martes, junio 24, 2014

Habitaciones íntimas, de Cristina Spanó. Como un suspiro.

Recorremos la vida a lomos de la rutina casi sin darnos cuenta, dejándonos caer por días que se consumen en rituales miméticos e indiferenciables. Y al final, entre tanto gesto idéntico y alimenticio, se nos escapan hasta los recuerdos. Los menos importantes, solamente.
Cuando miramos hacia atrás, nuestra existencia parece definirse únicamente a partir de los pocos gestos y situaciones memorables que nos ayudan a modelar (a dar una forma concreta y mensurable) el paso de los días: un regalo especial, aquellos viajes que nunca vamos a olvidar, la primera vez que nos vimos... Momentos que luego recordaremos y que nos ayudan a salir del día a día, a darle consistencia a esa convención tan abstracta que llamamos tiempo. 
Habitaciones íntimas es un catálogo de esos instantes memorables; escenas de una vida de ficción, la de la niña Camilla, que luego se hace mujer. Cristina Spanó construye la vida de su personaje a partir de momentos señalados, episodios existenciales que, detrás de su aparente banalidad cotidiana,  encierran algunos de esos pasajes trascendentes que dan sentido a una vida. Nadie entiende la importancia de lo que nos pasa mejor que nosotros mismos. La gran virtud de Spanó reside en haber conseguido convertir a Camilla, su personaje, en un ser vivo, una niña/mujer imperfecta y llena de dudas, que aprende a vivir página a página. Lo hace, la autora, con delicadeza y con una mirada nostálgica y sutil hacia todo eso que vamos dejando atrás y que nos ayuda a crecer.
El dibujo de Habitaciones íntimas es igualmente delicado. La línea pictórica acuarelada de la ilustradora italiana nos recuerda a los trabajos recientes de otros jóvenes autores europeos que han irrumpido con fuerza dentro de la  nueva novela gráfica; nos referimos a dibujantes como el también italiano Manuele Fior o el belga Brecht Evens. Spanó comparte con ambos su trazo fluido y lírico, un uso simbólico del color y el recurso a los delineados modulados con pincel de color, en vez de los habituales perfilados en negro. El resultado es un dibujo ligero y, como ya hemos señalado, muy poético y connotativo. Un estilo que encaja a la perfección con ese relato cargado de nostalgia y momentos evocados que estamos comentando.
Al final, cuando concluimos la lectura de Habitaciones íntimas, nos damos cuenta de que no hemos asistido a grandes aventuras, ni a tragedias de las que modelan la Historia; todo lo contrario, los episodios de este cómic son sólo historias de andar por casa, pasajes tan triviales como ese momento en el que una niña da su primer sorbo de vino o cuando cree entender que las caricias y los besos pueden llegar a tener segundas intenciones, tan pequeños y esenciales como el descubrimiento del dolor ajeno y el contagio que nos genera, o el dolor intenso de una despedida que se presume definitiva. En realidad, las pequeñas vivencias de la protagonista de este cómic son los marcapáginas que nos ayudan a entender su existencia y en ellos, en esos instantes carentes de épica pero llenos de misterio, nos vemos a nosotros mismos, lectores, quemando las etapas de nuestra propia vida. Y, por un instante (el que dura la lectura de Habitaciones íntimas), sentimos conmovidos que hemos engañado a la rutina y que algún día nos acordaremos de ello. No es poca cosa.

lunes, junio 09, 2014

Sin título, de Cameron Stewart. La madeja serial.

Esto no es una reseña, es la confirmación de una reseña. La que hicimos hace cuatro años con motivo del premio Eisner que Cameron Stewart obtuvo en 2010 gracias a su webcómic Sin título. En aquel entonces, loábamos las virtudes de un cómic que jugaba a la vuelta de tuerca y el cliffhanger continuado. Cada nueva entrega de Sin título era un thriller en miniatura en la línea de las antiguas tiras cómicas que constituían unidades narrativas independientes, pero que se debían a un todo, con rasgos de sumario y suspense en cada una de ellas. El ejercicio de Stewart funcionaba en su creación de asombro sin fin.

Cuando reseñamos Sin título, el cómic se hallaba más o menos por la mitad de su trama y planteábamos el riesgo de que se pareciera a esas historias (en Hollywood lo saben muy bien) que viven de la emoción constante y de la apertura de líneas narrativas sorpresivas a cada nuevo paso/página. Normalmente, las pélículas o las series que basan su armazón narrativo en el engaño y el desconcierto progresivo del espectador suelen caer en su propia trampa a la hora de satisfacer las expectativas creadas en ese mismo receptor.

Sin título concluyó en octubre de 2012 después de 160 entregas. Dark Horse Comics en Estados Unidos y ahora Astiberri en nuestro país lo han editado en formato libro. Son varias las reflexiones a que nos mueve su lectura.

El cómic de Cameron funciona tan bien en papel como lo hacía en formato web; mantiene su formato rectangular apaisado y su estructura regular reticulada de ocho viñetas simétricas por página. No sabemos si este hecho es una buena noticia para Cameron y Sin título o una pésima noticia para los webcómic como formato de composición y difusión. Casi ninguna de las predicciones de McCloud respecto al medio digital y su potencial narrativo parecen haberse cumplido. La red y la tecnología digital han funcionado como dinamizadores de la "industria", como factor imparable de difusión y reproducción, pero ¿hasta qué punto han cambiado las estructuras de la narración comicográfica? Los experimentos de gente como Cat Garza o Daniel Merlin cada vez parecen más precisamente eso, experimentos; y los webcómics que triunfan de verdad no parecen aspirar a otra cosa que a su publicación en papel, por lo cual uno termina por cuestionarse hasta que punto el formato web no es otra cosa que un simple formato. Esperamos equivocarnos.

No en el caso de Sin título. En su día comparábamos esta obra con algunas otras narraciones seriales, como Perdidos o los tebeos de Urasawa; cuyos valores principales tenían que ver con el grado de adicción generado en el consumidor y la emoción mantenida. El trabajo de Cameron plantea una nueva interrogante, literalmente, en cada página. Su lectura es adictiva y el modo en que engarza realidad, ficción, sueño y subconsciente funciona francamente bien, aunque le deje al espectador con una mosca detrás de la oreja prácticamente desde el arranque: ya se sabe, las áreas desconocidas de la mente y el subconsciente onírico son factores muy socorridos cuando llega el momento de restañar un espejo-guión narrativo roto en mil pedazos por mor del suspense. Sin título soluciona el brete con relativa fortuna. El lector no se siente estafado cuando concluye la lectura y, sin ser una obra completamente abierta, el relato mantiene algunas interrogantes en el aire una vez concluido, acerca del proceso creativo, la inspiración y los diferentes planos de la realidad.

Con Sin título, en el fondo, sucede lo mismo que está pasando con el fenómeno contemporáneo de las series televisivas (un aspecto que cuestiona desde raíz los fundamentos mismos de los relatos por entregas en televisión): la espera hasta el siguiente capítulo es positiva, genera expectativas y favorece el intercambio de opiniones, pero, cuando es el espectador quien tiene el poder para gestionar su propio calendario de "consumo" -y no las cadenas, productoras, o autores en el caso del cómic-, ¿no es cierto que la ingesta episódica se torna aún más intensa?, ¿cómo explicamos esos casos de aficionados que degluten una serie de cuatro temporadas en una sola semana?, ¿quién no ha caído alguna vez en la tentación de "tragarse" tres o cuatro episodios de su serie (coyunturalmente) favorita de una sentada, solazándose en esa pérdida de autocontrol cultural?, ¿no es exactamente eso lo que está sucediendo a día de hoy con las fórmulas de difusión y recepción de las series? 

Quizás sea esa la razón de que Sin título también pareciera predestinado a convertirse en una novela gráfica (más). No es nuevo, que le pregunten a Galdós.

miércoles, junio 04, 2014

Con Los Ignorantes, de Étienne Davodeau, en la SER.

Confesamos que somos de los que terminaron la lectura del muy premiado La mala gente entre bostezos; y por esas cosas del contagio y la afinidad selectiva, le cogimos un poco de manía al señor Davodeau.
De hecho, y aunque más adelante leímos algunos otros cómics suyos, no ha sido hasta que nos hemos topado con Los ignorantes cuando hemos pensado que Davodeau es un autor muy digno de atención dentro del mundo viñetero. Quizás se trate únicamente, como decíamos antes, de dar con la tecla temática que le despierte a uno el interés (o la pituitaria).
Los ignorantes es un cómic documental, en la linea de otros trabajos del francés (como el señalado La mala gente o Rural), pero al mismo tiempo es un ejercicio de iniciación fascinante: en su tebeo, Davodeau se compromete a trabajar durante un año para el vinatero Richard Leroy (de balde) y a "aprender" el oficio vinícola, con la condición de que éste siga el mismo proceso de aprendizaje respecto al cómic y sus fases de creación (de ahí el título). El resultado es un libro abierto sobre las pasiones que le roban a uno la vida y los disfrutes compartidos entre amigos. La obra es tan recomendable como esa lista de vinos y cómics que aparece en la última página del libro. 
Sobre todo ello, y algo más, hablamos en la SER de Soria con nuestros amigos Chema Díez y Carlos Molina:

martes, mayo 27, 2014

DON cervecero.

http://www.revistadon.com/
Hablábamos de ella el otro día: DON es, seguramente, la mejor revista para tablet y iPad en español. Dinámica, interactiva, irreverente y muy divertida. Un buen ejemplo de lo que decimos es la colaboración mensual de Mauro Entrialgo que, sin abandonar su habitual línea cáustico-incisiva, nos regala una suerte de "elige tu propia aventura" comicográfica, en la que el lector crea su propio itinerario de lectura.
Estamos contentos porque los chicos de DON nos han invitado a su casa y, como no sólo de viñetas vive el bloguero, en este caso para hablar de otra de nuestras ocupaciones favoritas: la ingesta cervecera. Nos honra ver aparecer nuestra seccioncita sobre estilos de cerveza en este último número, junto a reportajes dedicados a María León, a nuestro admirado Leopoldo María Panero y a caretas cholistas. 
¡Que siga la fiesta!

martes, mayo 20, 2014

Más Valientes: López Lam, Franz y Estrada.

Tendría que ser de prescripción obligada una visita anual al catálogo de Ediciones Valientes. Estamos convencidos de que sus fanzines, revistas, minicómics y objetos artísticos esconden algunos de los mejores ejemplos de cómic underground y arte narrativo de vanguardia hispanoamericano que se están llevando a cabo desde nuestro país. Dejamos testimonio de un claro ejemplo de ello aquí hace bien poco.
De hecho, uno de los últimos minicómics de la editorial que hemos leído nos recuerda mucho visualmente a aquel Playground que tanto nos gustó. Caballos muertos permanecen a un lado de la carretera, del brasileño Pedro Franz, comparte con el trabajo de Berliac el gusto por la imagen abocetada y la asociación disyuntiva, el trazo expresionista, el relato fragmentario y la apropiación interdiscursiva. Se trata de un relato fugaz de desamor, surcado de recuerdos casi perdidos y vínculos de la memoria. Lástima que en algunos pasajes chirríe un tanto la traducción.
A Inés Estrada la habíamos conocido en el último número (el quinto) de la siempre recomendable recopilación Kovra. Ha compartido páginas con Berliac y Pedro Franz en publicaciones como la alternativa Kuš!. En su minicómic Traducciones, la autora mexicana recurre a un estilo underground descuidado y urgente, que encaja con eficiencia en el relato de los desórdenes biográficos (¿autobiográficos?) de la protagonista (slice of life a pie de calle y vida disoluta): una historia sobre el amor a distancia, las urgencias epidérmicas y los sueños cargados de pena (alucinando quizás entre tanta ida y venida del subconsciente, hemos creído "leer" en uno de los sueños de la protagonista de Traducciones un homenaje a uno de nuestros outsiders favoritos, Mat Brinkman y su Teratoid Heights).
El último trabajo al que queremos referirnos apareció el curso pasado y su autor no es otro que Martín López Lam, la cabeza pensante de Ediciones Valientes. De los tres minicómics referidos, es el que más nos ha gustado ya desde su telegráfica y autodescriptiva presentación: "Dote de Poto a Tres es un zine improvisado y realizado a partir de dibujos y viñetas del cómic Parte De Todo Esto, del mismo autor, junto a otras imágenes encontradas". El trabajo de Martín López es, efectivamente, una colección de instantes, el (esbozo del) álbum de un viaje, dibujado y fotografiado, por la ciudad de Lima; pero al mismo tiempo, esa comunión expresionista de instantáneas enhebradas por una voz narrativa lírica y reflexiva ("Aterrizar en Lima es como sumergirse dentro de una espuma grisácea. No aterrizas desde un avión sino te sumerges como un submarino sin saber con certeza en qué ni dónde.") funciona como un viaje interior hacia el arte y la inquietud de todo artista por recoger y plasmar lo que le rodea. De este modo, el relato se hace mientras se narra, se convierte en una ilustración de sí mismo, en una reflexión fraccionada que describe dos geografías complementarias, la de la ciudad que seguramente tan bien conoce su autor (Martín López es peruano) y la de la geografía interior del artista incapaz de plasmar el tiempo, el espacio y la luz como él las siente ("Ahora entiendo al hombre del avión cuando decía que era tristísimo habitar aquí. Nunca hay sol. La gente y las cosas no proyectan sombra. Es como si no existiesen.")
Los fanzines y publicaciones de Ediciones Valientes son minoritarios, humildes y breves en su extensión, pero están repletos de esfuerzo y detalles de edición (como esos miniglosarios con traducciones dialectales de la jerga juvenil mexicana) que los convierten en "objetos" únicos, en pequeños libros de coleccionista en los que, en ocasiones, la narración y el arte alternativo se confunden en una misma realidad. Como siempre, es un disfrute pasear por sus páginas.

martes, mayo 13, 2014

Paul en los Scouts, de Michel Rabagliati. La falsa inocencia.

Los cómics de Michel Rabagliati nunca son lo que parecen. Su serie sobre Paul lo demuestra en cada nuevo tomo. Hace unos años así lo referíamos al respecto de Paul va a trabajar este verano, una historia que detrás de su apariencia naif, en torno a la pérdida de la inocencia y la iniciación adolescente, encerraba en realidad una lección acerca de los fracasos existenciales y las primeras pequeñas tragedias a las que todos nos enfrentamos tarde o temprano. Paul en los Scouts (Paul au parc, en su título original) ahonda aún más en esa idea de la falsa felicidad y la adolescencia como puerta de entrada al muchas veces tenebroso mundo real (no habrá spoilers, no teman).
El dibujo de Rabagliati, ese estilo que aquí hemos llamado muchas veces "línea clara minimalista", es fundamental para comprender el alcance y las intenciones últimas de su trabajo. Funciona, por así decirlo, como un falso señuelo, un catalizador de expectativas equívocas. Su trazo (¿su "escuela"?) nos recuerda al de muchos autores contemporáneos, como Guy Delisle, Andy Watson o los españoles Calo, Fermín Solís o Juan Berrio; y, a partir de un proceso de depuración, remite, desde luego, a los maestros de la línea clara clásica franco-belga (Jijé, Franquin, Peyo...) de la que el propio Rabagliati se declara abiertamente deudor (ya desde las mismas páginas de este Paul en los Scouts).
Por su delicadeza y amable factura caricaturesca, el dibujo del canadiense, decíamos, funciona como anticipo tramposo de una inocencia feliz que, en bastantes momentos, se ve contradicha por la condición realista (a veces casi naturalista) de un relato que no entiende de correcciones políticas, ni elude situaciones incómodas: como esas referencias constantes a los atentados y acciones terroristas del FLQ (Frente de Liberación del Quebec) que tuvieron lugar en los primeros años 70 en Canadá, y que los niños protagonistas del relato no alcanzan nunca a comprender del todo; o esa escena breve y sin subrayados en la que se revela la homosexualidad del monitor de los scouts, como un gesto de absoluta normalidad (reforzada por la inconveniencia de los comentarios ofensivos y despechados de su pareja). Rabagliati no se anda con chiquitas.
Precisamente es ese contraste acerado, entre el delicado minimalismo gráfico y la crudeza realista de lo relatado, el que produce la chispa narrativa; el factor que convierte a las historias de Rabagliati en algo diferente, al margen del género o la dulcificación infantil/juvenil, en la que tantos autores de línea clara caen en ocasiones. En la serie de Paul, forma y contenido establecen una dialéctica de contrarios que empuja a favor de una única causa: la nostalgia existencial filtrada por la verosimilitud de lo narrado. 
En este caso (y vean que dejamos para el final la referencia a los sucesos, a la anécdota argumental) el cómic desarrolla la historia de aquel año en el que un ya no tan niño Paul, trasunto del propio Rabagliati, decidió enrolarse en el grupo parroquial de los scouts de su barrio, al que ya pertenecían algunos de sus amigos. Junto a ellos, junto a sus monitores y junto a las personas que le rodeaban en aquel entoncés, Paul descubrirá algunas lecciones vitales que le acompañarán para siempre. 
Esa dialéctica que mencionábamos entre el dibujo y la historia narrada, se ve además reforzada por otras tantas tensiones que se establecen en el interior del relato y que nacen de la misma complejidad de los personajes, de su propia imperfección. Así, las débiles certezas de Paul se ven constantemente sacudidas por la influencia de aquellos que le rodean: la religiosidad de su madre y abuela, se ve enfrentada a la mirada progresista y la duda constante de su monitor Daniel (de hecho, voluntario de un grupo scout católico); el nacionalismo militante separatista de algunos de sus monitores choca contra el antirradicalismo de su padre; la estrecha vida familiar de Paul encuentra su contrapunto en las ansias de intimidad que demanda su madre, etc.
Y de telón de fondo, el nacimiento de la afición por el cómic y sus mecanismos. La confesión vocacional de un autor, Michel Rabagliati, que a través de su personaje Paul, nos desvela algunos de esos secretos que dan forma a una vida (también artística).

miércoles, mayo 07, 2014

Gabo. Memorias de una vida mágica. Recuerdos mágicos, recreaciones realistas.


Se nos van muriendo todos, compadre. Y a algunos los sentimos como propios. Porque fueron parte importante en el modelado de la experiencia personal, porque nos abrieron ventanas a mundos que no conocíamos o, tan solo, porque se convirtieron en remanso al que regresar en momentos en los que no queríamos estar en ningún lado.
Sentimos la punzada cuando dijimos adiós a Harrison, a Rohmer y ahora a don Gabriel. Vivimos junto a ellos, como si fuéramos eternos, y ahora nos recuerdan que nada lo es y que se nos están pasando los años de los sueños imposibles como un suspiro. Condenada nostalgia.
Así las cosas, la publicación reciente de Gabo. Memorias de una vida mágica parece un homenaje premonitorio, o una premonición elegiaca.
La obra desarrolla un guión de Óscar Pantoja a cuatro manos, las de los dibujantes colombianos Miguel Bustos, Felipe Camargo, Tatiana Córdoba y Julián Naranjo. Es curioso que con tanta variedad estilística el resultado final resulte tan homogéneo en el plano visual. Cada uno de los autores desarrolla una parte de la obra (aunque Julián Naranjo es también responsable del "Epílogo"), y cada uno de dichos capítulos está coloreado en bitono con una tonalidad diferente (naranja, cyan, magenta y verde, respectivamente). El resultado gráfico es sobrio y responde con exactitud al tono narrativo general de un relato que alterna episodios biográficos de Gabriel García Márquez, con anécdotas de su vida y obra (muchos de ellos extraídos de su autobiografía Vivir para contarla).
Arranca el cómic con el viaje que Gabo hiciera en 1965 a Acapulco, junto a su mujer Mercedes y sus hijos. Se trata de un momento emblemático en la vida del escritor, porque fue en ese episodio vacacional cuando al autor se le reveló la estructura y la trama de la que habría de ser su obra más reconocida, Cien años de soledad. En ese trayecto mexicano, que el matrimonio concibió con la intención de liberar tensiones y darle un respiro al genio agotado del escritor, García Márquez conseguiría modelar las bases de un libro que nunca había dejado de existir en su cabeza y al que en un primer momento pretendía haber titulado La casa. Se refería a una casa real, su casa familiar de Arataca, habitada por personas reales, él mismo y sus abuelos, Nicolás Márquez y Tranquilina Iguarán; la morada de su niñez y el lugar donde escucharía las historias y vería pasar la vida que luego habitaría ese espacio mítico, ya legendario, que responde al nombre de Macondo.
En Gabo. Memorias de una vida mágica, Óscar Pantoja lleva a cabo un exhaustivo trabajo de documentación y una meticulosa reconstrucción del relato vital de Gabriel García Márquez y de su árbol genealógico precedente más inmediato; precisamente, porque la vida de sus familiares y sus propias vivencias personales explican muchas de las claves que el colombiano desarrollaría luego en su obra. El relato está construido a base de constantes rupturas temporales (flashbacks y anticipaciones) que surcan la línea cronológica del relato principal (el que arranca con el viaje a Acapulco y concluye con el Premio Nobel a García Márquez). Una recreación escrupulosa y llena de interés, ilustrada con eficiencia por los cuatro artistas que acompañan a Pantoja.
Afirmado lo cual, mientras leíamos el cómic nos escocía esa picazón tan difícil de mitigar que produce la visualización del relato amado a través de ojos ajenos. Dos personas nunca interpretan de igual manera los mundos de ficción, cuánto menos si éstos están recorridos por la magia fértil de obras como las que escribió Gabriel García Márquez. La misma historia de siempre.
Se nos antojaba que las páginas de un cómic que hablará de la obra de Gabo habría de estar cubierto de espesas selvas tropicales habitadas por aves exuberantes y horizontes misteriosos; que sus viñetas olerían a frutas tropicales maduras y a la tierra húmeda después de la tormenta tropical; que sus personajes habrían de vivir entre el amor desbordado y la lujuria arrepentida, entre el instinto criminal de la canícula y una soledad mitológica inexplicable. En fin, que nos parecía que nuestro Macondo, el que imaginamos cuando éramos más jóvenes, había de ser más mágico que real y, por la inercia de las expectativas, imaginábamos también que el relato biográfico de Gabriel García Márquez encontraría algunos momentos para refugiarse (visualmente) en la magia que recorre algunos libros que han sido parte importante de nuestra vida, novelas como La hojarasca, La mala hora, Los funerales de la Mamá Grande, Del amor y otros demonios y, sobre todo, Cien años de soledad y El amor en los tiempos del cólera; de las suyas, nuestras favoritas. 
Por contra, Gabo. Memorias de una vida mágica nos ofrece sobriedad y buen hacer; seriedad en la semblanza y enumeración documentada de las muchas penurias y vivencias que el escritor tuvo que superar antes de alcanzar la gloria. La vida perra sobrevivida gracias a la fe del genio. Ya lo explica el propio guionista en el anexo del cómic:
Cada uno a su modo ha querido contar a García Márquez. Lo cuentan ahondando en su infancia, en su etapa de formación, cuando llegó a la gloria, cuando estuvo en México o vivió en París. Y es desde esa diversidad de vidas interpretadas y vueltas a interpretar que empieza la construcción de lo mágico. Porque en García Márquez el realismo mágico se ha pegado a sus huesos. Este libro es un intento más por volver a contar su asombrosa trayectoria. 
Al final va a resultar que somos lo que leemos. Por eso debe de doler tanto que se nos mueran los Buendía y los Florentinos Ariza.

miércoles, abril 23, 2014

El asesino de Green River, de Jeff Jensen y Jonathan Case. Desmenuzando el mal.

Con el "advenimiento" de la novela gráfica se deshilaron los géneros, se densificaron las tramas y el objeto, la viñeta y la página, adquirió una relevancia desconocida. Detrás del consabido arraigo popular se adivinaron posibilidades trascendentes, puertas abiertas al experimento y la probatura; y después de la disección del yo nos llegaron cómics que hablaban de política y de guerras, de virajes sociológicos, de la Historia o de la Filosofía. Casi todo entra y se ve cobijado por la etiqueta gloriosa, "novela gráfica", que entendida como excusa formal, como generadora de movimientos o como condición genérica (elijan ustedes) ha impulsado al cómic hacia su madurez actual y ha funcionado como efectivo agitador artístico-cultural de un medio ninguneado en el pasado, ahora que vehículos afines emprenden el camino contrario.
Así, en un proceso de consolidación, de solidificación inevitable que forma parte de su evolución, el cómic está regresando a los géneros clásicos, a su propia tradición narrativa, para abordarla desde un punto de vista adulto y auconsciente. Cada vez más, junto a trabajos autobiográficos, revisiones históricas, cómics periodísticos y experimentos narrativos, encontramos cómics como los de toda la vida, tebeos de los de siempre..., pero diferentes, filtrados por la experiencia de los autores de la novela gráfica.
Así, de pronto, volvemos a leer tebeos protagonizados por héroes y superhéroes, mucho más humanos y menos heroicos que los de antaño, pero igualmente cargados de valores y gestores de hitos. Así, de nuevo, recuperamos historias como aquellas otras historias de ciencia-ficción, aventuras imposibles y, como no, relatos negros como la noche, habitados por detectives, criminales y asesinos en serie; pero todo ello, filtrado, digerido y manejado por la sensibilidad nueva de los nuevos tiempos.
El asesino de Green River es un cómic de serie negra, con sus malos y sus buenos, los polis y los criminales, aunque no se parece en nada a, pongamos, Dick Tracy. De hecho, es un cómic de serie negra en el que los crímenes, ahí es nada, son lo de menos.
Quizá el dibujante de la obra, Jonathan Case, no les resulte familiar, pero lo que es seguro es que el guionista les sonará aún menos: Jeff Jensen; aunque, paradójicamente, en su nombre se encierra el secreto que explica y hace más interesante una obra como El asesino de Green River.
Jeff Jensen lleva trabajando en el mundo del cómic desde los años 90; lo ha hecho para Marvel y DC, pero su nombre no saltó a la luz hasta 2011, cuando ganó un premio Eisner por su guión para El asesino de Green River (Dark Horse). Hasta aquí, todo normal. Lo verdaderamente extraordinario es que su guión obtuvo el premio a mejor cómic basado en una historia real y que esa historia fue la de Tom Jensen, su padre, el detective que atrapó al asesino en serie Gary Ridway, también conocido como Green River Killer.
Con este material de primera mano y las confidencias fidedignas de su progenitor, Jensen aborda un trabajo que en realidad tienen mucho más que ver con las zozobras interiores del investigador, con las dudas humanas y profesionales de un hombre que siente en muchos instantes que su cometido le supera, que con la historia truculenta del asesino en serie y sus atrocidades. En El asesino de Green River apenas hay espacio para la casquería gore o para la recreación morbosa; y sí muchas páginas dedicadas a las minucias cotidianas del proceso detectivesco, al desentrañamiento de claves y la asociación de pistas.
Tom Jensen era un policía concienzudo con un alto sentido del deber, un hombre consciente de la trascendencia de su trabajo. El protagonista, como empleado de la ley entregado en cuerpo y alma a su oficio, vivió momentos de verdadero  desanimo y abatimiento provocados por la falta de resultados palpables en la investigación del caso, pese a su su tenacidad en la investigación del mismo. El lector será testigo de su lucha interior, de su abatimiento y del proceso de las pesquisas. Una verdadera disección de la disección criminal.
Existen precedentes similares en los últimos tiempos. Cuando buscamos ejercicios narrativos similares a El asesino de Green River, se nos vienen a la cabeza, por ejemplo, películas como la mucho más explícita y desasosegante Zodiac, de Fincher; o la espectacular y tenebrosa serie True Detective, de Pizzolatto y Fukunaga, que justo acabamos de ver. Quizás el cómic de Jensen y Case no posea la misma fuerza visual, ni la misma habilidad en la creación de suspense que los trabajos mencionados, pero sí que funciona de forma eficiente como retrato psicológico de sus personajes (el detective y el asesino) y como espejo espejo desasosegante del terror cotidiano y de la ponzoña que puede encerrar el alma humana. Muy recomendable para los aficionados al género negro y a la observación de las psicopatías criminales.