jueves, marzo 29, 2018

La deuda, de Martín Romero. Caer en desgracia

Benjamín Castaño también fue joven. Uno de tantos que abandonan el pueblo para crecer y ganarse el pan en la gran ciudad. Allí, consiguió fama efímera tras hacerse un nombre como humorista. Pero ni la vida nos otorga certezas ni las buenas rachas duran eternamente.
Ahora, Benjamín Castaño está arruinado. Malvive en un cuchitril arrendado (de los que cada vez abundan más en ciudades como Madrid y Barcelona) y se ve día a día acompañado por la sombra de uno de esos infaustos asalariados que visten de etiqueta para anunciar la desgracia ajena a los cuatro vientos: a Benjamín le cuenta los pasos un cobrador del frac. Y ese es sólo el menor de sus problemas.
Más o menos así arranca la trama de La deuda, el último cómic de Martín Romero; un autor que ya dejó muy buena impresión con sus Episodios lunares y, sobre todo, con su celebrado Las fabulosas crónicas del ratón taciturno. Como ya comprobamos en aquellos casos, el dibujo caricaturesco con aire infantil de Romero funciona especialmente bien para ilustrar lo opuesto a lo que se esperaría de los rostros afables de sus personajes: azucarillos de alienación y amargura.
Y es que, detrás de las miserias de Benjamín Castaño, La deuda esconde una visión pesimista del mundo que nos está tocando vivir. En sus páginas se denuncia la incomunicación que asola a unas sociedades cada vez más hipervinculadas y tecnologizadas; la imposibilidad de ser libre cuando tus pasos y las expectativas de futuro están escritas de antemano; la miseria de muchos que socava la lustrosa superficie de la sociedad del espectáculo y el entretenimiento sin fin. En su cómic, Romero emplea abundantes secuencias descriptivas que funcionan como paréntesis de creación de ambiente, pero también como pausas contemplativas de un desastre colectivo: el de los desposeídos que circulan por nuestras urbes como un ejército invisible de ciudadanos olvidados.
Junto a estas secuencias aspectuales, al final de cada episodio el cómic introduce una coda con una de las actuaciones escénicas de Benjamín Castaño: una suerte de club de la comedia a doble página que, en realidad, no tiene ninguna gracia, pero que sirve para subrayar con inteligencia paradójica la acumulación de desgracias del personaje, al mismo tiempo que se aportan indicios sobre su pasado y el recorrido que le ha llevado hasta su infortunio presente.
La desgraciada narrativa del protagonista sólo encuentra un atisbo de esperanza en las páginas finales del cómic. Este rayo de luz conecta con su pasado y con sus renuncias; con aquello que el personaje decidió abandonar para buscar fortuna: los orígenes, la familia, el pueblo, la naturaleza, los amores antiguos... En este tramo final la historia de La deuda se enreda un tanto en soluciones estridentes y cierta inclinación hacia el thriller surrealista que no acaba de encajar con el tono general de la historia. La explosión final del hombre desesperado, sin embargo, conducirá hacia ese giro final que habrá de arrojar algo de luz sobre la decadente existencia de Benjamín Castaño. El protagonista desdichado de una vida de mierda que nos podría haber tocado vivir a cualquiera de nosotros.

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