A la luz de los acontecimientos políticos y la deriva bélica reciente en este mundo alarmado y alarmante, nos ha parecido pertinente recuperar uno de los epígrafes finales de nuestro libro de 2023 La normalización postmoderna (1989-2021) titulado "El fin del imperio". Lo reproduciremos en nuestro blog en varias entregas, incluyendo las citas a pie de página pero eliminando los cuadros de reseñas comicográficas que, a lo largo del libro, ilustran cada exposición y "dialogan" con el texto.
EL FIN DEL IMPERIO (I)
Uno
de esos muros que se mencionan en La grieta sirve como título a la ficción que John
Lanchester escribió en 2019. Una distopía que actualiza
el legado de Orwell, Huxley y Bradbury al escenario geopolítico actual y proyecta un decorado
nada descabellado en el que la separación entre países ricos y pobres por medio
de fronteras físicas se impondría como único modelo político posible global de
organización supranacional. Como en Cisjordania o en la frontera inventada por
Donald Trump para
México, en El Muro también hay una muralla de hormigón construida
para separar a los países privilegiados de sus vecinos, un muro ideado para
defender un modo de vida consumista que sólo parece sostenible a expensas de la
pobreza a la que está sometida un porcentaje mayoritario de la población
mundial y la explotación de sus recursos naturales por parte del Primer Mundo.
En
la novela de Lanchester, el Muro separa a los Defensores (de ese
modo de vida privilegiado) de los Otros (el grupo de los excluidos que intentan
cruzarlo a riesgo de su propia vida).[3] Se habla en la novela de un
punto de inflexión en el suceder histórico, el «Cambio», un conflicto o un momento
de crisis que terminó por separar físicamente a los favorecidos con el derecho
a una vida (comida, un hogar, trabajo…) de los desahuciados del otro mundo. La
verdadera paradoja de El Muro es que ni tan siquiera la vida de esos
habitantes del primer mundo (con sus regulaciones asfixiantes y su inhumano
servicio militar obligatorio para la defensa de sus privilegios) parece contar
con demasiados alicientes o atractivos. Como otras distopías clásicas, El
Muro se mueve en un escenario de calculada abstracción e imprecisión
cronológica, aunque Lanchester localiza su escenario en Gran Bretaña. Sabemos
que la barrera de hormigón de la novela protege los algo más de 10.000 kilómetros
de la costa británica, pero por lo que a su carga simbólica respecta, su
perímetro podría ser el de Norteamérica o el de la frontera exterior de Europa.
Precisamente
es el inmovilismo de una Europa envejecida, anquilosada e ineficiente a la hora
de solucionar sus problemas internos (Guerra de los Balcanes, auge de los
nacionalismos y de la ultraderecha, ausencia de una política fiscal común,
crisis de los emigrantes Sirios, etc.) y aparentemente incapaz para postularse
como una alternativa al liderazgo mundial de Estados Unidos, lo que ha llevado
a numerosos historiadores —continuistas de las tesis que planteó Oswald
Spengler en
1918— a vaticinar un traspaso de poderes, un cambio fundamental en la gobernanza
mundial de la globalización.[4] El que ha sido el gran
imperio durante más de un siglo da muestras de agotamiento y descomposición. Es
un hecho consustancial en la sucesión de los diferentes ciclos históricos: pasó
en Egipto, con el Imperio Romano, con los Imperios Inca y Azteca, en la China
de la dinastía Han, con la Italia del Renacimiento y con los imperios de
ultramar de España, Francia e Inglaterra. Y ahora está sucediendo con Estados
Unidos. Parece que la decadencia de Occidente spengleriana ha entrado por fin en su fase final.
Los
síntomas no dejan de sucederse desde el nacimiento de un siglo XXI que se
inauguró con un acontecimiento luctuoso de enorme valor simbólico: los
atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 y el colapso de las Torres
Gemelas (World Trade Center). La amenaza terrorista global resultó ser la excusa
definitiva para justificar la culminación de un proceso de liberalización
económica que dirigentes como Margaret Thatcher o Ronald Reagan habían comenzado en los 80 con sus políticas
de adelgazamiento de los servicios sociales, privatizaciones masivas, control
sindical y una apuesta decidida por la liberalización de los mercados. Después
de la conmoción del 11-S, George W. Bush entrego definitivamente el bastón de mando de
la política económica de Estados Unidos al sector financiero transnacional. La
política económica dejó de ser política y se convirtió definitivamente en una
economía de mercado especulativa: un gran Monopoly de capitales ficticios cuyos
vaivenes inversores provocaban sobresaltos en la macroeconomía supranacional (que
comprende, por ejemplo, la deuda del Tercer Mundo convertida también en capital
especulativo) y crisis severas en las microeconomías de los ahorros, las
hipotecas, las pequeñas inversiones y los salarios. Antes de la crisis
financiera e hipotecaria de 2008 y el derrumbe de Lehman Brothers, los representantes
del capital financiero no cesaban de repetir aquello de que los mercados no
necesitan de la intervención de los estados, porque se autorregulan solos y son
capaces de capitalizar sus beneficios sin ayuda externa. Cuando explotó la gran
burbuja financiera provocada por la expansión descontrolada del crédito
hipotecario, las hipotecas subprime,
la burbuja inmobiliaria y el reparto de paquetes de activos tóxicos por parte
de las entidades bancarias, llegó el momento de socializar las pérdidas de esas
mismas entidades financieras con los rescates bancarios por parte de los
estados.
Así,
mientras el neoliberalismo planta en las clases más desfavorecidas una semilla
de desafección hacia el intervencionismos del Estado (servicios públicos, pago
de impuestos, derechos laborales, etc.), las grandes compañías se benefician de
sus medidas proteccionistas. Noam Chomsky ha bautizado como «marxismo invertido» a esta ecuación
paradójica según la cual el verdadero neoliberalismo sólo afecta a los sectores
más pobres de la sociedad, mientras que los más privilegiados juegan con el
favor y la protección de los estados.[5]
Los
ciudadanos, con sus ahorros, sus impuestos y sus salarios menguados, fueron los
paganos de la gran crisis económica de 2008. Las medidas intervencionistas de
regulación bancaria, devolución de capitales y control de los paraísos fiscales
prometidas por los gobiernos de los países afectados por la crisis fueron poco
más que declaraciones de intenciones apaciguadoras. Ante los actos consumados y
la obstinada realidad, la vieja política reaccionó, como casi siempre, con
incredulidad y con una fútil negación de los hechos: «Esto no puede suceder» o,
lo que es aún peor, «esto no ha sucedido». Esa inacción provocó varias grietas,
internas y externas, en el sólido fuselaje del liberalismo democrático
occidental, que, en un corto plazo, han llegado a cuestionar ese fin de la
historia ―entendido como la ausencia de vías alternativas al capitalismo
democrático― anunciado por Fukuyama.
Las
grietas internas de nuestro sistema político-social nacen de la pérdida
de fe del ciudadano occidental en un sistema político que se suponía infalible
en su condición de garante (cada vez más desacreditado) del Estado del
bienestar. De ahí surge una desilusión democrática que se traduce en frases
hechas («todos son iguales», «votar no vale para nada») y en la apatía
electoral: «… es la hora del fatalismo democrático. ¿Cómo podría ser de otro
modo cuando la desigualdad social crece al mismo paso que la legalidad
política, y la impotencia cívica aumenta con los nuevos sufragios?»[6] Estas grietas internas se
manifiestan en el auge de los populismos (que se retroalimentan de la
frustración social), los fundamentalismos (que se avivan junto a la rabia de
los desfavorecidos) y los nacionalismos e independentismos (que juegan con el
cierre de las fronteras y la autorreclusión insolidaria).
Las
grietas externas tienen que ver con la incapacidad del propio sistema
para consolidarse de forma homogénea o para responder satisfactoriamente a
«amenazas» exteriores. Como se pudo comprobar durante la crisis
migratoria de 2016 (con miles y miles de personas que huían de la Guerra en
Siria o de las amenazas del Califato de ISIS, mientras las autoridades
europeas, impotentes, optaban por la inacción), la situación de los refugiados
es sólo una de las grietas que amenazan con destruir el proyecto europeo; hasta
ahora el mejor exponente de un estado del bienestar exitoso. En La grieta, el cómic de Spottorno y Abril con
el que hemos abierto este capítulo, se analizan los
puntos de fractura y las debilidades que, en estos últimos años de crisis
económica y políticas de austeridad, han socavado los cimientos de la
solidaridad y el bienestar europeo: «Llevamos un tiempo dándole vueltas a esta
idea. Recorriendo la frontera exterior ―la gran grieta― hemos encontrado
decenas de fisuras en el sueño europeo. Está la inmensa falla de los
refugiados; las brechas del nacionalismo, el cierre de fronteras y la sombra de
la salida del Reino Unido de la UE; el populismo y la islamofobia; la crisis
que ha enfrentado al norte y el sur; la fractura de un bloque del este, que
considera a Bruselas la nueva Moscú; los agujeros de Siria, Iraq y Libia. Y
está Rusia, una enorme hendidura...»[7]
El propio Fukuyama advertía contra estas «grietas»
en un «Epílogo a la segunda edición en rústica de El fin de la historia y el
último hombre» de 2006.[8]
En él, supeditaba el triunfal recorrido neoliberal a la irradiación de
diferentes factores poco controlables, como la expansión impredecible del
islam; el déficit democrático que provoca la pérdida de un objetivo común que
unifique los esfuerzos colegiados de Europa (y sus países miembros) y Estados
Unidos; la dependencia estricta que existe entre el desarrollo económico y la
consolidación democrática; y, por último, las consecuencias imprevistas de la
tecnología. Los peores presagios que Fukuyama enfrentaba a la democracia
liberal moderna universal no son, como vemos, muy diferentes de los que se mencionan
en La grieta. Muchos de ellos se confirmaron con la guerra entre Rusia y Ucrania de
marzo de 2022; un conflicto que ya muchos habían anticipado y que amenazó con
clausurar las tesis del politólogo estadounidense.[9]
La
vocación expansiva de la democracia liberal se ha demostrado ineficiente en su
adaptación a escenarios inestables sin pasado democrático. Se pudo observar en
el periodo posterior a la Primavera Árabe (un levantamiento popular de contagio
transnacional agitado por las redes sociales) y en la incapacidad que Occidente
demostró a la hora de facilitar y apoyar modelos democráticos en los países
implicados. Frente al intervencionismo exterior que caracterizó a Occidente
durante el siglo XX, en esta ocasión asistimos a un repliegue centrípeto, tanto
en Europa como en Estados Unidos, que demostraba la ausencia clara de una
voluntad proselitista que facilitara la creación efectiva de nuevas democracias
emergentes.
La respuesta del ciudadano (la víctima última de las crisis económicas, sociales y humanitarias) ha sido la previsible: ante el caos, una huida hacia adelante (o hacia adentro). La globalización, el auge de las tecnologías de la información y la implantación del capitalismo como modelo único de convivencia han provocado una estandarización cultural y una promiscuidad que encuentra su contrapartida en el crecimiento de los nacionalismos y los fundamentalismos como cauce reactivo para expresar la desilusión ante un modelo fallido; Castells habla de «identidades de resistencia» para referirse a estos modelos de identificación reactiva que, dentro de la sociedad red, intentan imponerse a los antiguos modelos identitarios (nacionales o religiosos) dominantes. Se trata del intento desesperado de forjar identidades colectivas fuertes dentro del espacio difuso y fragmentario de la sociedad red; la búsqueda de protección en el reducido espacio colectivo, en la singularidad personal y grupal reflejadas, sucesivamente, en conceptos constrictivos como la nación, la raza, la religión, el género o la propiedad.[11]
Decía Lipovetsky que la
sociedad postmoderna «exige reconocer al otro como igual por su diferencia.»[12]
Caroline Fourest desconfía de esta deriva identitaria y
contradictoria (por excluyente y victimista) de la multiculturalidad
contemporánea. Achaca buena parte de la responsabilidad a Charles Taylor,
uno de los padres de las políticas identitarias: «Taylor obró toda su
vida contra el universalismo, con el pretexto de promover la “política del
reconocimiento”, que consiste en reconocer y hasta proteger el derecho a una
forma de autonomía cultural, en aras de respetar la “autenticidad” de una
cultura. A riesgo de desvariar hacia una visión esencializada de las
identidades (…). Cada tanto deplora que el mundo se transforme en un “concurso
de víctimas”, cuando en realidad todos sus trabajos y su “política del
reconocimiento” no hacen otra cosa que fomentarlo.»[13]
Desde un racionalismo que reivindica los valores universalistas de la izquierda
clásica frente a las políticas de la diferencia de las nuevas izquierdas
identitarias, Fourest critica la noción de multiculturalismo
tal y como se interpreta en la actualidad: «Entendemos por “multiculturalismo”
no el estado multicultural de una sociedad, en sí muy positivo, sino el
hecho de cultivar —por medio de políticas públicas— el derecho a la
diferencia de las minorías, a riesgo de deshacer el sentimiento de
pertenencia a principios comunes. Esto ocurre cuando se permite que los
miembros de una cultura o de una religión antepongan su fe y sus tradiciones al
respeto de la igualdad, en virtud de “acomodamientos razonables”.»[14]
En una línea de razonamiento afín, Castro Córdoba apuntaba a las políticas de identidad,
cuando señalaba que su «culto a la alteridad y a la diferencia como valores
absolutos se apoya en el prejuicio de que todo lo minoritario es liberador;
todo lo oscuro, profundo; todo lo misterioso, el signo de alguna deidad
perdida; todo lo raro, digno de compasión.»[15]
Cuando la realidad —insistía Castro Córdoba— es que «enarbolar en
abstracto la bandera de “lo otro” es un gesto de impotencia, nunca de
subversión, máxime cuando se esgrime contra un sistema como el capitalista que,
en contra de la opinión común, no tiende a la homogeneidad, sino a la
reproducción ad infinitum de las diferencias —diferencias que más tarde
serán reabsorbidas por el capital— en una dinámica competitiva donde, a
priori, todo está legitimado. El capitalismo convierte toda forma de
oposición, resistencia o denuncia en una oportunidad para publicitarse por
otros medios.»[16]
Estamos
ante el triunfo de la fragmentación centrípeta: «La tendencia a buscar
una “comunidad de semejantes” es una señal de retirada de la alteridad exterior y también de la renuncia a
comprometerse con la interacción interior,
vital aunque turbulenta, estimulante pero molesta.»[17] Hablamos también del
triunfo de una mixofobia que busca una salida (fácil) contra la
incertidumbre y el miedo al extraño, al forastero (el Otro), en la vecindad
estrecha e impuesta. Sin embargo, como advierte Bauman, cuanto más se restringe la comunicación
entre individuos diferentes, cuanto más se aíslan las comunidades homogéneas, más
complicada resulta la socialización y se reducen las posibilidades de
convivencia; o, lo que es lo mismo, más aumenta el miedo al extraño: «Puede que
la tendencia hacia un entorno homogéneo, territorialmente aislado, venga
provocada por la mixofobia, pero la práctica
de la segregación territorial es el salvavidas y el alimento de dicha
mixofobia, y se transforma de manera gradual en su principal refuerzo.»[18]
Siguiendo
los razonamientos de Norbert Lechner, el repunte
actual de los nacionalismos (supremacistas, etnicistas, religiosos, etc.) y la
xenofobia podrían derivar de una paradoja que irradia de la modernidad en su
apuesta incondicional por la democracia universal. La contradicción surge de la
construcción teórica institucional de los estados y, al mismo tiempo, la
asunción de una soberanía popular ilimitada (que se manifiesta en leyes
electorales no ponderativas, referéndums vinculantes sobre decisiones de estado,
etc.), que se muestra en muchas ocasiones contraria a los intereses mismos de
esa democracia que la ampara y de las leyes en que ésta se apoya: «Mientras que
la democracia descansa, en principio, sobre una ciudadanía cosmopolita, no
aceptando otro límite que el reconocimiento del ordenamiento constitucional, el
Estado Nacional está conformado por una población preseleccionada a base de
categorías cuasi naturales. En este caso, la comunidad es definida
exclusivamente por su oposición a otras naciones. Lo diferente es lo
extranjero. En consecuencia, una identidad nacionalista enfoca las diferencias
fundamentalmente como una división (internacional) de amigo y enemigo.»[19]
El desacato a las leyes constituidas (el Estado de derecho), la desarticulación de los organismos internacionales y la disolución de los grandes acuerdos comerciales internacionales nos conducen hacia un territorio de incertidumbre. Podría suceder, paradójicamente, que la limitación de expectativas y la apuesta por el aislamiento como mecanismo de autodefensa terminen finalmente por exponernos ante la verdadera naturaleza voraz de los mercados multinacionales y a las amenazas externas de un terrorismo que no ha dejado de ramificarse en forma de células independientes. En un mundo global, cuanto más huyamos de la internacionalización, más débil parece nuestra posición ante el gran colapso; más expuestos estaremos a la sacudida. Las fórmulas de respuesta a la crisis social, política y económica desde las diferentes latitudes han oscilado desde la pujanza de los nacionalismos y la ultraderecha al crecimiento exponencial de populismos (de derechas y de izquierdas) y fundamentalismos. El periodo 2016-2017 fue una fecha bisagra en la consolidación de movimientos desestabilizadores contra las grandes instituciones de control político y económico surgidas después de la Segunda Guerra Mundial. En cuestión de pocos meses, se sucedieron la victoria de Donald Trump en la carrera hacia la presidencia de Estados Unidos, el referéndum del Brexit que había de situar a Reino Unido fuera de la UE, el ascenso de la ultraderecha antieuropeísta en las elecciones legislativas francesas y el fallido procés catalán que buscaba consumar una independencia unilateral respecto al Estado español.[20]
El relativismo imperante y la fragmentación social, junto a la negación postmoderna de todo absoluto, incluidos los valores de progreso y de democracia universal, han confluido en un desencanto general que pone en jaque el mismo funcionamiento institucional, así como cualquier certeza político-social sobre la que éste pudiera asentarse. En principio, pudiera parecer que la reivindicación de la singularidad podría aportar ciertas soluciones y llegar a funcionar como fórmula de rebeldía social. A fin de cuentas —comenta Jameson— «la lucha contra los universales inherente en el propio concepto de singularidad es una lucha contra las normas hegemónicas y los valores institucionales, ya sean culturales o jurídicos. Los universales son experimentados como normativos y, por tanto, como opresivos y constringentes respecto a las minorías e individuos.»[21] Sin embargo, como matiza Lechner, «la heterogeneidad no produce una mayor dinámica social a menos que se complemente con alguna noción de comunidad.»[22] El capitalismo genera la inercia contraria, hacia el desagrupamiento social y la disolución de los espacios comunitarios. En el modelo neoliberal, el interés privado entra en colisión con los intereses de la colectividad.
Una de las prioridades básicas del capitalismo neoliberal a partir de la revolución neoconservadora de los 80, comandada por Margaret Thatcher y Ronald Reagan, fue la desactivación, primero, y la criminalización, después, de los modelos de asociación y trabajo cooperativo que se habían consolidado entre la población más joven durante los años 60 y 70.[23] El siglo XXI ha visto renacer algunos de aquellos movimientos, gracias a las estrategias de difusión que ofrecen las redes sociales. Sólo ciertos movimientos asamblearios de protesta ciudadana organizada, como el de los indignados del 15-M en España, Occupy Wall Street en Estados Unidos o la revuelta de las chaquetas amarillas en Francia parecen haber ofrecido algún tipo de respuesta colectiva global; una solución al margen de la inercia centrípeta.[24] La desobediencia social organizada y la okupación son dos de esos mecanismos de respuesta política colectiva al fracaso de las «herramientas y gramáticas clásicas»[25] de oposición al capitalismo (huelgas laborales, boicots, manifestaciones obreras, movimientos sindicales, etc.), y a las injusticias sistémicas del tardocapitalismo. Sin embargo, aún está por ver el alcance real de una respuesta ciudadana colectiva al gobierno fallido de los mercados y de sus cauces oficiales: ¿tienen espacio en la realidad del capitalismo neoliberal movimientos sociales que claman por una depuración política, una democracia real y un sistema de toma de decisiones asamblearia (democracia participativa) al margen de los intereses del capital?[26] Es más, como demostró el caso del procés para la independencia de Cataluña y su declaración simulada de una República Catalana,[27] cabe preguntarse hasta qué punto los movimientos ciudadanos están realmente desvinculados del control político, la manipulación informativa (con su madeja de fake news, bots, hoax) y la realidad económica mundial: «… en el presente, estamos aún lejos de llegar a comprender cómo funcionan las nuevas formas de explotación que colonizan nuestra subjetividad: la rentabilización capitalista del deseo, de la sexualidad, de las ilusiones. (…) es necesario imaginar herramientas de subversión y oposición nuevas, desde el cotidiano.»[28]
[1] Por uno de ellos, «A las puertas de Europa», obtuvieron el premio World Press Photo en 2015.
[2] Las palabras de Abril resultaron proféticas a la luz de la invasión rusa de Ucrania de marzo de 2022 que, durante varias semanas de desafíos bélicos soviéticos contra las fronteras europeas y las de países miembros de la OTAN, despertó un temor que parecía ya enterrado ante la posibilidad de una Tercera Guerra Mundial y el nacimiento de un nuevo Telón de Acero. En Spottorno, Carlos y Abril, Guillermo. (2016). La grieta. Bilbao: Astiberri, 2016, pp. 166-167.
[3] Es como si cuando concibió El Muro, Lanchester hubiera tenido en mente el pasaje que Ryszard Kapuściński le dedicó a la Gran Muralla China en Viajes con Heródoto. Cuando describe una de sus primeras experiencias como corresponsal, el periodista comenta que la peor característica de una muralla «consiste en que engendra en mucha gente la actitud de defensor de la muralla, crea una manera de pensar en la que todo está atravesado por esa muralla que divide el mundo en malo e inferior: el de fuera, y bueno y superior: el de dentro. Por añadidura, ni siquiera hace falta que ese defensor esté físicamente presente junto a la muralla, puede permanecer bien lejos de ella, pero basta que lleve dentro su imagen y obedezca las reglas que su lógica impone.» En Ryszard Kapuściński. (2004). Viajes con Heródoto. Barcelona: Editorial Anagrama, 2016, p. 73.
[4] Spengler, Oswald. (1918). La decadencia de Occidente. Barcelona: Austral, 2011.
[5] Martínez Ahrens, Jan. (2018). «Noam Chomsky:
“La gente ya no cree en los hechos”», El País. Madrid, 10 de marzo de 2018;
disponible online en https://elpais.com/cultura/2018/03/06/babelia/1520352987_936609.html
(consultado el 11 de agosto de 2020).
[6] Anderson, Perry. Op. Cit., p. 119.
[7] Spottorno, Carlos
y Abril, Guillermo. Op.
Cit., p. 109.
[8] Fukuyama, Francis. Op. Cit., pp. 141-164.
[9] Al respecto, Žižek hacía dos reflexiones en 2014 que
han tenido mucho de anticipatorio y que en buena medida explican la situación
presente tal y como se ha desarrollado desde el desmembramiento de la Unión
Soviética: «En la década de 1990, un pacto de silencio regulaba las relaciones
entre las grandes potencias occidentales y Rusia: los estados occidentales
trataban a Rusia como una gran potencia a condición de que Rusia no se
comportara como tal. Naturalmente, el problema que surge aquí es: ¿y si la
persona a la que se hace una oferta para que la rechace acaba aceptándola? ¿Y
si Rusia comienza a actuar como una gran potencia? Una situación como ésta es
realmente catastrófica. Amenaza con destruir todo el tejido de relaciones
existentes. De hecho, algo parecido ocurrió hace sólo unos años en Georgia:
Rusia, harta ya de que tan sólo se la tratara como una superpotencia, actuó
como tal.» Sólo un poco más adelante, el filósofo retoma este mismo asunto para
plantear una reflexión que, a la luz de los acontecimientos recientes, resulta
visionaria: «Y los sucesos de Ucrania que comenzaron a principios de 2014,
¿acaso no son la siguiente fase de esta lucha geopolítica por el control en un
mundo multicéntrico y no regulado, algo parecido a “la crisis de Georgia,
segunda parte”?» En Žižek, Slavoj. Problemas
en... Op. Cit., pp. 186 y 188.
[10] Castells, Manuel. (1998).
La era de la información. Economía, sociedad y cultura: Vol. 2. El poder
de la identidad. Madrid: Alianza
Editorial, 2003.
[11] «Entiendo por identidad
el proceso mediante el cual un actor social se reconoce a sí mismo y construye
el significado en virtud sobre todo de un atributo o conjunto de atributos
culturales determinados, con la exclusión de una referencia más amplia a otras
estructuras sociales.» En Castells, Manuel. La era de...: Vol. 1. Op. Cit., p. 52.
[12] Lipovetsky, Gilles. Los tiempos... Op. Cit. pp. 100-101.
[13] Fourest, Caroline. Op. Cit., pp. 80-81.
[14] Ibídem. p. 79.
[15] Castro Córdoba Ernesto. Op.
Cit., p. 47.
[16] Ibídem, pp. 48-49.
[17] Bauman, Zygmunt. Op. Cit., p. 125.
[18] Ibídem, p. 126.
[19] Lechner, Norbert. Op. Cit., p. 38.
[20] Entre el Brexit y el procés se establecen vínculos y semejanzas evidentes por su condición compartida de revueltas postmodernas. En ambos casos, presenciamos un simulacro de rebelión popular plebiscitaria protagonizado por sociedades pudientes contra democracias liberales modernas consolidadas. Tanto los propulsores del Brexit como los del procés se apropiaron de la retórica romántica y la simbología de la lucha de los pueblos oprimidos y los procesos de descolonización, aunque en ambos casos la violencia dejara lugar a una simulación de guerra fría apoyada en el control de la información (en las redes especialmente), la propaganda posibilista, la demonización reduccionista del «enemigo» y una fe ciega en un concepto idealizado de identidad nacional. Para desarrollar esta cuestión, léase Gascón, Daniel. (2018). El golpe posmoderno. 15 lecciones para el futuro de la democracia. Barcelona: Penguin Random House, 2018.
[21] Jameson, Fredric. El postmodernismo revisado. Op. Cit., p. 61.
[22] Lechner, Norbert. Op. Cit., p. 41.
[23] Crary, Jonathan. Op. Cit., pp. 117 y s.s.
[24] «Nos hemos acostumbrado a un enfoque micropolítico del antagonismo social, asistiendo en lo que va de siglo a luchas locales en la estela del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN). Sólo tras la primavera árabe, con la irrupción de los indignados en España y la escalada de altercados en Grecia entre manifestantes y policía, parece que la solidaridad entre los olvidados del sistema se restablece entre muy diversas naciones.» En Castro Córdoba Ernesto. Op. Cit., p. 15.
[25] Expósito Marcelo. (2004). «Desobediencia: la hipótesis imaginativa», en Ramírez, Juan Antonio y Carrillo, Jesús (eds.). (2004). Tendencias del arte, arte de tendencias. Madrid: Ediciones Cátedra, 2004, p. 192.
[26] El indiscutible éxito de convocatoria del 15-M en España tuvo continuidad, por ejemplo, en el éxito electoral de Podemos, un partido político de convicciones asamblearias y espíritu transversal que, devorado por el personalismo de su líder (Pablo Iglesias), las luchas intestinas y un populismo identitario de izquierdas, se vio incapaz de mantener las expectativas creadas, viendo, en pocos años, como su base de votantes se iba difuminando sufragio a sufragio hasta reducirlo a su presente condición minoritaria.
[27] El levantamiento emancipatorio frustrado del procés respondió a un enfrentamiento calculado contra el Estado basado en la creación de una dialéctica afirmativa («la revolución de las sonrisas») a partir de un Acontecimiento catalizador: «… aun cuando la lucha emancipadora comienza como oposición al aparato estatal, tiene que cambiar su objetivo. Alain Badiou opone una nueva dialéctica “afirmativa” a (lo que él considera) la lógica dialéctica clásica de la negatividad, que de su propio movimiento engendra una nueva positividad. Para él, el punto de arranque de un proceso emancipador no debería ser la negatividad, la resistencia, la voluntad de destrucción, sino una nueva visión afirmativa que se revelara en un Acontecimiento: nos oponemos al orden existente por nuestra fidelidad a ese acontecimiento, extrayendo de él sus consecuencias.» (En Slavoj Žižek, Slavoj. Problemas en... Op. Cit., p. 133). El fracaso del procés y su subsiguiente proclamación simulada de una República Catalana tiene que ver con diversos factores como la falta de cálculo, la falsedad de las premisas teóricas, la fragilidad de la propuesta alternativa y la endeblez del Acontecimiento elegido (el referéndum ilegal de independencia del 1 de octubre de 2017) para fundamentar sus reivindicaciones.
[28] Expósito, Marcelo. Op. Cit., p. 192.

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