viernes, junio 30, 2006

Junji Ito. Miedo a las espirales.

La Cúpula acaba de editar Tomie, de Junji Ito, maestro del manga de terror. Sin embargo, me temo que su calidad (sobre todo en el apartado gráfico) queda unos cuantos palmos por debajo de la anterior obra del artista nipón publicada en nuestro país, Uzumaki. La siguiente reseña sobre la misma apareció en el Culturas, el 27 de marzo del 2005 .
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De un tiempo a esta parte da la sensación de que Hollywood está perdiendo el patrimonio del miedo. Los más viejos del lugar aún recuerdan los aullidos de terror de los espectadores desprevenidos que entraban a ver Tiburón como el que va a ver un documental de la 2. La lista de títulos es memorable, desde aquellas entrañables series B de Corman hasta las semillas endiabladas de Polansky y los siervos del Señor impotentes ante niñas de cabezas y mentes retorcidas. Hoy en día, nos tenemos que conformar con secuelas mediocres y escalofríos enlatados en serie, al tiempo que constatamos una evidencia que se presume incontestable: el miedo se ha ido a vivir a Oriente.
Echemos un vistazo al mercado del terror cinematográfico de los últimos años, ¿qué nombres propios merecen una mención de honor? Hideo Nakata, sin duda (Dark Water, The Ring…), pero también los Takashi Shimizu (La maldición), Kim Jee-Woon (Dos hermanas), etc. A algunos otros, como a Park Chan Wook (no he podido evitar mencionarlo), creador de la inmensa Old Boy, la etiqueta “cine de terror” se les queda ciertamente pequeña a la hora de definir su cine, extraño, hipnótico, desasosegante. Mientras tanto, desde la meca del celuloide, se contentan con regalarnos algún que otro remake mediocre de esas mismas películas.
Pues bien, aunque con un público mucho más limitado, el terror amarillo se está extendiendo al mundo del cómic como la pólvora originaria de aquellos lares. Tienen los artistas orientales una sensibilidad especial hacia el miedo que nos desconcierta a este lado del globo. Quizás sea esa capacidad de generar angustia desde la cotidianeidad, incluso a partir de la vulgar normalidad de los objetos. El agua, un armario, una televisión encendida, adquieren cierta energía negativa en manos de estos alquimistas de la anormalidad. Un ejemplo de ello es Suehiro Maruo, quizás la presencia más inquietante del cómic actual. Excesivo, truculento, perverso, Maruo nos conduce en sus comics por una galería de personajes monstruosos, no tanto por su aspecto, sino por sus actos y reacciones ante circunstancias, digamos, ordinarias. En esta búsqueda de la realidad alterada se asemeja a Junji Ito, creador de Uzumaki (término japonés que significa “espirales”), aunque es difícil hallar muchos más puntos de contacto entre ambos. Los dos hacen discurrir sus historias por las bambalinas de lo real; por mundos reconocibles, que en un momento dado encuentran su vuelta de tuerca en las vías del esperpento, en la deformación grotesca como único teatro factible en el que representar las profundidades del alma humana.
Uzumaki (Planeta de Agostini) es un cómic que discurre por esas veredas alucinadas. Comienza la serie en un pequeño pueblo japonés, apacible escenario de esa normalidad nipona que trasmite sosiego y deja respirar al reloj vital. En un momento, surge la anécdota, el asunto trivial que habrá de mover la trama hacia adelante: un alfarero local se obsesiona con la creación de piezas en forma de espirales. A partir de ahí, la vida de la aldea comienza a verse extrañamente alterada, sin que sus propios habitantes parezcan inmutarse ante los extraños incidentes que, cada ve con más frecuencia, parecen conquistar su rutina. La serie se organiza en torno a diferentes capítulos (tres por tomo) que admiten una lectura independiente, pero que comparten como nexo un mismo contexto y a sus dos protagonistas adolescentes: Kirie, la joven estudiante, y Shuichi, el novio de ésta; éste último personaje, estudiante universitario que regresa a su pueblo de visita, funciona como recurso narrativo para mostrar un punto de vista externo a esa realidad deformada, que los habitantes de Kurouzu empiezan a aceptar como propia. Su aparición ocasional, con una presencia física cada vez más deteriorada, funciona como contrapunto respecto a la paranoia progresiva que envuelve al relato y ejerce como punto de referencia normalizado de nuestra asunción de lo real como lectores.
En todo caso, lo cierto es que Uzumaki es una lectura sobre todo entretenida. Quizás no alcance los niveles de excelencia artística de otras obras comentadas desde estas páginas, pero con un nivel gráfico más que alto (mucho mejor que el del manga medio) y con un dominio del ritmo narrativo sobresaliente, Junji Ito nos regala argumentos suficientes para esperar con impaciencia la publicación del siguiente número de sus espirales y para lamentar egoístamente (y felicitarle por ello, al mismo tiempo) que este cómic no siga la norma habitual, por cuanto se refiere al número de páginas excesivo, de las publicaciones japonesas. Parece, en definitiva, que Uzumaki hace buena la máxima que exponíamos al principio de estas líneas: el miedo del futuro hablará japonés o chino o coreano… Vaya, parece que estamos dando vueltas una y otra vez sobre el mismo tema.

Jali. Un marciano de paseo por el más allá.

Hace unos días presentábamos una sección de vínculos a bitácoras creadas por diversos autores de cómics españoles. Una de ellas la de Jali, un dibujante por el que, debo confesar, siento absoluta debilidad; creador de algunas de las páginas más extraterrestres y hermosas de los últimos años. Hace dos años, publicó uno de los mejores cómics de la temporada, Pl*xi*gls, en el que se erige como auténtico explorador del lenguaje comicográfico y arquitecto de unas viñetas cargadas de profundo lirismo. Con motivo de su publicación a cargo de Astiberri, el 26 de diciembre de 2004 colé la siguiente reseña en el suplemento Culturas, del Tribuna de Salamanca. Hasta que surja una nueva oportunidad de hablar de Jali, sigamos recreándonos con Pl*xi*gls.
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En el último Salón Internacional del Cómic de Barcelona, Jali (José Ángel Labari), agazapado tras el stand de la editorial Doble Dosis, adelantaba a quien quisiera escucharle, el título y algunos datos dosificados de su próximo proyecto comicográfico. Ahora, con Pl*xi*gls en las librerías, se nos revela con claridad una evidencia que ya se translucía en algunos de sus excelentes trabajos anteriores (como en los prácticamente desconocidos El niño miope o A Berta le asusta la tormenta): Jali es una anomalía dentro del panorama editorial español. Bienvenida sea.
Sus influencias artísticas discurren ajenas al mercado nacional de las narraciones gráficas. Encontramos naturalezas semejantes (por una extraña afinidad hacia el mundo de lo espectral), en dibujantes como Javier Olivares o el argentino Alex Fito, sin embargo, las referencias más evidentes en Jali no pertenecen al mundo del cómic. Como el mismo autor ha reconocido, sus historias beben de fuentes muy diversas, las que manan de las ilustraciones de Edward Gorey, del cine de Tim Burton (especialmente de Pesadilla antes de Navidad) o de la literatura fantástica de Edgar Allan Poe. El espíritu ensoñador de Jali recoge estas influencias artísticas puntuales y las combina con su percepción alterada de lo cotidiano y con elementos tomados tanto de la literatura gótica del S.XIX como de la cuentística popular, para crear un universo propio de fantasmas amables, espectros piadosos y románticos desheredados. Todo ello perfilado por unos lápices a medio camino entre la ilustración litográfica y el dibujo infantil. Un estilo que con su apariencia áspera, casi de boceto entintado, y con su peculiar técnica de relleno a partir de un entramado espeso, se ajusta perfectamente al aire gótico de sus narraciones.
Jali, en todo caso, no es un autor moderno, según la acepción denotativa del término. Sus comics son fábulas que parecen pertenecer a un tiempo indefinido. En Pl*xi*gls, aparecen personajes, objetos y escenarios de la era tecnológica (ciudades inhóspitas, cohetes que se estrellan en la luna, hombres-televisor y niños-yogur), sin embargo, su utilización cumple un fin accesorio dentro del conjunto general. Los temas de Jali respiran de una lírica universal, la de la soledad, el abandono y los miedos interiores. Desde este punto de vista, Pl*xi*gls podría leerse desde una doble clave: como un cuento fantástico, una “pesadilla amable” con una moraleja incierta, o como el poema alegórico de nuestras dudas existenciales.
Esta autoconciencia simbólica (el protagonista es un hombre-frigorífico) y el tono argumental propio de la ensoñación fantástica que es Pl*xi*gls, están, desde luego, en la base de las ingeniosas soluciones técnicas de Jali en su búsqueda narrativa. Como si de un cuento de hadas se tratara, en sus páginas cualquier elemento es susceptible de adquirir vida propia, incluidos los propios recursos técnicos: así, las onomatopeyas se convierten en personajes sonoros, los márgenes de las viñetas se abren para dejar que las estrellas llenen la noche y los globos de diálogo se convierten en visiones del subconsciente.
En la célebre entrevista que le hizo Truffaut en El cine según Hitchcock, el maestro británico confesaba: “Cuando se cuenta una historia en el cine, sólo se debería recurrir al diálogo cuando es imposible hacerlo de otra forma”. Jali parece hacer suya esta máxima en su concepción esencial de la narración gráfica: la solución visual imaginativa es siempre el camino a seguir. Desde luego, una postura coherente para alguien que ha creado una iconografía en viñetas tan personal como la de este joven autor. Viñetas, ese material del que están hechas las pesadillas de plexiglás.
Página de Pl*xi*gls: 1

miércoles, junio 28, 2006

Forges lo (pre)dijo.

Pues sí, es verdad conocida que el gran Forges pocas veces se equivoca, pero es que en esta viñeta del domingo pasado, como decía aquel, estuvo sembrado (ni Nostradamus, ni na):

lunes, junio 26, 2006

Blogs de autor.

Arrancamos la semana con una inauguración, modesta en nuestro blog, significativa por lo que cobija. Si observan ustedes la columna de vínculos a su derecha, observarán un nuevo epígrafe y un número, reducido aún, de vínculos. Responde a "Blogs de autor" y nos presenta una serie de bitácoras la mar de especiales; ni más ni menos que los blogs de gente como Jali, Olivares, Mauro Entrialgo o Calo. Es decir la viva voz de los verdaderos artífices de todo este tinglado: la voz de los creadores.
Los cómics son como el fútbol, aquí hablamos todos y todos con una voz diferente. Anunciamos, reseñamos, ensalzamos y desguazamos sin otro común denominador que nuestra pasión por este glorioso universo en viñetas. Por eso, y con este gesto nimio, minúsculo, quiero mostrar mi reverencia por unos autores a los que admiro y respeto, los verdaderos protagonistas de la función: los creadores de ilusiones.

Comienzo con cuatro únicamente, todos ellos fantásticos dibujantes, ingeniosos contadores de historias y protagonistas de algunos de los buenos momentos del último cómic español: la poesía extraterrestre de Jali, la cándida belleza de la línea clara de Calo, la disección aguda del humor de Entrialgo o la magia surreal y misteriosa de ese maestro que es Olivares. Más adelante se irán incorporando nuevos nombres y abriremos una sección de autores-bloggers extranjeros. Pero no adelantemos acontecimientos...

miércoles, junio 21, 2006

Donde no alcanza la mirada... llega el recuerdo.

Recién acabo la lectura de Donde no alcanza la mirada..., de Georges Abolin y Olivier Pont (Planeta, 2005), y debo confesar que la guardo ya en el saco de las sorpresas gratas. Cuando saqué el libro de mi fantástica (y muy bien surtida en cómics) biblioteca local, aventuré con el primer vistazo una de esas lecturas amables, inclinadas hacia la nostalgia de la narración infantil y temáticamente navegando entre el género de aventuras, la biografía fantástica y los paisjes oníricos. Pues bien, de todo eso hay, pero también bastante más.
Seguramente, mi juicio apriorístico tuvo bastante que ver con la impresión que ejercen los dibujos de Pont sobre el lector. Recuerda su trazo al cine de animación de Wat Disney de los últimos años: contornos perfectos y unas caricaturas idealizadas que, sin embargo, parecen más estilizadas, angulosas y rotundas que en otros periodos de la factoría. El trazo de Pont es, por llevar la comparación hasta el paroxismo, una mezcla entre el mencionado estilo Disney, el diseño elegante de Beroy y la caricatura angulosa del Pascal Ferry de los primeros años. Personajes contundentes, dibujados con gracia y vitalidad en unos fondos barrocos, suntuosos, llenos de poesía; un deleite para la vista en todo caso. Sin olvidarnos, desde luego, de la parte que le toca a J. J. Chagnaud, por su maravilloso trabajo con el color.
Pero tampoco el guión de Abolin desmerece del trabajo de su partenaire. Tomando como punto de partida un asunto más o menos trivial (el hallazgo de un amuleto mágico por parte de una niña), el guionista esquiva el previsible territorio de la magia y el cuento fantástico, para sumergirnos en una historia basada en la experiencia vital, el paso del tiempo y los recuerdos nostálgicos por las ocasiones perdidas. Así, el extraño amuleto capaz de provocar viajes astrales y experiencias parapsicológicas, deviene en una suerte de mcguffin, que no tiene otro objeto que catalizar el entramado de relaciones entre los diferentes personajes, sus recuerdos y sus sentimientos compartidos.
Porque, en el fondo, cuando uno termina de leer Donde no alcanza la mirada..., lo que queda es un regusto amargo, una sensación de nostalgia que se presiente compartida y que nace de un sentimiento universal: el de saber que, tarde o temprano, todos echaremos de menos a alguien.
Links a diferentes planchas de la edición francesa: 1, 2, 3

lunes, junio 19, 2006

Todos somos "amigos" de Naoki Urasawa.

Ya en nuestra puesta de largo anunciábamos la falta de ínfulas "reporteriles" de este blog. Por eso, todo aquel que esté interesado en las crónicas del último gran fasto de nuestro mercado comicográfico, el Saló Internacional del Cómic de Barcelona, deberá buscar allende estas páginas, en cualquiera de las numerosas bitácoras que tan brillantemente las han venido publicando a lo largo de estos día (en La Cárcel, desde luego, pero también en Con C de Arte, en LaPeonza, etc. ; en este punto remitimos a TEBELOGS! para una indagación más minuciosa).
Sin embargo, a lo que no hemos podido resistirnos de ningún modo o manera es a acercarnos a su palmarés, y en concreto a la que ha sido considerada "Mejor obra extranjera publicada en España en el 2005", 20th Century Boys, de Naoki Urasawa (en contra de nuestros pronósticos que situaban a El Fotógrafo en lo más alto, todo sea dicho).
¿Se imaginan ustedes que alguno de sus políticamente incorrectos juegos bélicos infantiles sobre grupos secretos o confabulaciones mafiosas, llegara algún día a hacerse realidad? (ehem). El orbe se vería sumido inmediatamente en el caos más absoluto, debido a esas coordenadas incoherentes que, sin embargo, tan bien administran la lógica infantil. Este aparente dislate es el punto de partida de 20th Century Boys; pero sólo aparente, porque en la saga creada por Urasawa casi nada es azaroso y mucho menos incoherente.
El primer contacto con 20th Century Boys, uno de los indiscutibles best-sellers del cómic de todos los tiempos, impone respeto e invita a todo tipo de suspicacias: un manga con elementos básicos del thriller, que su autor estira año tras año, y que se anuncia con toda una retahíla de mensajes requetemanidos en torno a conspiraciones para acabar con el mundo y ataques terroristas globales. Cliches del tipo de “El 31 de diciembre del año 2000, un heroico grupo de personas salvó a la humanidad de ser exterminada…”, nos predisponen hacia la lectura con un estado de ánimo similar al que nos hace huir despavoridos del peor cine comercial hollywoodiense. Sin embargo, Urasawa es un auténtico maestro a la hora de confundir expectativas; prejuicios incluidos.
De primeras, 20th Century Boys es uno de los thrillers más adictivos, sorprendentes y enrevesados (en el buen sentido de la palabra), que un servidor ha visto o léido en muchísimo tiempo: la historia de los juegos infantiles de Kenji y su grupo de amigos en el Japón de 1971, es tan solo la primera de las muchas líneas argumentales (la principal por ser la desencadenante del resto) que recorren la obra. La habilidad dramática de Urasawa a la hora de dosificar la información (con constantes indicios narrativos estratégicamente escondidos en la trama) y su dominio autorial en la ordenación (alteración, más bien) del tiempo del discurso, funcionan a favor de un suspense acumulativo, que no suelta al lector desde el primer volumen de la serie (de la que en España Planeta ha publicado ya el número 18). Así, aunque en el algún momento el lector podría verse desbordado ante la aparición constante de personajes o el nacimiento de subtramas y segundas líneas argumentales, el control que muestra Urasawa sobre su historia, favorece siempre el seguimiento adictivo de la peripecia. Sin olvidar el virtuosismo gráfico de un autor que, manteniendo las coordenadas visuales del manga, se posiciona muy por encima de la mayoría de sus colegas nipones (¡Qué maravillosos escenarios los que diseña el maestro japonés y qué gran fisionomista es!)
Como señalábamos más arriba, casi nada es gratuito en 20th Century Boys. Urasawa no estira su relato (únicamente) con aviesos intereses comerciales, sino que organiza los componentes de su tablero de ajedrez como un jugador que conoce perfectamente los movimientos de antemano. Cada nueva línea argumental, supone una nueva vuelta de tuerca al motor de la gran maquinaria que mueve el armazón de 20th Century Boys. No se trata del tipo de ejercicio de confusión autocomplaciente que cuestiona la inteligencia del lector en aras de la sorpresa fácil. Los muros exteriores del laberinto de Urazawa están construidos con firmeza desde el principio de la aventura (o así lo parece) y es en el interior de sus pasillos donde se establece el caos ordenado, donde salta la sorpresa al final de cada corredor, donde la organización “Amigo” teje su tela para conquistar el mundo. Kenji y sus amigos se enfrentarán al mundo para salvarlo de sí mismo, como habían hecho en sus juegos infantiles treinta años atrás y, en el camino, se nos descubrirán bastantes de las coordenadas que explican la historia de la nación japnesa y la vida de sus habitantes en esos treinta años. Al mismo tiempo (en la línea de los grandes thrillers políticos de Graham Greene y las distopías de autores como Huxley u Orwell), Urasawa plantea interrogantes, nada ingenuos, acerca del futuro: ¿Hasta dónde debe llegar el control de los estados sobre sus ciudadanos? ¿Quién instiga verdaderamente la amenaza terrorista global? ¿Tiene el ciudadano la posibilidad de conocer la verdad última tras las grandes decisiones político-económicas? Y, sobre todo, ¿por qué una vez que hemos empezado sus páginas, es imposible dejar de leer 20th Century Boys?

lunes, junio 12, 2006

Jason Little. El fotógrafo indiscreto.

Continúo con la "ventilación" de textos públicados con anterioridad. En este caso, una reseñita sobre el Shutterbug Follies, de Jason Little, que apareció en el suplemento Culturas, del Tribuna de Salamanca el 9 de abril de este año.
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La publicación en nuestro país de Shutterbug Follies, de Jason Little (Planeta, 2005), venía precedida por el extensivo reconocimiento de su autor en otros países y por un rosario de críticas laudatorias por parte de personalidades tan eminentes como Scott McCloud: “Jason Little es uno de los autores más ingeniosos de la tierra y Shutterbug Follies es su mejor historia hasta la fecha”, comenta el crítico y dibujante americano en la contraportada de la presente edición. Una edición que Planeta ha llevado a cabo siguiendo hasta el detalle la original americana de Doubleday. Uno de esos comics (o novelas gráficas) con pastas duras, papel de calidad y colores brillantes que da gusto tener entre manos y que invitan a la lectura.
El dibujo de Jason Little, además, es pulcro y luminoso, el resultado de combinar influencias como el detallismo de Pierre Jacobs junto a la paleta de colores y el acabado perfeccionista de Ware. Toda una garantía, para los amantes de un cómic con un dibujo esmerado según los cánones tradicionales de la línea clara (en estos tiempos en que se imponen otras tendencias tan fructíferas como el estilo minimalista, casi esbozado de autores como Marjan Satrapi, o los Seth, Andy watson, etc.).
Dicho lo cual, no podemos evitar cierto regusto amargo tras la lectura de Shutterbug Follies. Las promesas de ingenio desbocado que anunciaba McCloud, se reducen a una historia que sin llegar a lo convencional, se mueve fiel a referencias artísticas más o menos conocidas (en este caso, la influencia de La ventana indiscreta de Hitchcok es indudable). La trama se conforma en torno a los elementos habituales del thriller, recreando una madeja de encubrimientos y descubrimientos sorpresivos, intrigas criminales y persecuciones, que el lector intenta desenredar de la mano de la joven fotógrafa protagonista; siguiendo los pasos de la joven Bee (versión modernizada de James Stewart, pero tan curiosa e impertinente como aquel Jeffries que nos dibujara el maestro del suspense), el lector se adentra en una historia en la que el misterio sobrevuela los aspectos principales de la narración, eso sí, casi siempre acompañado por el aire naif y hasta cierto punto divertido, que imprime el dibujo de Little. Una obra, en definitiva, recomendable para todos los amantes del género y para aquellos que quieran disfrutar de una línea clara con una factura impecable, pero que está muy lejos de merecer algunos de los calificativos con los que ha sido presentada en sociedad. Dicho lo cual, habrá que seguir a Jason Little en futuras aventuras creativas y esperar que Shutterbug Follies no parezca realmente la mejor de sus obras cuando la comparemos con otras futuras entregas.

jueves, junio 08, 2006

God Save il rei Giardino.

Dedica esta mañana El País un artículo al Salón del Cómic que se avecina. Como pueden leer en la noticia (que incluimos al completo aquí al lado), se nos avisa de la generosa atención que los organizadores del Salón le dedicarán este año a la Guerra Civil y al Capitán Trueno. Destaca la mención y destaca que El País, por fin, parezca decicido a abordar la difusión comicográfica, con más o menos asiduidad.
Sucede que, a un servidor, lo que le ha llamado la atención es la letra pequeña bajo el título: "Giardino, Lloyd, Mézières y Forges tienen previsto participar en la feria". Sí, como lo han oído, Giardino, mi adorado Giardino viene al Salón. Dios, ahora sí que me va a doler no ir. Quizás haya sido el último en enterarme, pero, ya se sabe, es que estas noticias, así de sopetón y a media mañana, le dejan a uno el cuerpo flojo.
Y es que el señor Vittorio Giardino es uno de esos autores a los que te apetecería no conocer para poder descubrir por primera vez. Ese dibujo detallista, su maestría para la creación de atmósferas, el dominio de la tensión narrativa, las ciudades de Giardino...
Lo dicho, dejen de leer esto y vayan a hacerse con Rapsodia Húngara, La puerta de Oriente o su serie negra sobre el detective Sam Pezzo, que recientemente ha publicado en nuestro país Planeta.

miércoles, junio 07, 2006

Little Nemo's Kat entre rejas.

En los últimos tiempos, los blogs sobre comics han proliferado de tal manera en la red, que uno no sabe muy bien donde ubicar este fenómeno de gestación múltiple (del que formamos parte, of course). Podría por un lado responder a la inercia (creemos nosotros) que, poco a poco, va resituando al cómic junto a otras displinas artísticas tradicionalmente más privilegiadas en sus relaciones con los medios (internet incluido). Pero incluso podría tratarse de un hecho coyuntural relacionado con la aparición de unos cuantos puntos de inflexión en la blogosfera; en concreto nos referimos a la creación de Tebelogs (ese blog de blogs que informa de las actualizaciones de sus miembros) y al papel difusor y activador de la que es, sin duda, "la madre de todas las bitácoras" en esto de los blogs comicográficos, La Cárcel de Papel.
Por eso, que en nuestra primera semanita de vida, a uno se le de la bienvenida nada menos que desde la ilustre "penitenciaría blogera" del señor Álvaro Pons, no deja de ser un orgullo (que no pretendo disimular). Así que, como de bien nacidos es ser agradecidos, dedico este post de hoy al puro y duro autobombo y, sobre todo, a agradecer a La Cárcel de Papel su link en los enlaces luneros de esta semana. Dicho queda.

martes, junio 06, 2006

Descubriendo a Fred Schrier.

Abrumado por la ingente cantidad de novedades que se anuncian para este Salón del Cómic de Barcelona, el otro día decidí sin pudor alguno tomar las de Villadiego y escaparme por la puerta de atrás. Me arremangué con decisión, y me fui a por el montón de tebeos no empezados, que se amontonaban en la pila de "cómics prehistóricos y clásicos por descubrir" (nunca falla, huyes de las novedades y terminas en el almacén arqueológico).
Entre todos, opté por el más raro, The Balloon Vendor, de Fred Schrier, dibujante underground americano del que desconocía hasta su origen, hasta que hace unos meses pujé por uno de sus "comix" en ese generador de mendicidad (especialmente para los seres de pobre voluntad) que responde al nombre de e-Bay. Tras informarme someramente de quién era el tipo por el que me disponía a soltar los cuartos (ímpelido básicamente por a) el imán de lo underground que me tiene perdidito últimamente y b) una portada de lo más resultona), vi, pujé y gané el susodicho tebeito con suma facilidad (sospechoso) y por una cantidad bastante módica.
Ahora, tras la lectura, breve y noctámbula de The Balloon Vendor, todo se me aparece con más claridad: no tengo ni idea de qué he leído, pero no pienso desengancharme de mi adicción underground (al menos por una temporada larga, una o dos vidas, digamos).
Sin perder de vista que estamos ante un movimiento heterogéneo y poblado por personalidades de lo más dispar, siempre me pareció que en el underground se podían distinguir dos polos temáticos bastante diferenciados: estaban por un lado los que enfocaban la crítica social y el costumbrismo antropológico desde una óptica paródica, hincando el diente en el lado grotesco de la realidad (Crumb, Shelton, o incendiario Clay Wilson, que dibujaba desde "el lado más bestia de la vida", por ejemplo). En el otro polo, aquellos autores más experimentales; los que aspiraban a reflejar sobre el papel sus experiencias lisérgicas y la mentalidad hippy-metafísico-karmática de la vida (como los Moscoso o Rick Griffin), a los que les importaba sólo relativamente la historia, frente a la indagación visual.
Y toda esta peligrosa simplificación, para justificar que en The Balloon Vendor, a un servidor no le importa un carajo lo que le cuenten (una monserga acerca de un científico lunático que ha inventado una máquina para viajar en el tiempo), pero que no ha podido dejar de parpadear ante los brillos en blanco y negro sobre papel de calidad ínfima, con que el amigo Schrier ha traducido sus más que probables viajes "astrales" montado en el caballito acido. No somos nada, dirán ustedes, con que poco se conforman algunos. Así es, mea culpa, cada uno tiene sus taras.

jueves, junio 01, 2006

Chris Ware. El cirujano y la poesía.

Comenzamos con la "liberación" de material publicado anteriormente. En concreto, el siguiente artículo apareció en el suplemento "Culturas" del Tribuna de Salamanca, el 12 de Diciembre de 2004. Disculparán ustedes lo anacrónico de la intromisión:
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Si tuviéramos que destacar a un autor de comics que a lo largo de la última década haya suscitado por igual la atención del público, la crítica y los profesionales del mundo de la narración gráfica, no hay duda, ese sería Chris Ware. Probablemente, no exista un dibujante reciente más citado y alabado que el americano. Y a tenor de los frecuentes artículos aparecidos tanto en publicaciones especializadas como en medios de difusión nacional, podemos afirmar que el fenómeno Ware ha llegado a nuestro país con la misma fuerza que en otros lugares del orbe cómicográfico. La causa debe buscarse en la reciente publicación en castellano de su obra magna, Jimmy Corrigan. El chico más listo del mundo.
Pero, ¿quién es este nuevo pope del cómic y dónde reside su genialidad?
Chris Ware nace en Omaha (Nebraska) en 1967. Ya en 1991 colabora en Raw, la mítica publicación de comics editada por el creador de Maus, Art Spiegelman. En 1994, ‘ficha’ por Fantagraphics, la editorial más importante del panorama del cómic independiente americano. En ella, comienza a publicar su celebrada Acme Novelty Library, un comic- book atípico, publicado en diferentes tamaños y formatos, con diferentes personajes y técnicas gráficas en cada número, cuyo hilo conductor se encuentra en la meticulosa edición de todos sus volúmenes (un homenaje palpable a las lujosas ediciones periódicas de la primera mitad del siglo XX) y en la frecuente aparición de su personaje más emblemático, Jimmy Corrigan.
Las señas de identidad que fundamentan la especificidad autoral de Ware, las que le convierten en pionero, forense y maestro del arte comicográfico (quizás en el más influyente de los últimos tiempos), deben rastrearse en diferentes niveles de análisis. Desde la más obvia (por externa) constatación de su personalísimo estilo gráfico, hasta la reconstrucción de la arquitectura secuencial, casi todo en él huele a novedad. Vayamos por partes.
Su dibujo, esa línea clara sustentada por el uso de colores planos y un trazado de contorno preciso, imprime a las páginas del autor americano la impronta de un acabado perfecto; en cierto modo, las páginas de Ware respiran cierto aire aséptico, casi mecánico, que algunos han calificado de frío. Lógicamente, su dibujo rememora a algunos de los nombres ilustres de la escuela franco-belga (Edgard Pierre Jacobs, Yves Challand, etc.), sin embargo, su trazo afilado, sus composiciones planas de extraña perfección, nos retrotraen a épocas más lejanas, hasta algunos ilustradores del siglo XIX, como Walter Crane, célebre por sus planchas para cuentos infantiles.
Ciertamente, hay algo de oscuro cuento infantil, de ensoñación trágica, en historias como Jimmy Corrigan. El chico más listo del mundo. Para llevar a cabo la disección emotiva de sus personajes, Chris Ware no emplea más instrumental que la peripecia cotidiana, la anécdota vital (retrospectiva en ocasiones), con cierta apariencia intrascendente, pero esencial para la construcción del gran fresco del fracaso existencial que es Jimmy Corrigan. Esa humanidad, el compromiso, entre compasivo y resignado, que se establece entre el lector y los personajes, alejan a Ware de la citada frialdad que algunos le achacan. Muy por el contrario, la poética del fracaso de Jimmy Corrigan, encuentra su refrendo hermoso y humano en la profunda limpieza del virtuosismo gráfico de Ware.
El resultado es un sentido poema visual, un enorme puzzle elegiaco sobre la angustia vital del hombre ‘moderno’. Como narrador, Chris Ware ha emprendido un camino, si cabe, más ambicioso aún: se ha atrevido a transgredir algunas de las convenciones discursivas del medio (sobre todo por lo que respecta al montaje de la página), con la clarividencia de aquel que ve un campo fértil en posibilidades creativas donde otros no se atreven si quiera a hundir su pluma. Nos hemos re ferido a Jimmy Corrigan como a un gran puzzle. Nos valdría el mismo símil a la hora de entender el modo en que Ware secuencia y organiza sus páginas. Cada pieza del puzzle, cada viñeta, pare ce encajar con exactitud en su fracción de página, aún incluso cuando esa posición signifique una alteración del habitual ordenamiento en estructuras reticulares lineales del cómic tradicional.
De esta peculiar distribución de viñetas sobre la página (que en ocasiones le obliga a utilizar cartuchos o flechas como índices de dirección en la lectura), de la alternancia de tamaños y esquemas compositivos, nace la esencia del ritmo narrativo de Chris Ware. Una pulsión viva del lento transcurrir del tiempo en una realidad anodina.
En algunos pasajes de Jimmy Corrigan, la composición de la página impone un ritmo de lectura lento y reflexivo; es entonces cuando apreciamos en su integridad la organización meticulosa de sus viñetas, su gusto por el detalle y la sencilla pero abrumadora expresividad de sus personajes. Por estas, entre varias otras razones, descubrimos en Chris Wa re a uno de esos autores llamados a escribir las páginas definitivas del imparable trayecto hacia la madurez que está viviendo el cómic en los últimos veinte años. Un medio cada vez más asentado en su búsqueda de un corpus artístico propio, sin complejos de inferioridad respecto a otra s disciplinas. De hecho, Jimmy Corrigan. El chico más listo del mundo se nos presenta a los amantes del cómic como una oportunidad única, la de reivindicar la validez del medio comicográfico como vehículo discursivo capaz de engendrar obras de arte con mayúsculas. Que nadie lo dude, esta joya de la narrativa que es Jimmy Corrigan, no pierde brillo en la comparación con cualquiera de las grandes novelas publicadas a lo largo de este año.
No tarden demasiado en comprobarlo.