miércoles, mayo 07, 2014

Gabo. Memorias de una vida mágica. Recuerdos mágicos, recreaciones realistas.


Se nos van muriendo todos, compadre. Y a algunos los sentimos como propios. Porque fueron parte importante en el modelado de la experiencia personal, porque nos abrieron ventanas a mundos que no conocíamos o, tan solo, porque se convirtieron en remanso al que regresar en momentos en los que no queríamos estar en ningún lado.
Sentimos la punzada cuando dijimos adiós a Harrison, a Rohmer y ahora a don Gabriel. Vivimos junto a ellos, como si fuéramos eternos, y ahora nos recuerdan que nada lo es y que se nos están pasando los años de los sueños imposibles como un suspiro. Condenada nostalgia.
Así las cosas, la publicación reciente de Gabo. Memorias de una vida mágica parece un homenaje premonitorio, o una premonición elegiaca.
La obra desarrolla un guión de Óscar Pantoja a cuatro manos, las de los dibujantes colombianos Miguel Bustos, Felipe Camargo, Tatiana Córdoba y Julián Naranjo. Es curioso que con tanta variedad estilística el resultado final resulte tan homogéneo en el plano visual. Cada uno de los autores desarrolla una parte de la obra (aunque Julián Naranjo es también responsable del "Epílogo"), y cada uno de dichos capítulos está coloreado en bitono con una tonalidad diferente (naranja, cyan, magenta y verde, respectivamente). El resultado gráfico es sobrio y responde con exactitud al tono narrativo general de un relato que alterna episodios biográficos de Gabriel García Márquez, con anécdotas de su vida y obra (muchos de ellos extraídos de su autobiografía Vivir para contarla).
Arranca el cómic con el viaje que Gabo hiciera en 1965 a Acapulco, junto a su mujer Mercedes y sus hijos. Se trata de un momento emblemático en la vida del escritor, porque fue en ese episodio vacacional cuando al autor se le reveló la estructura y la trama de la que habría de ser su obra más reconocida, Cien años de soledad. En ese trayecto mexicano, que el matrimonio concibió con la intención de liberar tensiones y darle un respiro al genio agotado del escritor, García Márquez conseguiría modelar las bases de un libro que nunca había dejado de existir en su cabeza y al que en un primer momento pretendía haber titulado La casa. Se refería a una casa real, su casa familiar de Arataca, habitada por personas reales, él mismo y sus abuelos, Nicolás Márquez y Tranquilina Iguarán; la morada de su niñez y el lugar donde escucharía las historias y vería pasar la vida que luego habitaría ese espacio mítico, ya legendario, que responde al nombre de Macondo.
En Gabo. Memorias de una vida mágica, Óscar Pantoja lleva a cabo un exhaustivo trabajo de documentación y una meticulosa reconstrucción del relato vital de Gabriel García Márquez y de su árbol genealógico precedente más inmediato; precisamente, porque la vida de sus familiares y sus propias vivencias personales explican muchas de las claves que el colombiano desarrollaría luego en su obra. El relato está construido a base de constantes rupturas temporales (flashbacks y anticipaciones) que surcan la línea cronológica del relato principal (el que arranca con el viaje a Acapulco y concluye con el Premio Nobel a García Márquez). Una recreación escrupulosa y llena de interés, ilustrada con eficiencia por los cuatro artistas que acompañan a Pantoja.
Afirmado lo cual, mientras leíamos el cómic nos escocía esa picazón tan difícil de mitigar que produce la visualización del relato amado a través de ojos ajenos. Dos personas nunca interpretan de igual manera los mundos de ficción, cuánto menos si éstos están recorridos por la magia fértil de obras como las que escribió Gabriel García Márquez. La misma historia de siempre.
Se nos antojaba que las páginas de un cómic que hablará de la obra de Gabo habría de estar cubierto de espesas selvas tropicales habitadas por aves exuberantes y horizontes misteriosos; que sus viñetas olerían a frutas tropicales maduras y a la tierra húmeda después de la tormenta tropical; que sus personajes habrían de vivir entre el amor desbordado y la lujuria arrepentida, entre el instinto criminal de la canícula y una soledad mitológica inexplicable. En fin, que nos parecía que nuestro Macondo, el que imaginamos cuando éramos más jóvenes, había de ser más mágico que real y, por la inercia de las expectativas, imaginábamos también que el relato biográfico de Gabriel García Márquez encontraría algunos momentos para refugiarse (visualmente) en la magia que recorre algunos libros que han sido parte importante de nuestra vida, novelas como La hojarasca, La mala hora, Los funerales de la Mamá Grande, Del amor y otros demonios y, sobre todo, Cien años de soledad y El amor en los tiempos del cólera; de las suyas, nuestras favoritas. 
Por contra, Gabo. Memorias de una vida mágica nos ofrece sobriedad y buen hacer; seriedad en la semblanza y enumeración documentada de las muchas penurias y vivencias que el escritor tuvo que superar antes de alcanzar la gloria. La vida perra sobrevivida gracias a la fe del genio. Ya lo explica el propio guionista en el anexo del cómic:
Cada uno a su modo ha querido contar a García Márquez. Lo cuentan ahondando en su infancia, en su etapa de formación, cuando llegó a la gloria, cuando estuvo en México o vivió en París. Y es desde esa diversidad de vidas interpretadas y vueltas a interpretar que empieza la construcción de lo mágico. Porque en García Márquez el realismo mágico se ha pegado a sus huesos. Este libro es un intento más por volver a contar su asombrosa trayectoria. 
Al final va a resultar que somos lo que leemos. Por eso debe de doler tanto que se nos mueran los Buendía y los Florentinos Ariza.

miércoles, abril 23, 2014

El asesino de Green River, de Jeff Jensen y Jonathan Case. Desmenuzando el mal.

Con el "advenimiento" de la novela gráfica se deshilaron los géneros, se densificaron las tramas y el objeto, la viñeta y la página, adquirió una relevancia desconocida. Detrás del consabido arraigo popular se adivinaron posibilidades trascendentes, puertas abiertas al experimento y la probatura; y después de la disección del yo nos llegaron cómics que hablaban de política y de guerras, de virajes sociológicos, de la Historia o de la Filosofía. Casi todo entra y se ve cobijado por la etiqueta gloriosa, "novela gráfica", que entendida como excusa formal, como generadora de movimientos o como condición genérica (elijan ustedes) ha impulsado al cómic hacia su madurez actual y ha funcionado como efectivo agitador artístico-cultural de un medio ninguneado en el pasado, ahora que vehículos afines emprenden el camino contrario.
Así, en un proceso de consolidación, de solidificación inevitable que forma parte de su evolución, el cómic está regresando a los géneros clásicos, a su propia tradición narrativa, para abordarla desde un punto de vista adulto y auconsciente. Cada vez más, junto a trabajos autobiográficos, revisiones históricas, cómics periodísticos y experimentos narrativos, encontramos cómics como los de toda la vida, tebeos de los de siempre..., pero diferentes, filtrados por la experiencia de los autores de la novela gráfica.
Así, de pronto, volvemos a leer tebeos protagonizados por héroes y superhéroes, mucho más humanos y menos heroicos que los de antaño, pero igualmente cargados de valores y gestores de hitos. Así, de nuevo, recuperamos historias como aquellas otras historias de ciencia-ficción, aventuras imposibles y, como no, relatos negros como la noche, habitados por detectives, criminales y asesinos en serie; pero todo ello, filtrado, digerido y manejado por la sensibilidad nueva de los nuevos tiempos.
El asesino de Green River es un cómic de serie negra, con sus malos y sus buenos, los polis y los criminales, aunque no se parece en nada a, pongamos, Dick Tracy. De hecho, es un cómic de serie negra en el que los crímenes, ahí es nada, son lo de menos.
Quizá el dibujante de la obra, Jonathan Case, no les resulte familiar, pero lo que es seguro es que el guionista les sonará aún menos: Jeff Jensen; aunque, paradójicamente, en su nombre se encierra el secreto que explica y hace más interesante una obra como El asesino de Green River.
Jeff Jensen lleva trabajando en el mundo del cómic desde los años 90; lo ha hecho para Marvel y DC, pero su nombre no saltó a la luz hasta 2011, cuando ganó un premio Eisner por su guión para El asesino de Green River (Dark Horse). Hasta aquí, todo normal. Lo verdaderamente extraordinario es que su guión obtuvo el premio a mejor cómic basado en una historia real y que esa historia fue la de Tom Jensen, su padre, el detective que atrapó al asesino en serie Gary Ridway, también conocido como Green River Killer.
Con este material de primera mano y las confidencias fidedignas de su progenitor, Jensen aborda un trabajo que en realidad tienen mucho más que ver con las zozobras interiores del investigador, con las dudas humanas y profesionales de un hombre que siente en muchos instantes que su cometido le supera, que con la historia truculenta del asesino en serie y sus atrocidades. En El asesino de Green River apenas hay espacio para la casquería gore o para la recreación morbosa; y sí muchas páginas dedicadas a las minucias cotidianas del proceso detectivesco, al desentrañamiento de claves y la asociación de pistas.
Tom Jensen era un policía concienzudo con un alto sentido del deber, un hombre consciente de la trascendencia de su trabajo. El protagonista, como empleado de la ley entregado en cuerpo y alma a su oficio, vivió momentos de verdadero  desanimo y abatimiento provocados por la falta de resultados palpables en la investigación del caso, pese a su su tenacidad en la investigación del mismo. El lector será testigo de su lucha interior, de su abatimiento y del proceso de las pesquisas. Una verdadera disección de la disección criminal.
Existen precedentes similares en los últimos tiempos. Cuando buscamos ejercicios narrativos similares a El asesino de Green River, se nos vienen a la cabeza, por ejemplo, películas como la mucho más explícita y desasosegante Zodiac, de Fincher; o la espectacular y tenebrosa serie True Detective, de Pizzolatto y Fukunaga, que justo acabamos de ver. Quizás el cómic de Jensen y Case no posea la misma fuerza visual, ni la misma habilidad en la creación de suspense que los trabajos mencionados, pero sí que funciona de forma eficiente como retrato psicológico de sus personajes (el detective y el asesino) y como espejo espejo desasosegante del terror cotidiano y de la ponzoña que puede encerrar el alma humana. Muy recomendable para los aficionados al género negro y a la observación de las psicopatías criminales.

miércoles, abril 16, 2014

Del desagravio a Jordi Évole muy a pesar de su manifiesto ultraje al honor ajeno de toda una nación.

Me van a perdonar el asalto y cambio de tercio intempestivo (que digo yo que por entrar en casa propia tampoco hay que pedir perdón, pero tal y como están las susceptibilidades mejor anticiparse hasta en la excusa), pero es que uno sospecha que en este país nuestro, después de la ética y la responsabilidad, estamos acabando por perder el sentido del humor...
Leemos ojipláticos y con la certeza de no entender nada que (literal) la "Asociación de Usuarios de Comunicación ha denunciado a Atresmedia y a Évole ante la Comisión de Arbitraje, Quejas y Deontología de la Federación de Asociaciones de Periodistas de España (Fape)" (si las siglas dieran autoridad, todos doctos), debido a la emisión de su documental bufo-paródico sobre el 23-F. Ante lo cual nos preguntamos, ¿hasta qué punto soberbio se ha extendido la miopía espongiforme en este país para que, con la que está cayendo, un organismo que se supone serio no entienda un chiste, ni aunque le expliquen el final?
No vamos a hincharnos de cinismo y a proclamar con falsa indignación a agua pasada aquello de "España es asín" o "estamos (elige tu propio epíteto) gilipollas/locos/aviados"; demasiado plano. Hay una explicación, claro que la hay, y tampoco vale recurrir al tópico de la envidia-esa-lacra-nacional o a la mezquindad y ruindad que nos atribuían los flamencos en el S.XV; nos parece más bien que todo esto tiene que ver con esa idea estúpida y molla del orgullo (llámenlo "honor" si prefieren) que en los últimos tiempos se ha recuperado en nuestro país hasta la exacerbación ridícula y panfletaria, con el único y disimulado pretexto de cubrirnos las vergüenzas, corrupciones, desfalcos y atropellos nuestros de cada día (que diría la Condesa de Bornos).
Y así, enfadándonos con un periodista que, por un día, decide dejar de hacer periodismo (uno de los pocos que se atreven) y se decide a tomarnos el pelo, o declarándoles un consejo de guerra a unos muñecos franceses de plástico por llamarnos tramposos (¡injusticia!), así, nos sentimos mucho mejor con nosotros mismos, que ¡menudos somos aquí para que un reporterucho chiquilicuatre venga a tocarnos los maiquelyasons y el robocop!
Puestos ya a regresar a los viejos buenos tiempos decimonónicos de españolío de boquilla y orgullos inflados, podemos recuperar a don Miguel de Unamuno (en el falso prólogo de Niebla), que también se vio envuelto en refriegas similares y que hace más de cien años ya escribió unas palabras con mucha sorna y mala uva en previsión de lo que el canalla de Évole iba a hacer un siglo después:
Nuestro público, como todo público poco culto, es na turalmente receloso, lo mismo que lo es nuestro pueblo. Aquí nadie quiere que le tomen el pelo, ni hacer el primo, ni que se queden con él, y así, en cuanto alguien le habla quiere saber desde luego a qué atenerse y si lo hace en broma o en serio. Dudo que en otro pueblo alguno moleste tanto el que se mezclen las burlas con las veras, y en cuanto a eso de que no se sepa bien si una cosa va o no en serio, ¿quién de nosotros lo soporta? Y es mucho más difícil que un receloso español de término medio se dé cuenta de que una cosa está dicha en serio y en broma a la vez, de ve ras y de burlas, y bajo el mismo respecto.
(...)
Pero este adusto y áspero humorismo confusionista, además de herir la recelosidad de nuestras gentes, que quieren saber desde que uno se dirige a ellas a qué atenerse, molesta a no pocos. Quieren reírse, pero es para hacer mejor la digestión y para distraer las penas, no para devolver lo que in debidamente se hubiesen tragado y que puede indigestárseles, ni mucho menos para digerir las penas. Y don Miguel se empeña en que si se ha de hacer reír a las gentes debe ser no para que con las contracciones del diafragma ayuden a la digestión, sino para que vomiten lo que hubieren engullido, pues se ve más claro el sentido de la vida y del universo con el estómago vacío de golosinas y excesivos manjares. Y no admite eso de la ironía sin hiel ni del humorismo discreto, pues dice que donde no hay alguna hiel no hay ironía y que la discreción está reñida con el humorismo o, como él se complace en llamarle: malhumorismo. 
¡Cuando se enteren esos garantes del honor de la AUC de lo mucho que se han reído de nosotros Matt Groening y ese antiespañol de Hommer Simpson, se van a desatar todos los infiernos!