a partir de la obra de genios como Winsor McCay, George Herriman, Frank King o Will Eisner, a los que las historias del arte y de la narración nunca habían puesto en el pedestal que se merecían. Sin ir más lejos, encontramos la influencia de Frank King en «Una breve historia del arte conocido como “hortiescultura”», con su alternancia entre episodios a media página en blanco y negro y otros a página completa en color, claro recuerdo de la transición de las antiguas tiras periodísticas diarias (dailies) a las grandes planchas dominicales a color (sundays). Habíamos visto ejercicios parecidos en la obra de Daniel Clowes (Ice Haven) o Seth (George Sprott). Igualmente, es imposible leer el relato «Traducido del japonés» y no recordar la obra de Chris Ware (y, de rebote, la de Winsor McCay), con esas preciosas postales de espacios apenas habitados, tan frías, detallistas y perfeccionistas que crean una geografía narrativa casi fotográfica (apoyada además por la visión subjetiva que construye el relato).
Es cierto, Intrusos es seguramente el trabajo más maduro y complejo de Tomine hasta la fecha, pero, sobre todo, es un ladrillo más de los muchos que él y sus «amigos» están colocando en la creación del edificio del cómic: el mismo espacio que habrá de cobijar el futuro del medio.