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miércoles, septiembre 04, 2019

El Fantomas de Cortázar. A fondo

El gran Julio Cortázar también hizo un cómic.
Bueno, no fue realmente un cómic, más bien un juguete anticapitalista con viñetas, bastante texto y paletadas de imaginación subversiva. Se llamó Fantomas contra las multinacionales (1975) y funcionaba como un folletín ilustrado de reivindicación política cargado de parodia postmoderna (antes de que tal cosa llegara a entenderse como tal). En él, el propio Cortázar convertido en personaje, junto a amigos como Susan Sontag o Alberto Moravia, recurre a Fantomas para conseguir dar voz a las denuncias y la sentencia simbólica del Tribunal Russell II (del que el propio Cortázar formó parte como testigo y miembro de la comisión) contra las violaciones de los derechos humanos en América Latina durante las décadas de los 60 y 70, así como contra el saqueo de los recursos naturales de la zona por parte de las empresas multinacionales.
Pero no les vamos a engañar, hemos traído a Cortázar a colación por otras razones muy diferentes.
En esta era cibernáutica de comunicaciones instantáneas y enciclopedismos al alcance de un clic, los secretos culturales pueden llegar a pasar desapercibidos entre el flujo de contenidos disponibles. Cuando se tiene acceso a todo, terminamos por insistir en lo de siempre. Esa pereza obstinada en tiempos de abundancia.
Probablemente nunca llegue a ser la BBC, pero cuando los gobiernos de turno (con sus aves rapaces de cabecera) se olvidan por un rato de degradar a la televisión pública y de mangonear su programación con indecencia propagandística, el medio público español también puede llegar a ser un espacio de encuentro. Ahora que además existe la posibilidad de descubrimiento y revisión, gracias a la plataforma digital de TVE, podemos incluso reconciliarnos con los programas itinerantes que nunca conseguimos encontrar en la parrilla a su hora de emisión real (léase Días de cine).
Debemos algunos de los mejores reencuentros televisivos recientes a ese milagro llamado "Televisión a la carta", que nos ha abierto a todos los españoles una buena parte del archivo inabarcable de la televisión que veíamos de pequeños, e incluso de la que veían nuestros padres y abuelos. Llevamos unas semanas, por ejemplo, enganchados a "A fondo", aquel programa de entrevistas dirigido y presentado por Joaquín Soler Serrano que visitaron algunos de los grandes nombres de la cultura del siglo XX; incluidos muchos de los mejores escritores de la literatura universal. Soler Serrano era un tipo instruido y elegante (un poco pedante y engolado en ocasiones), un presentador de los de antes, de los que dejaban hablar a sus invitados y les trataban con deferencia; en su caso, muchas veces, con la admiración verdadera de quien se sabe un privilegiado por poder compartir diálogo, cigarrillos y copas con genios como Dalí, Ayala, Alberti, Fellini, Carpentier, Borges o Cortázar.
"A fondo" esconde momentos gloriosos, como el de Umbral hablando con gravedad del hambre de postguerra mientras deglute vasos de leche y come manzanas compulsivamente; el de un Cortázar, aligerado de solemnidades y cada vez más relajado, fumándose los minutos junto a Joaquín Soler Serrano, hasta el punto de esgrimirle un “te respondo a esa pregunta si me das un poco de tu whisky”; o el de Dalí autoproclamándose puerco, "en el buen sentido de la palabra", y disparando ráfagas de titulares: “cuanto más me admiro, menos daliniano soy”. Habremos ganado en salud, pero cuánta normalidad hemos perdido.
Hace algunos años, se editó una colección de DVD recopilando algunas de las entrevistas más sobresalientes del programa ("Grandes Personajes A Fondo"), pero es ahora cuando tenemos la ocasión de disfrutar de ellas en el medio mismo que las vio nacer. La de Cortázar es una de las mejores.
Animado por un Soler Serrano al que le cuesta disimular su alborozo, el escritor argentino desgrana minuciosamente su biografía y su obra, sin ahorrar cigarrillos, tragos y reflexiones cargadas de lucidez. A medida avanza la conversación, trasluce la humildad y el genio oratorio de un Cortázar cada vez más relajado e intimista. La charla nos regala pasajes cuasi-confesionales, algunos verdaderamente emocionantes: como ese alegato dolorido y reivindicante de los exiliados por las purgas fascistas y la persecución política.
Por su duración, TVE ha dividido la entrevista en dos fragmentos. En el segundo de ellos (22:50-28:18), Cortázar reflexiona acerca de la génesis y las razones de ese curioso tebeo que, en formato comic-book, publicó en 1975. Su existencia nos ha servido de excusa para escribir este post y, sobre todo, para volver a la figura de uno de los grandes hombres de la cultura latinoamericana.
Julio Cortázar en 'A fondo' (1977) 


miércoles, noviembre 07, 2018

Aquí hay una historia de fantasmas

Esta tarde nos hemos enterado de la adaptación al cine de Corto Maltés, el personaje mítico de Hugo Pratt; una noticia que, a la vista del póster, el reparto y el director elegidos, ha suscitado múltiples recelos cercanos al temor mitómano. Luego, mientras seguíamos en una red social una conversación entre comiqueros ilustrados acerca de las terribles adaptaciones cinematográficas que se hacen de los álbumes clásicos europeos (suscribimos la mayor), nos hemos cuestionado si la literalidad estricta tiene en realidad algún sentido cuando se persigue la interdiscursividad narrativa. La búsqueda de exactitud en el trasvase entre diferentes medios culturales suele terminar en fracaso, sencillamente, porque se le da una relevancia máxima a la historia (aquello que se cuenta) en detrimento del vehículo discursivo (el medio que empleamos para contar esa historia: cine, literatura, cómic, teatro, etc.). Cada vehículo tiene sus herramientas y crea su propio lenguaje, de ahí que la transposición exacta no tiene por qué funcionar de igual manera en todos ellos.
Curiosamente –luego entenderán por qué–, justo después de enredarnos en estas tribulaciones hemos ido al cine a ver A Ghost Story (2017), la exigente película de David Lowery. Se trata de un filme que demanda un masticado lento y voluntades firmes, una obra que necesita de la complicidad del espectador (y en bastantes momentos de su paciencia) para desarrollar su brillante reflexión acerca del paso del tiempo y de las estrategias a las que recurrimos los seres humanos para intentar asirlo a nuestra experiencia a partir de los recuerdos, la escritura, la música, etc. Los fantasmas de A Ghost Story no son sino el eco de una existencia, sombras de vidas que han dejado de serlo. Sin embargo, la mirada de Lowery relativiza el peso de los recuerdos y nuestra huella misma en el tiempo y en el espacio: cada existencia individual, cada vida, se diluye en el fluir de la Historia hasta desaparecer en los pliegues cruzados de las intersecciones temporales y geográficas. Aunque intentáramos acotar espacial y temporalmente las reverberaciones de una vida concreta (por ejemplo, algunos años de la vida de un hombre joven en su lugar de residencia), llegaríamos a la dramática conclusión de que el tiempo es inasible (como lo es el recuerdo o la impronta que dejará cualquier ser humano) incluso en pequeñas dosis.
En A Ghost Story se cruzan con sutilidad esas dos metáforas, la del fantasma como eco de vida y la del paso del tiempo como memoria (recuerdo/huella/texto) que se deshilacha hasta desaparecer en el océano inmenso de la existencia. Y, como en todos los textos artísticos complejos, ese planteamiento inicial da pie a nuevas ideas e interpretaciones simbólicas que se enriquecen y crecen en múltiples interconexiones (la idea de la infancia como único espacio de irrealidad en el que los fantasmas conviven físicamente con los seres vivos; o esa otra idea clásica del fantasma anclado al último espacio que ocupó su existencia humana anterior).
Pues bien, volviendo al tema de los trasvases interdiscursivos (o transmediales) resulta que A Ghost Story es la adaptación más perfecta posible de un cómic del todo inadaptable: nos referimos, por supuesto, a Aquí, la obra maestra de Richard McGuire. Desde su primera versión en aquellas seis páginas sorprendentes que se publicaron en 1989 en la revista Raw (de Spiegelman y Mouly), y que pillaron al mundillo del cómic a contrapié, hasta su revisión y resolución magistral como novela gráfica aclamada por la crítica y el público en 2014, el Here de McGuire marca un hito por lo que respecta a las posibilidades del lenguaje comicográfico. Ya escribimos largamente de ello en su día.
Los paralelismos entre la obra de Lowery y la de McGuire son evidentes: desde su base temática (el tiempo como mensaje), a su fundamentación metafórico-simbólica a partir del contexto único (estable-inamovible) de una vivienda y los habitantes (transitorios-fugaces) que la ocupan antes, durante y después de su existencia arquitectónica. A Ghost Story y Here comparten inspiración y una base argumental muy similar, pero también muchas otras cosas. Como sus silencios, su mensaje trascendente, su imaginativa plasticidad a la hora de plasmar visualmente el paso del tiempo; o como la complejidad poliédrica de sus respectivas puestas en escena (sea a través de dibujos o de secuencias cinematográficas). 
Estamos ante dos anomalías artísticas que parecieran haber surgido de un mismo genio creativo, dos joyas en sus respectivos medios narrativos. Nos apostaríamos algo a que a David Lowery le gustan los cómics.