lunes, julio 25, 2011

Gaspar en Tebeosfera.

Entre tanto evento veraniego y repaso televisivo, casi se nos pasa: en el nuevo número de esa imprescindible revista digital que es Tebeosfera, hemos publicado, a modo de informal artículo "hagiográfico", un perfil bibliográfico-fanzinero de nuestro buen amigo Gaspar Naranjo: "Trazo esquemático, máxima expresión", se titula.

Conocedores de esa amistad, Manuel Barrero y su tropa de eficientes colaboradores se pusieron en contacto con nosotros para que les informáramos de primera mano de los comienzos comiqueros de don Gaspar Naranjo; de aquellos fanzines autoeditados como minicómics con tiradas mínimas, pero llenos de ideas y en la línea estilística que habría de consolidarse en trabajos posteriores como De cómo te conocí, te amé y te odié o Sexo. La idea era incorporar el perfil al número tebeosférico sobre los "Hijos de la democracia", pero resulta que el ciudarrealeño es más viejuno de lo que su juvenil look sugiere, así que se quedó fuera de la lista de jóvenes creadores y se reservó el artículo para este último número. Se trata de nuestra primera colaboración con Tebeosfera.

Últimamente, también hemos tenido presente a nuestro colega de andanzas comiqueras, porque suyo era el dibujo de fondo que ilustró la presentación de nuestra charla "Mujeres de cómic y cómics de mujeres" en León. Su proyección provocó sonrisas en la sala; seguro que lo entienden:


lunes, julio 18, 2011

Teleshakespeare. Gran cine, televisión y cómic.

Otra de libros, bueno y de mucho más.
Llevamos tiempo pensando que las mejores "películas" que se pueden ver en estos tiempos se fabrican en pequeño formato. En los últimos años, no hemos visto un film mejor que The Wire y, además, dura casi cincuenta horas. Mad Men es una colección de muchas grandes películas que se leen como una saga del declive del sueño americano. Les estaremos eternamente agradecidos a los cerebros y a los productores que hay detrás de las siglas mágicas de HBO y AMC, nos han salvado la vida en varias ocasiones.
Uno ve The Wire y lo hace como si estuviera asistiendo a una ráfaga de gran cine de autor, pongamos de Michael Winterbottom; vemos Mad Men como gran cine clásico, digamos de Ernst Lubitsch o Frank Capra; disfrutamos de los capítulos del Boardwalk Empire de Scorsese y lo hacemos como si estuviéramos viendo cine de, pongamos, Martin Scorsese.
La lista es amplia y sigue creciendo: En terapia, Treme, Dead Wood, Juego de tronos... Para poner orden entre tanto capítulo serial y joya televisiva, Jorge Carrión ha publicado este año Teleshakespeare: una colección de ensayos y reflexiones acerca del fenómeno global de las series televisivas. En su "Episodio piloto", bucea en profundidad entre los condicionantes sociohistóricos y los cambios culturales postmodernos y tecnológicos que han condicionado este despegue imparable del pequeño formato televisivo a la hora de configurar el nuevo marco de la narración contemporánea, el espacio catódico que organiza y modela los macrorrelatos de la era moderna, las nuevas obras maestras que se encierran en un aparato de difusión digital.
En Teleshakespeare (sin esquivar spoilers y más spoilers), Carrión habla de la paternidad del cine sobre el modelo televisivo, del marco histórico que cobija al nuevo arte y a su industria, del mundo como escenario global, un melting-pot que se refleja en la pantalla, del concepto de red que lo imbrica todo (política, tecnología, comunicaciones...), del barroquismo de la imagen representada, de la universalización del saber (vía internáutica) o del efecto de la visión cuántica en la interpretación del mundo. El hecho es que, como se señala en esta obra, la visión del espectador, del consumidor artístico, ha cambiado en las últimas décadas al mismo ritmo frenético que el mundo que le rodea. Internet, por ejemplo, ha hecho realidad algunos de los grandes sueños imposibles de la Humanidad: la biblioteca global, la comunicación sin barreras, la primicia interplanetaria instantánea, etc. El mundo ha cambiado en las dos últimas décadas más que en todo el siglo anterior. El arte, el entretenimiento, la percepción de la realidad no podían sino adaptarse a ese cambio tecnológico-digital. La cultura pop, entendida como fenómeno popular, se ha extendido como una red de araña que lo llena todo de iconos y mitos fugaces. La era de lo representado filtrado por un circuito integrado. "Cosmopolitismo pop" y "nomadismo estético".
No extraña que en este nuevo mundo cargado de signos, iconos e imágenes, el cómic esté empezando a cobrar un papel relevante a la hora de aprehender la realidad. El cómic tiene una presencia constante en el libro de Jorge Carrión, que habla de la importancia que autores como Moore o Miller han tenido, junto a otros creadores como Lynch o Tarantino, en la creación de este nuevo contexto artístico postmoderno. El capítulo dedicado a Héroes ("La supervivencia del supergénero: Héroes en el contexto de la superheroicidad"), hace un recorrido exhaustivo y lúcido de la evolución del género de los superhéroes en las últimas décadas, de su agotamiento, resurrección y actualización postmoderna; en él, Carrión habla de Kirby, de Mazzucchelli, de Miller y Moore o de Carver y Brubaker, de cómo el cómic contemporáneo de superhéroes ha pasado a reflejar la ultraviolencia y la explicita sexualidad contemporánea del mismo modo que lo hacen series como Espartaco, Fringe o Treme. Menciona a personajes como Elijah Snow, Batman o Rorschach junto a otros como Homer Simpson, Donald Draper o Jimmy McNulty. También habla de la relación que hay entre Las ciudades ocultas de Schuiten y Peeters con la poética de Borges y de Calvino, de la conexión entre Fun Home y The Wire, como dos de las grandes novelas americanas, etc. La asociación interdiscursiva como vehículo de reflexión crítica, una de las premisas favoritas de este blog, no se nos podía pasar por alto.
Hace unos días hablábamos de Alison Bechdel en León. Jorge Carrión lo hace en un pasaje de su introducción. Les dejamos con su reflexión (aunque no la compartamos al cien por cien) para que le vayan cogiendo el aire a este libro necesario y, por Crumb, vean Mad Men y The Wire:
Seguramente, el término más adecuado para hablar de "teleserie", cuando nos referimos a algunas de las de mayor ambición artística, sería precisamente "telenovela". Esa palabra, obviamente, tiene connotaciones en nuestra lengua que nos alejan de la excelencia conceptual y técnica, de la literatura de calidad. Sin embargo, estamos ante una aspiración de legitimidad que otro arte narrativo afín, el cómic, sí que ha logrado mediante el término "novela". La novel gráfica disfruta en estos momentos de un estatus, en progresión, cada vez más cercano al de la gran literatura. Como ejemplo se puede citar un cómic estrictamente contemporáneo a The Wire, Fun Home, de Alison Bechdel, que narra una historia familiar en clave explícita de Familienroman, que es autobiográfico y, sobre todo, que ostenta una voluntad intertextual, estructural y metafórica tan ambiciosa que debe ser leído como una obra maestra literaria. Es decir: no poseemos otro modelo, otro marco de lectura más adecuado que ése. Y el propio autor tampoco posee otro. De modo que su intención es que leamos su arte como literatura (una literatura expandida, donde lo visual ha sido incorporado naturalmente, gracias a nuestra educación multidimensional) y nosotros no somos capaces de leerlo de otro modo. Fun Home o The Wire son "grandes novelas americanas" en un sentido más justo que muchas novelas recientes que se conciben a sí mismas como piezas de esa tradición literaria, sin darse cuenta de que ésta ha mutado.

lunes, julio 11, 2011

Bailando un Vals con Bashir en León.

Volvemos de las charlas de León con las baterías recargadas, como siempre. Hemos conocido físicamente a amigos blogueros que nos han instruido con sus palabras y hemos tenido la ocasión de volver a conversar largo y tendido con José Manuel Trabado (estupendo anfitrión, y organizador del evento). Nos da pena habernos perdido las charlas de autoridades como Ana Merino o de esa fenómena de la ilustración que es Noemí Villamuza; habrá más ocasiones, suponemos.
El último día, además, hemos vuelto a ver esa estupenda película que es Vals con Bashir, de Ari Folman (nada extraño si consideramos que el curso se titulaba "Cómic, ilustración y cine de animación. La imagen y sus públicos"). La ilustrada exposición de José Manuel al final de la película y las reflexiones que nos ha generado este nuevo visionado nos han inclinado a dedicarle este post, aunque hace ya más de dos años de su estreno.
Cuando la vimos en su día, no habíamos leído aún el Notas al pie de Gaza de Joe Sacco; esta vez, no podíamos sacárnoslo de la cabeza mientras repensábamos la obra de Ari Folman. Si recuerdan, en un artículo muy reciente en Culturamas, hablábamos del cómic de Sacco en términos de fidedigna indagación periodística, sí, pero también reconociéndole el enorme valor que tiene como documento recuperador de una historia olvidada por la misma Historia: el olvido oficial e interesado del drama, el poder y sus efectos anestésico. Resulta que, vuelta a ver, tenemos la impresión de que Vals con Bashir nos está hablando de lo mismo, con recursos narrativos no demasiado diferentes, aunque, eso sí, con una excusa de arranque mucho más subjetiva: el Ari Folman-personaje (la película se plantea como un ejercicio de exorcismo personal) no busca tanto rescatar la memoria sociohistórica de una tragedia, sino recuperar su propia memoria y recuerdos acerca de la misma. Literalmente.
En una escena de Vals con Bashir comentan que la mente se encarga de cerrar el acceso a los pasillos oscuros, a los hechos traumáticos de nuestra existencia. En el caso de Folman, los de su participación más o menos directa en la masacre en los campos de refugiados de Sabra y Chatila, en 1982. El asesinato terrorista del líder libanés Bashir Gemayel, en 1982, junto a otras 40 personas en Beirut, desencadenó un verdadero acto de genocidio en los campos de refugiados palestrinos de Sabra y Chatila. Milicianos falangistas cristianos libaneses vengaron el asesinato de su líder entrando en los campos de refugiados y matando a más de 2.400 personas, la mayoría ancianos, mujeres y niños, durante varias jornadas de masacre. Los soldados israelís, siguiendo las instrucciones del entonces jefe del estado mayor Ariel Sharon, asistieron impávidos a las matanzas, cuando no las alentaron o encubrieron.
En Vals con Bashir, Folman, soldado israelí en aquella misión, intenta recuperar sus recuerdos, la memoria de unos hechos que sabe que presenció, pero que ha borrado completamente de su mente; en su lugar, no hay sino vagos presentimientos y ensoñaciones, cuando no pesadillas. Para rescatar su pasado, el personaje de la película intenta desandar sus pasos mediante encuentros y entrevistas con algunos de los personajes que estuvieron junto a él en aquellos fatídicos momentos. Como hiciera Sacco en su intento de desentrañar los oscuros sucesos en otra matanza, la de la Franja de Gaza, en las poblaciones de Khan Younís y Rafah, ahora Ari Folman entrevista a los espectadores de la Historia con el fin de rescatarla del olvido. Y todo ello "escrito" con la gramática de una película de dibujos animados y todo ello "escrito" desde el lado de los culpables, por un ex-soldado israelí
Señalábamos en aquel artículo sobre Notas al pie de Gaza que en estos tiempos de sobre-exposición a la violencia y de anestesia colectiva ante el dolor, a veces las imágenes representadas generan una descarga empática en el espectador mucho más intensa que la percepción directa de la realidad misma. Por eso, las imágenes hipnóticas de Vals con Bashir, la recreación cuasi-lírica de los pasajes oníricos (con los subrayados magistrales de la música de ese genio que es Max Richter) o sus irónicos juegos visuales con trasfondo crítico (las escenas de violencia en el campamento de la playa tratadas como si fueran un videoclip de punk-rock), consiguen provocar en el espectador una tensión creciente ante cada uno de los avances en la indagación personal de Ari Folman y un contagio sincero ante el dolor que se presiente al final de búsqueda. La aparición de imágenes reales al final de la cinta, el vídeo de las viudas palestinas llorando entre las ruinas, rompe la ilusión, nos devuelve a la realidad, nos conecta con el universo de lo conocido y, al mismo tiempo, nos saca del drama personal de Folman (filtrado por la imperfección de la memoria, por la representación icónica de la imagen animada -vease el inteligente recurso al doble filtro ficcional), para meternos de lleno en la realidad conocida de la tragedia, esa que, impasibles, contemplamos todos los días en las pantallas de nuestros televisores. En este caso, la realidad se vuelve más real y dolorosa cuando es introducida mediante el artificio de una ficción que, lo sabemos, no lo es en absoluto. El arte convierte en eterno el recuerdo de lo que en los noticiarios televisivos no dura más allá de lo que lo hace el calor de la primicia.
Así de triste es la cosa, así de grande es Vals con Bashir.

lunes, julio 04, 2011

Los jueguecitos y manipulaciones de Vitaliti.

Trasteando por la web, llegamos a la página del ilustrador publicitario Martin Vitaliti. Luego, descubrimos que entre sus secciones y apartados el cómic está muy presente, y que el señor Vitaliti tiene un espíritu artísticamente juguetón y experimental respecto a su acercamiento al mismo.
En este sentido, nos gustan las pequeñas manipulaciones que lleva a cabo sobre las viñetas o el espacio de la página, con el fin de alterar las convenciones de lectura establecidas y estirar las posibilidades del lenguaje comicográfico.
En "salto mortal" se replantea la esencia del tiempo que en verdad se puede llegar a encerrar una didascalia; "Flash, el más rápido", lleva el concepto de raccord al extremo de la artesanía manual y el collage repetitivo; esa es la misma esencia de "un hombre lleno de fe", en la que esa misma noción de raccord no conduce a otra cosa que a la desaparición del mismo contenido narrativo; "home run" es un libro intervenido, vaciado de viñetas y, por tanto, de nuevo también de contenidos, en el que la representatividad de la imagen responde a procesos de selección aleatoria o, por lo menos, absolutamente diferentes de los que constituían la obra inicialmente; Flash es también el protagonista de "tres variaciones para un trayecto", un juego de alteración temporal a partir de tres hipótesis inciertas: retrasar a Flash al punto de partida / retener a Flash en el recorrido / adelantar a Flash al objetivo.
Y así podríamos seguir durante párrafos, diseccionando, glosando, cada uno de los pequeños entretenimiento y manipulaciones experimentales de Vitaliti: un sano ejercicio de imaginación y reflexión lingüístico-icónica. Trasteen, trasteen entre sus juguetes visuales y nos cuentan si la cosa no tiene su miga.

lunes, junio 27, 2011

McNaught vs Van Rysselberghe. Birchfield Close no estaba en Broadstairs.

Otro regreso, esta vez vía inversa. Hemos estado una semana en un apacible pueblecito costero del sur de Inglaterra, uno de esos paisajes de esencia victoriana, félizmente arcaicos, de los que aún disfrutan los británicos. Tenemos la sensación de que en las islas siempre supieron llevar mejor aquello del desarrollismo y, sobre todo, han sido mucho más honestos con su pasado y con la esencia de su geografía histórica. Mientras aquí conseguíamos que toda nuestra franja mediterránea perdiera el encanto que una vez tuvo, allí conservan condados como el de Kent donde, sin haber sacrificado las ventajas del progreso, uno tiene la sensación de vivir en un estado de folclore arquitectónico permanente. Aunque no todo es maravilla, ni envidia. Los lazos de la decadencia se entrecruzan de forma caprichosa.

En Broadstairs, que es donde hemos estado, conviven los ordenados jardines ingleses, con el sempiterno pup tradicional y una línea de playa idílica que nos recuerda hasta al decimonónico Santander de los baños de ola: con sus casetitas azules, sus tumbonas y el sabor marinero de un buen "promenade". Luego nos enteramos de que hubo un tiempo en que Broadstairs y sus pueblos limítrofes (sobre todo Ramsgate y Margate) fueron un centro turístico de prestigio en las islas, y de que a su alrededor crecieron los cafés, los casinos y salas de juego, los restaurantes... como en ese ideal de Atlantic City, de Boardwalk Empire. Resulta que, con la llegada del turismo continental y con el magnetismo que para un británico siempre han tenido las costas griegas y españolas (esas mismas que poco a poco hemos ido perdiendo para nosotros), el turismo en el condado de Kent se echó a perder definitivamente y, hoy en día, aquellos antiguos centros vacacionales parecen el decorado de una postal en blanco y negro. Sucede que mientras España prometía un sol incombustible, en la costa del sureste inglés los rayos dependían del azar.

Con tanto ruralismo inglés, promenade playero y nostalgia contemplativa, hemos vuelto a casa con ganas de revisitar a uno de los autores que habíamos descubierto en nuestro anterior periplo: hablamos de Jon McNaught. Teníamos varado en la mesilla su Birchfield Close, amedentrados después del buen sabor de boca que nos había deparado Pebble Island. Y, claro, nos ha sabido a menos. Superado el factor sorpresa, nos hemos quedado con la sensación de que el contenido de esta obra de McNaught está menos cohesionado, que sus escenas contemplativas están más forzadas dentro del hilo conductor que ofrecen los dos niños observadores que se suben al tejado de su casa a contemplar la vida pasar. En ese sentido, probablemente funcionaban mejor la colección de escenas dispersas que ofrecía Pebble Island, donde la isla era el único y verdadero elemento conductor. En Birchfield Close tampoco pasa nada, más allá de ese ejercicio contemplativo, pero tenemos la sensación de que McNauught se pierde en anécdotas banales integradas en el relato de forma un tanto forzada (los pasajes del avión y del globo, por ejemplo).

Queda el disfrute, por otro lado, del apartado gráfico, ese precioso ejercicio de puntillismo que convierte cada uno de los libritos de McNaught publicados por Nobrow en pequeñas joyas ilustradas. El estilo, los sutiles tonos, la línea suntuosa sin perfiles definidos, los paisajes a merced de la luz de cada día, todo en McNaught nos invita a pensar en cómo el pictoricismo se ha convertido en una más de los millones de puertas que ha abierto el lenguaje del cómic en los últimos años. Visualmente, Birchfield Close es un verdadero goce.

En este punto, retomamos el asunto donde lo empezamos en los primeros párrafos. En nuestro último viaje británico hemos podido hacernos una escapadita a la capital del reino y a sus museos. Hemos vuelto, como hacemos de forma recurrente, a visital las habitaciones neoclásicas de la National Gallery y a disfrutar de Monets, Manets y Seurats. En la última reseña que le dedicamos a McNaught hablábamos de sus influencias puntillistas. Nos referíamos, obviamente, al mencionado Seurat y a sus discípulos (Sisley, Signat...); a quien nunca tuvimos en mente fue al pintor belga Theo Van Rysselberghe: supongo que habíamos pasado por delante de sus cuadros en visitas anteriores, pero nunca nos habíamos fijado en Coastal Scene. Seguramente, porque tampoco conocíamos la obra de McNaught, y es que pocas veces hemos encontrado paralelismos interdiscursivos tan transparentes. Juzguen ustedes, aquí Theo:

Aquí la portada de Pebble Island de McNaught:

A veces tenemos la sensación de que con tanto meandro ensayístico, interconexión mental y referencia cruzada, no hacemos sino aburrirles. Prometemos más concisión en entradas venideras.

lunes, junio 20, 2011

Generación X.

Estamos de vuelta en Inglaterra por motivos laborales. Una de las cosas que más nos gusta de este país es que la cultura es realmente accesible: queremos decir que, aparte de que muchos de los grandes museos son gratis, uno siempre encuentra razones y motivaciones para la contemplación arquitectónica, el disfrute de la música callejera (buskers) o la lectura de segunda mano. ¿Qué se queda usted colgado porque le falla la cita? No sufra, métase a una de las miles de tiendas Oxfam que inundan el país, cómprese un libro por una o dos libras, y a leer a un parque. Y además estará usted ayudando a una buena causa.
Tal que así nos sucedió en nuestra visita anterior. Estábamos ojeando estanterías y retoqueteando páginas de libros usados, cuando nos llamó la atención un lomo rosa chillón. Pertenecía a ese libro de Douglas Coupland que tanto dio que hablar y que dio nombre a toda una generación a principios de los 90: Generation X. Tales for an Accelerated Culture. Nos habíamos olvidado del fenómeno Coupland. Tuvo incluso su adaptación cinematográfica a manos de Ben Stiller (la primera película como director de este cómico), protagonizada por dos estrellas que ya no lo son tanto, como Winona Ryder y Ethan Hawke.
Pagamos los 70 centimos que costaba y nos fuimos al parque a leer. Generation X es un libro exigente, bien escrito y con un ácido sentido del humor. Abunda en neologismos, slang, juegos de palabras y guiños postmodernos; Coupland maneja el vocabulario con maestría y exuberancia. Alrededor de la historia de sus tres protagonistas, se despliega un juego de metarrelatos y cajas chinas, que actualiza esa vieja fórmula que tanto éxito deparara en el pasado a boccaccios y donjuanmanueles. En ese sentido, Generation X es un relato de relatos acerca de una juventud sin esperanzas, sin objetivos y sin futuro (de ahí su subtítulo). ¿Y saben qué? Leyendo sus páginas, buceando en las rutinas e inercias abúlicas de Andy, Dag y Claire, uno no puede dejar de extrañarse de lo poco que han cambiado las cosas. Parece como si ese término de "Generación X" que definiera a todo un colectivo de jóvenes ocupados en trabajos basura y que, por vez primera en la historia, parecía reservarse un futuro peor que el de sus padres, no se hubiera bajado aún del tren de la historia. Seguimos anclados en el desaliento de las bajas expectativas para la juventud: habitamos un escenario de cartón piedra levantado sobre esos trabajos precarios, existencias serviles y manejos especulativos; mientras los actores del astracán asistimos incrédulos a los horrores perpetrados en nombre del capital.
En párrafos como el siguiente, Generation X muestra una visión del mundo absolutamente actual:
My friends are all either married, boring, and depressed; single, bored, and depressed; or moved out of town to avoid boredom and depression. And some of them have bought houses, which has to be kiss of death, personality-wise. When someone tells you they've just bought a house, they might as well tell you they no longer have a personality. You can immediately assume so many things: that they're locked into jobs they hate; that they're broke; that they spend every night watching videos; that they're fifteen pounds overweight; that they no longer listen to new ideas. It's profoundly depressing. And the worst part of it is that people in their houses don't even like where they're living. What few happy moments they possess are those gleaned from dreams of upgrading.
Insitiendo en el juego autorreferencial e intertextextual, el libro está "glosado", además, con multitud de neologismos y definiciones a pie de página, que el propio Coupland utiliza para enriquecer el tono cínico y autosuficiente que sazona su obra.
Down-nesting: The tendency of parents to move to smaller, guest-room-free houses after the children have moved away so as to avoid children aged 20 to 30 who have boomeranged home.
Con idéntica finalidad aparecen aquí y allá pequeñas y mordaces viñetas, en un inconfundible estilo años 50, que no hacen sino ilustrar la parodia nihilista que vertebra la obra. Y así, ya ven, hemos llegado otra vez hasta las viñetas.
Una lectura interesante este Generation X, casi veinte años después. Veremos que sorpresas culturales nos depara nuestra nueva estancia británica.

viernes, junio 10, 2011

Culturas de Salamanca. Regalito por los buenos tiempos

Les lanzamos otra copa de trago corto. En este caso, para hacerles copartícipes de un regalo que nos hicieron el otro día: cuando empezamos en esta casa, nuestra intención no era otra que la de archivar escritos, reflexiones y artículos que llevábamos a cabo, sobre todo, en otros medios de naturaleza impresa. Ya saben como acabó la cosa, cuando quisimos darnos cuenta nos habíamos metido ya de lleno en la blogosfera; habíamos conocido a decenas de gente cautivadora, habíamos visitado centenares de blogs interesantes y... ya no pudimos salir de aquí, ni quisimos dar marcha atrás. Conocido el universo digital, navegados los píxeles, no se vuelve a la superficie indemne, aunque sí más sabio.
La realidad es que, como dijimos en aquel lejano día de 2006, nuestro primer objetivo era ir colgando en el blog los artículos que llevábamos tiempo escribiendo para el suplemento Culturas, del periódico Tribuna de Salamanca. Así fue y así hicimos hasta que llegó aquel nuevo director ex-televisivo y dijo que para qué quería un periódico una sección cultural. La cerró y, de paso, anticipó con su gestión infausta el principio del fin de un periódico que hoy ya ni siquiera existe.
A participar en Culturas nos había invitado nuestro amigo Antonio Marcos, el editor del suplemento. Un tipo que consiguió en los 92 números que duró la publicación, hacer un producto cultural muy vivo y lleno de vanguardia informativa. Daba gusto esperar al domingo para devorar esas ocho o diez páginas que hablaban de televisión, cómics y videojuegos, cuando muy poca gente (sobre todo en la prensa) hablaba de esos temas.
El otro día nos volvimos a juntar con Antonio y nos dijo que había colgado los 92 números de Culturas en la red. Sí señor, de nuevo la red y de nuevo la sorpresa del reencuentro. No hemos podido esperar para hacerles partícipes del presente. Vayan al link o cliqueen en la imagen y pasen un buen rato leyendo y descubriendo secretos, que la cosa lo merecía y lo sigue mereciendo (y me perdonan el pareado).
¡Qué cosas, cómo nos siguen produciendo nostalgia aquellos tiempos de la edición periódica impresa!

lunes, junio 06, 2011

Cómic, ilustración y cine de animación. La imagen y sus públicos, en León.

Esta semana, vamos con unas reflexiones breves y algún anuncio. Comenzamos por esto último.
Resulta que para rematar los finales de este curso, como ya sucedió el año pasado, nos vamos a ir a León invitados por José Manuel Trabado, a los cursos de verano de la Universidad de León. El evento tendrá el sugerente título "Cómic, ilustración y cine de animación. La imagen y sus públicos" y tendrá lugar entre los días 4 y 8 de julio en esa ciudad rica en cultura, tapas y alicientes festivos que es León. Nos acaba de llegar el programa y la verdad es que la cosa no puede tener mejor pinta: grandes conferenciantes y mucho tema de interés, con predominio de féminas ilustres.

Fíjense que entre la colección de participantes, encontramos a ganadoras de Premios Nacionales de Ilustración (esa palentina ilustre que es Noemí Villamuza), a estudiosas-poetisas de primer nivel (Ana Merino), a blogueras-profes ilustres con linterna roja al frente, a reporteros comiqueros, a doctores del saber, etc. Nosotros, pasearemos por el evento y hablaremos también de mujeres, de las dibujadas y de las de carne y hueso que dibujan. Si les apetece, ya saben, por allí nos veremos. Será todo un honor.
Gracias mil de nuevo a José Manuel y a la organización por invitarnos a su casa, otro año más.

lunes, mayo 30, 2011

El pequeño Christian, de Blutch. El final de la inocencia.

El pequeño Christian o la crónica de cómo Christian deja de ser pequeño es, en realidad, la historia de nuestras vidas, del turbulento paso de la niñez a la aún más turbulenta adolescencia. La primera parte de esta obra se publicó hace doce años (los episodios centrados en la niñez del protagonista) y su autor tardó casi otros diez en sacar a la luz la segunda parte (la entrada en la adolescencia del pequelo Christian).
Blutch nos tenía acostumbrados en los últimos tiempos a ejercicios narrativos cargados de simbolismo, el que se encierra en los misterios de la sexualidad en el caso de La voluptuosidad, o los que esconde la historia y sus revisiones ficcionales, en Péplum. El pequeño Christian se mueve en el territorio de la crónica episódica humorística, en este sentido, mucho más cerca de las marcas narrativas de Blotch. Su trasfondo argumental, no obstante, es completamente diferente.
Dentro de su aparente libertad conceptual (evidente en su elección estética) Blutch es un guionista inteligente, lleno de profundidad y perspicacia psicológica. Una cosa no debería imponerse a la otra, en realidad. El pequeño Christian, que en teoría podría pasar por un trabajo humorístico menor, frente a la señalada densidad simbólica de sus obras precedentes, es, por el contrario, un acercamiento lucidísimo a la visión del mundo que tendría un niño preadolescente.
Blutch nos invita a navegar entre las dudas, las frustraciones y los episodios de aprendizaje que enmarcan este decisivo periodo de nuestras vidas, y lo hace desde la mirada aguda del ironista que respeta a su personaje, pero entiende la comicidad que se esconde en los dramas adolescentes. Miramos hacia atrás y nos sorprendemos de nuestra propia solemnidad, de la impostada trascendencia que tuvieron algunos episodios de nuestros 12 años. Blutch se acerca a esos capítulos, sólo anecdóticos desde la seguridad que aporta la distancia temporal, y nos los relata adoptando el punto de vista de su protagonista, el pequeño Christian. El truco reside en la selección de los instantes (algunos hilarantes, la mayoría realmente graciosos e incisivos) y en la presentación de los mismos, a través de esa visión infantil deformante.
No es la primera vez que se usa este recurso en el cómic ni mucho menos. Casi todas las aventuras de Calvin y Hobbes aparecen filtradas por la fantasía del niño que las protagoniza; es ese de hecho, el mecanismo rector de su esquema narrativo: Hobbes sólo es verosímil en tanto en cuanto existe en la imaginación de Calvin, sólo él y el lector son capaces (uno como protagonista, nosotros como espectadores) de interpretar ese plano de “realidad imaginada“.
Hace poco hemos podido leer otro cómic que guarda muchas semejanzas con El pequeño Christian, se trata de Marzi, de Sylvian Savoia y Marzena Sowa. En él, sus autoras relatan, también mediante una selección de episodios vitales, sus experiencias infantiles en un país sujeto a un régimen comunista. Como en la obra de Blutch, la inocencia infantil y su revisión irónica son los materiales argumentales de Marzi. Pero sus páginas caminan mucho más cerca del episodio costumbrista y se recurre menos en ellas al componente deformador de la fantasía.
Los capítulos de El pequeño Christian relatan episodios existenciales del niño protagonista (la escuela, la relación con las niñas, los mitos infantiles, la autoridad paterna, las vacaciones de verano), valiéndose de los propios referentes culturales y populares del personaje: el western, la publicaciones semanales Pif Gadget o La revista de Mickey, Los ángeles de Charlie, las películas de Steve McQueen, Tintín, etc. En El pequeño Christian la transición entre la realidad y los referentes ficcionales es tan fluida como lo sería en la imaginación de un niño: de hecho, todos necesitamos de unos asideros (ideológicos, culturales o vitales) que nos ayuden a entender la realidad y a sobrevivir en ella. Es comprensible que en el caso de un niño estos puntos de anclaje estén determinados por sus lecturas y sus diversiones más inmediatas. Blutch muestra una mirada sabia a la hora de elegir y plasmar unos referentes que, seguramente, fueron los suyos. Su trazo suelto (sobre todo en la segunda parte del volumen), su talento para la caricatura deformante y su habilidad gráfica a la hora de seleccionar sólo el elemento verdaderamente relevante del motivo dibujado, colaboran a reforzar la carga humorística que tan bien funciona en este cómic.
Blutch, junto a Sfar, Trondheim, Larcenet o Christophe Blain son los estandartes del nuevo cómic francés, caracterizado por el trazo suelto, el humor inteligente y la experimentación narrativa. Cada una de sus obras compensa la expectación que la precede y de su lectura uno siempre obtiene satisfacciones inmediatas y poso reflexivo. El pequeño Christian no iba a ser una excepción, pero es que, además, es muy divertido.

lunes, mayo 23, 2011

Cárcel de amor, de Sergi Puyol. Prisiones interiores.

Cárcel de amor, de Sergi Puyol, se mueve en esas coordenadas postmodernas del extrañamiento, que van camino de convertirse en fórmula de normalidad narrativa. En un excelente artículo de 2006 dedicado al metacine ("El cine en, desde y sobre el cine: metaficción, reflexividad e intertextualidad en la pantalla"), José Antonio Pérez Bowie desarrollaba algunas de las claves de este tipo de discursos:
Íntimamente relacionada con esa puesta en relieve de la materialidad de la significación está la enfatización consciente y deliberada por parte del cine de una serie de marcas definidoras de lo teatral: artificiosidad de la escenografía, interpretación desmesurada de los actores, explicitación del proceso y acto de enunciación, etc.
Los habitantes de Cárcel de amor son personajes alienados que actúan guiados por instintos irracionales e intentan sobrevivir en un entorno social asfixiante. Hablamos del mismo paisaje artístico que pueblan las creaciones de David Lynch o de Daniel Clowes. Sus protagonistas son, en muchos casos, individuos amargados, freaks con nula inteligencia emocional, habitantes del infierno interior.
“A veces me pregunto si el problema es realmente de los demás o mío. / Yo formo parte de los demás. ¡Yo mismo soy una de esas personas que me molestan! Así que, en todo caso, el problema es de todos”. Podrían ser palabras de Wilson, la creación misantrópica de Clowes, pero en realidad tales lindezas sociopáticas pertenecen a Pierre Larrard, el igualmente odioso protagonista de Cárcel de Amor. Un personaje creado a partir de su propio rencor y que hará las delicias de lectores asociales e inadaptados, aunque, como ya hemos señalado, la fórmula dista de ser nueva.
En este tipo de obras, el contexto narrativo de los personajes aparece filtrado por la mirada perversa y pervertida de sus protagonistas (otra variante es la del falso costumbrismo, en la que el autor-director opta por un punto de vista objetivo, de modo que la realidad misma se filtra por un espejo deformante y todos aquellos que la habitan aparecen ante los ojos del lector como habitantes de una sociedad enajenada -léase Twin Peaks). En Cárcel de amor y obras similares adoptamos el punto de vista enfermizo de quien se siente perseguido: ese es uno de los secretos de ese factor de extrañamiento que venimos comentando. La ciudad, el barrio, el resto del paisanaje adquieren entonces un aire de irrealidad. Como si las coordenadas de la lógica o los sentidos (el común y el sensorial) no fueran suficientes para asir la realidad. En este cómic, el dibujo de Sergi Puyol ayuda a ahondar en esa situación de anormalidad: su estilo es naif y un tanto tosco. Aunque su muy cuidado empleo del color (con abundancia de tonos pastel) nos evita la tentación de asignarle inclinaciones art brut (todo lo contrario, encontraríamos más afinidades en la línea clara para referirnos a su estilo), sí que es cierto que Sergi Puyol juega en un plano de infantilización visual y esquematización evidentes. Funciona. Está por ver, no obstante, como encajaría esa opción estilística en otro tipo de planteamientos narrativos y argumentales.
Efectivos son también la organización narrativa y el ritmo secuencial de la obra: Cárcel de amor se estructura en pequeñas viñetas regulares, con esporádicas rupturas del esquema reticular que buscan intensificaciones o rupturas narrativas concretas. Es éste un esquema eficiente a la hora de situar la historia bajo ese falso foco de normalidad en el que se mueven sus personajes, su protagonista principal especialmente. Y es que, ¿no parecía también Astete un pueblo normal? ¿Están ustedes seguros de que Natascha Kampusch, en algún momento de su cautiverio, no sintió que su existencia era, después de todo, la de una chica normal? Hay muchos tipos de cárceles y no todas tienen barrotes; en este cómic las hay de los dos tipos.
La realidad encierra secretos oscuros en la trastienda de su escenario. Todavía no podemos adivinar que otros misterios esconderá la obra de Sergi Puyol, pero lo cierto es que lo que hemos encontrado detrás de esta primera puerta nos ha parecido interesante (aunque no haya llegado a quitarnos el aliento aún).