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viernes, junio 28, 2019

Alt-Life, de Falzon y Cadéne. Virtualidades matriciales (en ABC Color)

Alt-Life es un ejercicio de ciberpunk postmoderno que da una vuelta de tuerca a aquella virtualidad matricial que en su día anunció Baudrillard y que el Matrix de los Wachowski elevó a la condición de fenómeno de masas. La obra de Joseph Falzon y Thomas Cadéne arranca desde una premisa similar a la que se desvelaba al final del filme: ¿Qué sucedería si nada de lo que vemos y sentimos fuera real? ¿Si todo lo que conocemos no fuese otra cosa que un simulacro creado por una entidad superior para confundir nuestros sentidos y nuestra consciencia?
Aquella idea de la vida como simulacro, que Baudrillard manejaba con intenciones simbólicas, adquiere una concreción ficcional en Matrix y Alt-Life. La película de los Wachowski planteaba la distopía tenebrosa de un mundo controlado y sometido por la inteligencia artificial; un futuro en el que el ser humano terminaba convertido en materia prima, combustible orgánico para mantener operativo el "sistema". Alt-Life propone una visión menos agorera (en un momento dado dos personajes del cómic llegan incluso a mencionar directamente a la cinta de los Wachowski aludiendo a ese pesimismo), pero igualmente abierta a interrogantes éticos y filosóficos. La existencia de los protagonistas de Matrix estaba ligada a un espejismo parasitario que les aportaba la ilusión de una vida mejor al mismo tiempo que consumía su energía vital. En la película los seres humanos no eran otra cosa que esclavos vegetativos e inconscientes. El cómic de Falzon y Cadéne reformula este último aspecto.
En un planeta Tierra superpoblado y abocado a la autodestrucción, debido a la extinción de sus recursos naturales, la evolución tecnológica abre una puerta a la esperanza. Se trata de una puerta (literalmente) ilusoria: se les ofrece a dos voluntarios, un hombre y una mujer, la posibilidad de ser pioneros en el experimento de realidad virtual definitivo. Vivirán en el interior de una vaina, de apariencia ovoide y orgánica, conectados a unos receptores sintéticos que les permitirán comunicarse entre ellos. Desde su interior deberán crear sus propios universos virtuales desde un ciberespacio vacío. A partir de ese instante, para los protagonistas (y durante el resto de su existencia) no existirá más realidad que la que ellos mismos sean capaces de edificar en su papel de dioses primigenios de la realidad virtual. No hay vuelta atrás ni posibilidad de retorno al mundo real, porque para estos dos voluntarios el mundo será lo que sus consciencias tengan a bien imaginar.
La historia de Alt-Life remite continuamente al mito primigenio de Adán y Eva: el hombre y la mujer desnudos abandonados a su suerte en el paraíso, sin más regla que la de evitar el desafío a la autoridad original (personificada en este caso en los ingenieros que programan las vainas y controlan su funcionamiento antes de que éstas devengan entidades autónomas). En sus primeros pasos en el "Nuevo Mundo" los personajes se sienten confusos y torpes, como dos recién nacidos. Poco a poco, sin embargo, aprenderán a "programar" el medio a su antojo: crearán a otros seres humanos, imaginarán nuevos paisajes, cumplirán sus deseos más descabellados...
Ese es uno de los principales debates que plantea Alt-Life: ¿Qué deseos íntimos satisfaríamos en primer lugar si tuviéramos un poder omnímodo sobre nuestro entorno? En el cómic, la respuesta se revela transparente: las pasiones sexuales. Si otorgamos credibilidad a sus autores, el ser humano es esclavo de sus represiones sexuales y de las restricciones sociales que la sociedad le impone. Si se nos permitiera vivir en un estado de emancipación absoluta, sin sacrificar nuestra condición evolutiva y sin ocasionar víctimas colaterales, nos dejaríamos llevar obsesivamente por los más bajos instintos y nuestras perversiones eróticas más febriles y recónditas. Eso es al menos lo que le sucede a la protagonista de Alt-Life y lo que también desearía su partenaire masculino si no estuviera cohibido por sus represiones y complejos.
Pero, más allá de las reflexiones freudianas y el fantaseo sexual, el cómic sigue moviéndose entre interrogantes en un juego de espejos en el que no deja de compararse la nueva realidad virtual de los personajes con aquella otra en la que habitaban: sus nuevas relaciones simuladas, con la vida en sociedad; la fragilidad de una existencia anclada a limitaciones físicas y fisiológicas, con la plenitud etérea e inmaculada del ente virtual... Así, hasta que los personajes tienen que enfrentarse con sus dudas más trascendentes: las que afectan a su propia consciencia; una consciencia, en este caso, omnipotente y demiúrgica.
Para dotar de verosimilitud su fábula utópica, Joseph Falzon ha optado por una línea clara realista, diáfana y desnuda de cualquier tipo de trama, en la que sólo el color y la perspectiva aportan volumen. Su estilo nos recuerda al de otros contemporáneos, como Ruppert & Mulot o Jason Lutes, aunque entre sus referencias visuales directas parece inevitable mencionar a Moebius y su imaginario futurista. Más que por su correcto apartado gráfico, sin embargo, Alt-Life nos ha llamado la atención por su original revisión de varios temas clásicos de la ciencia ficción, como la inteligencia artificial, la interpretación de la realidad como simulacro o la idea de una inteligencia sintética matricial. En este sentido, la obra de Falzon y Cadéne nos ha parecido un buen pretexto para generar debates éticos y agitar las ansias especulativas. 
https://www.abc.com.py/edicion-impresa/suplementos/cultural/2019/06/30/alt-life-de-falzon-y-cadene-virtualidades-matriciales/

martes, junio 11, 2019

Género y conciencia autoral en el cómic español (1970-2018)

Nos acaba de llegar el recién publicado volumen 5 de la colección Grafikalismos que la Universidad de León ha editado en colaboración con la editorial Eolas. Bajo el título Género y conciencia autoral en el cómic español (1970-2018), el director de la colección, José Manuel Trabado, ha coordinado un ambicioso volumen de 440 páginas a todo color en las que se estudia la obra de autores como Alfonso Font, Carlos Giménez, Max, Miguelanxo Prado, Laura Pérez Vernetti, Federico del Barrio, Miguel Gallardo, Paco Roca, Luis Durán, Emma Ríos y David Rubín.
El libro colectivo se enmarca entre las actividades del grupo de investigación GRECONAGRA de la Universidad de León. Los textos que lo conforman han corrido a cargo de algunos de los nombres más importantes de la investigación del cómic en España: José Manuel Trabado, Antoni Guiral, Miguel Ángel Muro, Jesús García Sierra (Yexus), Álvaro Pons, Ana Merino, Esther Claudio, Juan Manuel Guereñu, Inés González Cabeza y Nerea Fernández Rodríguez. La espectacular edición y la calidad de los textos seleccionados hacen de este volumen una obra de referencia para acercarse a muchos de los nombres esenciales del cómic español contemporáneo. En nuestro caso, hemos tenido la suerte de poder participar en la obra con un capítulo dedicado a uno de nuestros autores favoritos. El título, "Federico del Barrio. Los límites del lenguaje".   
Les dejamos con el índice de los artículos y con la nota reseñada de José Manuel Trabado:

En una suerte de once catas prospectivas, el lector puede observar a lo largo de estas páginas las mutaciones que la narración gráfica ha experimentado desde los años 70 y que la han llevado desde el territorio del quiosco al espacio del museo. Su condición cultural ha cambiado radicalmente, lo que da buena muestra de la versatilidad que posee su gramática. El género fue un lenguaje que articuló imaginarios gráficos y esbozó un inventario de fórmulas narrativas que buscaban una avidez cómplice en el receptor: un salvoconducto para la lectura. De forma paralela, se desarrollaba la conciencia de creador que buscaba desarrollar sus historias al margen del crisol de la ciencia ficción, lo fantástico, el terror, etc. El objetivo de este libro es crear un espacio de reflexión para esta dialéctica entre el género, concebido como molde en constante metamorfosis, y la fuerza de un estilo ingobernable, sin pautas ni normas, que persigue construir un universo propio e intransferible. Los caminos para ello son apasionantes, las fronteras difusas y los mapas provisionales.

lunes, abril 15, 2019

Cómics esenciales 2018, de Jot Down y ACDCómic

Por tercer año consecutivo, la ACDCómic coedita junto a la revista Jot Down su anuario con los cómics más destacados del año para la crítica. La estupenda portada del Cómics esenciales 2018 corre a cargo de Natacha Bustos y Albert Monteys, protagonistas también de una exhaustiva entrevista a dos bandas a cargo de Marc Charles e Iván Galiano (coordinador del volumen). Además, en sus 240 páginas encontramos 100 reseñas que incluyen casi todas las grandes obras publicadas en España en 2018 (incluidas todas aquellas que han formado parte de "los esenciales" de la Asociación). La nota promocional completa esta información:
Los autores son divulgadores y críticos de formaciones y especializaciones muy distintas, así como de diferentes generaciones, lo que ayuda a que la selección del anuario se plasme una visión diversa y plural. Algunos autores destacados son Pepo Pérez, Elena Masarah, Bouman, Cristina Hombrados, Edu Maroño, Joel Mercé, Raúl Tudela, Jota Lynnot, Oriol Estrada, Josep Oliver y Jon Spinaro, entre otros.
Finaliza el libro con cinco artículos de aspecto más teórico que tratan en profundidad géneros y tendencias protagonistas en la actualidad del mundo del cómic; los temas que se abordan son: el relevo generacional en el cómic, el fanzine como producto de interés editorial, el cómic en lationamérica, el origen del cómic code y los deseos y su relación con la creación de imaginarios en el manga. 
Cómics Esenciales 2018 es de interés tanto para curiosos de este arte que apenas hayan indagado en él y quieren zambullirse en el mosaico de posibilidades del medio, como para quienes quieren revisar sus lecturas anuales y comparar sus notas con las de los críticos que han participado en el anuario. Igualmente, se trata de una buena herramienta para la selección de títulos a la hora de completar catálogos y estar al día del mundo del cómic en España.
Como en años precedentes, se nos ha invitado a colaborar en el libro con una reseña. Hemos elegido para la ocasión a uno de nuestros autores europeos favoritos Emmanuel Guibert, artífice a su vez de uno de los cómics que mas nos gustó en 2018: Martha y Alan; a la postre, la última entrega de la peculiar reconstrucción biográfica que Guibert está haciendo de la vida de su amigo Ingram Alan Cope. A todo ello nos referimos en nuestro texto. Les dejamos aquí las primeras líneas de "Martha y Alan, de Emmanuel Guibert. Postales de una vida":
En el año 2000, Emmanuel Guibert publicó para L’Association los dos primeros volúmenes de La guerra de Alan, con el subtítulo “D'après les souvenirs d'Alan Ingram Cope” (“Según los recuerdos de Alan Ingram Cope”). En sus páginas se relataba, en primera persona, un episodio de la biografía del protagonista: el reclutamiento de Alan para combatir en la Segunda Guerra Mundial (después del Bombardeo japonés en Pearl Harbour) y su participación en el conflicto. Una duda legítima asaltaba al lector de La guerra de Alan en estos tiempos de simulacros postmodernos: ¿Es Alan Ingram Cope un personaje real o un artificio ficcional al servicio de Guibert? Aunque el interrogante sigue rondando como una sospecha divertida en algunos momentos posteriores de la reconstrucción biográfica del personaje, el propio autor se encargó de arrojar luz sobre el misterio en el prefacio de su primera entrega:

Cuando conocí a Alan Cope, contaba éste sesenta y nueve años y yo treinta. No sabíamos entonces que sólo disponíamos de cinco años para ser amigos, pero hicimos como si lo supiéramos. No malgastamos las horas, que decía Alan. Pasamos mucho tiempo juntos. Intercambiamos centenares de cartas y llamadas telefónicas. Nos nutrimos de libros, de dibujos, de casetes. 

Supuestamente, fue de este intercambio de afectos, de la excelente memoria de Alan y de las muchas horas de conversación entre ambos (bastantes de ellas recogidas en grabaciones magnetofónicas), de donde Guibert extrajo la materia prima para modelar la semblanza de su amigo, que fallecería poco tiempo después.

martes, febrero 05, 2019

10 cómics de 2018 para ABC Color

De aquella lista llena de tebeos imperdibles que hicimos hace unas semanas con lo mejor de 2018, tuvimos que reseleccionar (a las publicaciones prensa no les valen los scrolls del muro bitacórico) diez cómics para el suplemento cultural de ABC Color. Decidimos ser clásicos y optar por la variedad. La lista de cómics fue en páginas centrales y quedó de este modo:
Si se perdieron aquella primera y más amplia selección o si quieren repasar la lista sin dejarse los ojos, pueden echarle un vistazo al texto desde la página web del periódico: "10 cómics de 2018".

jueves, mayo 17, 2018

Con Sonny Liew en Jot Down

Por segundo año, Jot Down (gracias a la perseverancia de su editor de cómics Iván Galiano) y ACDCómic han decidido publicar su anuario con los cómics esenciales de 2017. Así se anuncia en la página editorial de la revista:

Cómics Esenciales 2017 es un anuario de Jot Down y la Asociación de Críticos y divulgadores de Cómic que explora las obras y los temas más relevantes en el año de referencia de la mano de los mayores expertos en cómics. Firmas como Jordi Canyissà, Francisco Naranjo, Elizabeth Casillas, Óscar Senar, Alex Serrano, Kike Infame, Carolina Plou, Óscar Gual, Daniel Ausente, Henrique Torreiro y Joan S. Luna, entre otros, reseñan los 100 mejores cómics publicados en España durante el año 2017 a lo largo de 244 páginas a todo color. Cómics Esenciales 2017 también incluye una entrevista de Álvaro Pons a Nuria Tamarit y Daniel Torres y cinco artículos que tratan en profundidad aspectos, géneros y tendencias protagonistas en la actualidad del mundo del cómic. Incluye la versión digital para descargar inmediatamente.
Y un año más, también, hemos tenido la suerte de que nos inviten a participar en el mismo. Lo hemos hecho con una reseña de El arte de Charlie Chan Hock Chye. Una historia de Singapur (Amok/Dibbuks, 2017), de Sonny Liew, uno de nuestros cómics favoritos del año pasado; que además se alzó con el Premio a la Mejor Obra Extranjera en el Salón del Cómic de Barcelona 2018. Así comienza nuestra reseña: 

Antes de profundizar en El arte de Charlie Chan Hock Chye. Una historia de Singapur, de Sonny Liew, nos gustaría referirnos a sus portadas. En la edición española de Amok/Dibbuks se muestra el dibujo de lo que parece ser una foto familiar antigua sobre el fondo sepia de un papel de estraza envejecido. Sólo cuando prestamos atención a los detalles reparamos en que los cinco personajes retratados con estilizado realismo que conforman el grupo son en realidad una misma persona en diferentes momentos de su vida: se trata de cinco versiones cronológicas de Charlie Chan, el personaje que da nombre a la obra.

La cubierta original singapurense, sin embargo, es completamente diferente. En su día, Epigram Books optó por una portada-collage formada por cuatro viñetas distintas: la más grande (la que ocupa los dos tercios superiores de la página) representa a un niño oriental dibujado con el estilo clásico del manga infantil que popularizó Osamu Tezuka; el mismo estilo se repite en las dos primeras viñetas que ocupan la banda inferior, que muestran un robot y una escena de multitudes. En la viñeta inferior derecha, por el contrario, se representa medio rostro humano en un estilo pictórico muy realista.

La elección de portadas alternativas en las diferentes ediciones (en Estados Unidos Pantheon Books utilizó la portada de Epigram) no es irrelevante. Todas ellas nos descubren información significativa acerca de El arte de Charlie Chan Hock Chye.
 

jueves, febrero 08, 2018

Comicperiodismo: Oscuridades Programadas, de Sarah Glidden, en ABC Color

ABC Color nos ha prestado su tribuna para hablar de ese excelente cómic que es Oscuridades programadas, de Sarah Glidden, y para reflexionar sobre el comicperiodismo y su estado actual. Les dejamos aquí mismo las planillas centrales del suplemento y el artículo íntegro: "Los caminos del comicperiodismo: Oscuridades Programadas, de Sarah Glidden".
Las referencias al mundo del periodismo como fuente de creación de ambientes o inspiración argumental han sido recurrentes en la historia del cómic. Desde Clark Kent a Kurt Severino (el personaje del Berlín, de Jason Lutes), pasando por Tintín o el inefable Reporter Tribulete, los tebeos han estado habitados por multitud de periodistas y fotógrafos que desempeñaban sus faenas reporteriles a la luz de una viñeta. En principio, la excusa temática para explorar parajes desconocidos, dar a conocer a personajes extravagantes y desentrañar misterios no podía ser mejor.
Sin embargo, en estas líneas no nos referiremos al periodismo como medio inspirador, sino como materia constitutiva y vehicular. Hablaremos de cómics que se alimentan de la naturaleza del periodismo, es decir, que funcionan en sí mismos como crónicas, noticias o reportajes de investigación. De cómics que, por así decirlo, podrían haber sido o han sido hechos por periodistas. 

Pioneros
La mención primera es obvia. No hay reseña o análisis de Maus que omita su Premio Pulitzer en 1992; unos premios anuales que se conceden a los mejores trabajos de investigación periodística. En su obra (que probablemente supuso el pistoletazo de salida al auge contemporáneo del formato de la «novela gráfica»), Art Spiegelman narraba, mediante una recreación fabulística protagonizada por ratones y gatos, la historia del holocausto a través de los ojos de su padre, Vladek, superviviente de Auschwitz. Pero al mismo tiempo, en un juego de metarrelatos y niveles narrativos, describía el proceso de recreación de ese relato: de este modo, la obra se componía, en su primera parte, de la historia de supervivencia de Vladek; mientras que la segunda reconstruía narrativamente los encuentros entre Spiegelman, su padre y su madre adoptiva que hicieron posible la historia inicial. De este modo, Maus incluye la disección de su propia génesis: el cómo se hizo Maus.
Lo que más nos interesa aquí, sin embargo, es la naturaleza de un trabajo que tuvo mucho de investigación y de reportaje periodístico. Spiegelman ahondó en las raíces del infierno nazi e intentó derribar la coraza de autoprotección de algunas de sus víctimas para ofrecer una crónica honesta de su sufrimiento sin ahorrarse en el empeño sofocos personales y angustias existenciales.
Spiegelman rompió una barrera que llevaba décadas resquebrajándose: la que sujetaba al cómic dentro del territorio de la ficción. Las confesiones personales de los creadores transgresores del underground o los experimentos sociológicos y reivindicativos de los autores europeos habían puesto en duda la naturaleza misma del cómic, demostrando que, además de un objeto cultural o una obra de entretenimiento, el cómic era un lenguaje, que se amoldaba a cualquier tipo de discurso narrativo. Incluido el periodístico.
La influencia de Maus se extendió con rapidez. Una vez abierto el dique, la marea fue imparable. Persépolis, de Marjan Satrapi, también funcionaba como crónica filtrada por vivencias subjetivas: las que experimentó la propia autora durante su niñez en Irán durante la llegada al poder del integrismo islámico de los ayatolas. No obstante, en este caso el relato añade multitud de elementos biográficos y simbólicos (sobre todo en su parte gráfica, con una influencia directa de David B. y su obra La ascensión del gran mal, 1996), que introducen unos niveles de imaginación y de recreación fantasiosa que contrastan con la presentación objetiva y rigurosa que se le presupone a un ejercicio periodístico.
Un ejemplo similar es el de los trabajos del canadiense Guy Delisle, que se apartan del reportaje periodístico puro y duro con intenciones humorísticas reforzadas por el empleo de una caricatura muy sintética y expresiva. Shenzhen (2000), Pyongyang (2003) y Crónicas birmanas (2008) son obras que se mueven a medio camino entre el relato de viajes, la comedia costumbrista y la crónica corresponsal. 

Joe Sacco: El maestro del cómic periodístico
Pero si hay un autor que encaja como un guante en la etiqueta de comicperiodismo, es sin duda el norteamericano (maltés de nacimiento) Joe Sacco. En sus obras no hay atisbo de la fabulación, el simbolismo, la fantasía o el humor que convertía a los ejemplos precedentes en acercamientos híbridos al ejercicio periodístico. Joe Sacco es un periodista que no escribe reportajes, los dibuja. De ello dan fe sus colaboraciones habituales en medios como The Guardian, Harper’s Magazine o The Washington Post.
En sus cómics, habitualmente Sacco se dibuja a sí mismo como interlocutor de los personajes a los que entrevista. A partir de esos testimonios dibujados secuencialmente, reconstruye con rigor la crónica histórica de conflictos bélicos enquistados en el mapa de las zonas calientes: Palestina: en la franja de Gaza (1993-1995), Gorazde: zona protegida (2000), El mediador (2003), Notas a pie de Gaza (2009)… Pese a su autorrepresentación, intenta huir de cualquier tipo de subjetividad o de juicio de valor. En sus reportajes son los hechos y los personajes quienes hablan y ayudan a construir la historia.
Uno de los mejores ejemplos recientes de cómic periodístico en español es Los vagabundos de la chatarra (2015). Sus autores, el dibujante Sagar Fornies y el escritor/periodista Jorge Carrión, se acercan a los efectos de la crisis económica que ha sumido a Occidente en un largo periodo de políticas de austeridad, recesión económica y pérdida de derechos sociales y laborales. Se sumergen en una Ciudad Condal subterránea, desconocida, habitada por los Otros: ciudadanos que sobreviven en una precariedad irresoluble y en un estado de indefinición por lo que respecta a su situación legal y civil. Bastantes de ellos son inmigrantes ilegales, otros, pequeños criminales reincidentes y, casi todos, víctimas (y «esclavos a sueldo») de todo tipo de mafias.
El epílogo del cómic es el resultado de una conversación (una entrevista informal) en viñetas entre el guionista, Jorge Carrión, y un Joe Sacco que se encontraba de visita en Barcelona; el encuentro se desarrolla entre paseos y comidas, en presencia de Sagar y otros amigos. En un momento dado de la entrevista se desarrolla el siguiente diálogo:
- Jorge Carrión: Yo creo que el auténtico New Journalism está en el cómic de no ficción.
- Joe Sacco: Puedes decir que el cómic es una nueva estética, estoy de acuerdo. Pero no conozco el panorama general como para saber si es el único lenguaje que está aportando algo nuevo. Tal vez hoy haya documentalistas que lo están haciendo también en cine… 
- JC: Tienes razón: la renovación formal se está produciendo en varios lenguajes. ¿Qué es lo que no se puede perder, lo que hay que conservar? 
- JS: Lo que importa del periodismo es el compromiso. Los hechos importan. La realidad importa. Las víctimas imperan. Hay que cuestionar el poder. Esos son los fundamentos morales que hay que defender. (…) 
- JC: Art Spiegelman es el gran referente del cómic autobiográfico, y tú lo eres del periodístico. Sois por tanto los maestros, voluntarios o no. ¿Cómo ves la próxima generación de autores de cómic de no ficción? 
- JS: Josh Neufeld y Sarah Glidden son buenos. Hay una nueva generación de dibujantes y autores franceses, como los que agrupa la revista XXI. O españoles también, que siguen trabajando en el cómic como experimento. Es lo bueno de este lenguaje: que todo está en marcha, todo se está haciendo, es todavía posible encontrar nuevas formas para acercarte a un tema... 

Sarah Glidden: Oscuridades Programadas
En el año 2010, la dibujante Sarah Glidden se unió al colectivo de periodistas independientes Seattle Globalist en una expedición a Irak y Siria para realizar reportajes periodísticos sobre la situación posbélica en Oriente Próximo (acababa de concluir la Segunda Guerra de Irak). El proyecto de Seattle Globalist había sido concebido cinco años antes por iniciativa de Sarah Stuteville, Alex Stonehill y Jessica Partnow, periodistas aficionados y amigos de Glidden. Además de ella, a la expedición se unió el excombatiente en la Guerra de Irak Dan O’Brien. De las experiencias del viaje y de las muchas entrevistas realizadas sobre el terreno nace Oscuridades programadas, un ejercicio de comicperiodismo de Sarah Glidden.Glidden recurre al mismo rol de dibujante-periodista-personaje que inaugurara Joe Sacco. Utiliza la autorrepresentación para mostrarnos visualmente el desarrollo de la noticia desde dentro y se sitúa en el plano doble de personaje y testigo en primera persona que intenta trasladar objetivamente la veracidad de los hechos a un formato de secuenciación en viñetas.
En la introducción, la propia Sarah advierte de los inconvenientes de su propuesta. Está por un lado el problema de la limitación espacial: la naturaleza gráfico-textual del cómic exige un ejercicio de concisión mayor que cualquier otro formato «literario». Así, aunque en los comentarios a su trabajo señala que todos los testimonios recogidos son veraces, reconoce que «las conversaciones transcriptas han pasado por una fase de edición y condensación con el fin de que se transformaran en el guión de un cómic legible que no tuviera un millar de páginas».
Pero sobre todo, asume la autora, debe tenerse en cuenta el hecho de que toda narración supone un proceso de reconstrucción y, consecuentemente, una ficcionalización de los hechos relatados. Así, señala que ha moldeado los «hechos y diálogos reales para componer una historia, pero la vida de una persona no es una historia. Todos creamos narraciones de nuestras propias vidas, destacando algunas experiencias y dejando otras de lado. (…) Cuando contamos nuestra historia a alguien, esa otra persona presta atención a ciertos detalles y pasa por alto otros, un proceso que se acentúa cuando esa persona narra la misma historia a un tercero. Por ese motivo es imposible alcanzar una objetividad real en el periodismo narrativo (y podría decirse lo mismo de cualquier otro tipo de periodismo)».
En el caso de un cómic periodístico existe, además, la mediación interpuesta del dibujo. El autor debe adoptar una decisión por lo que respecta a la elección de un estilo gráfico. Esto añadirá nuevos matices al debate de la «objetividad» y supondrá un nuevo filtro por lo que respecta a la interpretación de la realidad. Sacco optó por un estilo heredero del underground (a medio camino entre el realismo y la caricatura), apoyado en una trama profusa y un rayado abundante: un dibujo que provocaba cierto distanciamiento de la condición trágica de los sucesos narrados. Glidden apuesta por un naturalismo de líneas sencillas y cierto minimalismo en la puesta de escena. Para reforzar la expresividad y el realismo de su propuesta, recurre a unas acuarelas que, con sobria brillantez, añaden color y tridimensionalidad al conjunto.
La historia de Oscuridades programadas respira veracidad a lo largo de todo su recorrido. En el viaje real que hicieron sus protagonistas, el trayecto fue tan importante como la estancia en las zonas de conflicto. En trenes, aviones y taxis, los cuatro miembros de la expedición (Jessica Partnow solo se les unió en la última fase) ultimaron los preparativos: en el largo viaje en tren que les llevó de Turquía a Irán al comienzo del periplo, por ejemplo, organizaron sus ideas, establecieron un plan de actuación y un sistema de edición de los contenidos. Luego, desde la ciudad de Van y su campo de refugiados, se adentraron en Irak a través del Kurdistán, antes de dirigirse a Suleimaniya a investigar la extravagante y dramática historia de Sam Malkandi: refugiado de guerra kurdo-iraquí realojado en Estados Unidos y más tarde extraditado de nuevo a Irak por una relación tangencial, nunca probada del todo, con los atentados del 11-S.
Oscuridades programadas reflexiona sobre hechos de la historia reciente cuyas consecuencias y desarrollo ulterior conocemos bien. De su lectura pareciera deducirse ese mensaje desesperanzado de que no importa cuán mal estén las cosas, porque siempre pueden ir peor. Cuando los cuatro periodistas llegan a Siria y comienzan a entrevistarse con refugiados iraquíes que intentan rehacer su vida en el país vecino, nada parecía anunciar la ola de devastación que solo un año después habría de destruir el país y contagiarlo de la debacle iraquí. Así, leemos las reflexiones de Glidden en 2010 con un sobrecogedor escalofrío anticipatorio: «Siria es un refugio de la violencia sectaria que en Irak enfrenta a suníes y chiíes y a otras minorías. Hasta ahora, esas luchas nunca han traspasado la frontera. Estas personas viven en pisos en la ciudad, no en tiendas de campaña. La lengua y cultura sirias les resultan familiares y sus hijos pueden escolarizarse gratuitamente en primaria y secundaria. Pero su vida está lejos de ser fácil. Para empezar, a los refugiados no les permiten trabajar». Es imposible no preguntarse qué habrá sido de aquellos refugiados, miembros de una clase media iraquí que lo perdió todo tras la invasión; pero es igualmente difícil no pensar en la nueva oleada de desposeídos sirios que se ha unido a aquella primera marea de refugiados y de cómo el que era un país de acogida se ha visto transformado en un nuevo campo de muerte y desolación habitado por sombras que tratan de escapar de él.
Oscuridades programadas reflexiona también sobre la responsabilidad de Occidente en el proceso de desintegración de unos países que sujetaban su precaria estabilidad al gobierno de sátrapas y dictadores; países cuya dinámica histórica pareció ajustarse a los intereses de Occidente durante largo tiempo. La figura del exmarine Dan O’Brien es fundamental en este proceso de asunción catártica que intenta desviar la mirada patriótica de las gestas de un ejército de liberación, hacia el espacio luctuoso de las vidas rotas y el dolor infringido en una población civil que, mal que bien, sobrevivía en una paz estricta y amordazada. En ese territorio de asunción de responsabilidades se despliega uno de los conflictos interiores que se desarrollan en Oscuridades programadas: el del soldado Dan, muchas de cuyas certezas y convicciones se desmoronan poco a poco.
El cómic de Glidden es un reportaje periodístico que avanza en la línea metaficcional que la novela gráfica ha adoptado en las dos últimas décadas, pero también es un doble ejercicio autorreferencial sobre el acto de ser periodista, en primer lugar, y sobre la realidad del dibujante de cómics, en segundo. No se limita a ser un cómic que funciona como reportaje periodístico, sino que disecciona las dos profesiones desde dentro. En su construcción, el proceso resulta tan importante como la historia final que se edifica en el reportaje: por eso, en sus páginas asistimos a los fatigosos preparativos y tiempos muertos previos al reportaje, se nos desvelan las dificultades técnicas que implica la construcción de una noticia y de un cómic, somos testigos de los obstáculos que se presentan durante los procesos de investigación y creación y, por último, se nos hace partícipes de la construcción ficcional que implica toda narración (periodística, comicográfica, audiovisual, etc.). Al penetrar en los procesos intestinos de la construcción de la historia, el lector mismo pasa a formar parte de la creación metaficcional que edifica su autora: un cómic dentro del cómic, un reportaje periodístico que se construye a sí mismo mientras se bucea en su proceso creativo. Postmodernidad en estado puro.
En las primeras páginas, Sarah Glidden le pide a su amiga, la periodista Sdlarah Stuteville, que le dé una definición de periodismo. Esta, después de dudarlo, le responde que comparte esa idea que circunscribe su profesión a todo «lo que sea informativo, verificable, responsable e independiente». Una de las preguntas que se plantea esta novela gráfica es, precisamente, qué cuota de responsabilidad debemos asignar al periodismo actual en la ecuación de injusticias e inequidades globales. La misma Sarah se lo cuestiona en las páginas finales del cómic: «Que la gente considere el periodismo poco ético… me saca de mis casillas, pero en cierto modo entiendo por qué. (…) Muchos factores están contribuyendo al declive del periodismo tal y como lo conocemos. Internet y los modelos económicos tienen mucho que ver. Pero también el elitismo y la arrogancia, y la desconfianza en los periodistas y los medios. Obviamente, lo que precedió a la guerra de Irak no ayudó nada. Ni el auge del estilo tendencioso de los informativos de canales privados, ni la politización, que haya medios de izquierdas y de derechas…».
Una vez leído el cómic de Glidden, tenemos la sensación de que Oscuridades Programadas es periodismo del bueno, pero nos surge la duda de si, en estos tiempos de posverdades y noticias redactadas al dictado de intereses espurios, hay tantos periodistas que de verdad hacen honor a tal nombre.