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lunes, enero 06, 2020

Algunos cómics de 2019 que deberíais leer

Como todos los años, queremos celebrar nuestros Reyes Magos particulares recordando los cómics que más hemos disfrutado a lo largo de este curso que recién despedimos. 2019 ha sido un gran año en asuntos viñeteros. La siguiente lista muestra una selección de cómics en la que géneros, nacionalidades y estilos se alternan sin más orden ni jerarquía que nuestro gusto personal; tan discutible como cualquier otro, ya saben: 

Angola Janga (Flow Press), de Marcelo D'Salete El cómic multipremiado del brasileño D’Salete desglosa los episodios de una historia perdida en los pliegues mismos de la Historia, uno de esos episodios oscuros (u oscurecidos) por la inercia de las derrotas: la rebelión que en el siglo XVI protagonizaron los esclavos huidos de las plantaciones de caña de azúcar contra el Reino de Portugal en el Brasil colonial. Los esclavos fundaron en la selva amazónica el reino de Angola Janga (en homenaje a su tierra de origen) y desde allí lucharon, hasta la derrota final, contra las tropas militares que durante décadas intentaron infructuosamente acabar con los mocambos de Palmares. Adentrarse en el relato de Angola Janga exige voluntad por parte del lector. Sus páginas presumen de rigor historiográfico y apuestan por un indigenismo (terminológico, conceptual y espiritual) que nos invitará a indagar entre los mapas y la cronología de un episodio cargado de vergüenzas y oprobios. El exuberante dibujo de D'Salete, en un blanco y negro expresionista cargado de simbolismo, participa de ese mismo espíritu y nos invita a sumergirnos en una aventura, real y sin final feliz, de la que resulta difícil salir indemne. 

Mies (Grafito Editorial), de Agustín Ferrer Casas: Nos gusta el dibujo meticuloso, casi de amanuense, de Ferrer Casas y agradecemos la exhaustividad historiográfica de casi todas sus obras. En Mies se percibe el cariño especial que el dibujante ha puesto en su trabajo y en la documentación previa. Con un estilo deudor del realismo francobelga más naturalista, Ferrer Casas recorre la biografía del gran arquitecto alemán Mies Van Der Rohe y, junto a los claroscuros de su biografía y su autosatisfecha obstinación, nos redescubre la obra del genio a lo largo de su fecunda y turbulenta trayectoria. Mies escapa de la linealidad narrativa para buscar las conexiones y los puntos de anclaje que engarzan y dan sentido a cualquier periplo vital: gracias a ese juego de flashbacks y remembranzas en primera persona (el cómic está enfocado desde la voz narrativa de su protagonista) descubrimos a un personaje fascinante y podemos deleitarnos de su fabuloso legado, maravillosamente ilustrado por los lápices de Agustín Ferrer Casas. 

Niño prodigio (Blackie Books), de Michael Kupperman: En Niño prodigio, Michael Kupperman lleva a cabo un ejercicio de memoria filial destinado a ajustar cuentas con el pasado propio y con el de su árbol genealógico a partir de la figura del progenitor. Porque Joel Kupperman fue un niño prodigio, pero nunca supo ser un padre. El libro responde al modelo comicográfico metaficcional que Art Spiegelman glorificó en Maus: el hijo que nos cuenta la historia del padre junto a la del mismo proceso creativo. Un cómic que narra cómo se hace un cómic. El autor luchará contra la demencia incipiente de un hombre que sólo quiere olvidar su infancia: aquel periodo en el que una madre ambiciosa y unos medios de comunicación sin escrúpulos decidieron que Joel Kupperman era una gallina de los huevos de oro con un coeficiente de inteligencia por encima de los 200, aquellos años en los que Joel Kupperman se convirtió en el niño más famoso de Estados Unidos gracias al concurso Quiz Kids. 

¿Es así como me ves? (La Cúpula), de Jaime Hernandez: Las "locas" del menor de los Hernandez Bros siguen envejeciendo con una dignidad envidiable. Y el paso del tiempo al ritmo lento de la vida sigue siendo el tema principal de esta gran novela río que Jaime Hernandez lleva levantando desde hace casi cuarenta años. Para el lector es un privilegio haber podido madurar junto a personajes como Hopey y Maggie, haber compartido con ellas los bandazos de la existencia, sus alegría y sinsabores, sin trampa ni cartón. Como quien se hace mayor y envejece al lado de dos viejas amigas, aunque éstas, en verdad, habiten en una realidad paralela chicana que nace de la imaginación de otro viejo amigo. En esta nueva entrega, su autor nos invita a uno de esos reencuentros de amigos viejunos que nunca acaban bien: la de Maggie y Hopey es una fiesta punk en un tiempo en el que el punk ya no existe; menos mal que las buenas amistades nunca caducan. Sin embargo, como sucede siempre con el trabajo de Jaime y Beto Hernandez, el disfrute de ¿Es así como me ves? será directamente proporcional al grado de familiaridad que el lector tenga con sus sagas; para el neófito, la galería de personajes que discurren por sus páginas quizás no sean más que una panda de desconocidos con los que no siempre es fácil empatizar. El que avisa no es traidor. 

Irmina (Astiberri), de Barbara Yelin: Irmina comienza pareciendo una historia biográfica de empoderamiento femenino y termina por convertirse en una reflexión sobre la barbarie y los caminos equivocados que tomamos en la vida. "Quise contar la vida de mi abuela tras encontrar cartas, diarios íntimos y fotos que le pertenecían. Descubrí a una persona a la que no conocía...", comenta su autora. Irmina es la historia de aquella muchacha idealista y tolerante que con diecinueve años decidió irse ella sola a estudiar a Inglaterra para terminar entregándose a la fiebre totalitaria que abdujo a una masa de ciudadanos alemanes en su huida adelante hacia la inhumanidad y el sinsentido. Con un estilo urgente, sobrio y ligeramente expresionista, Barbara Yelin propone una mirada honesta y llena de interrogantes a su propio árbol genealógico: la mirada perpleja de quien intenta entender un pasado que se adivina incomprensible. 

Cómo traté de ser una buena persona (La Cúpula), de Ulli Lust: Cuando pensábamos que ya no podíamos aguantar más novelas gráficas autocompasivas ni más miserias autobiográficas, llega la austriaca Ulli Lust y nos da una galleta de casi 400 páginas con un slice of life de manual, repleto de traumas personales, relaciones fallidas y mucho, mucho, sexo. Explícito como un kamasutra en viñetas y exhibicionista hasta la desvergüenza, Cómo traté de ser una buena persona retuerce la noción de "historia de amor" hasta hacerla casi irreconocible (por algo la palabra Lust significa 'lujuria' en alemán). El cómic describe las vicisitudes de un triángulo amoroso en el que la tolerancia, la compresión y el sexo desinhibido conviven con experiencias traumáticas, episodios violentos y pequeñas tragedias amorosas. La autora relata, sin ahorrarnos detalles, un periodo de su vida en el que, al mismo tiempo que empezaba a labrarse su futuro como artista, intentaba sobrevivir a los conflictos interiores generados por su maternidad irresponsable y una vida desordenada. Intensidad autoconfesional. 

Reiraku
(Norma Editorial), de Inio Asano: No nos cansamos de leer a Inio Asano, siempre con cierta fascinación morbosa. Su obra escarba en las zonas oscuras de la naturaleza humana para explorar nuestros complejos e imperfecciones, para revelar que los sentimientos y la existencia no son reducibles a soluciones simples ni a la tentación arbitraria del final feliz. Por eso, los cómics de Asano se mueven con naturalidad entre el costumbrismo, la sexualidad explícita y el suspense que presagia todo drama, porque sus personajes respiran veracidad y sus relaciones, por más extrañas que parezcan, resultan convincentes. Pese a su carácter ficcional, Reiraku huele a exorcismo autoconfesional: estamos seguros de que hay algo de Asano en ese mangaka sociópata y angustiado que decide sacrificarlo todo en el altar del éxito profesional; aunque, por el bien de su autor, esperamos que la autorreferencialidad no pase de la inspiración circunstancial. Y es que Reiraku es, sobre todo, un relato de autodestrucción y de presagios obsesivos, la historia de un triunfo devenido en fracaso. 

Rusty Brown (Reservoir Books), de Chris Ware: Podríamos justificar la inclusión de este cómic en la lista con un simple “¡Joder, que es Chris Ware!”, pero quizás hagan falta dos o tres frases más. Por ejemplo, para señalar que Rusty Brown es una nueva obra maestra de Ware, un ejemplo mayúsculo del estudio de la personalidad humana a través de la secuenciación en viñetas. La prueba de que el autor de cómics más importante del siglo XXI nunca deja de crecer, técnica y narrativamente. Su nuevo libro es un trabajo de años en el que recicla algunas páginas que ya habíamos tenido la oportunidad de disfrutar gracias a su biblioteca unipersonal Acme Novelty Library, a la vez que cede el protagonismo a varios personajes (el propio Rusty Brown, Chalky White, Jordan Lint...) y líneas argumentales conocidos. Los relatos que conforman Rusty Brown, con sus itinerarios simultáneos, sus microsecuenciaciones y su empleo simbólico de los silencios y las pausas narrativas, funcionan como un mecanismo de vidas cruzadas, que incluyen la del propio autor transmutado en personaje. Con frecuencia, se ha acusado a Ware de un exceso de frialdad y gravedad, sin embargo, la sutil ironía autorreferencial de este cómic y la escasa indulgencia con la que trata a su propia autorrepresentación demuestran que, cuando toca y en silencio, Ware también sabe reírse de todo y de todos; hasta de sí mismo y sus críticos. Magistral. 

Las edades de la rata (Ediciones Salamandra), de Martín López Lam: No sabemos a ciencia cierta si existe tal cosa como la peruanidad, pero, de hacerlo, Las edades de la rata condensa algunas de sus pulsiones y recoge varios capítulos de su cronología. López Lam es un autor diferente, en las formas y en el fondo. Sus historias se mueven en un territorio de literariedad: relatos de biografías ajenas agitadas por la historia del país, recuerdos prestados de un pasado que ayuda a modelar el presente, historias de emigración... Los episodios de este cómic confluyen, a través de geografías y momentos históricos diferentes, en un meandro de vidas cruzadas alrededor de dos figuras protagonistas: Isidoro, golfo bohemio de extrarradio, y Manuela, chino-peruana emigrante y representante de una generación de supervivientes. El estilo de López Lam, agreste y abigarrado como es, nos devuelve a un underground filtrado por su expresionismo de arrabal; un estilo que, dentro de su aspereza y violencia gestual, encierra paisajes bellísimos de un Perú eterno que tan pronto puede estar en Barcelona o Roma, como en la Lima contemporánea. El año pasado, Las edades de la rata ganó el XII Premio Internacional de Novela Gráfica Fnac-Salamandra Graphic. Merecidamente. 

La mentira y cómo la contamos
(Astiberri), de Tommi Parrish: Con un estilo de dibujo muy pictórico (una suerte de art-brut lleno de matices, muy potente cromáticamente), Parrish nos invita a invadir un espacio íntimo que suponemos autobiográfico. La mentira es una historia cotidiana (un slice of life) alimentada de confesiones, descubrimientos y autoengaños. A partir del encuentro casual de dos antiguos amigos y su puesta al día, la conversación de los protagonistas evoluciona desde la charla trivial hasta la revelación de secretos y ocultaciones de un pasado en común que nunca fue tan íntimo y transparente como ambos presuponían. La descripción de los personajes se enriquece a partir de sus propias palabras y sus erráticos comportamientos; las elipsis y silencios de la trama ayudan a completar unos perfiles psicológicos llenos de matices e imperfecciones. El desarrollo narrativo de La mentira se enriquece además con la presencia de un metacómic (el cómic en blanco y negro que la protagonista encuentra en la calle y empieza a leer cuando no está hablando con su antiguo amigo); una historia dentro de la historia que enriquece simbólicamente la línea argumental principal a partir de las dobles lecturas que genera. La mentira es un cómic extraño, tanto gráfica y como narrativamente, pero, de alguna manera, hipnótico; una historia de descubrimiento sexual turbadora y desconcertante. 

Sabrina (Astiberri), de Nick Drnaso: El joven autor estadounidense fue una de las grandes revelaciones de 2016 con esa asombrosa puesta de largo que fue Beverly. Para titular su nueva obra, recurre de nuevo a un nombre femenino, que en este caso tomará prestado de la protagonista en segundo plano de su historia: la chica desaparecida alrededor de la cual gira la trama. Sabrina comparte con Beverly un mismo tono desesperanzado y una misma forma, fría y alienada, de mirar a la realidad. Desde su objetivismo extremo, Drnaso mantiene una distancia quirúrgica respecto a la historia que cuenta que, más que aportar soluciones, confronta la tragedia con desapego y distancia, como quien se enfrenta a hechos ineludibles o a actos consumados. Su estilo gráfico, apoyado en colores planos y una línea clara perfeccionista de acabado casi mecánico, contribuye a subrayar una impresión de frialdad y distanciamiento, que, como no podía ser de otro modo, termina por dejar al lector aterido; aunque en este caso sea de miedo y sobrecogimiento más que por frío. 

The Eyes
(webcómic), de Javi de Castro: Javi de Castro ha estrenado su nueva página web, The Eyes, dedicada en exclusiva al webcomic y a la experimentación con la narración digital. Podemos disfrutar de los episodios publicados en su web y comprobar que el resultado es sorprendente. Historietas como Blindness, Mirage, The Evil Eye y Visions recurren —como ya hizo De Castro en sus primeros cómics digitales— a un uso sutil e inteligente de la animación gif, combinada con una secuenciación a partir del scroll vertical. La línea clara de Javi De Castro, cada vez más expresiva y rica en detalles, se beneficia de un espléndido uso del color que funciona con eficacia en la creación de pausas narrativas y momentos de suspense. Cada uno de los webcómics de Javi de Castro esconde una sorpresa y, desde la inteligencia de su puesta en pantalla, nos obliga a reflexionar acerca de lo mucho que aún queda por hacer en el campo del cómic digital. Un hallazgo.

El mal camino
(Fulgencio Pimentel), de Simon Hanselmann: El dibujante australiano invierte la tradición literaria moralizante y satírica de los animales sabios y las criaturas fantásticas antropológicas para poblar su universo degenerado de seres fracasados y personajes alienados. En los cómics de Hanselmann, los gatos, los búhos y los lobos también conviven con magos y con brujas, pero sus escenarios recuerdan más a los suburbios degradados por la droga y la pobreza de occidente que a los bosques animados de Walt Disney. Se trata en realidad del recurso alucinado y lisérgico que permite enmascarar, hasta hacerla tolerable, la dura realidad de unos personajes desquiciados y marginales. Su disfraz catártico le permite a Hanselmann hablar en primera persona y desnudar sus miedos y adiciones ante el lector. El propio autor, devenido en bruja transexual adicta a todas las drogas posibles, convierte sus vicisitudes personales, su sexualidad y sus dependencias, en una colección impagable de sketches humorísticos que le hielan a uno la risa. Después de varios libros que funcionaban como acumulación de escenas, El mal camino es la primera obra larga de Hanselmann. Su filosofía es la misma que la de obras precedentes, pero la continuidad narrativa le permite a su autor construir un texto más consistente y desolador, si cabe. 

Los Estados Divididos de Histeria (Dolmen Editorial), de Howard Chaykin: Chaykin no ha perdido un ápice de rabia y energía con el paso de los años: su discurso sigue siendo combativo y extemporáneo; profundamente incómodo para una sociedad y una industria cultural que se han acostumbrado a la repetición formulaica y al puritanismo rigorista de lo políticamente correcto. No es una sorpresa que la publicación de Los Estados Divididos de Histeria fuera acompañada en su país por una oleada de críticas (histéricas, efectivamente) y por la censura de una de sus portadas. Detrás de esta fábula excesiva y alborotadora que protagoniza el agente de la CIA Frank Villa, se encierra una crítica severa hacia la intolerancia y la falta de entendimiento social. Son obvias las referencias a la degradación económica, al incierto panorama político estadounidense y a los enfrentamientos sociales acaecidos durante el primer periodo legislativo de la administración Trump; pero también al peligroso crecimiento de los fundamentalismos, los nacionalismos y las ultraderechas xenófobas que plantean la estructura social en términos de ruptura y enfrentamiento más que de convivencia. Que Chaykin es un provocador es cosa bien sabida. También lo es que, detrás de su fachada de dibujante de cómics para la industria mainstream, se esconde el espíritu gamberro e inconformista de un anarco-agitador armado con tramas de tinta china y un don especial para la ironía más ácida. 

Guy, retrato de un bebedor (Fulgencio Pimentel), de Olivier Schrauwen, Ruppert y Mulot: Cuando se juntan algunos de los autores más experimentales y transgresores del cómic actual sólo puede salir un artefacto tan indefinible como Guy, retrato de un bebedor; la mezcla imposible entre una novela gráfica, un relato de piratas y un cuadro flamenco del siglo XV. El guion de Ruppert y Mulot modela una biografía picaresca alrededor de la figura protagonista de Guy, el canalla sin escrúpulos que da título al cómic; el representante tenebroso de un tiempo en el que la vida valía tan poco como las monedas que portaras en tu bolsa. Su crueldad irreflexiva y su huida homicida hacia ninguna parte son la excusa para reflexionar acerca de la crueldad humana, los límites de la civilización y la lucha por la supervivencia. Schrauwen utiliza un estilo de dibujo esquemático que juega continuamente con el imaginario pictórico de artistas como El Bosco, Brueghel o Teniers; referencias que el dibujante pone al servicio de su experimentación secuencial, con un uso simbólico del color (y el blanco y negro) y con un trazo que juega con diferentes grados de naturalismo. Un cómic que no dejará indiferente a nadie: el riesgo de apostar.  

Alt-Life (Dibbuks), de Falzon y Cadéne: Alt-Life es un ejercicio de cyberpunk postmoderno que da una vuelta de tuerca a ese tema de la virtualidad matricial que en su día anunció Baudrillard y que el Matrix de los Wachowski elevó a la condición de fenómeno de masas. La obra de Joseph Falzon y Thomas Cadéne arranca de una premisa similar a la que se desvela al final del filme: ¿Qué sucedería si nada de lo que vemos y sentimos fuera real? ¿Si todo lo que conocemos no fuera otra cosa que un simulacro creado por una entidad superior para confundir nuestros sentidos y nuestra consciencia? La vida como simulacro (concepto que Baudrillard esgrimía con intenciones simbólicas y del que Matrix y Alt-Life se apropian para construir sus edificios ficcionales) anunciaba en el filme de los Wachowski la distopía tenebrosa de un mundo controlado y sometido por la inteligencia artificial; un futuro en el que el ser humano acababa convertido en materia prima, combustible orgánico para mantener operativo el "sistema". Alt-Life propone una visión menos pesimista, pero igualmente abierta a interrogantes éticos y filosóficos, muchos de ellos en un tono freudiano alrededor de la sexualidad y la represión. Ciencia ficción con chicha. 

En un rayo de sol #1 y #2 (La Cúpula), de Tillie Walden: Los cómics de Tillie Walden describen una realidad paralela en la que, estamos seguros, le encantaría vivir a la propia autora. Es el suyo un universo en el que la Tierra y el cosmos confluyen en modelos habitables de convivencia y fascinación exploratoria; un lugar onírico construido de suntuosos palacios barrocos, cámaras secretas, escaleras de mármol y resplandeciente pasillos casi deshabitados; el universo de Walden sólo está habitado por mujeres fuertes y autosuficientes, benévolas e inteligentes; un espacio de civilización en el que la cultura y la naturaleza son más importantes que las cuotas de poder o la construcción de discursos civilizatorios. Pero lo curioso es que, pese a la indulgencia especulativa de sus ficciones y esa misantropía fabuladora que se adivina de fondo, cómics como The End of Summer o este En un rayo de sol construyen universos de ficción tan coherentes en su complejidad estructural y tan llenos de tolerancia que resulta imposible no desear que fueran ciertos. El dibujo de Walden es frágil pero exuberante, desnudo pero perfeccionista en su detallismo; un ejercicio de poesía visual que se apoya en un uso envolvente del color. En un rayo de sol es una nueva piedra preciosa en la carrera de esta jovencísima artista. 

En otro lugar, un poco más tarde (Astiberri), de David Sánchez: Después de su brillante incursión en Un millón de años, Sánchez continúa dando forma a su cosmogonía particular. El autor tira de imaginación y buenas dosis de especulación exotérica para concebir su personal exégesis acerca del origen del mundo en un tiempo y una geografía indefinidos. Una mirada, la suya, en la que la espiritualidad, lo sobrenatural y el evolucionismo se mezclan para reescribir el nacimiento de la vida y sus imprevisibles derivaciones. Las páginas de En otro lugar, un poco más tarde se muestran deudoras, estilística y conceptualmente, de la obra de creadores como Charles Burns o Daniel Clowes, pero terminan por definir la personalidad creativa de un autor que parece tocado por una varita (metafísica).

domingo, enero 06, 2019

Los cómics de 2018 en Little Nemo's Kat

Como viene siendo tradición, celebramos el Día de Reyes con un roscón relleno de viñetas. Desglosamos y comentamos nuestra lista de cómics de 2018, lo cual no quiere decir que sean los mejores, pero sí los que más nos han gustado de entre los muchos que hemos leído en este año que se escapa. Sin orden de preferencia, les dejamos con una selección que no entiende de géneros, de nacionalidades ni de cualquier otra jerarquía. 

Lo que más me gusta son los monstruos (Reservoir Books), de Emil Ferris: Ya lo anunciábamos el año pasado, este sería el año de Emil Ferris y sus monstruos. El cómic de Ferris fue el gran triunfador del curso pasado en Estados Unidos y se esperaba su publicación en nuestro país como todo un acontecimiento. La autora ha facturado una obra inclasificable en la que el bolígrafo, los lápices de colores y el rotulador recrean sobre hojas pautadas de cuaderno un cuento grotesco habitado por niñas que quieren ser monstruos, jóvenes pandilleros, madres sobreprotectoras, mujeres asesinadas y un vecindario espeluznante lleno de secretos. Detrás de todo ello, se despliega un monumental ejercicio simbólico acerca del crecimiento personal y la supervivencia, un relato turbador y heterodoxo que combina su ritmo hipnótico con un talento gráfico desatado. Lo que más me gusta son los monstruos es un cómic que no puede dejar indiferente a nadie.
Pantera (Astiberri), de Brecht Evens: Pantera es el último trabajo de Brecht Evens, uno de los talentos jóvenes europeos más descollantes. Como en el resto de su producción, el autor nos deslumbra con las veladuras y superposiciones de su estilo gráfico, a medio camino entre la ilustración infantil y el pictoricismo, para narrar un cuento sólo en apariencia infantil. Aunque en un primer momento parece la típica historia de crecimiento, el viaje del niño hacia los escollos de la vida, muy pronto, el cómic nos empieza a abrumar con su sobreabundancia de texto y la verbosidad excesiva de sus personajes, enredados en una incongruente cháchara infantil que no parece tener fin. Y así, a medida que el relato se enreda y las páginas se van llenando de los amigos imaginarios de Christine, la niña protagonista de la historia, empezamos a sospechar que el cómic de Brecht Evens no es un amable cuento infantil con moraleja, sino una de aquellas terribles pesadillas que de niños nos despertaban en medio de la noche, sin que nunca adivináramos de dónde venían, ni si iban a regresar al día siguiente.
The Black Holes (Reservoir Books) Borja González: Desde su primera viñeta (esa maravillosa imagen crepuscular de una heroína romántica que vaga por un bosque persiguiendo un gemido), The Black Holes envuelve al lector en fabulosas imágenes que nacen de un empleo brillante del claroscuro y de la exquisita línea que González emplea para el diseño de sus estilizados y misteriosos personajes: mujeres que, pese a no tener rostro, son capaces de expresar deseos, emociones y miedos a través de su gestualidad y sus acciones. Sus protagonistas se mueven por las viñetas como figuras de aire, como fantasmas de un tiempo y una geografía soñados. Y, sin embargo, la historia de The Black Holes discurre a ras de suelo y nos conecta a realidades que, de alguna forma, nos resultan familiares por sus variadas referencias culturales: a la poesía del siglo XIX, al simbolismo, a la narrativa gótica; pero también a la recuperación de esas mismas referencias por parte de la juventud actual gracias al punk, al terror de serie B, al movimiento gótico adolescente o a la cultura pop. La trama discurre entre 1856 y 2016, y las vivencias de sus personajes femeninos se entretejen por medio de intuiciones, presagios y sensaciones compartidas, que construyen una red simbólica de vasos comunicantes entre esos dos periodos históricos tan distantes. Este cómic nos regala algunas de las viñetas más bellas que hemos presenciado últimamente. Un trabajo lleno de tonalidades y virtudes, que se lee como un nocturno de José Asunción Silva, como un cuento de Alan Poe, como un poema de Rimbaud o como una canción de Suicide.
Martha y Alan (Salamandra Graphic), de Emmanuel Guibert: Guibert continúa con su reconstrucción de la biografía de Alan Ingram Cope a partir de la voz narrativa del propio protagonista. Recuerden que (como se ha encargado de contarnos el propio Guibert) Alan fue aquel excombatiente norteamericano con el que el autor entabló amistad en la isla de Ré y cuya historia le inspiró para desgranar su vida en forma de cómic. Si en el primer volumen, La guerra de Alan, se acercaba a la experiencia bélica del personaje durante la Segunda Guerra Mundial, y en La infancia de Alan lo hacía a sus recuerdos de la niñez, Martha y Alan relata un acontecimiento mucho más puntual y circunstancial de su biografía: la historia de su primer amor, Martha Marschall. Se trata de un episodio humilde, pero cargado de emoción y melancolía: una de esas experiencias íntimas que nos ayudan a crecer como personas y nos enseñan a tomar decisiones. El realismo fotográfico de Guibert y su empleo de grandes viñetas a doble página aportan veracidad y carga nostálgica a un cómic que se lee con la emoción a flor de piel.   
Poulou y el resto de mi familia (Roca Editorial), de Camille Vannier: El desglose genealógico que emprende Vannier incluye una galería de personajes tan extravagante y un conjunto de experiencias vitales tan azarosas que, si no tuviéramos todos una familia con la que comparar, su cómic parecería pura invención. No lo es. Cada línea de relato, cada personaje de Poulou (empezando por el abuelo de Vannier que da nombre al libro) existió y vivió tal y como se explica en el cómic. El hecho de que la autora recurra a un estilo informal e infantil, mucho más cercano a la ilustración que al cómic, o de que el lenguaje (con una tipografía torpe e inestable) incluya incoherencias gramaticales y faltas de ortografía, rema en esa pretendida naturalidad que persigue la historia: a medio camino entre el recuerdo fragmentario, el relato oral y un realismo mágico infantilizado. Funciona. Poulou se lee de principio a fin con divertida curiosidad y un invariable gesto de sorpresa. Las decisiones disparatadas de sus personajes crean un itinerario familiar tan improbable que sólo puede ser cierto; y que, como sucede con muchas otras las familias, dibuja un trazado quebrado que discurre desde el éxito gozoso al hundimiento desesperanzado, desde el afecto al odio. La principal virtud de Vannier en este cómic reside en su acercamiento a la tragicomedia desde una espontaneidad deliberada (gráfica y textual) que desdramatiza el relato, pero que contribuye a su verosimilitud y le otorga una inesperada carga humorística. A veces, hay que tomarse la vida menos en serio. 
Joe Shuster. Una historia a la sombra de Superman (Dibbuks) de Julian Voloj y Thomas Campi: Voloj nos acerca a la complicada biografía del dibujante Joe Schuster desde un punto de vista confesional en primera persona, a partir de un flashback que arranca en 1975, cuando la vida de los creadores de Superman pasaba por sus momentos más complicados y sus nombres parecían relegados a un ostracismo definitivo. Mientras las compañías editoriales y las distribuidoras de licencias creativas ganaban millones de dólares gracias a personajes como Superman y todos los que vinieron detrás de él, muchos de los guionistas y dibujantes (creadores anónimos asalariados) que concibieron aquellas primeras historias terminaron en el más absoluto de los olvidos, sobreviviendo, muchas veces, en condiciones lamentables. Una historia a la sombra de Superman cuenta la historia del dibujante Joe Shuster y el guionista Jerry Siegel, pero, al mismo tiempo, es una crónica fidedigna y excelentemente documentada del nacimiento de comic-book y del género de los superhéroes en Estados Unidos; una industria del entretenimiento que hoy en día ha adquirido el rango de mitología popular. La alternancia estilística del italiano Joe Campi llena el relato de matices: pasando de una línea realista suelta a una elegante estilización retro que nos recuerda al estilo pictórico de las ilustraciones de Norman Rockwell y al empleo del color de Edward Hopper. Ideal para nostálgicos y curiosos de la historia del cómic: un tebeo tan entretenido como didáctico. 
Picasso en la Guerra Civil (Norma Editorial), de Daniel Torres: Empieza a ser una costumbre incluir a Torres entre lo mejor del año. Su nuevo cómic obliga a ello. No se trata ya de que su dibujo, la capacidad de Torres para el detalle y su variedad inabarcable de registros estilísticos, le sitúe entre los grandes dibujantes de cómic contemporáneo, si no que su audacia y talento como contador de historias tampoco parecen tener límites. Picasso en la Guerra Civil plantea un juego de espejos autoconsciente que termina por confundir la historia con la ficción en un divertido ejercicio de narración especulativa: ¿Y si el padre Daniel Torres hubiera dibujado cómics en los años 50?, ¿y si hubiera conocido a Picasso y éste le hubiera encargado su biografía en viñetas?, ¿se imaginan que Picasso hubiera participado en la Guerra Civil y lo hubiera contado? Estas hipótesis ficcionales encadenadas están en la base argumental de una novela gráfica que se construye a partir de su estructura concéntrica de metarrelatos: un juego de cajas chinas en el que cada línea narrativa esconde, como una sorpresa, un nuevo cómic en su interior; cada uno de ellos con su propio estilo gráfico y con diferente naturaleza. La historia del dibujante Francisco Torres es el marco del relato biográfico de Picasso en la Guerra Civil; esta última, a su vez, esconde el cómic de propaganda antifranquista Sueños y mentiras de Franco; y todas ellas se cuentan desde los recuerdos que el autor, un tal Daniel Torres, conserva de su padre dibujante. Con su cómic de cómics, Torres hace un homenaje a la historia del medio: al cómic de los pioneros, a Eisner y a sus páginas-viñeta, a la línea clara franco-belga, etc., pero sobre todo nos demuestra que el lenguaje comicográfico no tiene límites.
Nieve en los bolsillos. Alemania 1963 (Norma Editorial), de Kim: Recuperando la senda temática y estilística que más éxito le ha reportado en los últimos años (aunque esta vez en solitario), Kim hace un nuevo ejercicio de memoria histórica para reivindicar la figura de todos aquellos emigrantes españoles que, en los años 60, tuvieron que hacer las maletas para labrarse un provenir. Hay en nuestro país una tendencia incurable a olvidar la historia. Se nos olvida (cuando se trata de construir discursos del miedo, la amnesia es siempre una excelente materia prima), por ejemplo, que durante mucho tiempo la nuestra fue tierra de emigración: miles de conciudadanos se lanzaron a una aventura incierta sin más equipaje que la fe, el esfuerzo y la esperanza de hacerse un futuro que en tierra propia se intuía tenebroso. Kim (Joaquín Aubert Puig-Arnau) tira de autobiografía y de las experiencias que vivió en piel propia durante sus años de estancia en Alemania, para construir un relato tragicómico en el que se descubre lo peor y lo mejor del ser humano. Sus andanzas migratorias están contadas con un ritmo vivísimo que se alimenta de sus anécdotas, los sueños, las decepciones y las penurias que vienen aparejadas a toda huida hacia adelante. Es la carrera ingrata que acompaña al emigrante: individuos que abandonan su hogar, no por gusto, sino por puro instinto de supervivencia. Honestidad pura.
Berlín, ciudad de luz (Astiberri), de Jason Lutes: Después de Berlín, ciudad de piedras (vol. 1) y Berlín, ciudad de humo (vol. 2), se cierra la trilogía que el estadounidense Jason Lutes ha tardado veintidós años en completar con Berlín, ciudad de luz (vol. 3). Los tres volúmenes de esta epopeya rellenan el hueco que transcurre desde el final de la devastadora Primera Guerra Mundial y los albores del apocalipsis hitleriano. Son los años de la República de Weimar, un tiempo en el que se empiezan a consolidar en el inconsciente colectivo alemán pensamientos cargados de intransigencia y supremacismo racial. En los tres libros que componen Berlín, Lutes rastrea el lento despertar de la Alemania herida y su transformación en una hidra desencadenada. Lo hace sin estridencias o subrayados violentos. Desde el costumbrismo histórico (urbano, en este caso) que facilita el género narrativo de las vidas cruzadas. A lo largo de los tres cómics, el autor desarrolla una galería de personajes de toda condición (ideológica, social, cultural y religiosa), cuyas vidas terminan por entretejerse en una serie de episodios anticipatorios de la deriva prebélica de un país que, poco a poco, va dejándose atrapar por la tela de araña ideológica del nacionalsocialismo. Jason Lutes recurre a una línea clara realista que, con el paso de las páginas y desde sus inicios en el primer tomo de Berlín, va ganando consistencia y fluidez. La rigidez inicial de algunas de aquellas primeras secuencias cede paso a un dibujo más fluido y a un empleo cada vez más insistente del claroscuro (eficaz para la construcción del creciente tono sombrío de la obra). Con cada página, la lectura de Berlín, ciudad de luz (la paradoja del título completo se revela en toda su magnitud a lo largo de esta tercera entrega) se vuelve más densa; las relaciones entre sus personajes, más dramáticas y dolidas; y la atmósfera que dibuja se presiente más irrespirable. El final abierto del cómic, no obstante, deja un pequeño resquicio a la esperanza de un presente reconstruido y nos invita a no repetir los mismos errores del pasado.
March (Norma Editorial), de John Lewis, Andrew Aydin y Nate Powell: Un cómic sobrecogedor. El dibujante Nate Powell y el asesor político Andrew Aydin dan forma a la voz y la memoria de John Lewis, único superviviente de los "Seis Grandes" (Philip Randolph, Dr. Martin Luther King Jr., Roy Wilkins, Jim Farmer y Whitney Young), el grupo de hombres que pusieron rostro a la lucha por los derechos civiles y el fin de la segregación racial en Estados Unidos durante los años 60. En su país, los seis tienen categoría de leyenda por su lucha pacífica a favor de los derechos humanos, pero en España (con la excepción de Martin Luther King) la relevancia de su empresa no es tan conocida. March describe acontecimientos históricos fundamentales del siglo XX, como la Marcha sobre Washington por el trabajo y la libertad de 1963, y arroja luz sobre uno de los hechos más vergonzante y dramático de la historia reciente de las democracias liberales: la segregación racial en Estados Unidos. John Lewis fue uno de los miembros fundadores y posterior presidente de la SNCC (Comité Coordinador Estudiantil No Violento), uno de los movimientos que más trabajó por el final del racismo social y político en los Estados Unidos. El cómic se acerca a los acontecimientos históricos sin remilgos ni medias tintas, desde la posición privilegiada que ofrece la memoria de un testigo de primera mano como Lewis. El lector asiste espantado al teatro de deshumanización y barbarie que, durante décadas, celebraron los estados del sur de Estados Unidos. Somos testigos de las matanzas y atrocidades cometidas por los ciudadanos de ciudades como Nashville, Liberty o Birmingham contra sus conciudadanos negros ante el silencio cómplice de la clase dirigente del resto del país. Y asistimos, finalmente, al triunfo de la razón. Este libro es una piedra más en esa batalla.
La tierra de los hijos (Salamandra Graphic), de Gipi: El mismo Gipi de siempre, ese que dibuja como nadie desde un trazo nervioso y quebradizo, el mismo que crea atmósferas bellísimas con una línea tan fina que parece transparente, vuelve más apocalíptico y desesperanzado que nunca. Su relato para después de un fin del mundo dibuja personajes animalizados y escenarios de pesadilla. Llevando al límite aquella máxima cánida hobbesiana, Gipi se instala en un género que goza de una popularidad inusitada en estos tiempos de augurios aciagos. Lo hace con naturalidad, sin especulaciones o explicaciones innecesarias, como quien pone la cámara a grabar un día cualquiera en la vida de una familia cualquiera. Así, a partir de las elipsis que naturalizan el relato desde sus primeras páginas, La tierra de los hijos nos permiten echarle un vistazo espantado a una de las muchas posibilidades de un futuro peor. Los escenarios postapocalípticos que plantea el cómic transcurren entre lo malo y lo pavoroso y lo hacen con un sentido de la normalidad que espanta; todo, desde ese realismo áspero y a veces incómodo que ha hecho de Gipi uno de los grandes nombres del cómic mundial. El Gipi de La tierra de los hijos se parece más al autor de Apuntes para una historia de guerra (aunque más tenebroso, más nihilista y menos simbólico) que al autor autobiográfico e intimista de sus obras recientes, pero sigue manteniendo esa línea desesperanzada que recorre casi toda su narrativa. Y, sobre todo, sigue demostrando que cada obra que publica es todo un acontecimiento para el medio.
La Patrulla-X Original (Panini), de Ed Piskor: La edición española del Grand Design de Piskor ha estado perseguida por la polémica, tanto por su desafortunada traducción "libre" del título (que escamotea las intenciones estilísticas y conceptuales de la obra original), como por las condiciones de impresión elegidas (con colores más saturados que en el cómic original, que perseguía un look deliberadamente retro). Nadie le ha puesto un solo pero, sin embargo, al hecho de que un autor proveniente del cómic underground, como Ed Piskor, se haya embarcado en una misión sui generis y tan ambiciosa que podría parecer irrealizable: la reconstrucción cronológica y comprensible de la historia mutante de Marvel; incluidas todas sus ramificaciones, desviaciones y excepciones. El conjunto funciona. El estilo de Piskor, tan rígido y entrañablemente anticuado como el de aquellos tebeos que rescataron el universo superheroico durante la Edad de Plata del cómic estadounidense, suscita nostalgias y satisfacciones de archivista antiguo.
¡Universo! (Astiberri), de Albert Monteys: En los últimos tiempos se han publicado pocos cómics más divertidos que ¡Universo!. La obra llega al formato en papel después de recibir numerosos premios y una exitosa trayectoria online en la plataforma Panel Syndicate. La imaginación de Albert Monteys y su talento visual desbordan cualquier límite espacio-temporal. ¡Universo! renueva el género de la ciencia ficción desde dentro y lo hace a partir un humor cargado de inteligencia y recursos técnicos. El inabarcable imaginario futurista de Monteys abarca desde una sorprendente e hilarante génesis del universo (uno de los relatos breves de ciencia ficción más brillantes que hemos leído), hasta completar todo un repertorio de posibilidades robóticas, viajes interestelares y vida interplanetaria. La habilidad gráfica de Monteys se despliega en la creación visual de un convincente escenario, tan lleno de ideas, ingenios tecnológicos y hallazgos conceptuales, que, literalmente y como indica su propio título, podemos afirmar que el autor ha engendrado su propio universo comicográfico. Deslumbrante.
Pulse Enter para continuar (Apa Apa), de Ana Galvañ: Suena a topicazo, pero el nuevo cómic de la autora murciana es una verdadera marcianada. Y resulta difícil no dejarse abducir por él. Desdoblamientos catódicos de personalidad, muñecas humanas circenses, campamentos futuristas, grupos terroristas de implantes cerebrales..., Galvañ retuerce las convenciones del medio, tanto gráfica como narrativamente, para construir pequeños relatos experimentales que desafían las expectativas del lector y que no se parecen a casi nada que hayamos leído antes. Pulse enter para continuar se inscribe dentro de ese nuevo cómic experimental español (Jose JaJaJa, Begoña García Alén, Andrés Magán, etc.) que, a partir de una línea clara, fría y depurada, casi geométrica, experimenta con las posibilidades del cómic hasta acercarse a la abstracción. Sin embargo, aunque sus historias puedan producir cierta perplejidad y se muevan en el terreno quebradizo de la paradoja, estamos seguros de que, si sigue regalándonos cómics así de audaces, a Ana Galvañ nunca le van a faltar seguidores de esos que adoran el riesgo y la sorpresa.

sábado, enero 06, 2018

Los cómics de 2017 en Little Nemo's Kat

Llevamos años ya en los que se nos acumulan tantas buenas lecturas que resulta difícil elegir unas para dejar otras fuera. Bendita edad de oro de la novela gráfica. En aras de la variedad pero sin traicionar nuestros gustos, hemos llevado a cabo una selección amplia con aquellos cómics que más nos han gustado este curso. Una de las mejores noticias, sin duda, es que desde hace unos años entre estos favoritos cada vez aparecen más y más autoras de cómics cuyo trabajo brilla con luz propia y marca un camino de normalización de género sin vuelta atrás. Sin orden claro, pero con el mejor concierto del que hemos sido capaces, ésta es nuestra lista de Reyes con los cómics de 2017: 

La levedad (Impedimenta), de Catherine Meurisse: Catherine Meurisse era dibujante de Charlie Hebdo en la fecha del atentado terrorista contra la revista que acabó con la vida de doce personas. La levedad es un cómic  de superación y exorcismo, una confesión analgésica cargada de pena, desconcierto y un poco de esperanza. En La levedad, Meurisse hace un relato de la angustia de quien permanece mientras todos se van (salvó su vida porque ese día fatídico llegó tarde a la redacción), un perfil psicológico, sentido, desgarrado y muy personal, de la angustiosa ingravidez en la que flotó como un fantasma durante los meses siguientes al atentado. La levedad es un cómic de retazos organizados en breves secuencias de linealidad emocional, más que cronológica. Su relato en viñetas está cargado de metáforas visuales y un humor trágico. Quizás no existan muchas más formas de sobrevivir al sinsentido. 

Oscuridades programadas (Salamandra Graphic), de Sarah Glidden: En el año 2010, la dibujante Sarah Glidden se unió al colectivo de periodistas independientes Seattle Globalist en una expedición a Siria e Iraq, con la intención de realizar diversos reportajes periodísticos sobre la situación postbélica en Oriente Próximo (acababa de concluir la Segunda Guerra de Iraq). El resultado de aquel viaje es Oscuridades programadas, una voluminosa novela gráfica que corrobora el auge actual del cómicperiodismo. Oscuridades programadas avanza en la línea metaficcional que la novela gráfica ha adoptado en las últimas décadas, pero también es un doble ejercicio autorreferencial: en primera instancia, sobre el acto de ser periodista y, finalmente, sobre la realidad del autor de cómics. De este modo, el trabajo de Glidden no se limita a ser un cómic que funciona como reportaje periodístico, sino que disecciona las dos profesiones desde dentro, la del periodista y la del dibujante, con la honestidad y veracidad de quien ha vivido aquello que narra y ha sido testigo de los dramas que sacuden el Globo.

Hernán Esteve (Libros de Autoengaño), de Esteban Hernández: Hernán Esteve es un trabajo de una honestidad brutal. Lo es por su empleo del género autoconfesional sin excusas y porque desde la primera página le agarra a uno y le zarandea hasta el final con un sopapo en la cara en forma de beso. En su nuevo cómic, Esteban da un paso más allá, para quedarse en pelota picada delante del lector. Sin más parapeto que un alterego que apenas esconde nada y que, por si quedara alguna duda, termina por romper cualquier espejismo de ilusión en la brillante secuencia final de la conversación entre el autor y el personaje, entre Esteban y Hernán, entre el otro que soy yo y su proyección dibujada sobre la página.

Estamos todas bien (Salamandra Graphics), de Ana Penyas: El primer trabajo de Ana Penyas tiene forma de homenaje reivindicativo. Es un cómic dedicado a sus abuelas Maruja y Herminia y, a través de ellas, a todas nuestras abuelas: mujeres diferentes que criaron a sus hijos en circunstancias y problemáticas muy diversas, pero que compartieron en su mayoría el ninguneo de una sociedad en la que a ellas se les dejaba poco margen de acción y palabra. Durante el franquismo y los años posteriores a la muerte del dictador, el machismo campaba a sus anchas y regía las normas de comportamiento en nuestro país. En ese tiempo, ser mujer, madre, ama de casa y esposa era un trabajo silencioso a tiempo completo, ni era fácil ni estaba reconocido. Aquellas mujeres sacaron adelante a nuestras familias y por eso Penyas las ha hecho protagonistas de una historia que avanza con pequeños gestos cotidianos y frugales miradas al pasado. Pero lo que más nos gusta de Estamos todas bien es su realización gráfica, una técnica mixta de lápices, fotografías, ceras, pinturillas y recortes, para componer un collage en el que el hule de la mesa camilla, el papel de la pared y el estampado de la falda plisada de la abuela son más auténticos que los de verdad. Mucho respeto, mucho cariño.

Poncho fue (La Cúpula), de Sole Otero: Hasta en la pareja más feliz late un infierno escondido. Sole Otero nos relata una historia de amor envenenado y pasión tóxica que respira verdad biográfica en cada viñeta. El título hace referencia a uno de esos juegos de convivencia (un “la llevas”) que alimentan las rutinas de las relaciones nacientes. Uno de esos pequeños ritos que sujetan el amor a las rutinas cotidianas. El dibujo de la autora, caricaturesco, sencillo, casi infantil, parece apoyar esa inercia de positivismo romántico que envuelve al enamoramiento incipiente. Sin embargo, a medida avanzan las páginas de Poncho fue, los miedos, las inseguridades y las obsesiones se apoderan de su historia, de sus personajes e incluso del dibujo de su autora, que cada vez se torna más simbólico, con sus metáforas visuales y su uso disruptivo (casi pesadillesco) de colores saturados y páginas conceptuales. En este punto, el cómic se convierte en un ejercicio de supervivencia: el de su protagonista, la joven ilustradora que desde las profundidades de su autoestima intenta zafarse de una relación destructiva, absorbente y tentacular.

Una hermana (Diábolo Ediciones), de Bastien Vivès: Vivès cada vez necesita menos para expresar más. La línea de su dibujo ha alcanzado un grado de depuración, modulada y esquemática, que con apenas unos trazos expresa gestos, emociones y sentimientos como el mejor de los maestros. No es ya que no necesite dibujar bocas y ojos, o cerrar movimientos gestuales, sino que incluso en su composición de escenas y paisajes se observa una concisión y habilidad tales, que su dibujo expresionista adquiere cualidades cuasi poéticas. Desde este lirismo natural, el francés aborda una historia de iniciación adolescente, un itinerario explícito y maravillosamente impúdico de búsqueda del amor y descubrimiento de la sexualidad. La sensibilidad de Una hermana lo desvía de cualquier ánimo provocativo y reubica su interés en la sencillez de los miedos, la curiosidad y la intensidad con la que los niños viven el tránsito hacia la adolescencia antes de desembocar en las asperezas de la vida adulta. Es difícil no reconocerse en algún instante de las páginas de Una hermana, pero Vivès (un autor aún muy joven, recordemos) nos ayuda a entender las particularidades existenciales de estas nuevas generaciones tecnológicas e hiperconectadas, que tan distantes se nos aparecen a muchos adultos.

Bride Stories (Norma Editorial), de Kaoru Mori: Uno de los mangas más delicados, preciosistas y estimulantes que hemos leído últimamente. Kaoru Mori es una mangaka que construye viñetas como quien teje una alfombra, sin prisa, con atención exquisita a los detalles y con una paciencia infinita. Para contextualizar sus historias (porque los nueve volúmenes de la serie se bifurcan en diferentes hilos argumentales) ha elegido un tiempo y una geografía pretéritas: la de las tribus seminomádicas que a finales del siglo XIX habitaban las estepas del Asia Central. En una de esas sociedades tribales se concierta la boda entre la bella Amir Halgal y el aún adolescente Karluk Eihon. A partir de ese escenario, tan ajeno a la saturación digital y las urgencias vitales contemporáneas, Karuo Mori construye un tapiz costumbrista enriquecido por el deslumbrante lujo de detalles con el que recrea las arquitecturas y el diseño de interiores, los ropajes y adornos de sus protagonistas, las armas, vajillas y demás útiles diarios, etc. Un viaje al pasado con el habitual ingrediente amoroso que no puede faltar en un buen manga de romance histórico.

Cortázar (Nórdica), de Marchamalo y Torices: No es Cortázar un autor sencillo. Marchamalo y Torices deciden que tampoco la reconstrucción de su biografía debería serlo. Por eso, en lugar de optar por un relato lineal de acontecimientos, deciden embarcarse en el ensamblaje de un rompecabezas fragmentario y disperso construido a partir de episodios anecdóticos e instantes representativos descontextualizados; un puzle compuesto por entrevistas, citas literarias, recortes periodísticos o documentos fotográficos. En su ánimo de subrayar esa mirada cortaziana, Torices opta por expandir el aire experimental y evocador del texto de Marchanalo a la misma construcción gráfica de la obra. Para ello, huye de cualquier tipo de convencionalismo estructural. Las líneas de viñeta se desdibujan, las secuencias asumen soluciones inesperadas y el dibujo mismo entra en un proceso de mutación simbólica o se deshilacha y aligera como el recuerdo de un recuerdo; como el vestigio de aquella historia que nos contara la Maga y de la que sólo nos ha llegado la esencia.

El perdón y la furia (Museo Nacional del Prado), de Altarriba y Keko: En su serie reciente de reflexiones acerca del arte y la violencia (recordemos el cómic Yo, asesino, realizado por los mismos autores), Altarriba construye un “thriller académico” alrededor de la figura de un profesor universitario, Osvaldo González Sanmartín, patológicamente obsesionado con la figura de José de Ribera (el cómic fue publicado por el Museo del Prado con motivo de su exposición monográfica alrededor de la figura de José de Ribera, el Españoleto). La línea expresionista de Keko, su magistral empleo del claroscuro y su talento gráfico a la hora de componer escorzos imposibles y recrear espacios lóbregos, son esenciales a la hora de construir una historia presidida por esa dialéctica entre muerte e inmortalidad que nunca ha dejado de estar presente en la historia del arte. Aunque en algún momento pueda resultar un tanto artificioso, El perdón y la furia es un relato erudito e inteligente, un ejercicio atípico y sorprendente de género que mantiene el interés del lector desde la primera viñeta.

El arte de Charlie Chan Hock Chye. Una historia de Singapur (Dibbuks), de Sonny Liew: El cómic de Sonny Liew es la biografía simulada del dibujante de cómics Charlie Chan Hock Chye, tan falso él como su obra. El mérito de este trabajo reside en que, a través de ese ficticio periplo vital, su autor recorre la historia sociopolítica reciente de Singapur y, en paralelo, la historia misma del cómic; con algunos de sus grandes autores, escuelas e hitos más relevantes. A medida que se despliega la biografía del protagonista, el lector asiste a la evolución estética de Charlie Chan como dibujante de cómics: a su búsqueda de un camino propio. En el recorrido de aprendizaje (empujado por diferentes fases de imitación, plagio, inspiración y homenaje) se cruzan los cómics de Winsor McCay, Walter Kelly y Carl Barks; la escuela de Tezuka, Tatsumi y Taniguchi; o la admiración por los cómics de Harvey Kurtzman, Jack Kirby y Frank Miller. El itinerario de Charlie Chan se convierte así en un museo-collage postmoderno de estilos, guiños y citas a la historia del cómic. Un collage en el que también se mezclan las fotografías, ilustraciones, cuadros, pósters, noticias de periódico que ayudan a reconstruir una vida que en realidad nunca fue tal. Uno de los grandes cómics de los últimos años. 

Arsène Schrauwen (Fulgencio Pimentel), de Olivier Schrauwen: Con este integral se redondea en España la publicación de uno de los recorridos experimentales más extravagantes, rupturistas e inspiradores de la última década. Ya incluimos las primeras entregas del cómic de Schrauwen en listados precedentes, pero sería injusto no volver a reincidir en un capricho tan loco y vanguardista como el que plantea el (aún joven) dibujante belga. La poco fidedigna reconstrucción biográfica del periplo africano que su abuelo Arsène Schrauwen viviera en los tiempos coloniales del Congo Belga, le sirve a su nieto Olivier para experimentar con el estilo gráfico y la forma narrativa en direcciones que el cómic apenas había frecuentado; pero que (en gran medida gracias a este cómic) cada vez veremos más veces repetidas en trabajos futuros. Schrauwen ubica su relato en un territorio indefinido entre el género de aventuras, la experiencia onírica surrealista y el viaje interior. El resultado es una obra profundamente postmoderna y metanarrativa en la que las herramientas del medio se emplean para desvelar el andamiaje ficcional que las sustenta: el artificio narrativo expuesto a la vista de todos en toda su aparatosa convencionalidad. Un cómic como hay pocos.

RocoVargas: Júpiter (Norma Editorial), de Daniel Torres: la nueva aventura de la gran saga espacial de Torres plantea una mirada postmoderna, distópica y fragmentaria. En sus páginas, el autor rompe el juguete de las arquitecturas futuristas cargadas de utopía para desplegar un mensaje pesimista y un activismo ecologista que conecta con el signo de los tiempos; y, de otro modo, con las reflexiones que también se planteaban en los capítulos finales de La casa. Sin abandonar el género de aventuras interespaciales, la nueva obra de Daniel Torres alude a la necesidad inminente de repensar el espacio y la ubicación del ser humano en el mismo: una relación que abarca desde la pequeñez de los espacios habitacionales, hasta nuestra interacción con el planeta Tierra y su situación en la Galaxia. Por su planteamiento circular y sus referencias interdiscursivas a otros volúmenes de la saga, parece Júpiter una revisión crepuscular y el cierre de las aventuras de Roco Vargas; no es así. Sí que es, sin embargo un ejercicio de virtuosismo gráfico y una colección de escenarios, situaciones y proyecciones futuristas al alcance de muy pocos dibujantes de cómics del planeta.

Cosmonauta (Astiberri), de Pep Brocal: En Cosmonauta Pep Brocal nos invita a reflexionar acerca del devenir de una humanidad que parece abocada a la autodestrucción, mientras se consume en su propia falta de expectativas y soluciones. Lo hace con humor trágico y con un desarrollo argumental que, debajo de su invitación al absurdo paródico, encierra un guión perspicaz y profundas reflexiones teleológicas. Cosmonauta luce como una obra de madurez, una reflexión tragicómica mientras el Mundo se consume en su propia falta de expectativas y soluciones. Héctor Mosca es nuestra última esperanza. Es uno de los últimos cosmonautas seleccionados en el "Second Chance Project" para alcanzar los confines del Universo y transmitirle al Creador el "memorial de agravios en el que se detalla que los hombres no somos los únicos responsables de este fracaso". Ojalá las cosas fueran tan fáciles, pero el propio Mosca se dará cuenta de que nunca las cosas son como parecen, o como nos cuentan. 

Black Hammer (Astiberri), de Dean Ormston y Jeff Lemire: Revisión nostálgica e intergenérica de Watchmen (pero también de las Golden y Silver Ages del cómic clásico). Black Hammer es mucho más gótica, mucho más ciberpunk y mucho más retrofuturista que aquella obra maestra, pero igualmente crepuscular y revisionista. El género superheroico parecía obsoleto a finales de los 80, pero en las últimas décadas ha recobrado algo de vida gracias a su proyección en la gran pantalla y al cuestionamiento constante de sus propias coordenadas constitutivas. La serie de Ormston y Lemire (uno de los chicos de moda del cómic actual) actualiza nociones como las del multiverso o los supergrupos, con un acercamiento introspectivo y muy psicologista a las motivaciones de unos personajes exiliados en tierra de nadie, que han dejado de ser superhéroes invencibles para convertirse en unos tipos molientes y corrientes que no se soportan ni a ellos mismos. Desde este punto de vista, el cómic despliega la fantasía heroica y raciones de superpoder a muy pequeñas dosis y, como hiciera la obra maestra de Alan Moore y Dave Gibbons hace ya muchos años, nos enfrenta a unos personajes más humanos y verosímiles que la mayoría de los estereotipados superhéroes habituales.

Un millón de años (Astiberri), de David Sánchez: Lo fácil sería decir que David Sánchez es el Charles Burns, o incluso el Daniel Clowes, español. La línea clara de su dibujo y sus atmósferas desasosegantes nos recuerdan a ellos, sí, pero limitarnos a tal aseveración significaría no reconocerle del todo al madrileño su merecido lugar de privilegio dentro del cómic español reciente. Estamos ante uno de los autores contemporáneos más originales y brillantes: uno de esos dibujantes capaces de enterrar clichés y descubrir itinerarios narrativos sorprendentes en cada nueva página. Su obra se ha movido siempre en el territorio del extrañamiento y lo inesperado, pero pocas veces ha sido tan nihilista, distópica y desesperanzada como en Un millón de años. Ese escenario postapocalíptico y salvaje en el que sobreviven sus protagonistas crea el contexto perfecto para un relato de terror, sin embargo, la inercia impredecible (y no siempre comprensible) de sus actos nos habla de oscuras revelaciones teleológicas y de mensajes simbólicos alienígenas, de civilizaciones desconocidas y de tiempos peores. Si se trata de una metáfora, lo cierto es que da miedito de veras.

Sabor a coco (La Cúpula), de Renaud Dillies: Sabor a coco es el homenaje de Renaud Dillies al mundo mágico y surreal de George Herriman. Sus personajes Jiri y Polka recorren un desierto que ya no es el de Coconino County, pero que, como aquel, abarca las posibilidades expresivas y estéticas del cómic en su búsqueda de nuevas poéticas narrativas que no dejan de mirar al pasado. Como también sucedía en Krazy Kat, las planchas de Sabor a coco conforman macrounidades narrativas con vida propia. Componen un espectáculo visual postmoderno a medio camino entre el códice ilustrado y el cartel circense: una sucesión de estructuras impredecibles, marcos de viñeta polimórficos y una colección de filigranas, frisos, adornos y perifollos que suspenden el ilusionismo de la historia y nos invitan a dejarnos llevar por la belleza visual de la apuesta estilística, por el jugueteo retórico de la línea y la creación de espacios mágicos sobre la página.

Y sí, nosotros también nos encontramos entre el grupo de lectores deslumbrado por esa maravilla rupturista que es My Favorite Thing Is Monsters, de Emil Ferris. Además, podemos anunciarlo ya, estará en nuestra lista del año que viene, porque se ha anunciado su edición en español para 2018. (Y, parece ser, habrá película dirigida por Sam Mendes).