martes, mayo 07, 2013

The Beats, de Harvey Pekar y Ed Piskor. Modas generacionales.

Las generaciones literarias tienen algo que fascina. La necesidad de encontrar un denominador común a personalidades creativas diversas, quizás, o, por el contrario, la búsqueda del hecho diferencial dentro de un grupo de autores al que la crítica, los lectores, la historia, se han encargado de compartimentar dentro de un mismo baúl sincrónico, estilístico o temático. El concepto de generación funciona como una etiqueta que nos permite asir realidades literarias complejas que engloban a un número impreciso de autores, en muchos casos, radicalmente diferentes los unos de los otros. De tanto en cuanto, una generación literaria particular adquiere prominencia, se pone de moda, y no dejamos de oír hablar de ella, de releer sus reediciones, de asistir a las adaptaciones interdiscursivas de sus obras. Se recupera la generación o se reivindica a un autor concreto de la misma, según los intereses culturales, la tendencia política o la idiosincrasia concreta del momento. 
Ahora, como sucedió en los 70, volvemos a hablar del valor intrínseco del simbolismo Machadiano, hace menos de una década se destacaban el intelectualismo universal de Unamuno o el ensayismo humanista de Azorín; la narrativa de Baroja cruza diferentes "renacimientos" de la novela en los últimas décadas y se juzga como un prodigio de crítica social, que encierra todas las virtudes de la narración moderna; y los 80 fueron la década del modernísimo teatro valleinclanesco, así como en los 70, de nuevo, Machado se leyó como una puerta de libertad y de búsqueda de una regeneración lírica. El 98, los Novecentistas, el 27. Los Poetas de la Guerra o los Modernistas ingleses. La Generación Perdida y la Generación Beat estadounidenses... Parece que ahora estamos en el momento de redescubrir a estos últimos, a Kerouac, Ginsberg y compañía.
Decía algún crítico literario que, de igual modo que Fiesta (o The Sun Also Rises), de Hemingway, fue el testamento de la Generación Perdida, On the Road, de Jack Kerouac, lo fue de la Generación Beat. Recientemente, el director de cine Walter Salles ha llevado a cabo una estimable adaptación de esta novela de viajes (road-novel) esencial de la literatura contemporánea. Aunque la película no consigue captar el vitalismo, ni la intensidad atormentada de sus personajes (sobre todo la de ese Dean Moriarty frenético, extático y torturado -trasunto literario de Neal Cassady, el alma inspiradora del grupo, el portador de la llama y, curiosamente, el único de ellos que nunca escribió nada reseñable), nos ofrece un buen conjunto de interpretaciones y una respetuosa (aunque esquemática) traslación fílmica del torbellino de excesos sexuales, musicales y viajeros que recorre las páginas de la novela como una fiebre generacional que hubiera contagiado a todos los protagonistas del libro.
Hace pocos meses también, se publicó en español The Beats, el biopic generacional comicográfico de la generación, que dibujó Ed Pistor, sobre un guión de Harvey Pekar, en 2009. Se trata de un grueso volumen en el que se reúnen las biografías "ilustradas" de casi todos los escritores y artistas que (de pleno derecho o de forma circunstancial) se engloban en este colectivo artístico cultural. 
En los capítulos de The Beats hay espacio para casi veinte escritores y artistas, y para algunos de los acontecimiento y espacios básicos que ayudan a entender la gestación de una generación que, durante los años 50, funcionó como catalizador básico de la actividad cultural norteamericana. Una serie de artistas, músicos y escritores que vivieron la vida con el frenesí experimental de quien tiene todas la ventanas y puertas de la gran casa de la cultura abiertas de par en par: sin dogmas, ni respeto por otra cosa que un hedonismo popular, viajero y expansivo, los autores de la Beat Generation vivieron la música, la sexualidad y el arte con una falta absoluta de prejuicios y un desprecio manifiesto por las convenciones sociales más conservadoras. No existe el mañana, parecían pensar. No extraña que muchos de ellos prolongaran su carrera literaria como gurús o voces de referencia del torbellino hippy-psicodélico que habría de llegar unos años después. Allen Ginsberg es el ejemplo más claro de lo que decimos.
Los relatos biográficos de Gisnsberg, Jack Kerouac y William S. Burroughs ocupan prácticamente la mitad del volumen. Se trata de tres perfiles biográficos rigurosos, que alimentan su interés no obstante, gracias a algunos de los acontecimientos y anécdotas más turbias de cada uno de ellos (y fueron muchas). El guión de Pekar no es otra cosa que el relato lineal y estructurado de cada una de esas vidas. Aunque, como suele ser habitual en su escritura, el autor de American Splendor no deja de sazonar sus textos con usos ocasionales de la primera persona y comentarios subjetivos acerca de los autores reseñados, lo cierto es que la lectura de The Beats es en ocasiones plomiza, precisamente, por la ausencia de un espíritu narrativo veraz y fluido. 
Los dibujos de Ed Piskor, como no podía ser de otro modo, se mueven en un estilo feísta, que bebe directamente del nuevo underground de Daniel Clowes (cercano sobre todo a la época de Como un guante de seda forjado en hierro). Pero aunque el registro gráfico es el adecuado para modelar el submundo urbano y los vagabundeos al límite de unos autores sumergidos en los guetos de la prostitución y la droga, en ocasiones no es suficiente para agilizar el palabrerío de un Pekar que parece estar escribiendo una entrada de Wikipedia más que un relato biográfico. Pese a todo, las tres historias centrales de The Beats esconden momentos de verdadero interés y, en muchos casos, funcionan como un acicate efectivo para profundizar en la excitante existencia de unos personajes tan atípicos como irregulares.
Más excitantes son algunos de los 22 relatos que completan el volumen bajo el epígrafe de "The Beats. Perspectivas", tanto por su brevedad y variedad estilística (están ilustrados y guionizados por algunos artistas tan notables como Peter Kuper, Trina Robbins o Mary Fleener), como por su capacidad para aproximarnos a las vidas de escritores, músicos y pintores mucho menos conocidos que los tres padres de la Generación Beat, pero cuyas existencias presentan giros y epifanías vitales tan interesantes y extravagantes como las de aquellos. Entre algunos relatos contextualizadores ("City Lights and the Beats in San Francisco", o la interesante y autoconfesiva "Beatnick Chicks"), encontramos biografías como las de Gregory Corso y Leroi Jones (las dos dibujadas de nuevo por Piskor), dos escritores excesivos y radicales por igual en su vida y en su literatura; el capítulo sobre el fascinante Kenneth Patchen, un poeta-dibujante revolucionario; el perfil de Jay DeFeo, esa joven y reconocida pintora que dedicó obsesivamente ocho años de su vida a la elaboración de The Rose, un cuadro que terminó matándola; o la historia de Tuli Kupferberg (escrita por el mismo), fundador de The Fugs, un grupo musical revolucionario (literalmente), que con su aire lunático, amateur y provocador consiguió agitar conciencias y ser reconocido en el Estados Unidos anterior a la Velvet Underground y el movimiento hippy.
Esta claro que The Beats no es el mejor trabajo de Harvey Pekar, acumulativo y discursivo en exceso, pero lo cierto es que sus páginas son un estímulo excelente para profundizar en los nombres y relaciones de una de las grandes generaciones literarias del S. XX. En ellas, Pekar compila un buen catálogo de personajes que vivieron sus vidas como si fueran literatura verdadera. Hay generaciones que nunca pasan de moda.

martes, abril 23, 2013

Salón del cómic de Barcelona 2013. La bifurcación.

Un año más, otro año, asistimos a nuestra cita anual, vertiginosa, sobrecargada y siempre divertida, que nos ofrece la celebración del Salón del Cómic de Barcelona.
Repetimos hábitos y costumbres, como las de tomar cervezas y comer con amigos a los que vemos menos de lo que nos gustaría, hablar con otros tantos de viñetas y proyectos y, en el poco tiempo que dejan libres los compromisos, recorrer a galope los pasillos del Salón intentando sacarle jugo a exposiciones, charlas y sesiones de firmas (propias y ajenas). Este año nos paseamos por dos editoriales diferentes en amena sesión de rúbricas: estuvimos con Thule, junto a nuestro amigo Gaspar Naranjo, dándole aire y promoción a Marina está en la Luna y con Aleta gestionando el futuro de La arquitectura..., después de algunas zozobras distribuidoras; con editores tan afables como José y Joseba, bien se pasan las tardes. Sentados, con el boli en la mano y el libro abierto, se nos acercaron varios amigos cargados de buenas palabras, mejores intenciones y, en el caso de los chicos de Tebeosfera, con un tocho de dos quilos y medio que, sin duda, ha sido uno de los acontecimientos del Salón: la publicación de El gran catálogo de la historieta, un impagable "vademecum" bibliográfico que recoge casi todas las colecciones en español desde 1880 hasta nuestros días. Lo dicho, todo un acontecimiento editorial que tuvimos la suerte de felicitar, agradecer y recibir directamente de mano de sus artífices.
Cuando pudimos por fin levantarnos de las sillas y recorrer las naves del Salón, nos dedicamos a saltar de una exposición a otra a toda prisa: nos gustó, sobre todas las demás, la muestra-homenaje a Ambrós, por su centenario, y a su El Capitán Trueno; uno de los personajes que más disfrute nos deparó en nuestros años chicos. Las planchas originales siguen luciendo tan dinámicas y excitantes como aquellos cuadernos amarillos de Bruguera en los que leímos las andanzas del galante y bravo caballero. Estimable fue también la exposición de cuadernos de viajes, con trabajos originales de Liniers, Guy Delisle o de un viejo amigo, don Joaquín López Cruces, ese artistazo. No desmerecieron tampoco las dos exposiciones dedicadas a los aniversarios de Los Vengadores y de Superman, aunque echamos en falta algunos ejemplos más de los viejos originales fundacionales. En la muestra "El humor no se recorta" se exhibían trabajos, tiras y viñetas de algunos de los humoristas gráficos de prensa más importantes de las últimas décadas: Forges, el Roto, Fontdevila, Mingote, Gallego y Rey... Talento a raudales para unas publicaciones periódicas que, seamos honestos, no siempre están a la altura de los ilustradores que participan en ellas.
Nos pareció notar, eso sí, cierta abundancia de fotocopias e impresiones mezcladas entre los originales en bastantes de las exposiciones señaladas. ¿Será verdad que, con tanta reproducción infográfica, tablet y photoshop tendemos hacia la desaparición de la tinta sobre papel?
La presencia de algunos artistas de relumbrón,haciendo dibujitos y dedicando cómics a diestro y siniestro parecía poner en paréntesis nuestra duda: allí estuvieron casi todas las figuras nacionales (las enormes colas de Ibáñez, los Max, Roca y Gallardo; el éxito inusitado de Moderna de Pueblo...) y algún figurón extranjero como Delisle, Liniers, Crisse, Shelton, König, Emile Bravo, Jason, Milligan o Grist; menos glamour y abundancia que en ediciones precedentes, que no están los tiempos para derroches de hoteles y viajes bien pagados.
 
Shelton, König y Max. Vaya tres.
 
Moderna de Pueblo y sus groupies.
 
Crisse. Historia franco-belga.
 
Paul Grist. Firmas muy negras.
 
Jason, Roca y Delisle. Un no parar. 
Una tendencia que ya está definitivamente constatada es la del giro del Salón hacia el lado más comercial de la industria tebeística. En algunos momentos, ya lo hemos dicho otras veces, entre tanto cosplay, photocall, estreno cinematográfico y X-box, diera la impresión de que el cómic es lo de menos. La americanización al estilo de las clásicas comic-con norteamericanas parece evidente en nuestro Salón de referencia.
Por eso, y al grito indisimulado de no-nos-representan, este año al fin ha tenido lugar la tantas veces anunciada disensión, la separación de la madre nodriza de un grupo bastante estimable de autores y editoriales independientes que, guiados por una propuesta de Bang Ediciones, han decidido montarse la fiesta por su cuenta. Este año 2013 se recordará también por el nacimiento de GRAF bcn, el salón alternativo e independiente que, durante el sábado, se celebró en MUTUO, el céntrico centro de arte barcelonés. En su (reducido, pero bien aprovechado espacio) se celebraron conferencias, proyecciones, sesiones de firmas y mucha, mucha charleta y divagación artística alrededor del mundo del cómic, la autoría y la edición. En cuanto se vieron liberados de obligaciones más institucionales, muchos de los autores del Salón se dejaron caer por GRAF. Nosotros sólo pudimos asistir un ratito por la mañana, pero no dejamos de saludar a gente, a los chicos de La Cruda, a los Entrecomiqueros devenidos en editores, a Ed Carosia y a Luchini con sus Mamuts; allí estaban también los Fulgencio Pimentel, que no dejan de sacar joyas al mercado, los muchachos de Apa-Apa y otras muchas editoriales, fanzineros underground y autores autoeditados (como Sandra Uve) que siempre han estado entre nuestros favoritos.
La fiesta, como se imaginarán, discurrió hasta bien entrada la noche: y por allí vimos pasar entre muchos otros a Alberto Vázquez, a Sequeiros y, como otras veces, acabamos en tours clandestinos a altas horas de la noche bien rodeados de amigos.
 
Habrá que ver si GRAF tiene continuidad (la consolidación siempre es más complicada que la rebelión), pero las cartas ya están sobre la mesa y parece ser que (según lo que se comenta en los mentideros) la mano les ha salido buena. El órdago está lanzado y no suena a farol.