miércoles, noviembre 07, 2018

Aquí hay una historia de fantasmas

Esta tarde nos hemos enterado de la adaptación al cine de Corto Maltés, el personaje mítico de Hugo Pratt; una noticia que, a la vista del póster, el reparto y el director elegidos, ha suscitado múltiples recelos cercanos al temor mitómano. Luego, mientras seguíamos en una red social una conversación entre comiqueros ilustrados acerca de las terribles adaptaciones cinematográficas que se hacen de los álbumes clásicos europeos (suscribimos la mayor), nos hemos cuestionado si la literalidad estricta tiene en realidad algún sentido cuando se persigue la interdiscursividad narrativa. La búsqueda de exactitud en el trasvase entre diferentes medios culturales suele terminar en fracaso, sencillamente, porque se le da una relevancia máxima a la historia (aquello que se cuenta) en detrimento del vehículo discursivo (el medio que empleamos para contar esa historia: cine, literatura, cómic, teatro, etc.). Cada vehículo tiene sus herramientas y crea su propio lenguaje, de ahí que la transposición exacta no tiene por qué funcionar de igual manera en todos ellos.
Curiosamente –luego entenderán por qué–, justo después de enredarnos en estas tribulaciones hemos ido al cine a ver A Ghost Story (2017), la exigente película de David Lowery. Se trata de un filme que demanda un masticado lento y voluntades firmes, una obra que necesita de la complicidad del espectador (y en bastantes momentos de su paciencia) para desarrollar su brillante reflexión acerca del paso del tiempo y de las estrategias a las que recurrimos los seres humanos para intentar asirlo a nuestra experiencia a partir de los recuerdos, la escritura, la música, etc. Los fantasmas de A Ghost Story no son sino el eco de una existencia, sombras de vidas que han dejado de serlo. Sin embargo, la mirada de Lowery relativiza el peso de los recuerdos y nuestra huella misma en el tiempo y en el espacio: cada existencia individual, cada vida, se diluye en el fluir de la Historia hasta desaparecer en los pliegues cruzados de las intersecciones temporales y geográficas. Aunque intentáramos acotar espacial y temporalmente las reverberaciones de una vida concreta (por ejemplo, algunos años de la vida de un hombre joven en su lugar de residencia), llegaríamos a la dramática conclusión de que el tiempo es inasible (como lo es el recuerdo o la impronta que dejará cualquiere ser humano) incluso en pequeñas dosis.
En A Ghost Story se cruzan con sutilidad esas dos metáforas, la del fantasma como eco de vida y la del paso del tiempo como memoria (recuerdo/huella/texto) que se deshilacha hasta desaparecer en el océano inmenso de la existencia. Y, como en todos los textos artísticos complejos, ese planteamiento inicial da pie a nuevas ideas e interpretaciones simbólicas que se enriquecen y crecen en múltiples inteconexiones (la idea de la infancia como único espacio de irrealidad en el que los fantasmas conviven físicamente con los seres vivos; o esa otra idea clásica del fantasma anclado al último espacio que ocupó su existencia humana anterior).
Pues bien, volviendo al tema de los trasvases interdiscursivos (o transmediales) resulta que A Ghost Story es la adaptación más perfecta posible de un cómic del todo inadaptable: nos referimos, por supuesto, a Aquí, la obra maestra de Richard McGuire. Desde su primera versión en aquellas seis páginas sorprendentes que se publicaron en 1989 en la revista Raw (de Spiegelman y Mouly), y que pillaron al mundillo del cómic a contrapié, hasta su revisión y resolución magistral como novela gráfica aclamada por la crítica y el público en 2014, el Here de McGuire marca un hito por lo que respecta a las posibilidades del lenguaje comicográfico. Ya escribimos largamente de ello en su día.
Los paralelismos entre la obra de Lowery y la de McGuire son evidentes: desde su base temática (el tiempo como mensaje), a su fundamentación metafórico-simbólica a partir del contexto único (estable-inamovible) de una vivienda y los habitantes (transitorios-fugaces) que la ocupan antes, durante y después de su existencia arquitectónica. A Ghost Story y Here comparten inspiración y una base argumental muy similar, pero también muchas otras cosas. Como sus silencios, su mensaje trascendente, su imaginativa plasticidad a la hora de plasmar visualmente el paso del tiempo; o como la complejidad poliédrica de sus respectivas puestas en escena (sea a través de dibujos o de secuencias cinematográficas). 
Estamos ante dos anomalías artísticas que parecieran haber surgido de un mismo genio creativo, dos joyas en sus respectivos medios narrativos. Nos apostaríamos algo a que a David Lowery le gustan los cómics.

viernes, noviembre 02, 2018

Usted #9, de Esteban Hernández. Siempre hacia adelante

Esteban Hernández ha publicado este año la novena entrega de Usted, un fanzine que, recordemos, ya obtuvo su reconocimiento en el Salón de Cómic de Barcelona 2012, pero que no deja de mejorar. A esta nueva entrega (en una edición numerada de 200 ejemplares) le sientan estupendamente su formato apaisado con lomo, la combinación de historias a color con otras en blanco y negro o bitono y el empleo de un papel satinado de alto gramaje. Siempre avanzando, siempre buscando. 
Once historias cortas, con diferentes apuestas estilísticas y recorridos narrativos, completan el fanzine. Casi todas ellas unidas por el hilo sutil de la confesión autobiográfica y de la vivencia existencial. Detrás de cada protagonista de Esteban Hernández, con sus diferentes estilos gráficos y perfiles físicos, se descubre casi siempre al autor mismo en primerísima persona. 
La primera serie de historias despliega cuatro episodios breves de la vida de un mismo protagonista ("Armonía", "Todo eso pasó", "Mi nuevo, solitario y anónimo vecino" y "Es verdad"), conectados entre sí gracias al mencionado tono existencialista que define la obra de Hernández. Más adelante en el fanzine, otras historias ("Como campanas", "Si quieres escríbele algo útil al anciano que serás", "No lo sé" y "Rudimento") volverán a recuperar esa misma impronta temática y gráfica (uso del color y un trazo similar). Los cuatro relatos que completan el tebeo ("¡Bronca!", "Gatos", "Todos somos el hombre saludable" y "El humor en forma") ofrecen variantes estilísticas (se acentúa el trazo caricaturesco), técnicas (se reduce el empleo del color al bitono) y temáticas (abunda la anécdota sobre la reflexión), pero no acaban de abandonar el espíritu confesional de Hernández.
Las reflexiones filosóficas de andar por casa presentes en este nuevo número de Usted son un ejemplo de la capacidad introspectiva del autor y de su atención a las pequeñas cosas: a los estados de ánimo volátiles y a las penumbras cotidianas que perfilan una personalidad a base de resacas, deudas, obligaciones laborales y compañías molestas; a las reflexiones introspectivas que encierran los secretos del mundo; o, sencillamente, al desorden doméstico que nos obliga a revisar rutinas y a configura otras nuevas. 
Pese a su íntima abstracción filosófica, es éste de la "filosofía doméstica" un nicho temático en el que el cómic se adentra con relativa frecuencia. Reconociéndole la paternidad del "género" a Robert Crumb, Esteban Hernández emparenta con otros autores muy diversos como Kevin Huizenga o Joe Decie. Lo que más sorprende en el ciudadrealeño, no obstante, es que, para desplegar sus intimidades reflexivas, apueste por un estilo gráfico profundamente antinaturalista y continuamente cambiante. En Usted #9 hay ejemplos numerosos de esa alternancia estilística que discurre desde el caricaturismo ligeramente cubista a la deformación grotesca. Esteban Hernández en estado puro.