sábado, diciembre 30, 2006

Un paseo de cómic por el 2006 (VI): la paletada de arena.


Ya lo decía la amiga Iru el otro día en los comentarios, el almibar y los aplausos están bien, pero un poco de ácido también ayuda a poner las cosas en su sitio (y más un día triste, por otras razones, como lo es hoy). Y es que, si bien el 2006 ha sido un año lleno de buenas noticias para comiqueros y acólitos, ninguna dicha es absoluta (menos aún cuando se habla de viñetas). Miren ustedes, mucha normalización, distribución y reproducción, pero cuando un servidor, con la adolescencia olvidada (aún sin canas), comenta en sus entornos respetables que lee cómics a destajo y que incluso les dedica algún que otro esfuerzo académico (ya les contaré algún día de estos), pues como que recibe miradas de estupor y medias sonrisas sospechosas: "Ah, Mortadelo y Filemón". Pues sí, y a mucha gala, pero no sólo, oiga; pero claro, mucho es pedir que la gente sitúe a Ware o Clowes (por mentar a dos de los que deberían estar) dentro de su archivo de cultura general y obviedades culturales. Incluso, si avizas la mirada escrutinante puedes ver en sus rostros semisonrientes ese fugaz pensamiento de "ya lo decía yo, éste es un friqui con pintas". Ya, ¿y tu que música oyes? Wagner, ah, vaya fascistoide ¿no? Así, así se siente uno. Que lo de friqui puede ser gracioso, pero la generalización suena un poco aleatoria y, perdonen, desconsiderada hacia lo que no deja de ser una manifestación artística ¿o no?
Quizás por eso, a los que vivimos en una pequeña ciudad de provincias nos resulta tan complicado acceder a ciertos materiales comicográficos, que encargas los cómics en tu librería como el que pide plutonio para el quimicefa de su sobrino. Así que, o hay viaje a la capi o no hay viñetas, amigos. Porque claro, lo de la normalización, aún sólo ha tocado de refilón a las librerías (serios lugares para obras serias; menos mal que aún podemos confiar en las bibliotecas públicas). Quizás por eso las editoriales tienen que lidiar con la edición de obras en condiciones no-óptimas (medios técnicos, medios personales, medios económicos) y claro, pasa lo que pasa, que después nos encontramos con auténticas chapuzas como las que nos han llovido este año aquí, allí y más allá (cuánto han dado que hablar, por cierto, y justamente); además, los hados de la imprenta han querido que el desguace fuera a afectar a dos o tres de los grandes títulos del 2006 (Agujero negro y Louis Riel, nada menos), que no sólo a ellos. La ira del lector soliviantado, el bolsillo insultado y el aficionado desencantado se dejó escuchar por los blogs este curso más que nunca. Vaya papelón (y nunca mejor dicho; por cierto la imagen de ahí arriba, "robada" a Con C de arte, por cortesía de nuestro amigo Sr. Punch).
Por otro lado, en los comments de ayer, otro amigo de la bitácora, me recordaba que les recordase otra de las penas y penurias que acechan al fiel lector de cómics: la saturación. Ya les digo. Ayer alabábamos el raciocinio editorial y el criterio en la selección de títulos que se ha observado este año respecto a otros precendentes, pero es que ni así. No hay quien esté al día en sus lecturas, ni quien pueda permitirse el desembolso, por cierto. Porque, sí, los precios siguen ascendiendo a la sombra y cobijo del prestigio del asentamiento de la "novela gráfica" (que, al sonar, más serio, debe exigir también una mayor solemnidad pecuniaria, es decir, un desembolso más generoso). Menos mal que entre tanto crítico y parlanchín como hemos aparecido, resulta más fácil guiarse en la elección del cómic que sí vale el desembolso (¿o ha sido al revés?). Buff, cuan complicado es todo, maese Torrezno. En fin, que tendremos que seguir jugando al bingo inversor y rezar para que la penúltima obra maestra resulte, al fin, serlo. Y esa es otra, si este año se hubieran realmente publicado todos los prodigios que nos han contado, ni crisis, ni deprestigio, ni na; del cómic al limbo de la creación. Si estaba en lo cierto el buen comentarista semianónimo, a veces dan ganas de incomunicarse en una habitación, con tus cómics atrasados, a la luz de un flexo y no salir para evitar esas novedades que no debes perderte. Ya lo decía aquel, el tiempo es tinta, amigos. Cuando nos visite el año joven acabamos con este repaso, ya mas largo de lo necesario. Feliz fin de fiesta.

jueves, diciembre 28, 2006

Un paseo de cómic por el 2006: encalado final (V)

Última tanda de palmaditas, alegrones y miradas optimistas tras mejillas rubicundas a lo Liberatore. Inevitable mencionarlo, no obstante: el 2006 ha sido muy positivo en términos editoriales (ojo, hablamos desde la óptica del lector, que en lo de las ventas deberán ser las mismas casas las que se pronuncien). Pues sí, este curso se ha editado mucho y con un criterio más que aceptable (en progresión constante desde hace unos añitos). Respecto a otros años, se observa una mayor racionalización en los materiales editados: cantidad/calidad. Casi cada editorial de las muchas presentes en nuestro país, ha sacado a la luz algún estreno que merecería estar entre lo mejor del año. Además, las editoriales pequeñas van asentando sus criterios de edición y seleccionando su espectro de mercado.

El manga sigue creciendo sin freno, conscientes sus editores de la atracción magnética que ejerce el sector sobre los lectores más jóvenes y los fans irredentos (no hay más que ver las cifras del último salón del manga). Planeta sigue tirando de catálogo e influencias y, algunas veces, consigue engancharnos con sus propuestas editoriales a lectores no habituales de manga: por ejemplo, cuando recuperan la obra del grandísimo Tezuka, como este 2006 con El árbol que da sombra. Otras editoriales, Ponent Mon al frente, siguen apostando por el manga (con obras de Jiro Taniguchi: El viento de la Tundra, El rastreador o la continuación de La época de Botchan) o el "nouvelle manga" de calidad (Kan Takahama y su Awabi); sin olvidar incursiones editoriales con la mirada del manga al fondo (Fresa y chocolate, de Aurelia Aurita, por ejemplo). En La Cúpula le han cogido el gusto al terror onírico-hipnótico de Hideshi Hino (Panorama infernal, El hombre cadaver); que sigan. Mientras tanto, Glénat a lo suyo con su ingente catálogo manga, sigue las series en marcha de Takahashi (Maison Ikkoku o Lamu) y aparece alguna sorpresita de la autora, como La tragedia de P.
Panini continúa centrada en lo suyo, los superhombres y superhembras de Marvel. Reedita antiguos títulos clásicos con criterio (el Spiderman de Lee y Ditko o Marvels, de Busiek y Ross) y algunos no tan viejos que algún día lo serán (clásicos), como sus Ultimates. Entre lo nuevo, aparece en muchas listas los Jóvenes Vengadores, de Allan Heinberg y Jimmy Cheung o la miniserie Iron Man: Extremis, de Ellis y Granov (ahora que vamos a cansarnos de oír hablar del señor de hierro con su adaptación cinematográfica).
Norma ha editado en un volumen el fantástico Superman para todas las estaciones (de Jeph Loeb y Tim Sale), pero como suele ser norma en ellos (¡perdón!), no se limita al mercado de los héroes en mallas y llega materiales menos localizables, genéricamente hablando, como los muy queridos por sus fans Concrete, de Chadwick, el Stranger in Paradise, de Terry Moore o Elfquest de los Pini.
Planeta, no quiere ser menos y terminó su irregular coleccionable de Batman (que había comenzado con el cebo inmejorable del Año Uno a un euro). Además, entre sus muchas series, encontramos el Catwoman de Bruebaker, el Superman de Azzarello y Rucka o sus infinitas reediciones de clásicos, entre las que han hecho ruido la de JLA/JLE, de Keith Giffen y DeMatteis, la de El cuarto mundo, de Jack Kirby o, tachán, el Green Lantern/Green Arrow de los señores O'Neil y Neal Adams, casi na. Y sin ser exactamente del género, lo cierto es que Los muertos vivientes de Robert Kirkman merecería citarse aunque sólo fuera por los premios recibidos en Expocomic 2006 (guión y obra extranjera). Lo de los superhéroes, como ven, inmanejable.
También abundante ha sido la cosecha del llamado "cómic de autor", por oposición a aquel (???). Entre lo norteamericano (Canadá incluido), encontramos y damos la bienvenida a muchas chicas con obra de relumbrón: La Perdida, de Jessica Abel (Astiberri), El corcel gris, de Hope Larson (Dibbuks) o Vida de una niña, de Phoebe Gloeckner (La Cúpula). También relativamente novedosa es la proliferación de cómics con temática gay, entre los que destaca sobremanera la obra magna de Howard Cruse, Stuck Rubber Baby (excelentemente editada por Dolmen). Entre los jóvenes y los viejos clásicos, nos topamos con que de casi todos encontramos novedades este año: de Chester Brown, Ed, el payaso feliz (La Cúpula; por lo demás, seguiremos el consejo de La Cárcel y consideraremos que la edición corregida de Louis Riel en enero sitúa a esta obra en el 2007), de Clowes, Caricatura, Lloyd Llewellyn (La Cúpula) y, el más citado y halagado del año, Ice Haven (Mondadori); el delicioso Paul va atrabajar este verano (Fulgencio Pimentel), del canadiense Rabagliati también merece algo más que una cita; por supuesto, Locas de Jaime Hernández y de Crumb, El gran libro Yum Yum (también de La Cúpula los dos); la ansiada tercera entrega de Tug & Buster (Astiberri) o el Gregory 2 (Planeta), de Marc Hempel o la edición definitiva del más popular de los los "independientes", el Bone de Jeff Smith (Astiberri). Por lo demás, en los próximos años, oíremos hablar de Kevin Huizenga (Ganges -Sins Entido), de Jeff Brown (Inverosímil - La Cúpula) o Anders Nilsen (Mitologías -Fulgencio Pimentel), y de algunos otros por venir como Weing, Hanuka o Brian Ralph. Y que no se me olvide un acontecimiento en varios sentidos y por varias causas: la edición del King, de Ho Che Anderson (Edicions de Ponent).

En la vieja Europa, igualmente, muchas y muy buenas cosas. Refrendando además una realidad: cada vez se editan antes en España los materiales de fuera. Que valga como ejemplo La mala gente de Davodeau, que los señores de Ponent editaron en nuestro país con las ascuas de su triunfo en Angouleme aún humeantes. También de Ponent es el celebrado Periodo glaciar, de Créçy y algunas de las muchas obras de Sfar (La Java Bleue o Pascin), que hemos olido este año por aquí; otras son: El gato del rabino 4, El minúsculo mosquetero 1 (Norma), . Y siguen sacando cosas Frederik Peeters (nueva entrega de Lupus en Astiberri), Larcenet (Vida de perros: una aventura rocambolesca de Sigmund Freud y otra entrega de Los combates cotidianos -ambos en Norma ). Más cosas destacables: el extraño, experimental y sorprendente Morlac (Diábolo Ediciones), de Leif Tande (noruego-canadiense, que bien podríamos haber citado antes) o el premiado Apuntes para una historia de guerra, de Gippi (Sins Entido).

Y por estas tierras hispanas, ¿qué ha sucedido? Pues que lo que funciona fuera, parece que también cala dentro, así que, albricias, poco a poco las chicas se meten con fuerza dentro del negocio comicográfico: lo sabe bien Sonia Pulido, que ha sacado este año su Puede que esta vez (Sins Entido) o Sandra Uve con Los juncos (Astiberri). Por lo demás, siguen confirmando su buen hacer algunos autores jóvenes que ya habían mostrado maneras con obras anteriores, como David Rubin, con La tetería del oso malayo o Javier de Isusi y La isla de nunca jamás (los dos en Astiberri). Los de siempre tampoco han dejado pasar la ocasión y presentan un puñado de muy buenos tebeos: Carlos Giménez, Barrio 3 (Glénat), Mauro Entrialgo, Los domingos (Edicions de Ponent) y Ángel Sefija (Astiberri) y el gran Max, con una de las estrellas editoriales del año, Bardín, el superrealista; un cómic que, aunque recopila historias dispersas anteriores, nos apetece incluir aquí como novedad novedosa de la buena, por su carácter cohesivo y homogéneo (toma ya).
Dejamos para el final, a modo de homenaje, siempre modesto, a don Santiago Valenzuela, y su última entrega torrezna, el cierre del ciclo de Deeneim. Además, con el precioso cofre-cajita que se han marcado los amigos de Edicions de Ponent para cobijar los cinco volúmenes de la serie, la cosa ya merecería la pena. Los años oscuros, más extraño, más loco y referencial que los anteriores, se presenta como cierre perfecto para la saga épico-paródico más grande del cómic español en muchos lustros. Todo un regalo.
He dicho, mañana más.

miércoles, diciembre 27, 2006

Un paseo de cómic por el 2006 (IV): otra manita blanqueadora.

Hoy va de reediciones y formatos, cosas buenas todas. Este año en internet se ha hablado bastante de formatos, un debate curioso por lo que tiene de formalista (valga la redundancia múltiple). Pero sí, será porque los adolescentes que comprábamos cómic-books nos hemos hecho mayores (tampoco tanto, no crean) o porque se nos ha quedado endeble el formato de las grapas, lo cierto es que las disertaciones han sido varias y variadas y casi todas dejan alumbrar una evidencia: los antiguos formatos de edición están pasando a mejor vida y los nuevos han venido para quedarse. Veamos.
El cómic-book cada vez se hace menos rentable en términos de esfuerzo pecuniario y acumulativo. Es un modelo de edición que resiste malamente el paso del tiempo y cuya lectura (breve por narices, o por número de páginas) no hace apenas rentable la inversión. Vamos, que donde esté un buen tocho manga, que se quite la "revistita-que-me-leo-antes-de-abrirla". El formato manga (entidad abstracta donde las haya) es sólo una de las opciones; la más exitosa entre el público joven quizá. ¿Se acuerdan de aquellos mini-mangas imposibles de Planeta, que tras cuatrocientos veintisiete libritos no cubrían ni el primer arco argumental de la serie? (aún me acuerdo de cuando Maison Ikkoku se llamaba Juliette Je T'aime, sniff). Es bueno y saludable que los señores de Glènat, Ponent Mon et al, se hayan pasado definitivamente a un formato más similar al de las tierras niponas (sí, lo sé, a veces en detrimento de la calidad, pero es que no se puede tener todo).
El que lo quiera tener todo y, además, tenga dinero, que se compre "novelas gráficas". Ahí estamos, otro término maldito-ambigüo-complejo, alabado por muchos y maligno como la kriptonita para otros. A mi me encanta, que le vamos a hacer. Me gusta tener un volumen con una historia autoconclusiva (ahora que las revistas de cómics para adultos han pasado a mejor vida tal y como las conocíamos -historias por entregas, series dispersas, etc.-, en favor de un modelo más sofisticado); me gusta también que podamos colocar los cómics en estanterías con huecos de menos de medio metro de alto (aunque no se crean que soy enemigo de los albums, faltaría más) y me gusta que los editores piensen que algún día (¿o ya ha pasado?) los cómics tendrán su sitio en las librerías. El hecho es que con lo de las novelas gráficas, muchas editoriales han tenido la brillante idea de reeditar antiguos materiales dispersos en cómic-books (o su equivalente castizo de las tapitas duras satinadas) en un solo volumen. ¡¡¡¡Aleluya!!!! La lista de este año es enorme y a un servidor se le caen las lágrimas cuando mira a sus baldas y ve el Agujero negro de Burns en un solo volumen (ehem, más una página) , o los tomos gorditos (en cantidades contables) de Locas, Ciudad de cristal, Balas perdidas, Sonámbulo; y, por estos lares, las historias dispersas del gran Max y su Bardin, el superrealista o el Sofía, Ana y Victoria (en formato álbum, éste), de March, etc. En fin, que parece que los editores se han hecho mayores junto a sus lectores.
Sólo así se entiende también que al fin, a las casas editoriales se le haya iluminado la bombillita mágica de otro tipo de reediciones, las de los clásicos. Como unos cascabeles ando, oigan. Después de décadas (que digo décadas, milenios) oyendo hablar de las bondades de Little Nemo, El Príncipe Valiente, Krazy Kat, Modesty Blaise o Rip Kirby, resulta que ahora (suenan las fanfarrias) hemos podido leerlos en español (gracias Planeta, gracias Norma). E incluso otros, como Glénat, siguen gloriosamente empeñados en resucitar a nuestros ídolos patrios de los 70 y 80 y en juntar lustrosos albums con sus materiales dispersos por las revistas de lo 80; da gusto tener de vuelta a los Bea, Luis García, Fernando Fernández, Usero o Carlos Giménez.
Y al que le falten los dineros para novelas gráficas, albums, recopilaciones y series infinitas de estas y otras tierras, pues que se lance a comprar mini-cómics. Sí, lo sé, soy un pesado con el tema de los mini-cómics, pero ahora viene a colación más que bien ¿o no estamos hablando de formatos? Además, me creo lo que digo, el mini-cómic tiene futuro y es todo un campo de pruebas para el descubrimiento de nuevos buenos valores. Hagan juego,oigan, y gracias a todos los que tienen la osadía de editar cómics, tan queridos, tan inciertos y oscilantes.

martes, diciembre 26, 2006

Un paseo de cómic por el 2006 (III): otra de cal.

Continuamos con el repaso anual y lo hacemos en rima consonante, en "on"; después de la normalización, aplaudimos otra buena nueva muy relacionada con aquella: la difusión. Efectivamente, con la posibilidad de comprar por internet (al fin algo en lo que hemos salido ganando con el euro), no sólo resulta cada vez menos complicado hacerse con esos cómics que sólo conocían los expertos (alabemos a San Amazon y San Ebay), sino que además, cada día es más sencillo acceder a información acerca del medio. Ayudan, y mucho, las editoriales (que como veremos mañana, cada vez funcionan con más diligencia) con sus listas de novedades. Esencial es también el papel de internet, con sus blogs y bitácoras, crecientes en número y en diversidad (¿en calidad? no nos pronunciaremos por lo que nos pueda tocar ;).
Parece que el círculo de amigos del cómic reunidos en torno al calor de las viñetas, se va consolidando positivamente. Quien más quien menos, tiene su listita de páginas favoritas a las que recurrir con un simple click. En este sentido, el papel difusor y englobador (permítaseme el oxímoron) de TEBELOGS! es cada día más loable e importante (desde aquí mi agradecimiento sincero y personal, pero me imagino que compartido por el colectivo de bloguers comiqueros); está por ver cual es la capacidad real que le permite a TEBELOGS! ser un blog de blogs manejable y operativo, y si aguantará el crecimiento exponencial al que se ha visto sometido este año (muy positivo, en principio). Por lo demás, aunque muchos nos hayamos sumado al juego de las bitácoras en este 2006, casi todos seguimos confiando en La cárcel y su carcelero, como bitácora maternal de referencia; al tiempo que nos dejamos caer casi a diario por muchas otras páginas clásicas, divertidas, locas o instructivas.
Como hemos dicho al arrancar el post, el tema de la difusión está emparentado directamente con muchos de los factores de normalización que señalábamos ayer (el apoyo institucional, el aprecio de la crítica y los medios impresos, etc.), y, sin duda, también ha de estarlo con algunos aspectos externos (o no tanto) al propio mercado comicográfico: porque, a ver, ¿quién no se ha tragado este año al menos una película basada en un cómic? Sin ningún ejemplo a mano tan glorioso como la gloriosa American Splendor de Springer y Pulcini, que vimos el año pasado, lo cierto es que cada vez "vemos más tebeos" en el cine (V de Vendetta, Batman Begins, etc.). Algo querrá decir y algo tendrá que ver con la popularidad creciente del discurso (al menos, debe significar que los productores confían más y más en la calidad de los guiones de cómics en detrimento de sus propios escritores).
En fin, no sé si los globos y los bocadillos no me dejan ver más allá de mis líneas cinéticas, pero juraría que cada vez se habla más y mejor de cómics, incluso en círculos que no tienen que ver con (o nunca han querido ver) los personajes enviñetados. Winds of change.

lunes, diciembre 25, 2006

Un paseo de cómic por el 2006 (II): una de cal.

El palabro del año y uno de los top-ten de esta bitácora ha sido "normalización". Y es que, aunque suene increíble, parece ser que la máxima aspiración del cómic en sus (bastantes) más de 100 años de vida ha sido entrar dentro del grupo de las artes en un grado de paridad. La cosa ha tenido sus obstáculos, de ahí la ansiedad creada, claro. Por un lado estaba la cuestión del público lector: ya se sabe que lo de los dibujitos iba tradicionalmente asociado a la lectura ilustrada, que con colores los niños habían de asimilar más fluidamente (cosas de críos). Luego estaba el asunto del nacimiento a la sombra de las máquinas tipográficas y la distribución sindicada y los condicionantes de la prensa y el público lector que te lee y te tira como un producto de consumo más rápido y "popular" (en el peor de los sentidos), que un folleto publicitario. Y, claro, en la vieja Europa de los fascistillas diletantes se vio bien que el folleto se convirtiera en cómic y el cómic en folleto. Todo un batiburrillo de diretes que llevó al cómic al grado de arte menor o hermano menor de las artes, medio popular sin valor artístico, o vaya usted a saber.

Por eso, ahora (en realidad la cosa viene de hace unas décadas, los años 70 quizás; cuando hasta una lata de tomate podía estar en un museo), decía que ahora a uno se le ilumina la cara cuando descubre que rara es la semana en que no encontramos un tratamiento serio de los cómics en los medios de difusión periodística del país. O cuando resulta que cada vez más y más museos parecen interesarse por los artistas (sí, sí, como los que pintan cuadros, caballero) que hacen viñetas. Se abren los centros de investigación y divulgación, se unen los profesionales, se remueven inquietos los de dentro y los de fuera. Y mire que hasta los políticos, de repente, han decidido que hay que proteger, legislar e incentivar el 9 arte (¿o era el décimo?).
Además, resulta que lo de la normalización dichosa no sólo tiene que ver con la recepción y aceptación social del medio (aunque sí en gran medida), sino también con el hecho de la creación artística; es decir, con que en los cómics se pueda hablar de todo y con que nadie se eche las manos a la cabeza (si resulta que ya no es una cosa sólo de niños, pelillos a la mar) por que una señora o señorita se ponga a dibujar cómics (ahí están en este curso 2006 las Jessica Abel, Roberta Gregory, Hope Larson, etc.) o por que a alguien se le ocurra hablar de sexo con pelos y más pelos, sin importarle la inclinación, posición o paridad genérica. Miren que, quizás, algún día hasta seremos capaces de leer cómics de allá o de acullá con toda la normalidad del mundo, aunque hablen de señores de otros colores políticamente correctos.
Así da gusto. Este 2006 huele a cambio del bueno. A normalidad, a "nos-estamos-haciendo-modernos" pese a quien pese. Huele a que el cómic ha entrado definitivamente en la mayoría de edad y a que ya es un arte con mayúsculas. Que siga.

domingo, diciembre 24, 2006

Un paseo de cómic por el 2006 (I).

Vamos a sumarnos a la inercia buen-rollista-revisionista-fiestera de estas fechas y, amén de felicitarles las fiestas a todos los buenos amigos y lectores de esta bitacorita, les invitamos a pasearse con nosotros a lo largo de la siguiente semana por lo mejor y lo peor que nos han dejado las viñetas en este 2006. Iremos y vendremos por esas baldosas amarillas que nos guian esperanzados hacia un futuro luminoso del cómic y descenderemos por los resbaladizos escalones enmohecidos hacia las catacumbas del 2006 (se me inunda el espíritu de prosa versallesca estos días, que le voy a hacer). Lo dicho, acompañennos en el paseo; culminaremos a los pies del arco iris con los primeros pálpitos del 2007 y con la inevitable lista de nuestros cómics favoritos de este curso que ahora termina. Nos vemos por aquí. Abrazos.

jueves, diciembre 21, 2006

Más de Weing, Bugbear.

Tengo la sensación de que mi sección de la sidebar de "cómics online" está gafada; vamos, que si la utilizase para publicitar una página de línea clara, me crecerían los pitufos. Todo empezó con Drew Weing, uno de mis jóvenes autores estadounidenses favoritos, sobre todo por su serie online Pup, que Drew descolgó cuando no hacía ni tres días de mi reseña; afortunadamente el propio autor la ha vuelto a colgar aquí, y nadie, nadie debe perdérsela.
Poco después, volvió a sucederme lo mismo con Derek Kirk Kim y su historia La misma diferencia, que quizás eliminó para no hacer competencia a su edición impresa (y que no ha vuelto a reponer). Además, como observará algún lector habitual del blog, la cacareada continuación de los comics online de Daniel Merlin, nunca tuvo tal continuidad en un segundo post (esto se debe única y exclusivamente a mi vaguería y prometo remediarlo en breve).
Por todo esto y como desagravio al primero de los protagonistas citados, me ha apetecido recuperar y recomendarles un cómic (esta vez en papel) de Drew Weing: Bugbear. Lo malo de Weing es que por estas tierras está aún inédito, lo bueno es que su preciosa página web y el servicio de venta por correo directo y personal que ofrece, va como un tiro. Así es como me hice, entre otros minicómics (y alguna baratita tira original) con Bugbear. Ya saben que soy un adicto a los minicómics, por su precio, su espontaneidad y lo que tienen de experimento artístico y barómetro de tendencias. Además, su edición casi artesanal te depara sorpresas como este Bugbear. Un delicioso cómic creado al alimón por Weing y su esposa Eleanor Davis, con historias de muy buen nivel por parte de ambos y con una portada litografiada a cuatro colores que es una maravilla (sic. foto).
Entre las historias, "Leaflet Drop", extraña y original, me deja, no obstante, un poco frío; al igual que ese experimento de una página que es "Farther Away". La cosa se calienta con el cuentecito campestre, "Camping Trip with my Dad and Sister", que a modo de diario de campo presenta Eleanor, y coge definitivamente impulso con la anécdota onírica de Weing sobre su padre, "Soy-Based". "Her Smell", de Eleanor es una breve (una página) e interesante reflexión sobre el destino de las personas. Sin embargo, son las dos últimas historias de cómic las que valen por sí solas la inversión de los $6 (¿4 euros y medio?):
"The Machinery Inside" es una de las historias breves mejor dibujadas y más emocionantes que ha leído un servidor en mucho tiempo. Una breve y lúcida reflexión sobre el ser humano, su papel en el universo y el respeto a la naturaleza. Una pequeña gema que reluce con fuerza y se convierte en metáfora perfecta del talento que atesora Drew Weing.
"The Mistake", de Eleanor Davis, está de nuevo llena de emoción y sinceridad: nos habla de las reacciones incomprensibles ante la muerte, de la imposible asunción de la inxistencia de los seres queridos; el cuento de un milagro soñado. En fin, ya lo ven, me rindo ante Weing y señora, y es que me tiene ganado el dicho aquel de que las buenas esencias vienen en frasco pequeño. Compruébenlo con Pup y si no pueden dejar de oler, ya saben.

lunes, diciembre 18, 2006

Mujeres y cómics (VI): los 80, atención a la diversidad.

La escasa presencia de la mujer en el cómic hasta los años 60 nos ha facilitado un seguimiento ordenado (que no exhaustivo) del papel autorial de las feminas artistas y su peso en la evolución y liberación del medio. Lógicamente, el primer efecto de esos logros resulta en la diversificación de nombres, personalidades creativas y, por ende, líneas estilísticas; es decir, la intervención de ellas en "ello" se va normalizando poco a poco, afortunadamente. En consecuencia, a partir de los años 70 resulta tan difícil establecer líneas, categorías y clasificaciones de autores como de autoras (bueno, quizás estamos exagerando un poquito).
El "efecto underground" empieza a flaquear a mediados de los años 70. Las numerosas revistas planeadas y promovidas por mujeres (con Trina Robbins al frente) dejan de tener el impacto inicial en la misma medida en que los vientos que las generaron comienzan a perder fuelle: una jovencísima Phoebe Gloeckner participa y colabora en los últimos estertores del primer underground. Aún y así, la influencia del movimiento coleó durante mucho más tiempo. Encontramos autores y autoras underground dispersos durante las siguientes décadas.
Los referentes masculinos más obvios del "nuevo underground" pasan por personalidades de una individualidad artística tan marcada como Charles Burns o Daniel Clowes, que serán los modelos básicos de los 80 para el renacimiento underground de los 90, protagonizado por nuevos valores como Peter Bagge o Dave Cooper y mujeres de la fuerza de Julie Doucet o Debbie Dreschler. De igual modo, dibujantes pertenecientes a la vieja guardia del underground parecen vivir una segunda juventud a partir de los 90, con una reivindicación retrospectiva por parte de la crítica y un creciente aprecio del público; entre las féminas hablaríamos de gente como Roberta Gregory (más de moda que nunca), Mary Fleener o la mencionada Phoebe Gloeckner.
Sin embargo, a finales de los años 70 algunas de las autoras que habían crecido a la vera de las reivindicaciones feministas, decidieron optar por un camino menos árido que el que marcaba la tendencia underground, pero igualmente válido por lo que respecta a su poder reivindicativo: el del humor. No es difícil identificar rasgos comunes entre el trabajo paródico de mujeres como Carol Lay o Claire Bretécher y la trasgresión genérica de sus precedentes. El cómic decididamente lésbico de Bretécher (que encuentra su curioso refrendo gay en el alemán Ralf König) no dista mucho de las historias que sus colegas americanas publicaban en Girl Fight Comics, Twisted Sisters o Clits & Tits (aunque la francesa se formó en la escuela de Spirou y Pilote antes de decidirse a publicar su trabajo más personal); Lay, por su parte, antes de lanzarse a sus deliciosas tiras y páginas de Story Minute, había formado parte y publicado comix underground.
La huella de estas autoras humorísticas y decididamente feministas (femeninas, al menos) en sus temas, planteamientos y decisiones, aparece durante los 80 muy claramente en autoras como Maitena, Mariel Soria (la creadora de Mamen junto a Manel Barceló, en El Jueves) o la francesa Hélèn Bruller, de quien hemos hablado en estas páginas no hace tanto.
Como hemos señalado al comienzo de estas líneas, quizás lo más destacable de los años 80 no fue la continuidad de ésta o aquélla artista que había despuntado en los albores del verdadero cómic femenino, sino la aparición, precisamente, de artistas inclasificables, bien porque pese a ser mujeres su trabajo no distaba en absoluto del de sus colegas masculinos o porque su labor artística (y valga la redundancia conceptual) se regía por unas marcas individuales y personales. Hay diversos ejemplos de "cómics de autora", la mayoría de ellos (como sucedía con las historietas masculinas de la época) surgidos al auspicio del éxito de las revistas de cómics. Encontramos en esos años viñetas destacables de gente como Annie Goetzinger, Ana Miralles o Laura.
Caso aparte, desde luego es el del manga, donde también los años 70 generan un flujo de autoras como Riyoko Ikeda (La rosa de Versalles) o la pequeña gran Rumiko Takahashi (Maison Ikkoku, de la que en unos días recuperaremos una antigua reseña).
Pero en este proceso de la normalización del género en el cómic casi tan importante como el acceso de la mujer al medio (balbuciente aún no nos engañemos), ha resultado el cambio de mentalidad de los hombres; sobre todo por lo que respecta al tratamiento y entidad de sus personajes femeninos. Evidentemente, el cambio viene motivado por la sociedad y la autonomía de la mujer en sus diferentes campos de actuación (lo cual a su vez procede de las batallas ganadas años antes por los movimientos de liberación, etc.). Es decir, que la asimilación de la sensibilidad femenina tenía que llegar al cómic, sí o sí. Resulta curioso, no obstante, que ya a comienzos de los 80 aparezcan autores tan sensibles a esta evolución social como para presentar obras tan condicionadas por el rol de la mujer como las de los Bros Hernandez (¿puede alguien citarme un personaje femenino más importante -redondo, complejo y psicológicamente mejor elaborado- que Luba en la historia del cómic?) o las del francés François Bourgeon.
Añadan ustedes sus nombres favoritos a esta enumeración incompleta, aleatoria y personal, y vayan acercando el pie al freno, porque llegamos al final.
Capítulos anteriores:

jueves, diciembre 14, 2006

Luz africana detrás de las viñetas.

Veo luz detrás de las viñetas, un fulgor traslucido, pero intenso como para poder contagiarse a toda la página, a todas las páginas, a todo el cómic. No podía ser sólo ésto. El mercado, la gran cesta del cómic no podía limitarse a varios centenares de artesanos del superhéroe, a tres docena de independientes canadienses y estadounidenses bienintencionados, al "autor" de la vieja europa o al rompe-moldes mangaka. ¿Dónde estaba el resto del mundo?
McCloud en su Reinventing Comics basaba el futuro del cómic, su esperanza, en el advenimiento de 12 revoluciones (¿ingenuas?, ¿utópicas?, ¿simplistas?), que habrían de 1) abrir el mercado definitivamente a todo tipo de público, 2) abrir el gueto creativo a todo tipo de autores, 3) abrir la percepción del público y la crítica hacia un medio eminentemente artístico. Cada uno de estos tres puntos (sintesis de los objetivos revolucionarios de McCloud) depende inexcusablemente de los otros dos.
Hoy, en el suplemento extractado de The New York Times que edita El País cada jueves, aparece la traducción de un artículo de Holland Cotter, titulado "Los comics africanos no son un juego de niños"; un reportaje sobre una exposición de cómics africanos en el Studium Museum del Harlem neoyorkino. En principio, una exposición poco más que anecdótica. Sin embargo, el artículo de Cotter plantea, sugiere, varias cuestiones de interés que merecerían acercamientos más profundos que los que permite una breve noticia de prensa.
Está, por un lado, la cuestión del acceso de las minorías al arte, al cómic en este caso, en todos sus sentidos. Lo que en algunos discursos artísticos se da por hecho, en el caso de las narraciones gráficas ha estado en entredicho hasta prácticamente entrados los años 90. Una de las condiciones inexcusables de McCloud, la del acceso al cómic de grupos sociales, sexuales y raciales tradicionalmente excluidos, parece ir corrigiéndose. Hemos visto desde estas páginas la cada vez más frecuente y trascendente participación de la mujer en el medio, con un discurso propio y necesario. Parece igualmente aceptada la aparición de un cómic que asume las diferentes elecciones sexuales y que lo expresa en sus páginas, pero ¿dónde están las otras "minorías" raciales y sociales? Suena irónico (sangrante) que hablemos del cómic africano como una de ellas, igual que lo sería englobar a toda una raza o grupo étnico bajo dicha etiqueta, pero lo cierto es que hasta ahora a ciertos sectores, razas e incluso (ehem) continentes, se les ha excluido del discurso oficial; cómic incluido. Cierto es que, lamentablemente, en algunas zonas del globo el arte es un bien de lujo una no-necesidad, sin embargo, suponemos que por inercia, tampoco se ha escuchado suficientemente a las voces que pueden representar a esas minorías desde el primer mundo.
La segunda reflexión que provoca el artículo de Cotter tiene que ver con la valoración artística del cómic en sí. Ya desde el título se avanza que el cómic no debe ser siempre interpretado en clave de vehículo para la distracción infantil o, simplemente, como vehículo de masas. Existe y debe existir una conciencia artística del medio, una consideración culturalmente valiosa del mismo. Hay cómics que son puro entretenimiento, pero los hay que son verdaderas obras de arte (sí, quizás desde un punto de vista elitista, pero los son) y, como tales, merecen la atención de la crítica y un análisis concienzudo y riguroso. El artículo pone en boga, como pueden ver, dos puntos prácticamente contrapuestos, pero igualmente necesarios para esa futura normalización del cómic cuya bandera ondeamos desde este blog y que es cada vez más común en la blogosfera.
Les dejo aquí la trascripción del artículo integro extraído desde The New York Times y su enlace (si les requieren una identificación, como dijo alguien, ya saben que bugmenot es nuestro amigo); he escaneado también la página de El País (aunque últimamente algunas imágenes no se me abren en una ventana nueva, pardiez, ¿por qué?). Añado, así mismo, vínculos a algunos ejemplos de cómics africanos citados en el artículo.
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African Comics, Far Beyond the Funny Pages (By HOLLAND COTTER)
(Published: November 24, 2006)

“It’s intense,” said the security guard as I was leaving “Africa Comics” at the Studio Museum in Harlem after an hour or more of up-close looking and reading. She was right. That’s exactly the word for the stealth-potency of this modest, first-time United States survey of original designs by 35 African artists who specialize in comic art.
Their work is intense the way urban Africa is intense: intensely zany, intensely warm, intensely harsh, intensely political. True, you could say the same of New York or New Delhi, or any major cosmopolis being shaped by globalism these days. Yet every place has very specific intensities. Africa does, and they are distilled in the art here.
I guess there are people who still can’t fit the idea of “art” and “comics” into the same frame. But why? If handmade, graphically inventive, conceptually imaginative images — which describes practically everything in this show — aren’t art, what is? The same images are topical, and are meant to be seen in reproduction; does that alter their status as art? Goya, Daumier and José Guadalupe Posada would of course say no.
In any event, Pop Art and all that followed it long ago wiped out the notion that comics are one-liner sight gags good only for the “funny pages.” “Masters of American Comics,” the ambitious historical survey split between the
Jewish Museum in Manhattan and the Newark Museum, is truly a masterpiece show. “Africa Comics” edges into that territory, as does some of the work in a tiny show ending Dec. 17 called “Political Cartoons From Nigeria” at Southfirst, a contemporary gallery in Williamsburg, Brooklyn.
Not that entertainment is missing from the Studio Museum selection. Just the opposite: some of the material is just plain fun. We are on familiar Marvel Comics ground with the adventures of the charismatic Princess Wella, a kind of superwoman with a ceremonial staff and braids, created by Laércio George Mabota, a young artist from Mozambique.
And even a non-African can see why the schlumpy but wily character named Goorgoolou — in a series by Alphonse Mendy, who goes by the name T. T. Fons — has become a national hero, or antihero, in Senegal. With Ralph Kramden-esque panache, he lampoons social pretensions and embodies the plight of an everyman in a baffling postmodern world. Such is the character’s fame that a television show and magazine have been built around him, and he was a star of the recent international Dakar biennial, Dak’Art, where comic art, for the first time, took center stage.
Yet far more often than not, humor is a sugar-coating for disquiet. For example, a piece by the South African artist Anton Kannemeyer, who goes by the name Joe Dog, uses a charming children’s book style — the source is “Tintin au Congo” from the classic Belgian series, its racial stereotypes deliberately left intact — to depict a black-on-white racial attack that turns out to be a paranoiac neocolonialist dream.
Mr. Kannemeyer is a founder, with the artist Conrad Botes, of the graphic magazine Bitterkomix, which has tackled some of the most pressing political issues in a still volatile South Africa. And in general African politics and popular culture are inseparable. Most of the comics in the Southfirst show are direct attacks on past and present governmental corruption in Nigeria, and nearly all of them are by Ghariokwu Lemi, an artist famous for having painted 26 album covers for the Afrobeat idol and political rebel Fela Kuti.
In some comic art, political content takes an upbeat, utopian tack. More than one piece at the Studio Museum evokes scenes of ethnic violence in order to propose an alternative vision of peace and solidarity, exhorting a new generation of Africans to learn from the mistakes of their parents.
More often the tone is skeptical, even sardonic, as in the case of a sly, graphically jazzy account by Didier Viode, an artist from Benin now living in France, of the bureaucratic roadblocks encountered by Africans applying for immigration papers. Or in a depiction by the Ivorian artist Maxime Aka Gnoan Kacou, known as Mendozza y Caramba, of a noctural mugging as an elegant shadow play in black and gold against a solid blue ground.
Visually neither style is intrinsically “serious.” You can’t know at a glance what you’re getting into. By contrast, right from its opening image — of a screaming woman carrying a bloodied child, done in full-blown social-realist style — there is no mistaking the didactic content of a story of female genital mutilation by the Senegalese artist Cisse Samba Ndar.
Scene by scene it is a nightmare narrative with no clear resolution, though in other cases resolutions bring horror of their own. One comic strip, a collaboration between Fifi Mukuna and Christophe N’Galle Edimo, begins as a sentimental story of two children, a boy and a girl, fending for themselves on the city streets and dreaming of a happy future. Halfway through, the boy is caught trying to snatch a purse; not a major crime, one would think. But the people who catch him douse him with gasoline and set him alight. The girl embraces him in an effort to smother the flames, and she too burns to death.
Even by brutal Hollywood standards this is gruesome stuff. And pieces by other artists — Chrisany (Francis Taptue Fogue), from Cameroon; Kola Fayemi, from Nigeria — about imprisonment and torture are comparably fierce, flat-out broadsides against human rights violations. As such, they lie well outside the tradition of comic art as most people understand it, and closer to the alternative, activist comic-style zines like World War 3 Illustrated, produced in New York, to which artists like Art Spiegelman contribute.
The influence of Western cartoon styles throughout is obvious. No surprise: international culture is a tangled history of interbreeding. Nor is it a surprise to learn that nearly a third of the artists in the show, although born in Africa, now live elsewhere. Africa can still be a tough place to make a living from art, even popular art.
Finally it is worth noting that the show itself is a collaboration between the Studio Museum and the nonprofit Italian organization Africa e Mediterraneo, which is devoted to fostering cultural exchange between Africa and Italy. Several of the artists were prizewinners in juried shows sponsored by the organization. An assigned theme for the participants was “Human Rights.”
All that said, “Africa Comics” offers an inside view of Africa of a kind we too seldom get from museums, which, when they consider contemporary African material at all, tend to be all-purpose globalist in their thinking, drawing on a snall stock of market-approved figures. The show demands time and effort. The work is physically small and psychologically concentrated; it is as much about reading as looking; the words are often in languages other than English. (Sheets with translations are available in the gallery.) But once you get going, you want to keep going with art that can have epic depth and that always delivers the jabbing punch of news of the day.

“Africa Comics” is at the Studio Museum in Harlem, 144 West 125th Street, (212) 864-4500, studiomuseuminharlem.org, through March 18.

miércoles, diciembre 13, 2006

Frédéric Boilet. Manga a la francesa.

Últimamente no me saco el Fresa y chocolate de Aurelia Aurita de la francesa, perdón de la cabeza (¿ven lo que les digo?). Estímulos diversos biblio-vitales juntos y revueltos. El hecho es que, en una de esas ráfagas, me he acordado de una reseña que hice hace ya bastante dedicada precisamente a Frédéric Boilet, el compañero de acrobacias sexuales de Aurelia Aurita.
Me gusta mucho Boilet y me parece un hallazgo su propuesta de "Nouvelle Manga", que ahora secundan otros autores como su amiga Kan Takahama. Me recuerda, salvando todas las distancias (que son muchas), a otras propuestas estilísticas "prefabricadas" con una intención rupturista, como el "Dogma" de Lars Von Trier. Tan criticadas y cuestionadas como la de Boilet, este tipo de iniciativas experimentales suelen resultar en un puñado de obras llenas de encanto y superiores en calidad a la mayoría de producciones coetáneas, acomodaticias, mercantilistas y facilonas. También la "Nouvelle Vague" fue un pinchazo experimental en la línea de flotación de la industria cinematográfica en su día, y miren ahora su influencia y valoración.
Aprecio el experimento de Boilet y me entristecen las críticas que hablan del "nouvelle manga" en términos de propuesta vacía, truco efectista o flor de un día. Puede que lo sea, pero que bonitos pétalos ¿no creen? Ahora la reseña.
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Cuando Ponent Mon publicó en el año 2003 La espinaca de Yukiko, los lectores de nuestro país ya empezábamos a presentir la existencia de otros territorios manga allende los amoríos adolescentes de Masakazu Katsura o los fragores cyberfuturistas de Masamune Shirow. La cosa no dejaba de tener gracia: el estandarte editorial del cómic juvenil, la gran esperanza amarilla que estaba alimentando la industria y reenganchando a la chavalería en esto de los comics… ¡también podía sustentar ambiciones artísticas dirigidas a un público adulto!
Esta circunstancia, que resultaba una evidencia incontestable para los propios artistas de manga o para los numerosos aficionados japoneses (en Japón existe un tipo de cómic adecuado prácticamente para cada lector, independientemente de su edad, aficiones o situación social), se nos había empezado a revelar parcialmente algunos años antes, gracias a autores como Satoshi Kon (Regreso al mar), Jiro Taniguchi (El caminante, El almanaque de mi padre) o Hisashi Sakaguchi (Ikkyu).
No obstante, y pese a tan preclaros predecesores, la aparición de Frédéric Boilet no dejó indiferente a nadie. Ahí es nada: un joven dibujante francés que, becado por la editorial Kodansha, decide irse a trabajar a Japón (donde aún vive) y que se decide a remover los cimientos estéticos del manga. Se acabaron las caricaturas infantilizadas de ojos refulgentes, no más sobre-explotación de las líneas cinéticas y de la onomatopeya. El nuevo dogma (como bien diría nuestro amigo Lars Von Trier) debería incluir figuras realistas y una apariencia en ocasiones cuasi-fotográfica, idónea para la narración de escenas cotidianas. Había nacido el “nouvelle manga”; sus seguidores, comenzando por la joven Kan Takahama (Kinderbook, Ponent Mon, 2003), se presumen legión. Después de La espinaca de Yukiko, se publicó Mariko Parade (un mano a mano entre Boilet y la misma Takahama) y ahora le ha llegado el turno a Tokio es mi jardín (como la anterior, también en Ponent Mon); habrán de venir muchos más, estamos seguros.
En realidad, Boilet no es ningún novato. Tokio es mi jardín, sin ir más lejos, se publicó en Francia nada menos que en 1997 (como resultado del mencionado patrocinio de Kodansha), bastante antes que La espinaca de Yukiko, por tanto. Tampoco es del todo correcto otorgarle al francés todos los laureles de la autoría, ya que el guión de la historia recayó en Benoit Peeters (creador junto a Schuiten de Las ciudades oscuras, Norma); además, ambos contaron con la colaboración en el entramado del gran Jiro Taniguchi (algunas de cuyas obras ya hemos mencionado antes y responsable de maravillas como Barrio lejano, editada en España también por Ponent Mon).
Tokio es mi jardín es la historia de un joven francés que trabaja en la capital japonesa como representante de una modesta marca gala de brandy. Después de unos meses, David Martin (que así se llama nuestro protagonista), alcanza unos niveles de asimilación y apego a la cultura japonesa inesperados a priori (¿les suena de algo la historia?). Por esa razón, cuando su jefe francés le exige cuentas sobre la rentabilidad de su estancia nipona en términos de ventas y promoción, el único miedo de David es tener que abandonar Japón, sus tradiciones, sus mujeres y su lengua (esa caligrafía mágica creada en torno al pictograma que el joven francés ha llegado a dominar y a amar como sólo lo hacían aquellos sabios escribas del pasado).
Precisamente, el lenguaje de los “kanji” está muy presente en la edición de Ponent. Una buena parte de los diálogos del libro aparecen en japonés con su traducción en los correspondientes cartuchos, sitos en la parte inferior de la viñeta. El efecto de extrañamiento que produce la caligrafía japonesa, nos sitúa como lectores en una posición de observadores curiosos, con el sentido de la sorpresa encendido ante un panorama cultural que nos es del todo distante; para evitar el tedio de un subtitulado excesivo, una vez introducida la situación, Boilet sustituye el japonés por la marca de un “kanji” asignada a cada globo (no podemos decir en este caso aquello de “lost in translation”).
En todo caso, se nota que Tokio es mi jardín está concebido, paradójicamente, desde un punto de vista japonés. Boilet nos enseña el espectáculo de las ceremonias, la gastronomía y el día a día japonés desde dentro; nos convierte en sus invitados personales en una gira por su cotidianeidad, de tal manera que la rutina de sus desamores y sus sofocos laborales, se nos aparece como un viaje antropológico apasionante. El mimetismo fotográfico de sus viñetas no hace sino empujar en esa misma dirección, en la del documental de las emociones esenciales, las que cualquier lector identifica como propias hasta en parajes tan lejanos como los de la tierra del sol naciente. No estaría de más preguntarle a Bill Murray al respecto.

lunes, diciembre 11, 2006

Quiero un príncipe azul. Chicha sin "limoná".

Ando últimamente un poco alicaído y encima, hoy, lunes después de puente, así que me he levantado con el pie izquierdo, el cargador lleno de oprobios y el kris malayo entre los dientes. No suelo hacer reseñas negativas en estas páginas, simplemente porque aquellos cómics que no me han gustado los olvido y dejo pasar. Hoy sin embargo, quiero mencionar uno que (como ya habrán observado ustedes) no me ha dejado indiferente: se trata de Quiero un príncipe azul, de Hélène Bruller, un cómic que habría de encajar bien como enlace transversal con nuestros posts de los últimos tiempos sobre las mujeres y el cómic. El hecho es que el intento de Bruller se queda en eso, en el intento de hacer un cómic femenino y "feminista".
El humor de Bruller es ácido, pero no ingenioso, como lo es el de Carol Lay o el de Claire Bretécher (una autora que no es de mi devoción, por otro lado); sus gags son crueles (para algunos lectores incluso ofensivos), pero no trasgresores como los de Roberta Gregory (de la que Bruller asume influencias obvias en el apartado gráfico); por último, pese a sus semejanzas temáticas y organizativas con autoras como Maitena, lo cierto es que a la mayoría de las historias de Quiero un príncipe azul de puro obvias, no son siquiera divertidas. Para legitimar su discurso, Bruller recurre al autoflagelo (una autocrítica como la que introducía Crumb en sus historias autobiográficas de los años 70), pero lo hace de un modo tan exgerado y reiterativo, que termina por perder efectividad, convirtiéndose en hueca autocomplacencia.
Pese a todo, algunos de los capítulos (o gags) de Quiero un príncipe azul se sitúan por encima de la media (como el de las reacciones de los novios abandonados o el de los pequeños tormentos cotidianos), sin embargo, se trata de la excepción, espejismos dentro de un cómic bastante plano, muy lejos en todo caso de esas obras que están situando al cómic femenino de los últimos años en un nivel autorial hasta ahora desconocido.
No son más que las opiniones subjetivas de uno de tantos blogueros, así que si usted tenía en mente leer Quiero un príncipe azul, hágalo; discreparemos afablemente desde aquí. Saludos.

jueves, diciembre 07, 2006

Parting Ways. El negocio de los decesos.

¿Se imaginan ustedes que los asuntos trascendentes de la vida y la muerte fueran negociados desde corporaciones empresariales por yuppies trajeados del más allá? Pues bien, ese es el punto de partida de Parting Ways, el alabado cómic del año pasado (2005) de Andrew Foley, Scott Mooney y Mick Craine.
Llegué a Parting Ways a partir de las recomendables recomendaciones de Paul Gravett, uno de los gurús de la crítrica estadounidense y colaborador habitual de publicaciones y páginas como Read Yourself RAW (¡atención al número de diciembre!). El hecho es que en mi último pedido intenáutico (no me miren con esa cara que viendo el cambio de divisa, sale más barato que comprar los cómics de importación desde aquí), además del último de McCloud, pedí cositas como este cómic sobre un muerto muy vivo.
Efectivamente, Parting Ways en su juego de hipótesis plantea el mencionado supuesto de los asuntos de la muerte dirigidos como una gran empresa, con sus jefes, mensajeros, currantes-oficinistas, clientes penitentes, etc. Ofrece también la posibilidad de que una persona (el protagonista) fenezca sólo por lo que respecta a su parte espiritual (del alma para arriba, vamos), mientras que su cuerpo permanezca en la tierra como un zombi-trabajador-asalariado-pasivo-inofensivo (es decir, como uno más de nosotros; observen la fina ironía).
La idea (el guión de Foley), así a priori, es brillante. La realización gráfica de Mooney y Craine, aceptable, con un estilo realista que toma del cartoon cierto gusto por la deformación facial y la exageración gestual; muy en la línea del estilo underground, con el que comparte también una trama abundante, el rayado marcado y superficies negras muy espesas, además de un acabado informal. La historia, que, como hemos señalado, tiene momentos brillantes, fruto de su original concepción (me gustan especialmente esa crítica al negocio del arte moderno, con el representante artístico, trepa y oportunista o los mensajeros de defunciones, con sus muy especiales encargos de "paquetería"), se torna sin embargo en otros casos, confusa y poco operativa. Da la impresión de que, en su búsqueda de la comicidad alegórica, los autores recurren a algunos giros de tuerca y a un exceso de diálogo innecesarios para la trama.
En todo caso, si quieren usted invertir sus cuartos en material foráneo y practicar su inglés de negocios, aquí tienen una buena opción. En caso contrario, esperen a que se edite en español y lo adquiera su biblioteca.