lunes, junio 03, 2013

La teoría del arte versus la señora Goldgruber, de Mahler. Ironías de la alta cultura.

Nos gusta hacer caso a los lectores que nos dan buenos consejos. Hace ya bastantes meses, Miguel, un buen amigo de este blog, nos recomendó encarecidamente la lectura de La teoría del arte versus la señora Goldgruber, del austriaco Mahler. Con meses de retraso, nos pusimos a ello hace unos días.
Ya desde su título, la obra anuncia su naturaleza irónica y un guiño postmoderno indisimulable. El trabajo de Mahler nos recordó en un primer momento a otra obra de marcada impronta crítica con el mundillo de la alta cultura, las bellas artes y sus glamurosos atrezzos, nos referimos a El arte, de Juanjo Sanz. Con motivo de otra reseña sobre el mismo autor, ya comentamos nuestro desafecto hacia El arte. Nos pareció un trabajo inteligente, pero al mismo tiempo autocomplaciente y con un cierto aire condescendiente, que no nos acababa de convencer.
Con ese precedente en mente, leímos las primeras páginas de La teoría del arte versus la señora Goldgruber. Y aunque es cierto que, en sus páginas, Mahler también ejerce de artista por encima del bien y del mal, de juez omnímodo con visión periférica para entender y dilucidar cuánto engaño se esconde detrás de la pesada cortina de la alta cultura, también es cierto que en su trabajo el austriaco se reboza de pies a cabeza en la autoironía, la autocrítica y la autoparodia; ejercicios metarreflexivos, todos ellos, que ayudan a modelar el mensaje y favorecen la carga humorística de la obra.
Mahler se presenta a sí mismo como personaje, como contrapunto irónico del verdadero protagonista del libro: la señora Goldgruber, una funcionaria fría y calculadora, cuyo pragmatismo no entiende de refinamientos, ni de síndrome de Stendhal alguno. Es ya casi un estereotipo: ese personaje que dice lo que piensa desde una aparente honestidad fría e inmisericorde, el ciudadano que opina de lo que ignora desde la sabiduría popular que termina por presentarse más valiosa que la del supuesto "experto". El saber de la calle. Es un perfil que se ha repetido en multitud de ocasiones en el arte y la narrativa contemporáneos y que, nos tememos, en algunos casos encierra precisamente lo contrario de lo que anuncia: una falta de honestidad por parte del creador, que se vale de un disfraz amable para lanzar sus invectivas, plantear dudas y plasmar sus frustraciones ante el mundo de la cultura. No es este el caso de la obra que nos ocupa, ni el de la señora Goldgruber. Exactamente.
No lo es porque, como ya hemos señalado, la obra está cargada de sana mala baba y Mahler hace más sangre propia que ajena. Es verdad que en ciertos momentos del cómic el autor no parece dejar títere con cabeza: ataca a la publicidad, al teatro, a las empresas publicitarias y a los cortos de animación (muy divertidos los episodios alrededor del nacimiento de su propio corto Flaschko), arremete contra sus compañeros artistas y contra los lectores de cómic, destroza al pintor austriaco Ludwig Attersee (unas páginas realmente hilarantes)..., pero, sobre todos ellos, Mahler se pone en evidencia a sí mismo, desdiciéndose constantemente y cambiando "egoístamente" de parecer (hasta sobre sus propias convicciones) según sople el aire. La autoparodia es una buena rampa de acceso al humor y La teoría del arte versus la señora Goldgruber es verdaderamente divertida y muy, muy ácida (suponemos que para el autor este trabajo debió de resultar todo un ejercicio catártico).
En el libro se desarrollan diversos capítulos que encierran anécdotas, reflexiones y las frustraciones de su protagonista en la difícil carrera del arte. Además, algunos episodios (como los de los capítulos tres -"Las ilustraciones son interesantes, sí, pero..."-, seis -"No tengo ganas"- y diez -"Paso de molestarme en mirarlo... ¡eso es arte!") le sirven a Mahler para, a través de su propia biografía, plantear jugosas reflexiones acerca de la naturaleza artística del cómic. Es un debate que parece siempre abierto y que, fuera y dentro del mundo de los blogs, no deja de deparar discusiones acaloradas e interesantes cavilaciones. Pero además de plantear si el cómic debe entenderse como un medio con valor artístico intrínseco o como pura fuente de entretenimiento con base narrativa, este cómic nos invita a repensar sobre el mismo discurso, a adoptar, desde su trasgresión humorística, un posicionamiento crítico autorreflexivo. En este sentido, aunque no siempre tengamos que estar de acuerdo con ella, la postura de su autor se convierte en una tesis convincente que se desarrolla en las mismas páginas del cómic a partir del humorismo y de unas anécdotas biográficas, sólo aparentemente triviales.
La vocación artística de Mahler es evidente; él se entiende artista y está dispuesto a demostrarlo, pero entiende que su caballo de batalla no son tanto los museos como las imprentas editoriales, los críticos, los lectores y hasta los propios autores de cómics. Él entiende que un cómic es arte, pero no concibe que el museo sea su contexto expositivo más adecuado. Es el lector quien debe dotar de valoración y sentido artístico a la obra que tiene entre manos. Por eso, su reivindicación no es otra que la del valor específico del cómic como vehículo artístico-cultural. La vía para expresar su tesis es la que marcan el humor más acido y una caricatura deformante hasta el esbozo, bueno, y la señora Goldgruber.

lunes, mayo 27, 2013

Ciudades vacías y latidos de hombres abandonados.

Hace unos días asistimos a una charla sobre la situación del arte urbano contemporáneo. Se habló mucho de post-grafiti y de las nuevas instalaciones e intervenciones que están ocupando los espacios vacíos de nuestras ciudades, "esculpiendo" sus muros, señales y mensajes institucionales.
Se habló de stencils y serigrafías pegadas sobre paredes, de manipulaciones creativas del mobiliario urbano y del nuevo estadio del grafiti que, parece, va dejando atrás el simple ruido de la firma monocroma arrojada sobre el muro, para adentrarse en campos mucho más fructíferos y valiosos, artísticamente hablando. La pregunta es, después de trabajos como éstos, ¿tiene sentido perpetuarse en lo ya hecho una y mil veces? Cada vez hay más artistas urbanos que han aceptado el órdago y envidan por nuevas vías y soluciones imaginativas. Aquí ya hemos hablado de varios de ellos en más de una ocasión.
Volvemos con la cantinela con motivo de un artículo que acabamos de publicar en casa ajena. Una segunda casa, en realidad, porque también han sido varias las ocasiones en que nos hemos referido al colectivo artístico Latidos del Olvido. En su día nos acercamos a sus intervenciones en pueblos abandonados de la "estepa" castellana, a su peculiar y rabiosa visión de la mancha y la huella sobre el recuerdo. No obstante, nos parece que su trabajo reciente tiene mucha más densidad y peso que aquellas revisiones asperas y locales de cierto regusto povera. En realidad, se trata de una mudanza en toda regla: del campo a la ciudad. De la nada a la nada. De los pueblos abandonados a los infaustos PAUs (Programas de Actuación Urbanística), también desolados. Sí, es lo que están pensando, hablamos de los polígonos abandonados que se erigen en las afueras de nuestras ciudades como metáforas perversas y vergonzantes del pelotazo del ladrillo: esas ciudades ideales que se levantaron bajo la burbuja inmobiliaria y que sólo habitan fantasmas y sombras.
Los componentes de Latidos del olvido han decidido "intervenir" con su obra sobre esos cementerios de especuladores y compañías inmobiliarias: Paye Vargas a través de la palabra, con sus caligrafías y videoinscripciones que ponen voz a espacios en los  que nunca habló nadie; Diego Llorente Domínguez, fotografiando el vacío, el desierto habitacional; y el Sr. Arribas modelando los habitantes ficticios que habrán de poblar el huero espacio.
Las esculturas a tamaño real del Sr. Arribas no están hechas del barro primigenio, ni de la carne perecedera, sino de cemento; del mismo material del que estaban hechos los sueños en nuestro pobre país hace sólo un instante. Parece. Así, los titanes de piedra que Arribas abandona en los espacios de obra de las urbanizaciones (madrileñas y castellanas) se convierten en guardianes mudos de la desfachatez; en símbolo perfecto de aquellas presencias ideales e idealizadas que nunca llegaron a concretarse (de cuando concrete significa hormigón, ¡qué paradoja!). Son algo más que sombras, pero algo menos que personas. Pensadores, como los de Rodin, que indefectiblemente nos hacen pensar a nosotros en todo aquello que nuestras autoridades, las grandes fortunas, nuestros paisanos, nosotros mismos, pasamos por alto cuando realmente tocaba: pensar, decimos.
De ello hablamos en ese artículo que mencionábamos hace unas líneas: "La náusea y el hormigón". Empieza así:
La Náusea no me ha abandonado y no creo que
me abandone tan pronto; pero ya no la soporto,
ya no es una enfermedad ni un acceso pasajero:
soy yo.
Jean Paul Satre
Miles de quilómetros cuadrados totalmente huecos. Vacíos como enormes carcasas de hormigón y ladrillo. Casas, calles, esquinas, rotondas, todas muertas y yermas. La proyección desolada de la prosperidad. El final del banquete.
España asiste perpleja a un funeral, el suyo. No se lo esperaba, no nos lo esperábamos. Apenas había síntomas: sólo algún acceso febril después de los excesos, vagas recomendaciones de los facultativos extranjeros y los achaques propios de la corrupción, nada raro. Y resulta que nuestros órganos vitales llevaban ya años carcomidos por la metástasis, un tumor pegajoso y agresivo que atiende a mil nombres, que se llama codicia, irresponsabilidad, depravación, soborno… La náusea.
Los PAU (Programas de Actuación Urbanística) se propagaron en el país como un virus cuidadosamente administrado por unas autoridades que veían posibilidades económicas ingentes en la expansión descontrolada del ladrillo. Dinero fácil sin consecuencias, la ética mezclada con agua y grava dando vueltas en una hormigonera a un ritmo mantenido de veinticuatro mil euros por metro cuadrado. Hoy en día, esas colmenas deshabitadas (nunca habitadas) se erigen como islas en medio de páramos y descampados, testimonian el fracaso de un modelo y la corrupción infinita de los políticos, banqueros, constructores y tecnócratas neoliberales que las auspiciaron. Son la prueba muda del delito, el carcinoma testimonial que consume a nuestra sociedad y que los sorprendidos ciudadanos sólo hemos sabido detectar cuando el dolor era ya insoportable. No hay más ciego que el que sólo ve lo que quiere ver.

lunes, mayo 13, 2013

El duelo, de Esteban Hernández. El laberinto de la mente.

Ya lo hemos dicho antes. Entre otras muchas, la mejor virtud del historietista Esteban Hernández es que sus cómics no se parecen a los de ningún otro. Y no sólo porque su dibujo, cada vez más depurado expresivo y detallista, sea una marca identitaria inconfundible. Aquello de la voz propia y el discurso personal tiene un sentido pleno cuando analizamos las historias de este joven artista.
Así se demuestra, una vez más, en su último trabajo largo publicado, El duelo, un tebeo extraño y sinuoso como un pensamiento retorcido hasta el paroxismo; como muchas de las historias de Esteban, en realidad:
Adrián y Altuna eran amigos de toda la vida: se partieron la cara entre ellos o contra otros cuando fue necesario y se hicieron las primeras pajas juntos viendo porno...
Con estas líneas arranca El duelo, con una reivindicación de la amistad y, casi inmediatamente, con el anuncio de una muerte que deja la constatación de dicho afecto en punto muerto (y nunca mejor dicho). La muerte de Adrián, protagonista casi invisible del cómic, la sombra trágica que sobrevuela sus páginas, condiciona definitivamente la existencia de su amigo Altuna, seguramente de forma mucho más decisiva que su presencia en vida. 
Es lo que sucede con la muerte, la sentimos por lo que tiene de ausencia en nuestra propia existencia más que por la verdadera falta del finado. En su obra Cada cual a su manera (densa como un tratado filosófico), Pirandello incidía en esa agonía existencial que se aloja en el deceso: no nos duele tanto la muerte como la constatación egoísta de una ausencia, la de todos los momentos que nosotros y sólo nosotros, dejaremos de compartir con el difunto; su ausencia en nosotros mismos.
El trabajo de Esteban Hernández ilustra la degradación psicológica y física del amigo que se ve superado por la desaparición del ser querido, de una forma mucho más profunda y permanente de lo que nunca hubiera podido pensar. La bajada a los infiernos es a la vez el inicio de otro recorrido, una búsqueda interior que deparará múltiples sorpresas y muy pocas certezas. Altuna investiga las causas de la muerte de su amigo y, al mismo tiempo, comienza una nueva vida cuyos avatares le zarandean de un lado a otro sin que, aparentemente, él llegue a controlar sus inercias en ningún momento.
Podríamos leer El duelo en la clave de tantos otros cómics contemporáneos, desarrollados bajo el auspicio temático del llamado slice of life, sin embargo sospechamos que las historias de Esteban Hernández, bajo su apariencia de fábulas urbanas y tragicomedias de situación, tienen una relación muy tangencial con la realidad. En muchos casos, sus cómics se leen como la plasmación gráfica de procesos psicológicos complejos y denodadas luchas interiores (contra el destino, contra el medio o contra la propia existencia). Por eso, las páginas de sus tebeos están casi siempre habitadas por personajes normales, hombres y mujeres anodinos, que en un momento dado revelan secretos insospechados o se comportan como seres torurados y alienados, cuando no dementes. Por eso, un tipo tan anodino como Altuna termina convertido en un marciano mediático y por eso, al final, casi nada, ni la muerte misma, es lo que parecía en las páginas de El duelo.