martes, marzo 13, 2007

Fiebre amarilla (I): Japón de Ponent Mon.

Queda un poco lejana la edición de este volumen por Ponent Mon, pero no es hasta hace poco cuando me he acercado a él y a su hermano pequeño sobre Corea, así que me toca mirar hacia atrás, aunque sólo sea porque la cosa lo vale. Lo cierto es que la idea de Los Institutos y Alianzas Francesas de Japón (como anuncia la carta prólogo de Boilet a Davodeau) tiene su aquel. También es cierto que la relación entre manga y bande dessinée o, más concreto, entre Boilet y el proselitismo del mestizaje comicográfico japo-franchute, está comenzando a aparecer hasta en la sopa (o el ramen, en su defecto). Soy pro-Boylet y pro-nouvelle-manga, ya lo saben, pero, caray, parece que el francés sea el único dibujante de cómics residente en Tokio ex-becario de Kodansha y creador de un estilo nuevo de manga, ehem...
Detallitos aparte, lo cierto es que estas recopilaciones (publicadas en varios países casi al mismo tiempo, por cierto) se me antojan una buena iniciativa y, lo que es mejor, un conjunto valioso de historias cortas elaboradas por algunos de los mejores autores del momento (no sólo en sus respectivos países, añado). La idea de ofrecer una doble visión auóctona-foránea favorece un interesante cambio en los puntos de vista de cada relato, no tanto por la técnica narrativa en sí, sino por la subjetividad inherente a un proyecto dirigido y condicionado temáticamente, como éste. Lo explica Boilet en su carta:
La obra recopilará historias cortas de ocho autores francófonos invitados a ocho ciudades de Japón (las ciudades de los Institutos y Alianzas respectivos: Tokio, Kyoto, Osaka, Nagoya, Fukoka, Sapporo, Sendai y Tokushima) y de ocho autores residentes en Japón (7 autores japoneses + el menda).
Además, la edición ofrece buenos detalles no muy frecuentes, como un breve perfil biográfico de cada autor al principio de su historia, así como un pequeño mapita con la localización geográfica del lugar en el que se desarrolla cada una de ellas; no esta mal para iluminar parcialmente el terreno por el que nos adentramos. Acerquémonos ahora brevemente a alguno de los cómics incluidos:
Arranca el libro con Historia de la playa, de Kan Takahama, la joven y entregada discípula de Boilet en el noble arte de llevar a buen puerto el nouvelle manga, como vía de creación. Delicada y poética, como casi siempre, la japonesa recrea una anécdota personal junto a su mentor y ex-amante. Un ejercicio de confesión y striptease emocional, con trasfondo trágico-nostálgico; todo muy autorreferencial y, como suele ser norma en la escuela, muy bien dibujado.
David Prudhomme se nos descuelga en La puerta de entrada con la actualización en clave surrealista de una fábula alegórica tradicional (la leyenda de Urashima Taro, parece ser), que jalona de referencias cruzadas y guiños humorísticos, cuyo conjunto, debo confesar, me ha dejado más frío que a una bacalada.
Otra cosa es Cielo de verano, de Taniguchi. El autor nacido en Tottori es un valor seguro; es tan difícil que decepcione como que abandone su corpus de referencias habituales. De hecho, en esta historia corta, Taniguchi recupera algunos de sus referentes temáticos (la nostalgia de la infancia, la imposibilidad de recuperar el tiempo perdido, el destino caprichoso, etc), una tópica que nos recuerda a Barrio lejano o El almanaque de mi padre; algo de lo que no nos vamos a quejar, desde luego.
Después de la aparición de Fresa y chocolate, Aurelia Aurita es bien conocida por los aficionados al cómic tanto aquí como en su país; no lo era tanto cuando se ideó este volumen, ya que su obra se limitaba al álbum Angora y a algunas historias cortas. Sin embargo, ¡Ahora ya me puedo morir! desvela muchos de los rasgos distintivos de la autora: un marcado erotismo, su minimalismo gráfico y su fluidez narrativa a la hora de ordenar los materiales de un modo original y, en ocasiones, poco ortodoxo. Además, como la chica tiene muy poco pudor y aún menos pelos en la lengua (no sé si en este caso el símil es adecuado), el ejercicio resultante es de una sinceridad tan ingenua que de puro prosaica termina siendo poética (permítaseme la paradoja).
François Schuiten y Benoît Peeters se olvidan del cómic y recurren al relato ilustrado, para recrear una distopía urbana muy de su gusto: Osaka 2034. Mensajes cuasi-publicitarios y el recurso a la descripción objetivista, de apariencia incluso cientifista (aunque no exenta de ironía), para acercarnos a arquitecturas y entidades ficticias; como si no les conocieramos.
Emmanuel Guibert sigue la línea de los anteriores y ejerce de cuentista, dejando en un segundo plano sus muy evidentes dotes como dibujante. Un relato ilustrado en primera persona, lleno de vivencias retrospectivas y confesiones tan personales, que terminan por situar a la historia en la línea del diario. Probablemente responda a la concepción amplia e inclusiva de la obra pero, que quieren que les diga, a mí me parece un poco fuera de lugar.
Y terminamos la sesión de hoy (que va adquiriendo dimensiones de manuscrito feudal japonés) con Nicolas de Crécy. Menudo tipo el de Crécy, éste juega en otra liga. Me recuerda a Lars Von Trier cuando le da por jugar con sus espectadores (o sea, casi siempre) y los zarandea alternativamente desde el desconcierto, a la irritación y el deslumbramiento, para terminar pareciendo el más listo del barrio y dejar nuestro ego de "interpretadores" críticos y anticipadores de expectativas por los suelos. Así es de Crecy, o así lo parece en Los nuevos dioses (y en muchas de sus obras, lo reconocerán conmigo). Lo que comienza como un relato desconcertado y autocomplaciente por la exageración del recurso técnico empleado en la elección de la voz narrativa, termina por funcionar a favor de la historia y de su creador (para nuestra sorpresa). Así, la historia del relato que se cuenta y se crea a sí mismo (el metarrelato más físico y palpable que se pueda idear), crece (literalmente, se va conviertiendo en un monstruito amorfo) y adquiere forma a partir de la informidad inicial concretada en esa única voz narrativa presente en los cartuchos. Vamos, el sueño húmedo de un post-moderno (y lo digo en el buen sentido de la palabra).
Mañana seguimos con Japón y luego nos vamos a Corea...

3 comentarios :

Señor Punch dijo...

Taniguchi es maravilloso.
Hablo de memoria, porque yo lo leí por haberlo regalado, y ya no lo tengo: ¿te has fijado cuál es la única viñeta donde sus márgenes son rotos por las figuras de los personajes? Eso es hacer cómic, entender sus recursos. En el momento cumbre de su cuento introduce la única (o casi, desde luego lo recuerdo así) ruptura del marco viñeta, con los personajes rebosando sus árgenes, lo que refuerza el poder emotivo de ese momento al que todo conduce.
Maestro.

Little Nemo's Kat dijo...

Sí, tiene usted razón, los mangakas son unos maestros en el tema de los "sangrados" (que es como los llama McCloud, creo); normalmente se dan con las viñetas que desbordan sus límites hasta coincidir con los de la página, en otros casos (como es éste) son los personajes los que rebasan los límites de la viñeta. Taniguchi, que es un virtuoso, lo sabe bien, y en esta historia (tiene usted buen ojo y mejor memoria) lo demuestra a la perfección en el ejemplo que menciona. Gracias por hacerlo, yo no me había percatado de su uso ;)

Señor Punch dijo...

McCloud?? y todo el mundo, ¿no? es lo de "a sangre" aplicado a un libro o foto o estampa... o viñeta, sí.
Y es verdad, no soy muy mangaka, pero cierto que ese mundo cuida los sangrados mucho.